Vacaciones con Lis

Conocí a una mulata hermosa, su cabello es muy negro y lacio, sus ojos son enormes cuentas brillantes, sus dientes son perfectos, blancos, su boca es muy generosa. Su boca es………..
Ayyyyyy por favorrrrrr, su boca es caliente, húmeda, roja, rica, muy rica. Soñar sus labios en mi piel, es lo mejor que me ha pasado en los últimos tiempos.
Ella es muy joven, tiene 23 años, y yo estoy un poco grandecita tengo 42, pero a ella no le importa. La conocí gracias a estos relatos que me gusta escribir y que a muchos de ustedes les gusta leer.
Solo tengo su foto, pero si la tuviera cerca podríamos vivir una aventura increíble. Tratemos de soñar todos juntos. No sé si esto es posible pero sería divertido que cada persona que lea este relato y tenga ganas haga su aporte

Comienza la fantasía:

Conocí a Lis ( mi tata rica!!) en unas vacaciones en  La Habana Cuba, ella es centro-americana, también estaba de vacaciones.
Yo adoro la playa, y esas noches en  La Habana la luna era una belleza, así que iba durante el día a tomar sol y disfrutar del mar, y por las noches a tomar baños de luna.
Yo estaba con unas amigas, y como  en la  noche casi no había gente hacíamos topless. Una de esas noches llegó Lis con su grupo. Era muy fácil distinguirla, ya que era la más hermosa, su piel brillaba bajo la luz de la luna.
Sobre la rambla había música, la típica samba brasilera, y de a poco nos pusimos a bailar y se formó un gran grupo en la arena de chicas y chicos bailando.
A esas alturas ya nos habíamos puesto nuestra ropa, y nos habíamos procurado algunas cervezas.
La noche avanzaba, y yo no podía dejar de mirarla, mi grupo dejaba  La Habana al día siguiente así que no podía perder la oportunidad.
Me fui acercando  a donde ella bailaba, su cuerpo se movía con una plasticidad que me hacía estremecer. Cuando la tuve enfrente le sonreí y comenzamos a hablar, con tanta naturalidad que parecíamos conocernos desde siempre.
Toda ella irradiaba sensualidad, alegría, pasión por la vida. Un rato más tarde estábamos sentadas solitas muy a la orilla del mar.
Yo descubrí nuevamente mis pechos y ella hizo lo mismo. Era hermosa, y estaba sentada a mi lado a la orilla del mar, bajo la luna de  La Habana. No hace falta decir mucho más, esa noche Lis era lo que yo más quería, y me la hubiera traído conmigo a casa si hubiera podido.
Esa noche no importaban las novias que cada una había dejado en casa, ni los amigos ni las familias, ni la gente que estaba en la playa. Nos besamos, nos besamos, su lengua caliente se encontró con la mía y nos invadimos mutuamente. Besé sus ojos, y le dije “quiero tocarte, quiero sentirte vibrar”.
Solo me miró a los ojos y apoyo su espalda desnuda sobre la arena húmeda, separó levemente sus piernas torneadas y muy suaves. Mis dedos no podían esperar, levanté su falda retiré su bikini y no pude contener mis ansias, me incliné a besarla y mis dedos acariciaron y presionaron su sexo palpitante. Comenzamos a respirar cada vez más fuerte, ella gemía, estaba muy excitada.
-ay tata me gustas mucho, no te detengas, sigue, sigue – mi mulata hermosa estas bien arrecha, que rico sabes.
A esas alturas, ella estaba tan mojada que la pude probar,  saboreé mis dedos embebidos en su licor tibio.
Llegó a un profundo orgasmo y sin darme tiempo se incorporó y me empujo para quedar sobre mí. Con una habilidad que no todas las chicas tenemos, me arrancó la ropa y quedé totalmente desnuda, solo cubierta con su cuerpo que se restregaba contra mí.
De inmediato sentí sus dedos en mi vagina, ella fue prudente pero yo podía recibir todos sus dedos en mi interior. Que rico, que gusto, que manos tan tiernas, tan buenas.
Hicimos el amor, nos cogimos tan rico bajo la luna, a la orilla del mar. Antes de que nos corrieran del lugar por exhibicionistas, la invité a mi habitación en la posada.
Caminamos de la mano, por las callecitas de pueblo, nos besamos a cada paso. Me fascina hacer el amor en la ducha, así que nos metimos bajo el agua hasta que se nos acabó y entonces nos tiramos en la cama.
Hicimos una tijera perfecta y su sexo se fregó contra el mío mientras nos besábamos y nos mamábamos los pechos mutuamente.
No podíamos más, dormimos un rato, hasta que la luz del sol nos despertó. Yo no quería que se fuera y ella no quería irse.
-Lis, eres una mujer hermosa, anoche fui muy feliz

– Mi tata, yo lo pasé genial eres una hembra caliente, anda ven a la cama quiero sentir tus labios en mi conchita.
Estaba sobre la cama desnudísima, yo podía sentir su perfume íntimo.
-Mulata, quiero tomarte unas fotos, ¿me dejas?

– Claro yo también quiero tener un recuerdo de estas pocas horas, que valieron por todo el viaje.
Posó para mi, sus tetas, su culo, su sexo mojado, todo su cuerpo quedó registrado y viajó conmigo de vuelta a casa.
Posé para ella en todas las formas posibles.
Para completar la mañana, hicimos un 69 que nos hizo gritar de dolor y placer, porque en el locura hasta me mordió.
No podíamos parar, a pesar del cansancio, su cuerpo estaba otra vez sobre el mío, se apretaba contra mi sexo, mamaba mis tetas como una niña, sus ojos me miraban fijamente y eso me excitaba más todavía.
Finalmente nos fuimos calmando, enfriando, hasta que comenzó a vestirse. Yo no podía moverme, seguía desnuda. Antes de irse besó mi sexo, mis pezones y mis labios.
Fueron las horas más increíbles de todas las vacaciones, durante semanas soñé con esa mujer. Nos seguimos escribiendo y ahora solo tenemos sexo por correspondencia. Cada una sigue con su vida, pero siempre tendremos esa noche como un increíble momento de pasión y entrega.

Autor: Amandaz

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Fabiana II

Él tomó la iniciativa, la tomó como una muñeca y la puso boca abajo, separó las redondas nalgas y fue penetrando suavemente. Quedaron de costado sobre la cama y comenzó a estimular el clítoris con una mano y los senos con la otra. La hembra vencida, comenzó muy lentamente a disfrutar los estímulos.

Gustavo y Fabiana, dejaron de verse unos meses, debido a que él tuvo que viajar por trabajo. Habían tenido un comienzo muy intenso: él fue su primer hombre y Fabiana sabía que podía hacer cualquier cosa que Gustavo le pidiera.

Durante los meses que no se vieron, Gustavo escribía cartas que encendían el espíritu de la joven, él conocía la pasión de Fabi por la literatura y sabía muy bien como mantener vivo su amor. Ella mantenía el secreto de su aventura, ni siquiera sus amigas más íntimas sospechaban lo sucedido; leía con avidez las cartas de su amor secreto. Sus palabras llegaban a sus fibras más íntimas, en las noches imaginaba que Gustavo estaba a su lado y le susurraba al oído todas las cosas que escribía en sus cartas. Se acostaba desnuda, acariciaba su cuerpo y sólo podía pensar en él y en los momentos que vivieron en el hotel.

Ella a su vez, respondía sus cartas con otras llenas de palabras de amor, ansiedad, deseo, lujuria: “Sólo puedo pensar en el momento de encontrarnos nuevamente, deseo tocarte, tocar tu sexo por el que fui inmensamente feliz. Sólo puedo pensar en tenerte dentro de mí, en que tomes mi cuerpo como tu esclava incondicional del amor. Te necesito mucho, por las noches me despierto sobresaltada, empapada en el deseo que me enloquece”.

Finalmente Gustavo volvió, durante los primeros días sólo se vieron de lejos y hablaron telefónicamente, él tenía que ordenar sus cosas y cumplir con su familia. Cuando pudieron encontrarse a solas (en la casa de Fabiana), se miraron por espacio de unos minutos que a ambos les parecieron una eternidad, pero necesitaban ese espacio para reconocerse y comprobar cómo se deseaban. Casi pudieron poseerse sin siquiera tocarse. Cuando reaccionaron, se abrazaron vigorosamente, se besaron apasionadamente, pero sus deseos incontenibles de tener sexo no iban a cristalizarse esa tarde. Llegó gente a la casa y debieron separarse hasta el otro día.

Al día siguiente, Gustavo la esperaba en la puerta del edificio, ella subió al coche, se hundió en sus brazos. Él arrancó a velocidad y sólo se detuvo cuando llegaron a un hotel en las afueras de la ciudad. Tomaron una habitación por todo el día, Fabiana pensaba en darle placer a su hombre y así se lo hizo saber: “Amor, quiero tocarte, quiero hacerte gozar”. Gustavo miró sorprendido a su mujer, pero no podía negarse, la invitó a bañarse juntos. Se desnudaron en silencio, pero sin dejar de mirarse y se metieron en la ducha. Suavemente ella comenzó a besar el pecho del hombre descendiendo hasta alcanzar su pene. La boca y las manos de la joven trabajaban con destreza, recordando las cartas del hombre que le había relatado sus sueños más eróticos.

No tardó mucho en llegar la erección y el semen brotó desbordando su boca, bañando sus pechos. Fabiana se incorporó y nuevamente se besaron. “Ahora es mi turno de hacerte gozar, no olvides que eres mi esclava. Tu cuerpo tierno es mío. Déjame secar tu piel, darte un masaje que te hará volar”.
Tomó una toalla muy blanca y acarició con ella el cuerpo de la chica, se inclinó, separó sus piernas y frotó el clítoris suavemente, pero fue suficiente para que las piernas dejaran de responder. Fabiana cayó tendida sobre la cama, Gustavo la preparó para el masaje: llevó sus brazos hacia atrás y los ató a la cabecera de la cama, separó sus piernas y también las ató. La respiración de Fabiana era cada vez más agitada, estaba completamente indefensa frente a aquel hombre que observaba el cuerpo de la hembra como un animal en celo.

Trajo del baño unos aceites afrodisíacos, el aroma inundó el ambiente, no dejaba de mirar el sexo húmedo de Fabiana y comenzó sus masajes. Estimuló los pezones hasta que estaban tan duros que dolían, se inclinó a morderlos mientras sus dedos aceitosos masturbaban el sexo y el ano. Entre suspiros y gemidos Fabiana rogaba que la penetrara de una vez, pero Gustavo realmente estaba disfrutando de aquella situación. Se montó sobre la muchacha de manera que la posición le permitía hacerse una paja con sus senos.

“¡Mamita! ¡Te crecieron las tetas, realmente estás hermosa! Me gusta tanto que podamos estar así, alcanzar esta intimidad, este grado de compenetración”. Así le hablaba mientras su cuerpo resbalaba sobre el torso de la chica.

Esta vez eyaculó sobre su cuerpo, utilizando su semen para completar el masaje. “Quiero impregnarte de mi esencia, llevarás mi olor toda la vida”. Quitó las ligaduras, liberó a su amante, quien se abrazó a su cuerpo con desesperación y se desmayó. La jovencita no resistió tanta excitación, él se asustó primero, pero de inmediato la hizo reaccionar. Se acostó a su lado, la acercó a su cuerpo y así descansaron un rato. Gustavo había cumplido 46 años y si bien era un hombre fuerte tampoco estaba preparado para lidiar con una hembrita tan joven y lujuriosa.

Dormitaron, luego se levantaron volvieron a la ducha, estaban exhaustos, ambos deseaban más sexo, pero de pronto tomaron conciencia de que apenas se habían dirigido la palabra. Permanecieron desnudos, se sentaron en una pequeña terraza privada y tomando un refresco hablaron sobre las cosas que habían sucedido mientras estuvieron separados.

-“¿Estuviste con alguien?” -(Lo miró sin entender la pregunta). ¿Qué quieres decir? -No tengas vergüenza de confesarlo, quiero saber si tuviste sexo con alguien. No te estoy pidiendo explicaciones, sólo quiero saber. -Me hiciste mucha falta, no sé si alguna vez podré estar con alguien más. Soñaba con tus caricias, me masturbaba pensando en tu pene dentro de mí.

Se hizo un largo silencio, Gustavo entendió la influencia que podía ejercer sobre aquella mujer que estaba totalmente entregada a él. Sintió miedo al principio, pero conforme la seguía mirando y veía como aquel cuerpo desnudo se dejaba mirar sin inhibiciones, lo fue ganando la idea de ser su hombre para siempre. Se sentía capaz de dejar todo, para hacerla feliz. El día terminaba y ya casi era hora de volver a la realidad. Se vistieron dejaron la habitación, subieron al auto y retornaron a casa.

Fabiana no durmió esa noche, dio vueltas toda la noche pensando en su hombre. Al otro día no se vieron, pero hablaron para planificar otro encuentro. Se encontraron en la casa de Fabiana, sus padres estaban trabajando, ella le dio una llave a Gustavo de manera que no lo escuchó llegar. Él conocía la casa así que fue directo a su habitación, la puerta del baño estaba abierta y la sorprendió semidesnuda tratando de depilarse.

Ella se sobresaltó, la avergonzaba la situación, intentó cubrirse, pero él no se lo permitió.

-“Ah no, nada de pudores conmigo chiquita. Yo soy tu hombre, tú eres mía. Déjame verte, déjame hacerlo por ti”.

Despacito Fabi se descubrió, permaneció sentada, separó las piernas, se echó hacia atrás y Gus comenzó a trabajar. Las mieles no cesaban de fluir de la vagina, la respiración del macho estimulaba su sexo. Cuando terminó el pubis estaba totalmente rasurado. Se fueron directo a la cama, ella se tendió, flexionó las piernas, él se arrodilló a sus pies y hundió la cabeza entre sus piernas, su lengua comenzó a trabajar a gustó y llegó el primer orgasmo. Penetró el ano con su dedo, mordió levemente el clítoris y los labios vaginales y llegó el segundo orgasmo.

Se incorporó, su pene estaba más erguido que nunca, comenzó a rozar el sexo de la mujer y sin mucho trámite la penetró duramente. Fabiana aún era muy estrecha de manera que lanzó un grito impresionante. Lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos y esto estimuló más al macho que continuó con arremetidas feroces. Esta vez su semen se derramó en el interior de la vagina, cuando se retiró el cuerpo de Fabiana se arrolló de costado. Estaba dolorida y asustada, siempre se habían cuidado de eyacular fuera de la vagina. Gustavo estaba muy excitado y no reparó demasiado en los sentimientos de su compañera.

-“Mi putita, ponte de espaldas que quiero entrarte por el culo. Ese culo que me enloquece y con el que sueño desde la primera vez que te cogí”.

Fabi no se movía de manera que él tomó la iniciativa, la tomó como una muñeca y la puso boca abajo, separó las redondas nalgas y fue penetrando suavemente. Esta vez la muchacha gritó con más fuerza, pero él giró los cuerpos, quedaron de costado sobre la cama y comenzó a estimular el clítoris con una mano y los senos con la otra. La hembra vencida, comenzó muy lentamente a disfrutar los estímulos. Cuando el macho se calmó, se separó del cuerpo de la mujer y se fue a su casa dejándola agotada y sola.

Esa había sido una tarde de placer animal, no hubo lugar para los sentimientos. Ambos gozaron como animales, aún en el dolor.

Autora: Amandaz

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Fabiana

Su pene erguido fue enfundado en un condón y comenzó una danza con el clítoris, lo rozaba, lo presionaba hasta que se colocó a las puertas del placer tan ansiado. Sus cuerpos quedaron pegados, sus ojos se enfrentaron, la muchacha casi no sintió dolor y cuando Gustavo la besó comenzó a sentir el movimiento del pene, que permaneció un largo rato dentro de su cuerpo.

Fabiana era una joven de 18 años, estudiante. En el colegio al cual asistía hubo un concurso para escritores. La propuesta la sedujo, ya que como a muchos jóvenes, le gustaba escribir. Para Fabiana era más fácil expresar sus sentimientos por escrito, en la tranquilidad de su habitación frente a unas hojas papel, lápiz en mano podía gritar, enojarse, declarar su amor, besar, y acariciar con total libertad. En sus páginas era libre, no había censuras, ni reprimendas. Fabi estaba en esa etapa difícil, dejando de ser niña y convirtiéndose en mujer y en estas épocas son muchas y muy diversas las influencias del medio.

Sus escritos eran muy variados, según como fueran transcurriendo sus días, a veces eran poemas, otras veces eran relatos cómicos, románticos y hasta eróticos. Le gustaba un compañero de clase, pero él era novio de otra compañera. Un día llegó un nuevo profesor y todas las chicas se enamoraron irremediablemente de él. El profesor era una persona muy seria y trató por todos los medios de mantener la distancia. Esta actitud decepcionó mucho a Fabiana, quien escribió muchas líneas acerca de la tristeza que le produjo la indiferencia del docente.

Lo que la chica no había notado era que otra persona fuera del colegio, la miraba con los ojos de un hombre apasionado. Un vecino del edificio, amigo de sus padres, un hombre casado y cuyos hijos eran amigos de los hermanos de Fabiana. Gustavo tenía 45 años, era amable y compinche con los jóvenes, con él, los chicos hablaban de mujeres, con él tuvieron sus primeras conversaciones de sexo. A Gustavo le gustaba Fabiana, y durante muchos meses trató de reprimir sus deseos; pero el cuerpito de Fabiana era una invitación al gozo.

La muchacha era alta, delgada, de cabello negro y largo. Fabiana era virgen, una hermosa virgen. Gustavo comenzó a acercarse a la chica, buscaba conversar sobre el colegio, los amigos, las fiestas. Le prestaba atención, escuchaba sus problemas. Al igual que frente a sus escritos, Fabiana se sentía cómoda y libre hablando con este hombre. Un día le confesó que escribía historias y poemas, Gustavo quiso leerlos y cuando ella se los entregó sintió que le estaba ofreciendo su vida, sus más íntimos secretos.

Ella estaba cada vez más unida a Gustavo y él ya no resistía la tentación de tomar esa vida en sus manos. Entre los relatos había algunos que revelaban la inocencia de Fabiana y sus deseos de sentirse amada. Él aprovechó esto para hablar de sexo con la muchacha:

-Me gustaron tus relatos, particularmente el de tu romance con Andrés. ¿Es tu novio?-No, pero me gustaba mucho. Nunca tuvimos nada.- Quisiera hacerte una pregunta íntima, ¿puedo?-Si. -¿Alguna vez tuviste sexo con un chico? – (Totalmente colorada de vergüenza). No, soy virgen -Está bien, no tienes que sentir vergüenza, es bueno que podamos hablar de esto. Es sólo que tus relatos me hicieron pensar que ya tenías experiencia. Entonces, ¿lo que sucede es que tienes deseos de tener sexo? -(Casi no podía hablar, pero quería demostrar que era una persona madura de manera que se sobre puso y continuó la conversación). En realidad siento mucha curiosidad. Tengo sensaciones extrañas al imaginarme esas situaciones, mi cuerpo se excita, me duelen los pechos.

Gustavo intentó convencerla de que descubrir su sexualidad, la ayudaría a escribir mejor y desde luego cambiaría su vida para siempre. Después de varias conversaciones de este tipo, y de conseguir que la muchacha se dejara besar, ella accedió a tener intimidad con el padre de sus amigos. Él la citó un día en una plaza y la llevó a un hotel. Cuando entraron a la habitación Fabiana sintió deseo de salir corriendo, pero no pudo, estaba asustada y excitada a la vez.

Aunque ni siquiera se había puesto a pensar si aquel hombre le gustaba o no, tenía mucha curiosidad, tenía mucho por aprender y le tenía confianza, él iba a ser el hombre que la iniciara en el arte de amar. Gustavo se acercó, la besó intensamente, introdujo su lengua en la boca de Fabi, de inmediato una corriente eléctrica corrió por la espalda de la chica. Se desnudó primero y giró frente a la chica para que ella lo observara con detenimiento. Ella se acercó lo acarició y llevó sus manos a los genitales, los sostuvo por un momento y la erección no se hizo esperar. El pene duro de Gustavo rozaba su vientre.

Él comenzó a respirar agitadamente y le dijo:

-Mi pene te va a desvirgar rico, mi amor. Me vas a sentir en tu interior y vas a pedirme que derrame mi leche en ti. -Enséñame más fue todo lo que pudo decir.

De inmediato Gustavo comenzó a desnudarla. Le quitó toda la ropa y la acostó como a una muñeca sobre la cama. Ella no se movía, él acarició sus pechos pequeños de pezones erguidos, se inclinó sobre ellos para mamarlos. Le pidió que aflojara las piernas para poder tocar su sexo. Las piernas de la muchacha cedieron y los dedos del hombre sintieron la humedad del flujo vaginal. Comenzó a masturbarla y Fabiana comenzó a gemir. Tuvo su primer orgasmo y cuando pudo aflojar el cuerpo se levantó de la cama de un salto. Gustavo tuvo que detenerla para evitar que saliera de la habitación desnuda. La abrazó fuerte contra su cuerpo.

-No te asustes, tienes que dejarte llevar. Tuviste tu primer orgasmo y eso me hace feliz. Tú eres una hembra y yo seré tu primer macho.-¡Quiero irme, déjame salir!

Era claro que no iba a perder su oportunidad, de manera que la llevó al baño, la ayudó a ponerse una bata, refrescó su rostro y volvieron a sentarse a los pies de la cama. Sin soltarla, le habló del amor, el deseo, de lo hermosa que era y cuánto la deseaba mientras que acariciaba su pelo y besaba su mejilla. Fabiana cedió y se recostó nuevamente, él abrió su bata posó su mano sobre el monte de Venus y le dijo que quería depilarla. Ella ya no podía pensar con claridad y lo dejó trabajar. Atrajo su cuerpo hasta el filo de la cama, separó sus piernas, enjabonó el vello púbico y comenzó a afeitarla. Cuando terminó su trabajo, apenas había un hilo de vello. Fueron al baño nuevamente para terminar de higienizarla y al sentir los dedos de su compañero y el agua tibia jugando con su sexo tuvo otro orgasmo.

Fabiana no podía decir una palabra, sólo gemía de placer ante los estímulos recibidos. Salieron del baño, Gustavo la hizo sentarse en el piso frente a un espejo, las piernas abiertas y flexionadas, la muchacha podía ver como su sexo estaba enrojecido y húmedo, el flujo vaginal brotaba generosamente. El estaba sentado a sus espaldas y sobaba sus tetas favoreciendo así el fluir de sus licores. Lentamente la acostó en el piso sobre unas toallas, puso una almohada bajo sus caderas, de manera que el sexo de Fabiana quedó levemente levantado, su respiración comenzó a agitarse nuevamente, ¡el momento había llegado!

El hombre hundió su cabeza entre las piernas de la joven, comenzó a lamer y chupar su clítoris, sus labios y la entrada de su vagina. Ella no dejaba de gemir y de moverse. Él se levantó y comenzó a presionar la entrada a su vagina con su dedo mayor.

-¡Tranquila nena, tranquila! Respira profundo, quédate flojita. Esto no te desvirgará, pero facilitará las cosas. ¡Ay mi nena linda, estás tan estrecha, como te voy a gozar! -¡Ya por favor! Me duele, me duele. -¡Tranquila nena, tranquila! Déjate hacer y te prometo que después de hoy, querrás coger todos los días.

Fabiana aflojó sus músculos y el dedo del hombre venció la resistencia. Entró, salió, hurgó y presionó sin romper el himen. Luego de esto, su pene erguido fue enfundado en un condón y comenzó una danza con el clítoris: lo rozaba, lo presionaba hasta que se colocó a las puertas del placer tan ansiado. Gustavo sujetó las caderas de la chica y la atrajo hacia sí. Sus cuerpos quedaron pegados, sus ojos se enfrentaron, la muchacha casi no sintió dolor y cuando Gustavo la besó comenzó a sentir el movimiento del pene, que permaneció un largo rato dentro de su cuerpo.

En las toallas quedó un pequeño rastro de lo sucedido, pero en el delgado cuerpo de la muchacha las huellas serían imborrables. Permanecieron en el suelo un rato más, Fabi no reaccionaba, estaba boca arriba con las piernas abiertas y los brazos a los costados, Gustavo estaba a su lado con una mano sobre su seno. Después de una hora, él la ayudó a recomponerse, se ducharon juntos, se vistieron y cada uno volvió a su casa. Esa noche hablaron por teléfono en secreto y al otro día él fue a buscarla al colegio. En el auto él le pidió que lo dejara tocarla, ella se recostó en el asiento, separó sus piernas y la mano de él se perdió bajo su uniforme.

Volvieron al hotel, esta vez casi no se hablaron, Gustavo la desnudó y sin más la penetró con fuerza, mamó sus pechos. Cuando terminó, ella comenzó a acariciar sus genitales, los testículos se hincharon de placer, y él llevó la cabeza de la muchacha hasta su pene. Ella entendió el pedido y torpemente comenzó a mamarlo. Gustavo la hizo retirarse antes de eyacular. Esa tarde Gustavo hizo que Fabiana perdiera todas sus inhibiciones, la vergüenza, la timidez ya no tenían cabida en esa relación. A partir de ese día cada vez que tenían una oportunidad, se encontraban, se tocaban, besaban.

Autora: Amandaz

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Su primera vez, Juanita y Clara

Estimulé con el pene, su clítoris, y la vagina, con los dedos la fui abriendo y de a poco fui penetrando con el juguete. Lentamente su sexo fue cediendo y el juguete penetrando, hasta que topé con el himen. Allí presioné con un poco más de fuerza, y alcancé la victoria.

Juana, era una chica muy joven y desorientada. Era muy bonita, rubia y gordita con unos senos y una cola que daban ganas de morder. Era alumna de guitarra de mi amiga Ivana. Tenía mucha curiosidad y morbo por el hecho de que viviéramos juntas. Si bien sabía que no éramos pareja, también sabía que ambas éramos lesbianas. Ivana tenía una novia hacía varios meses, pero yo estaba sola.

Juana  vivía con unos tíos en la ciudad,  pues sus padres eran del interior. A mí me encantaba esa chiquita, me ponía a mil cada vez que pensaba en ella. Mi compañera  y yo somos mujeres grandes que hace tiempo vivimos juntas. Nuestra vida es tranquila, nos queremos y respetamos  mucho. Mi  vida sexual es bastante activa a pesar de que ahora no tengo pareja estable. En fin, Juana alimentaba cada día mi tentación de ser una “come niñas”. Ella era totalmente vulnerable, era muy joven, curiosa y ardiente, y la idea de ser su primera amante me fascinaba tanto que estaba dispuesta a arriesgarme.

Durante semanas la observé, fui amable y dulce con Juana, hasta que una tarde mientras esperaba a Ivana, me acerqué a conversar e insinuarme. Ella se puso muy nerviosa, pero no me rechazó, y eso alentó mi conducta.  Durante un par de semanas fuimos intimando, hasta que una tarde me contó que debía ir al ginecólogo, pues alguien se lo había recomendado, ella tenía 18 años y nunca había ido a una revisión médica ginecológica. El hecho es que no quería que su tía se enterara, pero tampoco quería ir sola. Entonces, me ofrecí a acompañarla y aceptó.

Fuimos una tarde, yo le tomé la mano unos instantes para darle confianza, mientras estábamos en la sala de espera. Entró, demoró un buen rato, y salió totalmente tensa, sudorosa y avergonzada. La invité a pasar por casa, y conversar del tema, pues si bien la doctora había sido muy paciente y comprensiva, era la primera vez que se desnudaba y era examinada íntimamente. Llegamos a casa, conversamos y traté de bromear un poco para que se distendiera, luego de un rato lo conseguí.

Clara – Juana, debes quedarte tranquila, es una revisión normal de las que tendrás muchas a lo  largo de la vida. Juana – lo sé y me habían advertido que no era agradable, pero igualmente me sentí muy avergonzada. Clara  -bueno ya verás que todo mejora con el tiempo, y además todo será mucho más natural cuando tengas intimidad sexual con una pareja. Vas a rogar que te toquen la conchita, ya verás, je, je.

Juana, sonrió y bajó la mirada. Yo estaba muy caliente con aquella niña, pero era claro que ese no era el momento de avanzar, de todas maneras hice mi primer intento. Nos sentamos en la cocina a tomar un café, le tomé la mano casi todo el tiempo, y finalmente al despedirnos la besé prácticamente en los labios. Me miró sorprendida, pero no rechazó el mimo, sonrió y se fue. Le pregunté cuando tenía clase y como me contestó que faltaba una semana, me ofrecí, si lo necesitaba a ser su amiga para conversar cuando lo necesitara. ¡Sorpresa! Suerte para mí, el domingo a la tarde, Ivana había salido con su novia, y sin avisar Juanita llegó a mi puerta con ganas de conversar.

La abracé con cariño y nuevamente le di un beso atrevido. Nos sentamos, cerca de la estufa a leña, le ofrecí una copita de licor. Al cabo de un rato, yo estaba muy cerca de ella y lista para avanzar:

Clara – ¡Me gustas mucho, Juana! Quiero estar contigo, ayudarte, enseñarte cosas, hacerte feliz. Juana – no te entiendo, yo no estoy segura de esto, contigo me siento bien, pero nunca pensé en otra cosa. Clara – déjate llevar, no te pongas nerviosa, yo puedo ayudarte a pasarlo bien, sólo tienes que tener confianza en mí y relajarte.

Susurrando estas palabras en su oído, tomé su mano y la puse sobre mi pecho, su mano se llenó de mi seno y ella instintivamente lo acarició y presionó. Mmmm que rica sensación, desear y ser deseada. La besé muy suavemente, y me retiré para mirarla y ver su rostro: sus ojos estaban cerrados, su expresión era de asombro. Ella trataba de procesar lo que sentía. Abrió sus ojos y se encontré con los míos. Sonreímos, le pregunté si todo estaba bien, y su silencio fue una tímida invitación. Déjame verte, le dije y comencé a abrir su blusa. Fue una lucha excitante, la tímida y curiosa virgen, versus la mujer experimentada y muy caliente.

Momentos más tarde, su torso estaba despojado por completo, sus tetas eras hermosas, grandes, suaves, y mías. Yo estaba sentada frente a ella, acariciando sus pechos, mirándola a los ojos y besándola suavecito. Ella se recostó en el sofá, giró la cabeza hacia un costado, y comenzó a respirar agitadamente. Nos besamos durante varios minutos, fue maravilloso sentir su aliento caliente, su ansiedad, mi lujuria. Me arrodillé frente a ella, tratando de abrir sus piernas, mientras ella no me miraba, y se resistía. “Juana, Juana, mírame por favor, por favor. Ay mamita relájate, déjame tocarte, te aseguro que vas a estar bien.” Giró su cabeza, al frente, me miró, y me dijo: “tengo mucha vergüenza, vergüenza de sentirme tan excitada”.

Me puse de pie para inclinarme sobre ella y besarla mucho. “¡Niña tonta!, no hay razón para sentir vergüenza por ser feliz,  y sentir deseo. Yo te deseo, tú me gustas mucho desde hace tiempo. Si quieres irte, vete ahora, yo no te voy a obligar a nada, pero estoy segura de que tú deseas esto, tanto como yo”.  La tomé de la mano y fuimos a mi cuarto. Allí se acostó, mientras yo me desnudaba para ella. Me acosté a su lado, y conseguí vencer su resistencia, mi mano acarició el interior de sus muslos. Sus piernas cedieron a la presión y descubrí la conchita más húmeda y perfumada.

¡Mi nena, estás muy mojada! ¿Te gusta sentir mis manos?  “¡Ay Clara, no puedo más del gusto, gracias, te quiero mucho! Este es un momento increíble de mi vida.”

Estaba muy excitada, y en ese momento ya no había vuelta atrás. Acaricié su vientre rollizo, ¡ufff que morbo! Subí su falda, le quité la bombacha,  y separé sus piernas para acariciar su vello púbico, los labios de la vagina, el clítoris ardiente, y finalmente hice pequeños círculos con la yema del dedo rodeando su vagina. Su cuerpo se arqueó en un primer orgasmo, su vientre se hinchó y gritó con fuerza. Unos minutos después, la besé con toda mi lengua y volví a tocar su sexo, nuevamente se sintió en la cima, apretaba sus pechos con ansia, lloraba de placer. Comencé a acariciar los rollitos de su vientre, su respiración todavía era agitada, pero estaba relajada. Desnuda a mi lado, con las piernas abiertas, y buscando mis labios, para repetir el beso. Esa chiquita era lo máximo,  estaba en mi cama, y lo estaría por mucho tiempo más.

Al cabo de un rato, sus manos comenzaron a buscar mi cuerpo, mis pechos, su boca succionaba mis pezones.  Mamó mis pechos, mientras se abrazaba con fuerza a mí, luego tímidamente buscó mi sexo. Estaba turbada y no sabía que hacer, su mano se quedó muy quieta entre mis piernas. Le indiqué que moviera los dedos, que me acariciara, suavecito. Así de a poquito se fue animando y sentir mi humedad la excitó, entonces se inclinó sobre mí para mamar mis pechos, y acariciarme más intensamente, sus dedos se resbalaron dentro de mi vagina. Fue muy intenso sentir su mano tímida, pero ávida, dándome placer. Nos dormimos un rato y al despertar, Juana se sintió rara, avergonzada, confundida. Estábamos desnudas y abrazadas, su cabeza y su mano descansaban en mi pecho. La besé rico y ella respondió, pero enseguida quiso levantarse.

Clara – a dónde vas Juani, espera no me has dicho nada, ¿cómo te sientes? Juani – estoy confundida, nunca había pensado en acostarme con una mujer, pero la verdad fue muy bueno, tú me hiciste sentir muy bien. Estuve tan excitada todo el tiempo, que siento todo el cuerpo dolorido. Clara – anda vuelve a la cama, y te daré un masaje, no te vayas todavía, quiero tenerte otra vez.

Ella seguía caminando hacia la puerta, entonces me levanté, me acerqué para abrazarla, y sentí como sus piernas se aflojaban. Puse mis manos en su culo redondo y la apreté contra mí.

Clara – anda niña, ¿quieres volver a la cama?

La besé, y ella bajó la mirada, pero volvió a la cama. Le pedí que se pusiera sobre la cama en cuatro, y me acomodé para acariciar y explorar su culo y su sexo por detrás. Ella comenzó a gemir, otra vez y de inmediato se humedeció. Metí mi dedo en su sexo, se sentía muy apretado y caliente. Metí mi dedo en su ano, todavía más apretado. El orgasmo la hizo caer sobre la cama. Quiso darse vuelta, pero no la dejé, le pedí que se quedara así y abriera las piernas, yo quería desvirgarla.

Clara – Juani, quiero que seas mi mujer, quiero desvirgarte, ¿te gustaría? Juani – ¿Qué dices? Estás loca, quisiera irme a casa, por favor.

Se asustó mucho, me dejé llevar por la lujuria y ella no estaba preparada. La tranquilicé y la llevé a su casa. Durante más de una semana no vino a sus clases ni llamó, hasta que una tarde la llamé y le pedí que viniera para conversar. Cuando llegó la noté tranquila, relajada, entró sonriente y nos besamos en la boca. Nos sentamos a conversar:

Clara  – te extrañé mucho, me encantó estar contigo. Juani – yo estoy confundida, pero la verdad también te extrañé.

Me incliné para besarla, y nos besamos y acariciamos muy rico. La invité a la cama, pero se resistía así que tuve que trabajarla un poco:

Clara – vamos amor, tengo ganas de tu sexo mojado, ya sabes que me enloqueces y estoy segura de que serías feliz conmigo. Quiero que seas mi hembra.

Mientras decía esto, mis manos estaban en sus tetas, y su vientre, ya desnudos. Su temperatura subía, ya podía adivinar el olor de su sexo mojado. Sus piernas comenzaron a ceder, y volví a insistir, “vete a la cama, ya te alcanzo”. Se levantó despacio, y caminó delante de mí sólo con su pantalón puesto.  Después de unos minutos entré al cuarto, con un pene delgado atado a mis caderas, ella estaba parada frente al espejo. Me paré a su espalda, abracé su cintura, acaricié su vientre, besé su cuello, sopesé sus tetas, las sacudí para hacerla reír. Nuevamente insistí: “quiero desvirgarte, ya verás que no te duele, yo lo puedo hacer mejor que cualquier macho. ¿No quieres ser mi amante?”

Ella estaba excitada, pero insegura, continuamos con las caricias y los besos, caímos sobre la cama, me acomodé entre sus piernas y así las separé, tomé un frasco de lubricante e inundé su concha.  No volví a preguntar, ya no le pedí permiso, puse un almohadón bajo sus caderas y  le di las instrucciones:

“Aflójate mamita, déjame hacer y verás como gozas, no te asustes cuando veas un poco de sangre, es el himen que voy a romper, sabes”.  Ella se puso algo tensa, me miraba con sus ojos grandes, estaba a punto de llorar de los nervios. “Shhh, amorcito, todo irá bien, relájate, yo te quiero”.

Estimulé con el pene, su clítoris, y la vagina, con los dedos la fui abriendo y de a poco fui penetrando con el juguete. Lentamente su sexo fue cediendo y el juguete penetrando, hasta que topé con el himen. Allí presioné con un poco más de fuerza, y alcancé la victoria.

Ella sintió algo de dolor, pero enseguida sintió el placer de mis caricias. Organizamos una mentirilla para que  pudiera pasar la noche conmigo, le avisó a sus tíos y todo arreglado. Nos metimos en la bañadera, y allí estuvimos un buen rato, nos masturbamos mutuamente. Luego nos vestimos pues Ivana, llegaría en cualquier momento.  Así pasamos semanas, en una locura de sexo, sexo y más sexo. Nos enamoramos como unas locas, sin importar los 25 años de diferencia.

Autor: AmandaZ

z.amanda@mailcity.com

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Continúa el romance de Clara y Teresa

Abrí mis piernas, ella se paró a los pies de la cama a observar mi humedad, luego se acostó a mi lado y me acarició suave y amorosamente hasta que me corrí en su mano. Toda su mano estaba en mi vagina, y se movía, giraba, entraba y salía. Sus ojos no se apartaban de los míos, su respiración se confundía con la mía. Era como si el tiempo nunca hubiera pasado, una comunión perfecta.

Luego de aquel fin de semana increíble, de un reencuentro que nunca pensé tuviera tanta pasión, me volví a casa. Los siguientes días, fueron interminables, la extrañaba mucho, si bien hablábamos todos los días y nos decíamos lo mucho que nos queríamos y nos hacíamos falta, yo no resistía la soledad. Lloraba en el teléfono como una niña.

Todo lo bueno del reencuentro, se tornó en una pesadilla de soledad y ansiedad sin control.  Una noche la llamé muy tarde, y hablamos hasta la madrugada. Ella no podía dejar su trabajo, y quería que yo me fuera a vivir con ella. Yo estaba confundida, pero la necesitaba mucho, finalmente decidí pedir unas vacaciones para poder pasar más tiempo juntas y ver como funcionaba todo.

Nosotras ya habíamos vivido juntas en nuestra primera etapa, y nunca tuvimos problemas de convivencia, pero ya no éramos las mismas y estábamos muy acostumbradas a las mañas de la soledad.

Yo tenía casi todo listo para viajar, cuando una mañana, tocaron timbre de mi casa y al abrir estaba allí parada mi Tere. La felicidad, me inundó, fue un momento sublime, aquel abrazo, aquel beso no los podré olvidar jamás. Pasamos unos días en mi casa antes de viajar a B.S., hicimos un par de reuniones para que se reencontrara con viejas amistades, visitamos a mi familia, nos escapamos una tarde a un hotelito que solíamos frecuentar en La Paloma. Después de esa semana de sueño, viajamos a su casa, pues tenía que volver al trabajo. Cuando llegamos noté algunos cambios, básicamente tenía un dormitorio nuevo.

Clara – Ay Tere que lindo, cambiaste los muebles. Teresa – Mi amor, no te olvides que estamos comenzando una nueva vida. Yo espero que te quedes conmigo para siempre, y que te sientas la dueña de casa. Clara – (sumamente emocionada) Te amo como nunca amé a nadie.

En ese momento me desnudé, y ella al mirarme hizo lo mismo. Luego, durante varios minutos, nos miramos hasta el último rollito, la última arruga. Las miradas eran caricias amorosas que mostraban entrega total y absoluta. Su cuerpo era para mi el más hermoso y deseable del mundo. Mi cuerpo era para Teresa el más adorado y ansiado.

Me acosté en nuestra cama, y abrí mis piernas totalmente, ella se paró a los pies de la cama a observar mi humedad, luego se acostó a mi lado y me acarició suave y amorosamente hasta que me corrí en su mano. Toda su mano estaba en mi vagina, y se movía, giraba, entraba y salía. Sus ojos no se apartaban de los míos, su respiración se confundía con la mía. Era como si el tiempo nunca hubiera pasado, una comunión perfecta. Ella tomó mi mano y la llevó a su sexo, para masturbarla duro, como a ella le gusta.  Primero utilicé mi mano, pero después deseaba comer su sexo y hundí mi cabeza entre sus piernas, hasta que sentí mi rostro bañado por su licor.

Corazones agitados, jadeos incesantes, besos, olor a sexo caliente, nuestra habitación era la gloria.

Después de un rato, nos sentamos enfrentadas y trenzamos las piernas para poder chocar nuestros sexos uno contra el otro. Muy abrazadas, con los pechos apretados, sudorosas y anhelantes, fue un momento maravilloso, un delirio. Era clarísimo que teníamos que seguir juntas y que no haberla seguido la primera vez que se fue del país fue un gran error. A partir de allí formamos una pareja sólida en todos los sentidos. Durante varias semanas vivimos una luna de miel, puede que alguien piense que es una ridiculez: dos veteranas, con mil batallas peleadas, viviendo un romance. No sé, puede ser, pero la verdad es que nos sentíamos de veinte, en todos los sentidos.

Salíamos a bailar, a caminar, nos reíamos sin razón aparente, y reavivamos la pasión. La pasión era por momentos incontrolable, una tarde cuando volvió de trabajar, yo estaba haciendo algunos ejercicios de yoga en el living. Se sentó muy en silencio a observarme y cuando terminé ya no estaba. Me levanté medio sorprendida a buscarla y la encontré en la ducha. La puerta del baño estaba abierta, como la mayoría de las veces, observé su figura mojada, fresca, deseable y no pude contenerme, me quité la ropa y entré a la ducha.

A partir del momento en que rocé su piel, ella giró hacia mí y nos besamos mucho, apretadas una contra la otra.

“Dame toda tu mano”, le pedí. Ella se agachó muy lento, acarició mis piernas, besó mi escaso vello púbico y su mano fue lentamente ubicándose, en mi sexo buscando mi vagina. De a poquito y con un leve y dulce dolor, su mano entera se movía en mi interior, generando en mi ser, oleadas de placer, calor, mucho calor, mi sexo ardía en deseos de ser suya. No quería que se saliera, yo la deseaba como nunca antes.

Finalmente salimos del baño, y yo seguía ardiendo en deseos de ser suya. Me tendí en la cama, abrí mis piernas, y solo tuve que mirarla, para que Teresa comprendiera. Bañó su mano con lubricante y nuevamente guardó su mano en mí. No quería que usara el arnés, quería sentir sus dedos, nudillos, su puño entero en mi interior. Creo que finalmente me desmayé de tanto gozar, cuando desperté era de madrugada y ella estaba dormida sobre mi pecho, su mano olía a mi sexo, estaba sobre mi vientre.

Me volví a dormir, absolutamente feliz, y satisfecha. En la mañana, se fue muy temprano, la llamé pero estaba ocupada y no tenía tiempo de almorzar. Hasta la tarde no nos vimos.

Cenamos temprano y nos llevamos el postre a la cama. Hacía semanas que dormíamos desnudas, y esa noche no fue la excepción. Siempre había querido comer sobre el cuerpo de una mujer, increíblemente nunca lo había hecho.

Coloqué crema batida y frutillas sobre todo su cuerpo, Teresa, no podía parar de reír, pero cambió las risas por suspiros y jadeos cuando comencé a comérmela completita. Uffff, que fiesta, su piel encremada, su sexo húmedo y las frutillas azucaradas. Se retorcía en la cama de placer y yo me sentía a tope. Lo más sabroso fue su coño caliente, ufff ¡que gloria!

Nuestra vida era fabulosa, nos entendíamos tan bien, en todos los sentidos. Cualquier cosa que hayamos pasado, para llegar al reencuentro, sin dudas valió la pena. Aún hoy, luego de años de convivencia, seguimos tan seguras y felices.

Autora: Amandaz

z.amanda@lycos.com

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Un viejo amor, Clara y Teresa

No hicieron falta palabras, toda la pasión, el grande y viejo amor estaban allí entre nosotras. Sonreímos, nos acariciamos, no hubo palabras, hicimos el amor entre suspiros, gemidos y gritos ahogados por besos y lenguas húmedas y traviesas.

Después de Marta, entendí que yo necesitaba otra cosa. Hacía mucho tiempo que no tenía una relación más seria, es cierto que tengo amigos y amigas para conversar, discutir temas de la vida, pasear, viajar. Pero al llegar a casa nadie me espera, y si un día no llego a nadie le importa. Cursi, pero cierto, y a veces siento necesidad de contar con alguien al final de la jornada.

Pensando en todo esto, recordé a mi última relación seria, Tere, una mujer increíble, inteligente, dulce, arrolladora, linda. Mi Tere, tenía unos 10 años más que yo, habíamos tenido un romance hermoso algo así como 12 años atrás. Una relación muy fuerte, ella es una mujer poderosa, que siempre tomaba la iniciativa, a quien le gustaba tener controladas las situaciones.

Nos dejamos por un tema de distancias geográficas, ella dejaba el país por trabajo y yo no podía acompañarla y dejar todas mis cosas aquí. Nos mantuvimos en contacto por un tiempo, incluso nos hicimos algunas escapadas porque nos extrañábamos mucho, pero con el tiempo la distancia nos superó. Decidí buscarla y saber que era de ella. Me costó poco trabajo encontrarla porque seguía trabajando para la misma empresa, y ahora estaba en Buenos Aires. La llamé, hablamos mucho y con mucha naturalidad. Ella estaba sola, y se alegró al saber que yo también. La comunicación entre nosotras siempre fue muy buena, muy abierta y directa. Así fue como el siguiente fin de semana me tomé un buque para ir al encuentro de un viejo amor.

Llegué temprano en la mañana, ella me esperaba en el puerto. Nos fuimos directo a su casa a dejar las cosas y luego salimos a pasear. Caminamos toda la mañana, conversamos, nos reímos mucho. Ella estaba casi igual a como la recordaba, cabello rubio corto, alta y delgada, pero con caderas bien redondeadas, sus senos eran grandes (yo tenía el recuerdo de unos hermosos pezones puntiagudos). No nos olvidemos que se trata de una mujer de 60 años, pero muy coqueta y elegante. Siempre me había impresionado su porte, su manera firme y confiada de caminar.

Almorzamos en un lugar muy elegante, y llegando el momento del cafecito, me miró a los ojos intensamente y me dijo cuanto le alegraba verme. Tomó mi mano y la besó con dulzura. Estábamos cerca de su casa, de manera que caminamos de regreso, hablamos de nuestras vidas y le conté por qué había decidido buscarla. Sonrió, me miró a los ojos y nos besamos en plena calle. Llegamos a su casa, y me fui a descansar al dormitorio asignado. Íntimamente rogué que no me pidiera otra cosa, pues estaba muy cansada y me sentía totalmente vulnerable. Afortunadamente, adivinando mis pensamientos, me dijo que ella también tomaría una siesta, para poder salir en la noche y presentarme a unos amigos.

A la noche nos preparamos para salir, aunque hubiera preferido quedarnos solas en su casa. Sus amigos resultaron personas muy agradables, pasamos una linda velada. Cuando volvíamos en el taxi, nos tomamos de la mano y así hicimos todo el viaje. En el ascensor, nos besamos una vez más, y me susurró que me deseaba. Su cuerpo estaba recostado sobre el mío sus manos en mi rostro, su aliento caliente en mi cuello. Nos abrazamos y sentí que no podría luchar contra aquel alud de sentimientos. Entramos, nos sentamos frente al ventanal, con las luces apagadas, apenas la timidez de unas velas iluminaba la estancia.

Yo sentía miedo, de lo que fuera a pasar, dos mujeres grandes con cuerpos no tan atractivos, tratando de revivir viejas épocas, ¿qué podía salir de todo aquello? Pero no podía articular palabras, mis ojos se llenaron de lágrimas mientras a aquella mujer me besaba y abría mi blusa. Sus manos eran demandantes como años atrás. Desnudó mi pecho, tomó mis senos en sus manos y los besó con devoción. Me besaba, y ahora iba por mi sexo. Su mano me arrancó la ropa íntima, sus dedos se metieron en mi vagina con gran agilidad y firmeza. Entre lágrimas y besos tuve mi primer orgasmo del fin de semana.

Nos besamos mucho, su mano se apretaba contra mi sexo, yo me abracé a su cuerpo, y de a poco le quité la blusa. De pronto nos despegamos para mirarnos, fue una pausa increíble, no hicieron falta palabras, toda la pasión, el grande y viejo amor estaban allí entre nosotras. Sonreímos, nos acariciamos, no hubo palabras, hicimos el amor entre suspiros, gemidos y gritos ahogados por besos y lenguas húmedas y traviesas. Nos dormimos sobre la alfombra, hechas un nudo apretado. En la mañana, una sensación de paz me invadió. Me sentía liviana como una pluma, no me importaba nada, nada más que estar allí con aquella increíble mujer. Una mujer apasionada como pocas había conocido.

Demoró un rato en despertarse, así que tuve tiempo para imaginarnos juntas en alguna parte del mundo, no importaba donde, pero juntas en la vida, en la misma cama, muy unidas. Mi mente iba demasiado rápido, lo sé, pero no lo puedo evitar así soy yo. Se despertó y se sintió inquieta por su desnudez:

Clara – ¡Ay Tere, ni te molestes en cubrirte, llevo un buen rato observando tu cuerpo, y el mío, no creas! Es claro que eres una mujer hermosa, con un cuerpo de 60, y yo una linda mujer con un cuerpo de 50. Tú me encantas, adoro mirarte, tocarte y todo. Espero que te haya pasado lo mismo. Teresa – (que me miraba sonriente), si alguien me hubiera dicho hace una semana que esto pasaría, lo hubiera tildado de loco soñador. He pasado la noche más notable de los últimos años. No recordaba que éramos tan compatibles. Clara – quiero más, ahora, anda dame un beso.

Me acosté sobre ella, presioné sus senos y comencé a succionar.  Cuando acaricié su sexo, ya estaba muy mojado. Sonreí, gozosa, sentía que le estaba dando placer a una hembra maravillosa. Sus ojos pedían más y más, su lengua estaba ávida de mi piel.  De pronto giramos y ella estaba sobre mí, frotando su sexo duramente contra mi pierna, mientras apretaba mis tetas duras y enrojecidas. Gritó de placer y se derramó sobre pierna. Me miró con lujuria y se inclinó para besar mi sexo, hasta hacerme correr en su cara. Jadeantes, húmedas nos quedamos abrazadas sobre la alfombra donde pasamos la noche.

En algún momento de la mañana sonó el timbre, pero no atendió, nos levantamos en silencio y nos metimos en su cama, muy pegaditas. Luego de otro rato de mimos y caricias, decidí tomar una ducha. Ella preparó café y unas frutas para desayunar/almorzar. Cuando salí del baño el banquete estaba servido sobre la cama. Comimos, nos besamos, conversamos mucho, mucho, tanto que casi se nos hicieron las seis de la tarde y seguíamos en la cama. El timbre volvió a sonar, y esta vez fue a abrir. A pesar de ser domingo, se trataba de un asunto de trabajo que debía resolver, de manera que me quedé sola en el dormitorio, y como demoró un rato, me quedé dormida.

Al otro día cuando me desperté ya se había ido a trabajar, pero un rato después me llamó para disculparse. Yo estaba tan feliz que era imposible que me enojara, así que simplemente me dediqué a esperar su vuelta en la tarde. Ordené un poco el dormitorio, cociné algo para la noche, y me relajé en la bañera. Tanto así, que cuando llegó yo dormitaba en el agua tibia y perfumada. Me desperté al sentir su beso, y su mano que trataba de masturbarme. Ayyyyyy, por favor, que riquísimas sensaciones me provocaba Teresa. Me corrí en la bañera, con su mano en mi sexo, y su lengua en mi boca. ¡Qué placer tan indescriptible! Luego de un rato, pude incorporarme y me dejé abrazar por su cuerpo perfumado, fuimos a la cama. Me recosté y me pidió que cerrara los ojos. Todo mi cuerpo temblaba de tanta excitación, de pronto sentí sus manos separando mis piernas, y luego sus dedos hurgando mi vagina. De inmediato su lengua me lubricaba y sentí algo metiéndose dentro de mí. ¡Que ricooo!

-¿Qué es eso?, le pregunté. -Solo disfruta y mantén los ojos cerrados, amor.

Aquello comenzó a girar dentro de mí, pude reconocer las bolitas entrando y girando en mi interior. Me corrí otra vez, gritando con fuerza. Increíble, simplemente increíble.  Nunca pensé que buscar a Teresa después de tanto tiempo me diera tantas satisfacciones. Pasamos un fin de semana increíble, hablamos de todo, cosas que no había hablado con nadie y en la cama fue sensacional.

Queda para una próxima oportunidad, el resto de mi historia, con Teresa.

Autora: Amandaz

z.amanda@lycos.com

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