En la clínica privada

Comenzó a penetrarme, muy rápidamente y muy bruscamente acelerando muchísimo sus embestidas, mientras yo intentaba no gritar por el placer, agarrándome de la pared. Él sacó uno de mis pechos de mi brassier y lo comenzó a estrujar, empujándolo al ritmo de sus penetraciones.

Primero que nada, me presento de nuevo, díganme Audrey si quieren, es un seudónimo. Me describo a mí misma, la gente dice que tengo buen cuerpo y lo acepto, soy rubia, con ojos azules y labios carnosos.

Mis pechos son medianos, acercándose más a grandes, y mi trasero es un objeto de deseo. He vivido sola los últimos 3 años, lo cual me ha dado tiempo de fantasear de muchas cosas. El relato que escribiré ahora es ficticio, igual que los personajes y las situaciones.

Durante cierto tiempo, trabajé como asistente de consultorio en una clínica privada, aunque el trabajo era fastidioso, por estar sentada todo el día, casi sin descanso viendo gente enferma, además de que contagiarse era algo fácil. Lo único que disfrutaba de ese trabajo era que el doctor me trataba muy bien; en ciertas ocasiones lo había descubierto mirando el amplio escote que tenía mi bata. Casi nunca usaba nada abajo, por el calor.

Bueno, un día, el doctor me llamó a su consultorio, al cruzar la puerta, noté como sus ojos se encajaban inmediatamente en mis pechos, desvió la mirada inmediatamente y me invitó a tomar asiento. Después de una corta conversación, me invitó a cenar con su esposa a su casa, en 2 días, yo acepté encantada, le dije que me presentaría ahí. Los dos nos levantamos al mismo tiempo y salimos del consultorio. Se ofreció a llevarme, pero le dije que no, que prefería caminar, además de que sólo lo hacía desviarse más.

Ya camino a casa no podía evitar dejar de pensar en el doctor, en la manera en que siempre me veía, y más aún, ahora no podía creer que estaría en su casa dentro de 2 días, quizá debía estar preparada… no, solo ilusiones, recordé que era casado y su esposa estaría ahí. En fin, ya en la esquina de mi casa, cerca de un parque, un sujeto salió con una navaja, y me la puso en el cuello, diciéndome que no hiciera ruido, y que caminara con naturalidad hacia el parque.

Lo obedecí, con miedo a que pudiera herirme. Cuando al fin llegamos a una zona cubierta de árboles, me puso de frente a él y me miró, diciéndome. “Ahora vas a saber para lo que eres buena”; y de un solo tajo, abrió mi bata y mis senos salieron al aire. Intenté taparme, pero el sujeto me tomó las manos y las ató con una cuerda. Me quitó lo que quedaba de la bata, mi cuerpo temblaba, de nerviosismo, de frío y a la vez ¿de excitación?  Me tiró al suelo y me levantó la cadera. Pude ver como sacaba el pene de su pantalón, demasiado asustada como para intentar huir.

El sujeto apartó las bragas de mi vagina y ensartó su miembro dentro de mí, haciéndome gemir. Intenté zafarme, pero me tenía bien sujeta de las caderas. Él me decía que me quedara callada o que me iba a matar, prefería morir, pero poco a poco, esta sensación de dominación me fue dando más placer. Creo que inconscientemente acepté la situación y fue entonces cuando comencé a gozar de aquella violación.

El tipo este, como ya dije, me tenía sujeta de las caderas, con las manos atadas y con su pene dentro de mí. Le dije que parara, que le iba a ayudar con la situación. Me miró unos segundos, sospechosamente, pero finalmente pareció aceptar. Lo senté en el pasto, crucé mis brazos amarradas por su cuello y me levanté poquito, para meterme su pene.

La sensación al principio fue dolorosa, pero muy placentera, me desinhibí totalmente y empecé a gritar como loca, moviendo mis caderas para que su pene entrara en mí cada vez más y más. El sujeto apachurró mis senos, los lamía mientras mordía mis pezones que se habían endurecido, sentía como mi vagina se contraía contra su pene, haciéndome sentir un placer intenso. Comencé a acelerar mi sube y baja de caderas, hasta que un grito del hombre, me hizo saber que acababa de eyacular dentro de mí. Los dos nos relajamos. Su verga seguía dentro de mí, tratando de recuperar la respiración, me eché para atrás y di un último gemido, mientras me apretaba mis pechos. Le di un beso en la boca y me levanté, arreglando lo poco que me quedaba de ropa.

Esa noche, llegué a mi casa y dormí muy cómodamente, preguntándome cómo es que me había excitado tener sexo con un desconocido. A la mañana siguiente, llegué tardísimo al consultorio, pues la aventura me había agotado totalmente. El doctor me recibió apresurado, sorprendiéndose de mi aspecto de cansancio y me pidió que comenzara cuanto antes. Le pedí disculpas y comencé a reorganizar a los pacientes.

Fue otro día aburrido, como de costumbre, sin nada más que hacer, que ver a gente tosiendo, vomitando, corriendo al baño, etc. Si no fuera por el doctor, ya hubiese renunciado hace tiempo. En fin, ya era la hora de salida y las consultas ya habían sido cumplidas, el doctor me mandó llamar. Cuando entré a su oficina, de igual manera que la noche anterior, lo primero que vieron sus ojos fueron mis pechos. Esta vez, sin embargo, lo noté mucho más interesado en mí.

Me preguntó:

-¿Qué te pasó hoy? Nunca habías llegado tarde Audrey, y eso no es todo lo que me preocupa, es decir, con todo respeto, mírate, estás hecha un desastre, ¿Qué te pasa?

Inmediatamente vi mi oportunidad, este era el momento para satisfacer mis deseos por mi doctor.

-Bueno-le dije- lo que pasa, es que… es algo personal, es que es algo que me avergüenza. -No importa, dijo él, cuéntame lo que quieras. -Bueno, lo que pasa, es que ayer, me pasé masturbándome pensando en ti, deseaba tenerte dentro de mí, sólo pensaba en ti, cogiéndome, me imaginaba chupándote todo. -¡Por favor, basta, no sea imprudente, estoy casado! Lo sé- le dije, mientras me sentaba en sus piernas.

Le di un beso en la boca, mientras tocaba su aparato, el cual ya tenía una notable erección. Desabroché mi bata y saqué un pecho de mi sostén, poniendo el pezón en su boca, mientras yo seguía tocando su miembro.

-¿No vas a hacerme tuya? le pregunté. -Agárrate de lo que puedas niña.

Me tendió sobre su escritorio y me abrió de piernas, dejando al descubierto mis braguitas rojas, se deshizo de ellas inmediatamente y comenzó a masajear mi clítoris, metiendo uno que otro dedo en mi vagina, yo empujaba su cabeza hacia mi vagina, quería correrme en su boca, quería que probara mis jugos. Para acelerar la excitación, comencé a acariciar mis pechos, apachurrarlos, lamiendo mis pezones.

El doctor seguía con su exquisita labor, nunca había sentido algo tan delicioso, sin duda su esposa era feliz.

-¡Dame más, dame, dame más! Quiero que me excites, cógeme, te quiero dentro de mí, te deseo, soy tuya, hazme lo que quieras.   El doctor hizo caso omiso a mis peticiones y siguió lamiendo mi vagina. No pude retenerme más, tuve un orgasmo en su boca, se encargó de chupar todos mis jugos. Se embarró la mano con ellos y mojó mis pechos con mis líquidos los sobó, Ahh. ¡Cógeme, cógeme, quiero tenerte dentro de mí! Me moría porque me metiera su miembro.

El doctor me tomó de la espalda, me levantó y me sentó sobre el escritorio. Me quitó la bata, botón por botón y yo desabroché mi sujetador, dejando mis pechos al descubierto total, con mis pezones erectos, manchados de mis jugos.

-Tómalos, son tuyos, ¿Querías mis pechos? ¡Ya son todos tuyos! Crucé mis piernas alrededor suyo y tomé su miembro, hasta tener el glande en la entrada de mi vagina. Puse los dos brazos en el escritorio y entonces él hizo su primera embestida; sentí un placer increíble y me corrí inmediatamente. Sentir su enorme miembro dentro de mí, mi trasero flotaba, mientras mis pechos rebotaban con cada sube y baja de nuestras caderas.

-¿Estás contenta? ¿Quieres más?-dijo el doc. -Dámela toda, le dije.

Me tomó de las caderas y me bajó del escritorio cargada, pasamos, a un cuarto anexo al consultorio, donde había una pequeña cama individual (para propósitos médicos, obviamente). En el camino que me llevó cargada, no dejaba de mirar su pene, era de tamaño muy respetable, como 22 centímetros, muy grueso, me iba a dar un placer inmenso, aún no había dado todo de mí, quería esperar el momento óptimo. En cuanto llegamos al pie de la cama, él me dejó hincada en el piso, y él se sentó en el borde de la cama.

-Quiero que me la chupes, quiero llenarte de semen esa deliciosa boca tuya.

Y luego, luego, me di a la tarea de chupársela, su olor era delicioso, igual que su sabor, la metí completa, hasta casi ahogarme, pasé mi lengua por toda su verga, chupé su cabecilla, y entonces, el doctor me empujó la cabeza, haciendo que su pene me llegara hasta la garganta. Es todo tuyo… y haciendo una última embestida dejó todo su semen sobre mi boca, me escurrió hasta que llegó a mis pechos. Lo embarré en ellos. Su pene parecía nuevo, seguía igual de grande, como al principio. Ahora vas a saber lo que es placer niña, te voy a dar por el ano Esa idea me espantó un poco, pues había oído que era muy doloroso, pero la excitación me llevó a aceptar.

El doctor, me puso en cuatro sobre la cama y me dijo que me relajara, que iba a doler al principio, pero que sería la gloria cuando me acostumbrara. Acepté y me preparé a recibir el impacto de su pene. El doctor jugó un poco con mis enormes nalgas, las acarició y me relajó bastante, mis glúteos se había puesto duros, levanté la cadera un poco para indicarle que era el momento de ser penetrada. Inmediatamente sentí como su miembro se introducía dentro de mí casi completo, dejé salir un gemido de dolor, el maldito no había usado ni lubricante, sentía como me desgarraba el ano, fue un dolor inmenso, que no pude soportar mucho tiempo, intenté salirme de él, pero como había pasado la noche anterior, estaba bien sujeta de las caderas, el doctor no me dejaba salirme.

-¡Déjame, déjame, salte de mí, me estás partiendo, ahhhh, nooo, ayyy, me duele mucho, sácamelo, sácamelo! Pero no me escuchó y siguió con sus penetraciones, cada vez lo hacía más y más duro, y también cada vez me iba acostumbrando más y más al dolor que me produjo ese inmenso miembro, sentí como mis jugos se escurrieron sobre las telas que cubrían las camas, mientras el doctor seguía con sus movimientos de caderas, tuve no sé cuantos orgasmos seguidos, mi vagina se dilató totalmente y mi ano estaba ocupado por alguien más.

-Ahora te voy a llenar toda de semen. ¿Quieres? ¿Quieres? Te voy a soltar todo.

Estaba tan adolorida que no contesté, pero sentí como se corrió dentro de mí y apoyé mi cabeza en la almohada, para ver como se escurría su semen y se mezclaba con mi sangre y mis fluidos.

-Ahora sí, vas a tener que limpiármelo todo.

Debo admitir que me dio asco, puesto que esa combinación es repugnante, pero la excitación me hizo hacerlo. Y vaya que no es algo recomendable, casi vomito. Pero en fin, el doctor me dio un aventón a mi casa y llegué a dormirme, sin siquiera bañarme. Lo bueno es que me dio el día libre, para que me recuperara y pudiera ir a cenar a su casa en la noche, con la esposa. El día siguiente me desperté bastante tarde, el dolor que había tenido toda la noche parecía haber desaparecido mágicamente, de hecho podría masturbarme sin herirme, realmente tenía ganas de hacerlo, pero recordé la velada que me esperaba en la noche, de nuevo con mi doctor, ya vería la manera de hacerlo sin que su esposa estorbara.

Me arreglé muy bien para aquella noche, me bañé, me dediqué especialmente a tallar mis pechos, pues habían quedado con el olor del semen y de mis fluidos. Al salir, rasuré mi vagina, me quité todo el vello que tenía en mi pubis, me puse lápiz labial rojo, atractivo, sombra en los ojos que me hacía ver hermosa, me puse un brassier ajustado, negro, con bordados en las copas, me puse un calzón negro, de esos que se unen con medias, encima de todo, un vestido con escote al frente y a los lados, me hubiera cogido a mí misma de lo atractiva que me veía (sin afán de presumir, pero es la verdad).
Me alisté a ir, tomé las llaves de mi auto y me dirigí a casa del doctor. Toqué a la puerta y me abrió una señora bastante bella, con una voz sensual ¿Audrey?-preguntó. Sí, mucho gusto y me invitó a pasar. La casa era bastante bonita, se veía que le habían dedicado mucho dinero a construirla.

-¿Algo de tomar? dijo ella. No gracias, así estoy bien.

De pronto llegó mi deseo, el doctor vestía un traje, que lo hacía ver aún más atractivo, mi deseo por él se hizo de notar, puesto que mis pezones se pusieron duros al instante. Traté de cubrirlos con el abrigo que tenía, pero aparentemente él se dio cuenta, puesto que su mirada se clavó fijamente en ellos. Pasamos al comedor y estuvimos hablando de cosas triviales, bromeando de algunas cosas, criticando otras, opinando. Pese a que todo parecía ameno, yo me estaba aburriendo, pues mi intención esa noche era cogerme al doctor, a ese macho tan atractivo que en esos momentos me hacía humedecerme nada más de verlo.

Pero mi momento llegó, cuando su esposa dijo: Ahora vuelvo, tengo que ir al baño, sigan divirtiéndose. En cuanto subió el último escalón, lo único que pude hacer fue descubrir mis pechos y enseñárselos al doctor. Se paró inmediatamente y me dio la mano para que me parara.

– Desabróchate el vestido. -Pero su esposa está arriba, doctor. -Hazlo, solo hazlo, nunca se enterará.

La excitación de que su esposa nos viera no me hizo esperar y desabroché mi vestido inmediatamente, él levantó mi abrigo junto con la falda y me bajó un poco las bragas, desabrochó su pantalón y sacó su pene. Inmediatamente comenzó a penetrarme, muy rápidamente y muy bruscamente acelerando muchísimo sus embestidas, mientras yo intentaba no gritar por el placer, agarrándome de la pared. Él sacó uno de mis pechos de mi brassier y lo comenzó a estrujar, empujándolo al ritmo de sus penetraciones.

-Ya te voy a acabar y acto seguido, sentí como su semen se desparramaba dentro de mí, llenándome hasta el tope. Nos relajamos y nos vestimos de nuevo, limpiando nuestros fluidos con servilletas, algo bastante sucio de mi parte, pero era preferible a que su esposa se diera cuenta. Su esposa bajó unos segundos después de que nuestro breve acto sexual acabara.

-Muy bien, ¿De qué hablamos? dijo la esposa de manera dulce. De cualquier cosa…

El celular de mi doctor interrumpió el comentario y se levantó muy rápidamente de la mesa.
Demonios, debo irme, adiós, me necesitan de emergencia en la clínica, mil perdones, adiós. Audrey, nos veremos el lunes. Amor, nos vemos más al rato, perdón. Y así, aquella noche se arruinó, pues sabía que no iba a poder coger más con mi señor del deseo.

-Bueno, será mejor que me vaya, dije, mientras me levantaba de la mesa. – Si, tal vez, sea mejor.

-Adiós- me dijo la esposa del doctor- y de repente me dijo: ¡Adiós, maldita zorra! Mientras me daba una cachetada. -Muy linda cogiéndote a mi esposo, pues ahora vas a saber lo tanto que me dolió.
Me dio otra cachetada y me tendió sobre la mesa. Puso sus manos sobre mis pechos, mientras yo aún no podía creer lo que estaba pasando, me costó bastante trabajo, no sabía cómo reaccionar, no sabía si debía irme, o no sabía si debía quedarme. Pero por el momento simplemente le seguí la corriente a la señora. Me sentó sobre la mesa y me quitó el abrigo, prácticamente me arrancó el vestido, Vaya, un vestido de $500 medio roto por una loca, pero en fin, decidí ver que tan lejos podía llevarme la excitación. Me bajó los calzones de un solo tirón y me dejó con mi vagina recién rasurada tendida sobre la mesa.

-Con que venías preparada para mi esposo, eso es bueno, me dio un par de cachetadas, por alguna razón me excitaron y mis pezones se pusieron duros. Ella continuó con su tarea de desvestirme, tomó un cuchillo de la mesa y cortó mi brassier, liberando a mis pechos de su encierro.
Vaya, con razón mi esposo hablaba tan bien de ti, estás bien dotada niña, pues ahora me vas a ver a mí.

Yo seguía sentada en la mesa, mientras ella comenzó con un bailecito bastante erótico que me excitó al máximo, se quitó la falda poco a poco, dejando al descubierto sus nalgotas, debo admitir que se me antojaron como nada más, pero me mantuve sentada y dejé que la señora tomara la iniciativa. Se arrancó la blusa y con esto, me dejó ver su enorme par de senos, eran lo más hermoso que había visto, eran redondos, con un gran pezón oscuro, tuve el impulso de chuparlos y me abalancé sobre ellos, pero la señora me soltó otra cachetada, esta vez me dolió bastante.

-No, ahora yo seré tu ama, si yo no te pido que me lamas no lo harás. ¿Entiendes? Ven acá, ven.
Y entonces me tomó de los cabellos y me jaló para que la siguiera hasta la cocina. Ya que estábamos ahí me subió al mostrador y me ordenó que me quedara quieta, si veía que me movía, me azotaría. Mis pechos, mis glúteos y mis pezones estaban en su máxima dureza. Se fue por un momento y yo me quedé sola, sumida en mi excitación, preguntándome que era lo que me aguardaba; la noche no era tan mala como creía que acabaría. Y al fin, mi captora regresó, cargando unas cuerdas y una cinta, claro que sabía lo que significaba. Estar indefensa de nuevo, ante una desconocida y con todo mi cuerpo a su disposición, este pensamiento me hizo correrme un poco, traté de contenerme, pero escurrí mis jugos sobre el mostrador.

-¡Límpialos con la lengua!  Ahora, maldita perra, hazlo.

Me di a la tarea de hacerlo, me probaba a mí misma al limpiar eso, me excitaba tanto pensar que había salido de mi sexo. Mientras tanto, mi dueña ya me había atado las manos y los pies, me agarró un busto y jaló de él, para indicarme que me levantara. Me tomó de los pechos y me subió a mi posición en el mostrador. Tomó la cinta y me puso un pedazo bastante grande en la boca. Estaba inmóvil e indefensa.

-Ahora sí, vas a saber lo que soy yo. Sacó un pepino enorme del refrigerador, era ancho y largo, debo admitir que me aterró el verlo, pues no creí que fuera a tener ninguna compasión conmigo. Metió ese pepino de un sólo empujón, casi completo, como 30 cm. Y 8 de ancho, lloré inmediatamente, mis ojos saltaron por el dolor, mientras sentí esa cosa enorme dentro de mí. Me retorcí como pude, intentando que esa cosa saliera de mi vagina, intentando que el dolor cesara, pero no salía, comencé a chillar, pero no podía gritar por la cinta en mi boca. Mi dueña estaba parada, viéndome fijamente, metiéndose los dedos en la vagina, no comprendía cómo es que podía gozar viendo mi dolor.

Nunca había experimentado un dolor tan extremo, creo que me desmayé o algo así, porque cuando desperté, estaba en una habitación, tendida desnuda en una cama, con mi ropa a un lado. Sin dudarlo, me vestí, salí de ahí y renuncié a mi trabajo en el consultorio médico, casi no podía caminar por el dolor que aún me agobiaba.

Bueno, este es el segundo de muchos relatos que les contaré, por favor, mándenme sus comentarios u opiniones y díganme que piensan. Debo aclarar que no soy lesbiana.

Autora: Nellis_cuteblonde

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Trío lésbisco

Chupé, lamí y succioné todo lo que aquella vagina me podía dar, juguitos deliciosos y Mariana se arqueaba conforme yo la hacía sentir placer. Mi hermana también se arqueaba conforme Mariana le mordía la vagina al acercarse al orgasmo. Mientras yo chupaba, le sobaba el trasero a mi hermana, quien estaba a mil.

Todo empieza cuando mi hermana gemela y yo íbamos caminando por las calles y de pronto, se nos apareció una hermosa señorita, se nos acercó y nos empezó a hablar como si la conociéramos desde hace mucho. Mi gemela y yo, le seguimos la plática, pues parecía muy simpática.

Seguimos hablando durante mucho tiempo, hasta que se hizo de noche y era hora de retirarnos. La invité a que nos acompañara a la casa, acabábamos de ganar una amiga así sin más, y algo así no pasaba todos los días. Llegamos a nuestra casa y nos sentamos en la sala, a tomar unas copas, las cuales se nos pasaron después de un rato y estábamos medio pasadas de copas. Fue entonces cuando decidimos ir a dormir, dejé que ella durmiera conmigo y mi hermana fue a su cuarto.

Ya después de un rato de habernos dormido, comencé a sentir un roce por mis pechos y mi vagina, pensé que sería la sábana o algo así, pero entonces, abrí los ojos y vi a nuestra nueva amiga Mariana tocando mis grandes pechos. ¿Qué estás haciendo?- le pregunté, mientras me alejaba de ella. Tú solo relájate y déjame recorrerte toda, quiero tocarte toda.- respondió ella mientras me levantaba la blusa. Como estaba medio pasada, no hice movimiento alguno y dejé que ella siguiera jugando con mis pechos y comenzara a apretar mis pezones, que estaban duros. Mariana se hincó sobre mis caderas y comenzó a besarme el cuerpo, los pechos, me lamió toda.

Noté como poco a poco me fui humedeciendo y entonces comencé a disfrutar las caricias de mi nueva amiga. Me lamió suavemente mis pezones, lo que los endureció al máximo, lamió mis pechos, todos ellos quedaron ensalivados por completo y después, Mariana bajó un poco y me quitó mi braguita, lentamente, deslizándola por mis piernas, lamiéndome toda, haciendo que mi vagina comenzara a chorrear más y más. Ya que me hubo quitado todo, comenzó a desnudarse poco a poco, de manera muy sensual. Se levantó de la cama y se paró junto a mí. Yo me senté y comencé a ver como bailaba sensualmente para mí. Se quitó su ropa, sus pantalones, bajó sus braguitas poco a poco y me dejó ver esa hermosa vagina.

Sin dudarlo ni un momento más, me arrodillé y comencé a chupársela, mientras ella continuaba quitándose la playera y desabrochando su sostén. Empecé a lamerle su sexo, era delicioso, empapado de juguitos gracias a mí, metí mi lengua poco a poco y gradualmente mis dedos. Así, así, sigue, sigue, que me corro, sigue mi amor- gemía ella mientras yo continuaba con mi labor. Me empujaba la cabeza hacia su sexo y yo lamía frenéticamente cada pedacito que se me ofrecía. La tomé de las caderas y la llevé hasta la cama, me senté junto a ella y comencé a besarla, ella tocaba mis pechos, mientras acariciaba mi vagina con la otra mano y yo hacía lo mismo con ella, nos humedecimos todas, besándonos apasionadas, hasta que finalmente nos quedamos dormidas.

A la mañana siguiente, nos levantamos al mismo tiempo y nos dimos un beso de buenos días. Mi hermana estaba en la cocina, haciéndonos el desayuno. Mi amiga y yo fuimos a donde estaba ella y yo, atrevidamente le conté lo que habíamos hecho; mi hermana se quedó quieta, sin decir nada, quizá porque le extrañaba que yo tuviera esas tendencias, no sé, pero inmediatamente noté como sus pezones se pararon poco a poco, igual que los míos. Las dos nos miramos fijamente y nos acercamos la una a la otra, poco a poco, era como caminar hacia mi reflejo. Nuestros cuerpos eran prácticamente iguales, las dos teníamos los pechos grandes y hermosos, bien formados, con un trasero grande también, que era objeto de deseo de muchos hombres y muchas mujeres.

Nuestra cara era prácticamente idéntica. Pero ahí estaba yo, parada frente a mi reflejo, viendo mis hermosos pechos. Mi hermana me tomó de las caderas y yo hice lo mismo, comenzamos a bailar sensualmente, mientras Mariana nos veía y comenzaba a excitarse. Ambas comenzamos a tocarnos el trasero, nuestras nalgas eran deliciosas la una para la otra, nos recorrimos nuestros cuerpos, completos, hasta el más mínimo detalle. Aplastando nuestros pechos, comenzamos a besarnos tiernamente, tomé a mi hermana por el cuello y le besé los labios, le metí toda mi lengua en esa hermosa boca suya y comencé a saborearla. Ella, por su parte comenzó a masajear mis pechos deliciosamente, tocando mis pezones a cada momento. Definitivamente era mi hermana, sabía lo que más me excitaba.

Mientras tanto, Mariana, nos veía; se había sacado un pecho del brassier y se lo sobaba suavemente, viendo como mi hermana y yo nos tocábamos apasionadas. Tomamos a Mariana de una mano cada una y la llevamos hasta mi cuarto. Nos paramos frente a ella y le dijimos: Anda, cógenos, que somos tuyas, haznos tus putitas, haznos tus gemelas de cama, cógenos como quieras. Y Mariana, sin hacerse del rogar, se acercó a mi hermana. La tomó de las caderas y la besó, metiendo su lengua en la boca mientras mi hermana se entregaba totalmente a su nueva dueña. Mariana se arrodilló y desabrochó el pantalón de mi hermana lentamente, besando sus piernas y besando su vagina a través de sus braguitas. Mi hermana solo gemía levemente.

Mariana continuó con su labor y ya que le hubo quitado el pantalón a mi hermana, comenzó a bajar sus medias, era algo excitante, Mariana tenía una forma muy sensual de hacer las cosas. Bajó las medias rozando las piernas a mi hermana, haciéndola excitarse cada vez más y más. A través de su calzoncito vi como comenzaba a humedecerse por los toques de su amante. Mariana, de un solo jalón acabó de quitar las medias y bajó las braguitas de un solo jalón también. Entonces subió y le arrancó la blusa a mi hermana y desabrochó su sostén, haciendo que sus enormes pechos saltaran. La besó un momento y entre las dos me desvistieron. Mi hermana bajó mis pantalones y mis braguitas rápidamente y comenzó a lamer mi vagina. Mientras Mariana me retiró mi blusa y mi brassier completamente y comenzó a lamer mis hermosos pechos.

Mis pezones estaban a punto de reventar y Mariana, comenzó a succionarlos como bebé, me excité tanto que me corrí en la boca de mi hermana, quien no había dejado de lamerme. Mariana, era tan excitante, lamía profesionalmente y mi deseo por ella aumentaba cada vez más y más. Entonces, fue cuando mi hermana y yo decidimos que era el momento de hacer gozar a nuestra amante. Las dos nos lanzamos sobre ella y comenzamos a besarla en la boca, le lamimos la cara. Metí mi mano bajo su pantalón y comencé a tallar su vagina, que estaba rebosando en líquidos. Ahora si te vamos a hacer correrte, mi amor, – dijo mi hermana, mientras le quitaba la blusa a Mariana y nos enseñaba sus hermosos pechos. Yo, por el momento, le había bajado los pantalones y le chupaba su sexo como la noche anterior, esa vaginita que tanto me había encantado de nuevo en mi boca.

Acostamos a Mariana en la cama y yo lamí su sexo, metiendo mi lengua y mis dedos al mismo tiempo, mientras mi hermana se había sentado sobre Mariana, dándole de comer su sexo. Yo chupé, lamí y succioné todo lo que aquella vagina me podía dar, juguitos deliciosos y Mariana se arqueaba conforme yo la hacía sentir placer. Mi hermana también se arqueaba conforme Mariana le mordía la vagina al acercarse al orgasmo. Mientras yo chupaba, le sobaba el trasero a mi hermana, quien estaba a mil, y tuvo un pequeño orgasmo en la boca de Mariana, quien se tragó todos sus juguitos. Yo, por mi parte, había hecho que Mariana se excitara a tal grado, que sus pezones estaban gigantescos, la lamí, hasta que de pronto, tuvo un maravilloso orgasmo que me llenó toda la boca de juguitos.

Ya que las tres nos corrimos, nos preparamos para la mejor parte del día. Mi hermana sacó un consolador que tenía escondido en sus cajones y se lo dio a Mariana. Las dos nos pusimos de a 4 frente a ella, enseñándole nuestras nalgotas y le dijimos: Ahora sí, preciosa, cógenos a las dos, danos todo. Y con toda decisión, ella tomó el consolador y de un sólo tiro se lo metió en la vagina a mi hermana, quien dejó salir un grito de dolor al principio. Yo veía como se cogían a mi hermana, mientras me masajeaba mi vagina. Mariana comenzó un mete y saca con el consolador, mientras mi hermana se apretaba los pechos con fuerza, para desahogar su gozo. Mariana dejó el consolador dentro de la vagina de mi hermana y comenzó a lamerle el ano, con tal sensualidad que me corrí al momento de ver eso.

Metió el consolador dentro del ano de mi preciosa hermana, poco a poco, cachito a cachito, hasta que ella se acostumbró a el y entonces, comenzó de nuevo con un mete y saca frenético, que hizo que mi hermana soltara unas lágrimas de dolor. Vi como mi hermana perdía fuerzas poco a poco y entonces, dejó salir un último grito antes de llegar a su orgasmo. Cayó rendida sobre la cama y Mariana le sacó el consolador. Ahora es tu turno de nuevo, te voy a hacer lo mismo que a tu hermanita- dijo ella mientras me ponía en cuatro. Lamió mi ano un poco, pero esta vez, no dudó ni un poco en meterlo todo de un sólo golpe. El dolor que sentí fue horrible, dejé escapar un grito de dolor, mientras Mariana me agarraba de las caderas fuertemente y comenzaba a metérmelo todo. Fue un dolor intenso, pero muy pronto se convirtió en placer extremo.

Mi vagina se humedeció al máximo y mucho antes de que ella pudiera sacarme el consolador, tuve un orgasmo descomunal y me corrí en su mano, llenándola de mi juguito. Mi hermana y yo nos levantamos al mismo tiempo y tomando el consolador, tomamos a Mariana de las caderas y se lo metimos todo. ¿Querías a tus gemelas preciosa?, pues aquí están las dos, te están cogiendo ahora. Y comenzamos a meterle el consolador en la vagina, Mariana se movía rítmicamente con nosotros y nos contagiaba su sensualidad.

Mi hermana y yo nos besábamos mientras seguíamos penetrando a nuestra amante. Le metimos el consolador hasta adentro, haciéndola pegar un grito de dolor intenso y después, tuvo su orgasmo. Las dos nos encargamos de limpiarle todo y después, las tres nos quedamos dormidas, Mariana con sus dos gemelas desnudas.

Autor: Audrey

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