La madre de Pamela

Con sus manos tomó mi verga y la dirigió a su concha. Sin ningún problema fue entrando en esa húmeda, más que húmeda, mojada vagina. Fue bajando hasta que se la enterró toda, moviéndose de un lado a otro. Mis manos se aferraron a sus tetas, ella misma las tomó y me indicaba como le gustaba que se las apretara.

Debo haber tenido 18 años. Llevaba 2 años pololeando (de novio, como se dice acá en Chile), con Pamela. Ella al igual que sus hermanas era muy desarrollada en su parte superior, pero mis ojos estaban puesto en otra, la que siempre me volvía loco cuando se paseaba delante de mí, era su madre, una mujer de unos 40 años, morena, pelo corto, con una figura normal para una mujer de esa edad, muy bonitas piernas y un par de hermosas tetas, grandes, redondas y por lo que yo sospechaba, duras.

Con Pamela el sexo fue muy bueno, ella se inició conmigo, al principio un poco tímida, pero después toda una tigresa en la cama. Como les comenté, llevábamos dos años juntos, cuando en un verano, ella me invita a salir con su familia de vacaciones. A su padre, la compañía donde trabajaba, le facilitó unas cabañas que prestaba a sus funcionarios para ir de vacaciones con la familia. Las cabañas eran muy pequeñas, contaba con dos piezas, un baño y cocina americana. En una de las piezas dormían sus papás y en la otra las dos hermanas más la hermana chica y a mí, me tocó dormir en el sillón.

Cuando nos fuimos a dormir, mi suegra se levantó para ir al baño. Al abrir la puerta y prender la luz del baño, que quedaba justo delante del sillón, su camisa de dormir blanca se traslució completamente dejándome ver su figura por completo. No lo podía creer, aún recuerdo esa imagen que nunca se me olvidará. Estuve expectante esperando que saliera del baño. Sólo pedía un par de segundos para volver a tener esa visión. Mi suegra nuevamente sale del baño y esta vez la luz de baño alumbró mi cara, y vio que me encontraba despierto. Sin apagar la luz del baño se acercó a mí.

– ¿Aun despierto?- Si, no me he podido quedar dormido- ¿Estás incómodo?- No, no tanto.- Mañana vamos a llevar a Camila (la hermana chica), a dormir con nosotros, para que tú te acuestes en la pieza de las chiquillas mejor, no puedes dormir incómodo las dos semanas- Bueno. – Buenas noches. – Buenas noches.

Se volvió, se acercó al baño apagó la luz y entró al dormitorio. Yo no podía creer mi suerte, verla por más de dos minutos completamente desnuda debajo de ese camisón. No podía dormir con las ganas de correrme una paja, así que me levanté y me fui al baño. Al meterme al baño, me puse a escucha a través de la pared que era muy delgada.

– Antonio, vamos a tener que traer a la Camila a dormir con nosotros. – ¿Por qué?- Porque Alex no se podía quedar dormido, se me ocurre que estaba incómodo en ese sillón.- No pasa nada, se acostumbrará, no lo vamos a poner a dormir con las niñas, se te ocurre. – ¿Y por qué no? – ¿Y si pasa algo con Pamela? – Que eres mal pensado, como se te ocurre, además va a estar la Lorena para que los cuide, lo hacemos dormir arriba en el camarote y punto. – Que lata, eso quiere decir que no me voy a poder echar ni un polvo siquiera. – Bueno, entonces tenemos que aprovechar ahora.

Se quedan callados, empiezo a sentir como mi suegro se empieza a follar a mi suegra. Para que le cuento la paja que me corrí con esos sonidos.

Bueno hasta el momento, todos pensarán la historia terminará follando a mi suegra o las dos hermanas, pero no. Déjenme contarles.

Terminé durmiendo con Pamela y Lorena. Nada del otro mundo. Como les comenté eran varias cabañas de colegas de mi suegro, y por lo general terminaban todos afuera en una mesa grande comiendo asados o conversando. Fue una señora de uno de los colegas la que me cambió mis vacaciones. Se llamaba Gloria. Era de un físico muy parecido al de mi suegra, aunque con algo más de barriga, de tez muy morena bronceada por el sol, pero de cabellos rubios y largo, de unos 45 años aproximadamente.

Gloria me miraba muy distinto a como me miraban las demás señoras. Me llamaba por mi nombre y me metía conversación, de cuánto llevaba con Pamela, dónde estudiaba, etc. Al final resultó que vivía muy cerca de mi casa Un día que yo me enojé con Pamela, me encontraba en los juegos para niños dentro del mismo recinto, ya estaba oscuro, cuando se acerca Gloria para vigilar a uno de sus hijos.

– ¿Alex, que haces tan solo? – Nada, mirando. – ¿Y Pamela? – No sé, ni me interesa. – ¿A ver? ¿Qué pasó? ¿Te enojaste con ella? – Si, pero no tiene importancia.

Saqué un cigarro y le ofrecí uno. Me dijo que se moría de ganas, pero que su marido le tenía prohibido fumar, de todas formas me dijo que yo le convidara. Nos fumamos el cigarro, su mirada era muy sensual, como que me quería decir algo y no se atrevía.

– Que rico se siente, hacía tiempo que no fumaba. – Ja, ja. – De verdad, aparte de que al ser algo prohibido, es más rico… ¿o no?  Qué opinas tú (sus ojos casi me comían).- Ya lo creo, lo que es prohibido se disfruta más. – ¿Cuántos años tienes tú? – 18.  – Representas más edad. – Y que edad me hechas a mí (yo le echaría varias). – ¿Unos 35? (sabía que era más) – Ja, ja, ja. Gracias, tengo más ya estoy hecha una vieja (típico para que le digan que no es así)

– No, para nada, si es así se conserva muy bien. – No seas mentiroso. – De verdad. – ¿Tú crees?… Bueno gracias, a lo mejor para alguien de mi edad… pero a mí me gustan más jóvenes (primera directa) – ¿Le gustan más jóvenes? – Si, más jovencitos, tienen más vitalidad, bueno, eso creo, porque nunca he estado con uno, pero me gustaría (segunda directa).

Para que andamos con cosas, me corté, no sabía que decir, si hubiera sido de mi edad ya me la hubiera pescado, pero no, era una mujer mayor, y aunque yo sabía que era lo que ella estaba buscando me daba miedo. Saqué otro cigarro de los puros nervios. Le ofrecí uno.

– Sabes, quiero fumarme uno sola, pero no quiero que mi marido me vea, ¿por qué no vamos detrás de las cabañas, para poder fumar tranquila? – Bueno.

Avanzamos por la oscuridad, lejos de las miradas de las pocas personas que estaban afuera. Pamela debe suponer que yo me había ido solo al centro, así que no me buscaría al menos por ahí. Llegamos detrás de las últimas cabañas que se encontraban desocupadas. Nos metimos por detrás de la última. Ella inspeccionó la puerta de la cocina que daba atrás de la cabaña.

– Podría estar abierta para sentarnos ¿no te parece? – Yo sé como abrirla (con un carné de identidad traté de hacerlo, pero no se pudo, mientras ella logró abrir una de las ventanas traseras. Me metí por la ventana y abrí la puerta, ella entró) – No prendamos la luz para que no nos vayan a llamar la atención.

Nos sentamos, le ofrecí un cigarro.

– Ahora no quiero fumar.

Se acercó a mí y me besó. Sus manos se posaron en mi pierna y suavemente se fue a mi verga que ya estaba completamente dura. Yo sólo le tocaba el hombro, aún sin asumir que eso estaba pasando. Ella se montó sobre mí, dejando sus deliciosos pechos a la altura de mi boca. Empecé a besarlos. Ella se desabrochó su blusa, subiéndose el sostén dejándolos completamente a mi disposición. Eran deliciosos, los pechos más grandes que yo había tenido alguna vez en mi vida. Sus pezones eran duros, oscuros, grandes y muy marcados, haciendo contraste con el color blanco que había dejado marcado su traje de baño. Sus pechos eran deliciosos, los chupaba con fuerza, ella me cabalgaba, mientras con sus manos acariciaba mi pelo.

Mis manos bajaron a su culo, que sin ser muy grande me volvía loco. La señora se quejaba excitándome aún más. Desbrochó mi camisa y empezó a besarme el pecho, mordiendo mis tetillas causándome algo de dolor que tuve que aguantar. Siguió bajando, apoyando su boca sobre mi verga. Separando su cara y mirándome directamente a los ojos, con una cara de caliente, empezó a desabrochar mi pantalón.

Una tenue luz entraba por la ventana de la cabaña que me permitía ver como sus manos bajaban mi cremallera. Me apoyé en mis brazos levantándome un poco para ayudarla a bajármelos. Aún con el slip puesto, empezó a frotar su cara aumentando más mi excitación. Sin dejar de mirarme, poco a poco los fue retirando, hasta que mi verga como un resorte quedó a centímetros de su boca. Muy suavemente fue recorriéndola entera, desde la cabeza hasta la base. A diferencia de mi novia que se la tragaba de una vez entera.

Con sus labios empezó a besar sólo la punta, donde estaban apareciendo unas gotitas de semen, que se pegaban a sus labios. Poco a poco fue metiéndola hasta llegar a meterla completamente a su boca. Comenzó a darme una mamada suave, que causaba más efecto que la rapidez con que lo hacía mi novia. Mientras lo hacía, fue desabrochando su falda por la parte de atrás. Se levantó y la falda cayó por su propio peso. Ante mí se encontraba una señora mucho mayor que yo, con su blusa desabrochada, sus pecho expuestos y una diminuta tanga, dentro de la cual se notaba su abultada conchita. Mirándome a los ojos, comenzó lentamente a bajarla, dándose vuelta para terminar de hacerlo, doblándose para darme una mejor visión de su culo. Mis manos lo acariciaron por algunos minutos. En esa misma posición se fue corriendo para atrás sentándose sobre mí, dándome la espalda.

Con sus manos tomó mi verga y la dirigió a su concha. Sin ningún problema fue entrando en esa húmeda, más que húmeda, mojada vagina. Fue bajando hasta que se la enterró toda, moviéndose de un lado a otro. Mis manos se aferraron a sus tetas, ella misma las tomó y me indicaba como le gustaba que se las apretara, me hizo trabajar en sus pezones hasta el punto de tomarlos con mis dedos y tirándoselos fuertemente, causándole un gran placer. Luego me llevó las manos a su vagina y me hizo masturbarla mientras seguía metiéndosela. Sus pechos saltaban en cada embestida que yo le daba. Ella en ese momento, comenzó a subir y a bajar más rápidamente, tocándose ella misma sus pechos.

-¡Estoy llegando!… ¡Ahora!… ¡Dámelo!… ¡Siiiiiiiiii!… ¡Aaahhh! ¡Acaba dentro de mí! – Me dijo, al mismo tiempo que yo, ya sin poder aguantar más le llenaba su conchita de litros de semen caliente.

Ella se levantó y tomando su tanga se limpió mi semen. Con la misma me limpió a mí, me besó en los labios. En ese momento sentimos una bulla afuera, nos quedamos quietos, eran unos niños que habían arrojado la pelota. Al otro día nos topamos afuera, mientras yo esperaba que Pamela saliera de la cabaña para ir a la playa. Me pasó un papel con su número de teléfono y me dijo que cuando llegáramos a nuestra ciudad, la llamará.

Esto pasó hace mucho tiempo, ahora tengo 32, soltero y con ganas de conocer a alguna chilena madurita sobre 40, que son las mejores.

Autor: Alexander_5149

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