Se dice sí, señor (WIP)

*Nota: este es un trabajo original en progreso, lo iré actualizando cada pocos días (o eso espero). Muchas gracias por leerlo y espero que lo disfruten.*

Se dice sí, señor

-Ven. Te quiero aquí, ahora.- su voz sonaba dura. Y a juzgar por su mirada y por el bulto en los vaqueros no era lo único duro.

-¿Ahora?

-¿Acaso me has oído decirte que te quiero aquí dentro de un rato? Ven. No me hagas repetirlo.

Él se acercó, con algo de miedo. Y ganas. Sobre todo ganas. Tenía ganas de sentirse sobrepasado otra vez. De sumergirse otra vez en el mundo de la dualidad dolor/placer. Le daba miedo, sí. Pero el mismo miedo a la vez le impulsaba a acercarse como le ordenaban. No temía un castigo. Temía una falta de premio.

Cuando estuvo al alcance de sus manos, le asió por la cintura y le agarró del cuello.

-La próxima vez que te de una orden obedece a la primera.- dijo mientras pegaba su cara a del chico. Notar de cerca su aliento le puso los pelos de punta.

-P-perd…

-Se dice sí, señor. 

-S-sí, señor…

La mano de la cintura se deslizó hasta la hebilla del cinturón, lo desabrochó y bajó los pantalones. Eran unas manos grandes, pero habilidosas. Notaba sus dedos, algo fríos y algo ásperos sobre su piel.  Su primera reacción fue un pequeño respingo y un gemido ahogado. Estaba acariciando delicadamente su culo. Esa delicadeza contrastaba con la firmeza con la que tenía agarrado del cuello al chaval, que respiraba con dificultad entre sus dedos.

De repente agarró fuertemente una de sus nalgas, apretó un poco más su garganta y acercó el cuerpo pálido del chico al suyo. Él confirmó sus sospechas en cuanto el duro bulto de sus vaqueros se le clavó en el estómago. Se acercó a su oreja y susurró:

-Ahora vas a ponerte de rodillas, vas a abrir tu boca y espero no tener que darte más explicaciones de qué debes hacer, ¿entendido?

-Sí, señor.- musitó el jovencito. Su voz era apenas un hilo ahogado.

En ese momento, la presión de su cuello desapareció. Aprovechó para tomar aire, pues sabía que en breve le volvería a faltar, esta vez por causa interna. También le soltó su firme, redondo y blanquito culo. Durante unos instantes se mantuvo la marca de los dedos en su piel. Se puso de rodillas delante de él. Su cabeza le quedaba un poco por debajo de su ombligo. Tragó saliva y se dispuso a quitarle el cinturón.

¿Cómo cojones lo hacía parecer tan fácil? Con una sola mano le había desabrochado el suyo sin problema, pero esa mierda de cinturón no era como el suyo. Era uno de los de hebilla de anillas. Y le estaba costando la vida quitárselo. Encima, le temblaban las manos.

No era la primera vez que hacía algo así con él, ni mucho menos. Pero hacía un tiempo que no se veían, y la emoción del reencuentro le estaba pasando factura. Cuando por fin ser relajó el temblor de sus manos y consiguió aflojar el cinturón, su voz le hizo estremecerse entero.

-Para.- el chico obedeció, casi más por el sobresalto que por la orden en sí.- Llevas demasiada ropa aún. Desnúdate.

Llevaba los pantalones a la altura de las rodillas. Sus boxers de Batman, a medio quitar, estaban en modo tienda de campaña. Aún llevaba la sudadera y la camiseta. Se incorporó y se sacó ambas prendas a la vez. Su cuerpo era delgado. Parecía fibroso, pero en realidad los músculos se le marcaban debido a su delgadez y a la falta de grasa en su piel. Era lo que podría considerarse un tirillas. Pero uno adorable.

-Aún llevas ropa.

-Sí, señor, enseguida arreglo eso.- se estaba poniendo más rojo a cada sílaba que pronunciaba e iban aumentando en él las ganas de devorar el miembro que hasta hace unos momentos tenía a la altura de la cara. Hasta la base.

Se deshizo de los pantalones sin usar las manos y se desprendió sensualmente de sus calzoncillos de justiciero oscuro. Sólo le quedaban los calcetines a juego. Cuando se dispuso a quitárselos, él le frenó.

-Puedes dejártelos si estás más cómodo así.

-Gracias, señor.

-Ahora prosigue.

Su cuerpo desnudo estaba siendo devorado por la mirada de su compañero. Y casi podía notar los mordiscos que deseaba darle en cada centímetro de su inmaculada piel. En cualquier otra habitación de la casa a esa hora y en esa época haría frío como para estar desnudo. Pero en esa no. Demasiado calor emanando de dos cuerpos a punto de colisionar.

Bajó los pantalones. Efectivamente, estaba enorme. Más de lo que la recordaba, incluso aprisionada en sus boxers grises. Acercó la cara al jugoso paquete y le dio un tímido y tierno beso. A él le derritió en corazón un poco (y tal vez algo más). Tiró de la goma de la pieza de tela que le impedía tocar directamente ese premio para retirarla, como si estuviese abriendo un regalo. Y tuvo que apartar la cara un poco para no recibir un “golpe involuntario” en la nariz.

-Joder, si que te alegras de verme, ¿no?– dijo ante la sorpresa el chavalín prácticamente desnudo fan del hombre murciélago, desgarrando un poco el ambiente que se había creado.

-… .– la cara de su compañero ensombreció. Se miraron a los ojos y descubrió rápidamente por qué.

-Perd… .- no le dio tiempo a pronunciar más. Una mano que casi le agarraba el cráneo entero le cogió de la parte de atrás de la cabeza y le forzó a meterse ese monstruo palpitante de carne en la boca. Casi se le escapa una lágrima de la impresión.

-Se te ha olvidado hablarme con respeto, y no te olvides de decir señor.– decía mientras le llegaba hasta la campanilla, y aún quedaba por entrar.- Luego  tendrás tu castigo. Ahora calla y empieza.

¿Que empezase? Si el muy capullo no había dejado de jugar a llenarle la garganta en lo que había estado hablando. Aunque tampoco importaba, echaba de menos esto. Le echaba de menos a él. Echaba de menos esa brusquedad que contrastaba con los largos abrazos y los besos en la mejilla y en los labios que recibía cuando llegaba del extranjero.

Las embestidas cesaron. Era su turno de recordarle por qué se alegraba tanto de verle. Tocaba currárselo. Sin dejar de asaltarle con la lengua mientras, movía rítmicamente su cabeza hacia delante y hacia atrás, llegando más al fondo cada pocas repeticiones. Cada vez que notaba cómo pasaba de su campanilla, se tensaba todo su cuello por dentro. Y sus ojos se humedecían. Todo esto seguido de suaves caricias con sus pequeñas y hábiles (salvo para desabrochar cinturones de anillas) manos, en la parte de su sexo que no entraba ni disfrutaba de ese placer oral. Y sabía que todo eso junto le volvía loco.

Con la mano que le quedaba libre no dejaba de darse placer en la suya. No sería tan grande como la de su señor, pero tenía encanto, y había que cuidarla también. Qué cojones, a él también le gustaba mucho esa situación y si no se tocaba mientras notaba que desperdiciaba un poco la oportunidad. Pero no podía desatender sus deberes por darse placer. Cuando paraba para coger aire, los movimientos con la mano eran más amplios, y aprovechaba para besarla y rozar sus labios por toda esa maravillosa longitud. Para ser así de grande e imponente era suave, muy suave al tacto.

-Joder, te echaba de menos, peque.

-Y yo a tí, señor. Mucho.

-No pares, si sigues así no duraré mucho.

-Sí, señor.

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