En un restaurante Hooters II

Martín me había liberado los senos y los amasaba sobándolos, apretándolos hasta que sentí en mi boca el rico sabor de su semen, entonces él me ordenó, trágatelo todo, me sentí más excitada, y cuando me lo tragué todo tuve un delicioso orgasmo, me levanté y sonreí algo avergonzada, él me dijo no tienes nada de que avergonzarte y me besó, fue un beso de lo más caliente y morboso.

Mi nombre es Jacqueline, soy de Perú, tengo 27 años, y quiero agradecer todos los buenos comentarios que ha dado mi primera publicación en esta página (En un restaurante Hooters). Esta es la segunda parte de mi historia verídica, espero me sigan enviando sus consejos.

Como les comenté en mi anterior relato el jefe de mi esposo (Martín), seguía buscándome en el trabajo y yo me negaba de cualquier manera, pero todo esto me tenía muy excitada y todas las noches soñaba  recordando ese encuentro de sexo, lamiendo su pene y que me hizo venir como nunca, que se yo, tal vez la situación o que era prohibido, pero cada día deseaba a ese hombre y no lo podía evitar.

Llegó el día de la actividad en el trabajo de mi esposo así que me compré un bello vestido para ese día, era negro, con la espalda descubierta  que llegaba casi a mis nalgas, y que mostraba un bellísimo escote, no quise llevar brasier, me vi al espejo y me veía muy cachonda, mi esposo se sorprendió y hasta no quiso que me pusiera ese vestido, al final cedió ya que me puse un abrigo encima, estamos en invierno pero yo andaba muy caliente.

Al llegar a la fiesta los amigos de mi esposo se nos acercaron y muchos miraban mi escote y yo solo sonreía pero no encontraba a su jefe (Martín).

Mi esposo me sacó a bailar y luego de una hora llegó Martín, siempre muy guapo y elegante, vino sin su esposa, al acercarse a saludarnos me miró y solo sonrió. Yo sonreí, bailaba más pegada a mi esposo pero luego se juntó con sus amigos y se puso a tomar como si se le acabara la vida en ello, a la media hora Martín se me acerca me dice que me veo deliciosa, y que me había estado buscando, yo le dije que lo que sucedió fue un error y que no debía decírselo a nadie, él acepta con la condición de que baile con él, como mi esposo estaba ya ebrio con sus amigos acepté.

En plena pista de baile miraba con descaro mis senos y decía cosas a mi oído: -Estás muy buena, como me gustaría comerme estas tetas tuyas, no sabes como extraño tu boca en mi verga, yo cada vez me ponía a tono, y sin querer estaba rozando mis senos a su pecho, él cada vez que podía se rozaba a mi entrepierna, estaba excitándome  y él lo sabía, me decía, -¿Recuerdas ese día?, le respondí, -Siiiii, -¿Te gustó mucho mi verga no es así? ¿Tu esposo la tiene igual?

Yo me separé y quise abofetearlo pero él me atrajo y su miembro se pegó a mí, me acarició las nalgas:

-Huuy mamita, que rico hilo llevas, lo miré y me ruboricé, como las luces eran bajas, sin importarle los demás comenzó a sobar mi seno y mi nalga con sus manos, yo empecé a excitarme más y me dejaba hacer, sobó con su mano mi buen trasero y llevó sus dedos como si fuera un pene a mi boca, yo abrí mi boca lo recibí y comencé a lamer sus dedos como si fuera un pene, él sonrió y me dijo:

-Estás a tono, y me susurró en mi oído, -Estás a mi merced y lo sabes, deseas verga, vamos a fuera y te la daré; me soltó y salió de la fiesta, me dejó ahí parada, volteé a buscar a mi esposo, no lo vi así que salí detrás de Martín, no me lo creía.

Al salir del club no lo ubiqué, sonó su claxon y estaba dentro de un bello audi negro llamándome, entré al carro y me percaté que tenía los vidrios polarizados, me levantó la falda y me empezó a masturbar sonriendo, yo cerré los ojos y empecé a gemir como una perra en celo, era lo que había deseado hace tiempo y él lo sabía.

Sacó su pene y lo vi muy hinchado, me ordenó: -Cómetelo, que se nota que lo deseas mucho, lo miré y me agaché a lamerlo, besarlo, pasarlo por mi cara, sintiendo su aroma, solo las chicas me deben entender cuando escribo que el olor de un pene excita muchísimo a una mujer.

Mientras tanto Martín me había liberado los senos y los amasaba sobándolos, apretándolos hasta que sentí en mi boca el rico sabor de su semen, entonces él me ordenó, -Trágatelo todo, me sentí más excitada, y cuando me lo tragué todo tuve un delicioso orgasmo.

Dejé su pene limpio, me levanté y sonreí algo avergonzada, él me dijo no tienes nada de que avergonzarte y me besó, fue un beso de lo más caliente y morboso, me dijo que este encuentro se tendría que repetir, yo me despedí y me fui.

Salí de su auto, me acomodé como pude y regresé a la fiesta, mi esposo recién me estaba buscando y fuimos a casa, al llegar me dijo que sus amigos habían comentado que estaba muy buena y que esa situación lo tenía muy excitado, yo aun no había terminado así que lo llevé a nuestra habitación e hicimos el amor como hace mucho tiempo no lo hacíamos.

Pude terminar varias veces, a la semana siguiente (hace unos días) me dijo que han abierto una vacante de secretaria en su trabajo, y que si quiero puedo postular a la vacante, aunque por un momento pensé en decirle que si me interesaba, pero en mi vida ha aparecido alguien más, un hombre que he conocido gracias a esta página que se dio el trabajo de ubicarme, pero esa es otra historia que se las narraré otro día.

Espero sus comentarios y sus mensajes, esta historia es 100% real.

Si tienen RPM mejor para poder conversar ya que necesito hablar con alguien atte. Jaqueline.

Autora: Jaqueline

golosisimaperu@hotmail.com

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Una aventura inesperada

Adriana reaccionó rápidamente y comenzó a moverse como muchas veces lo había hecho en su recámara a solas. Sus manos comenzaron a moverse de manera sensual apenas encontraron el tubo de la pista, y comenzó a mover las caderas como anteriormente lo había ensayado ya, girándolas como si estuviera siendo penetrada, arqueando la cadera al compás de la música.

Fue una tarde cotidiana cuando Adriana abrió uno de los sobres de la correspondencia que le llegaba a su jefa Carolina y se encontró con una pieza de publicidad que sería la pieza clave para una aventura inesperada.

Se trataba de Sweet Angels, un nuevo bar con espectáculo de topless que recientemente habían abierto en el área donde se ubicaba la empresa donde ella trabajaba como secretaria. El sobre no tenía en el destinatario el nombre de ninguna persona, sino el de la empresa, por lo que supuso que los propietarios del bar habían recopilado datos de las empresas de la zona y habían hecho un envío masivo de correo, con el fin de atraer clientes. Al ser una compañía de cosméticos de venta multinivel, Adriana movió la cabeza negativamente y pensó: “Estas personas no saben ni a quién le mandan correspondencia”, y colocó el sobre en un extremo de su escritorio, con el fin de apartarlo de los sobres que entregaría a su jefa.

Sin embargo, tres segundos después vino a su mente una imagen provocada por la música que estaba escuchando y volteó a ver nuevamente hacia el sobre. Su mente comenzó a divagar y a dejarse llevar por el ritmo y a ver más clara esa imagen en su pensamiento, donde entre el vapor del hielo seco y las luces de colores ella entraba a una de las pistas, bailando cadenciosamente, ataviada con una de esas tangas que apenas cubrían sus partes íntimas con una cinta, sobre eso una chaqueta de un material negro y brillante, además de una boina de color negro y las zapatillas de cristal de tacón altísimo que siempre le llamaban la atención.

Comenzó a soñar despierta que en lugar de estar revisando la correspondencia que había llegado estaba en aquel bar, bailando frente a un numeroso grupo de hombres que la comían con la mirada y hacían comentarios sucios entre ellos

Podía escuchar frases que hablaban bien de su físico. Ella sabía lo que tenía: Una estatura de 1.65, que la hacía alta para la medida estándar de las mujeres de la región. Por otro lado, a sus 26 años sus constantes dietas y ejercicio mantenían su figura esbelta y firme, que se reflejaba notoriamente en su trasero redondeado, abdomen plano y porte estilizado. Sus senos siempre habían sido de un tamaño considerable, recordaba que en desde su adolescencia cubría con suéteres, chaquetas y chalecos su cuerpo para disimular lo pronunciado de su busto, resultándole ineficiente ya que lo único que lograba era llamar más la atención, cosa que le provocaba ser aún más introvertida de lo que normalmente era.

En su imaginación, durante la rutina que se repetía frecuentemente por las noches se quitaba la boina para dejar libre su cabello castaño claro, para continuar quitándose lentamente la chaqueta brillante, comenzando con los hombros, y bajándola hacia su cintura. Adriana sentía húmedos los labios de su vagina, y llevó los dedos de su mano izquierda hacia aquella región que se había mantenido intocable desde hacía año y medio, fecha de su divorcio. Adriana cerró los ojos para imaginar su cuerpo haciendo movimientos provocativos al momento de quitarse la chaqueta y luego, tomándose del tubo de la pista, hacer una de las rutinas que había hecho alguna vez en el cuarto de lavado, donde nadie la veía.

Las caderas de Adriana se estaban moviendo circularmente para mostrar en su fantasía el trasero a los asistentes, que con las lenguas fuera la intentaban alcanzar sujetándose de sus tobillos para alcanzarla y darle un beso en el culo. Justo cuando sus caderas se movían como el cuerpo de una serpiente escuchó unos pasos que le indicaron que alguien venía, por lo que instantáneamente se detuvo como si un choque eléctrico le llegara de repente y su columna se volvió nuevamente a poner completamente derecha y rígida.

Después tres segundos más, llegó Fernando, uno de los pocos varones que trabajaban en la empresa que tenía más de ochocientas cincuenta mujeres empleadas. Adriana tenía rojas las mejillas, a pesar de que no había quién se hubiera dado cuenta de nada. Pero ella sí. Ella sabía lo que estaba pensando y tuvo miedo de que Fernando se hubiera percatado de ello. Odiaba sonrojarse, pues sentía que siempre delataba su timidez, pero no había forma en que pudiera evitarlo. Fernando únicamente tomó una carpeta del librero y se retiró del área, después de hacer una sonrisa a Adriana, que contestó de igual manera, y continuó revisando los sobres, que más tarde llevó a la oficina de su jefa, que se encontraba ausente. Después de arreglar las carpetas de contabilidad, Adriana se dio cuenta de que ya eran casi las dos de la tarde, por lo que comenzó a recoger su escritorio y empezó a retocar su maquillaje.

Salió de las instalaciones de la compañía con el apresuramiento de siempre, pues estaba consciente de que Brenda, su pequeña hija de seis años salía de la primaria a las dos y veinte y odiaba llegar tarde porque se imaginaba la angustia que invadiría a su niña si ella no llegaba a tiempo, aunque también sabía que esto era solamente un recuerdo de su pasado infantil, cuando más de una hora después de la salida la recogía su abuela, una vez que terminaba de asear la casa, la muchacha del servicio.

Después de despedirse rápidamente de sus compañeras en la caseta de salida, Adriana caminó con paso veloz hacia la parada del autobús, y justo al llegar ahí recordó que esa tarde Claudia iba a quedarse más tiempo en la escuela para ensayar el baile de primavera, por lo que debía pasar dos horas después. En ese momento sintió un gran alivio, pero a la vez una sensación de estar fuera de lugar. No podía irse hasta la casa porque ocuparía una hora de ida y otra de regreso lo cual haría de eso un viaje inútil. Tampoco tenía caso ya regresar a la empresa, porque no tenía trabajo que hacer y además los vigilantes cerraban, por lo que decidió caminar de frente con el fin de visitar el centro comercial que estaba calles adelante.

Tres cuadras habían pasado cuando se percató de que estaba pasando frente al Sweet Angels, y al comenzar a caminar sobre el piso adoquinado disminuyó su paso para admirar la fachada construida en estilo neoclásico, con sus columnas y dos musas con exuberantes cuerpos a los lados de la puerta de entrada. Pensó en lo que se imaginarían los visitantes a ese lugar al momento de cruzar aquellas columnas y pasar entre esos dos cuerpos esculpidos con un material que se asemejaba al mármol. Adriana se había detenido justo al centro del estacionamiento del lugar, y estaba contemplando la construcción, cuando escuchó el ruido de la puerta que se abría. Nerviosa, Adriana se dio la vuelta y con su torpe movimiento sintió que falseaba uno de sus tobillos, pero dio otros tres pasos, y su rostro adoptó una ligera mueca de dolor.

Una voz masculina la invadió de bochorno y sobresalto al mismo tiempo:

-¿Le puedo ayudar en algo señorita? -N-no gracias -se apresuró a decir Adriana- y comenzó a caminar, a pesar del dolor intenso que comenzó a sentir en su tobillo izquierdo. Pero de repente, una frase hizo que se detuviera: -Hay vacantes, ¿eh?…

Adriana se volteó con cara de molestia, para dirigirse al hombre de unos 50 años que le había hablado, y contestó con la intención de dar una negativa total:

-Nada más estaba viendo la fachada, gracias. -Ah, está bien -respondió el señor, que por su facha parecía ser el propietario o por lo menos uno de los socios – Pero veo que se lastimó el tobillo, déjeme verlo, siéntese en esta silla.

El gesto del señor le dio confianza, por lo que Adriana accedió a pasar y sentarse en el asiento que estaba cruzando la puerta, y que tal vez podría servir para alguien que espera para entrar o para el personal de seguridad que trabajaba por las noches, cuando estaba en funcionamiento el negocio. El hombre quitó suavemente la zapatilla de tacón de Adriana, y sujetó con una mano el tobillo, mientras que con la otra comenzó a hacer girar el lastimado pie de Adriana. Todo esto, sin cruzar palabra.

-¿Le duele? -Solamente un poco -respondió ella. -Creo que no es grave. Déjeme ponerle una pomada, con eso se le quitará el dolor. Este piso siempre hace que las mujeres se lastimen. Soy Alberto -dijo el hombre de cabello canoso, mientras extendía la mano y ofrecía una sonrisa. -Mucho gusto, Adriana para servirle.

Alberto se levantó para después desaparecer hacia el fondo del interior del local. Mientras él regresaba, Adriana contempló las butacas, las mesas pequeñas y circulares donde muchos hombres habrían tenido ya ratos de excitación extrema al admirar los cuerpos de las chicas que se desnudaban al compás de la música. Pudo ver las pistas, y unas jaulas donde se imaginaba que estarían las modelos con cuerpos más exuberantes. Alberto regresó desde la penumbra, con un pequeño frasco con etiqueta naranja en una mano.

-Esto la aliviará -dijo, mientras abría el frasco y depositaba en la concavidad de su palma una pequeña cantidad de líquido oscuro y que olía a petróleo, -Oh…pero olvidé que trae medias… – dijo él, aunque Adriana se dio cuenta de que debería haber sido obvio que ella debía quitárselas. -Se las puede quitar en este cuarto, pase -indicó Alberto, mientras abría una puerta y se quedaba a un lado del marco, prometiendo con su actitud que cerraría la puerta una vez que ella entrara.

Adriana entró al cuarto, que reconoció como un camerino. Escuchó que se cerraba la puerta tras de sí, y entonces se sintió de una manera extraña. El cuarto estaba en completo silencio. Al sentarse frente a uno de los espejos con múltiples focos alrededor se miró al espejo, y era como si estuviera viviendo un sueño. Miró hacia los roperos, que tenían diferentes atuendos, algunos con plumas, otros brillantes, como el de sus pensamientos nocturnos. Alcanzó una tanga de color verde fluorescente que estaba sobre el peinador, para admirarla un momento. Se llevó la mano izquierda a la zona púbica, sus dedos se abrieron paso entre la falda y sus pantaletas para encontrar el camino hacia su vulva.

Los labios vaginales ya estaban muy húmedos después del encuentro con ese submundo al que siempre había querido acercarse y sus principios morales nunca se lo habían permitido. Poco a poco sus dedos se iban introduciendo hacia aquellos rincones que le provocaban estremecerse. Sin embargo, la voz del hombre afuera que le preguntaba si todo estaba bien la interrumpió. Adriana se quitó las medias y caminó con lentitud y cojeando un poco para abrir la puerta.

-Ya

Alberto pasó al camerino, se puso en cuclillas y repitió abrir el frasco para colocar el líquido en el tobillo lastimado. Las manos de Alberto le dieron alivio y calor a la parte torcida.

-Esto la va a mejorar.- dijo Alberto – ¿Trabaja por aquí? -S-Sí…-respondió tímidamente Adriana. – Pues ya sabe que aquí tiene su casa -dijo Alberto, al tiempo que giraba la tapa del frasco, aún con el pie de Adriana sobre su muslo. – Tiene bonitos pies -agregó y luego subió un poco la mirada que se encontró con la blusa de Adriana, que dejaba ver parte del encaje de su brasier – Si sabe de alguien que quisiera ganar unos centavos extras mándemela para acá… bailar por la noche puede darle beneficios – ella de inmediato cerró su blusa, y bajó el pie, para colocarse el zapato. -Muchas gracias- dijo, sin verlo a los ojos y nerviosa. -Para servirle, señorita. Que se mejore. -Gracias, dijo Adriana, mientras se levantaba y ya sin el intenso dolor reanudaba su caminata.

En el camino iba pensando mil cosas, principalmente imágenes de ella bailando ataviada únicamente con la tanga verde que había visto, sujetándose del tubo y haciendo movimientos provocativos. Las miradas sobre ella, las luces, todo hacía que respirara agitadamente y mientras caminaba continuaba su excitación. Entonces, dio la vuelta. ¿A dónde iba?… sabía que tenía tiempo de hacer lo que desde hacía mucho estaba deseando. Reanudó el camino hacia el bar Sweet Angels, y encontró en la puerta a Alberto, que estaba por cerrar la puerta con llave.

-¡Señor Alberto…! -Sí Adriana… olvidaste tus medias en el camerino… -Hágame una prueba… -¿Una prueba? -respondió el hombre, con asombro de ver a Adriana con tanta decisión… -Sí… quiero que me de la oportunidad de bailar aquí, creo que me pueden quedar los vestuarios que tiene en el camerino… -No necesitas ninguna prueba, Adriana – respondió Alberto, calmadamente – ¿puedes venir el viernes por la noche? -S-sí -respondió Adriana.

Esa misma tarde, Adriana arregló con su cuñada que cuidaran de Brenda el viernes, indicando que iba a haber un evento en su empresa. Así, llegado el día Adriana se vistió de coctel, y por la tarde tomó un taxi que la dejaría en la esquina de la calle donde se encontraba Sweet Angels. Al llegar se sorprendió de ver entrar a varias chicas altas y con cuerpos esculturales. Antes de cruzar la entrada estuvo a punto de dar la vuelta y regresar, de no ser porque escuchó la voz de Alberto desde adentro…

-¡Adriana..!, pásale por acá, qué gusto que vinieras.

Adriana entró al lugar, algo nerviosa, y Alberto la condujo inmediatamente al camerino. Con sorpresa, se dio cuenta de que las chicas la recibían con agrado cuando Alberto la presentó como “una nueva integrante del equipo”.

-Vas a ver qué bien la vas a pasar aquí – le indicó Lorena, una pelirroja de cabello rizado y largo, que con sus zapatillas de cristal mediría 1.85 m.

Alberto indicó a Lorena que le proporcionara ropa y unas zapatillas iguales a las de ella. Por fin, sentiría aquellas sensaciones que había anhelado. En cuanto calzó la primera zapatilla y se dio cuenta de cómo cambiaba la forma de su pierna se sintió emocionada. Se puso un bikini que apenas si le cubría las partes importantes. La cinta se metió entre sus glúteos, esto fue causa de que Adriana se viera morbosamente en el espejo y sonriera al ver sus nalgas expuestas.

Lorena le colocó una especie de chaqueta larga que le llegaba hasta las piernas. Mientras esperaba su turno para salir a la pista, algunas chicas le preguntaron por qué estaba ahí, pues su apariencia no era la de una bailarina de table dance, sin embargo, ella contestó que por necesidad, lo cual fue bien recibido por unas mientras que otras se quedaron escépticas, pero no tuvieron oportunidad de hacer más preguntas porque precisamente a ellas les tocó salir a bailar.

La adrenalina corría por las venas de Adriana mientras se miraba una y otra vez al espejo, estaba nerviosa, se quería ver bien, y a pesar de que Lorena la había ayudado a retocar su maquillaje y su peinado ella sentía la necesidad de seguir verificando su apariencia. Finalmente, la voz de Alberto indicándole que era su turno le hizo dar un pequeño brinco.

– Ándale niña… -le dijo Lorena, y la tomó del brazo, para llevarla al exterior del camerino.

Las dos chicas caminaron por un pasillo estrecho hasta llegar a una escalinata que subía al foro, donde una bailarina ya bajaba, completamente desnuda a excepción de sus zapatillas de cristal y las luces de colores bañaban su cuerpo para hacer un interesante efecto.

– Ahora vas tú sola – dijo Lorena a Adriana, y con un movimiento de cabeza le quiso dar ánimo.

Adriana subió lentamente los escalones e inmediatamente se dejaron escuchar algunos silbidos de la concurrencia, ya que podía verse su silueta al ascender. Al momento en que Adriana terminó de subir, comenzó una música electrónica de la que llaman “punchis, punchis” a un elevado nivel auditivo que producía una vibración en el piso de madera del foro, que subía por sus piernas hasta su cuerpo. Las luces no le permitían ver mucho de la gente que estaba ahí sentada, por lo que llevó una de sus manos a la altura de su frente para tratar de ver algo, pero los gritos de los hombres le ordenaban que bailara.

Adriana reaccionó rápidamente y comenzó a moverse como muchas veces lo había hecho en su recámara a solas. Al fin y al cabo, no alcanzaba a distinguir a las personas que estaban, solamente había alcanzado a distinguir algunas siluetas.

Sus manos comenzaron a moverse de manera sensual apenas encontraron el tubo de la pista, y comenzó a mover las caderas como anteriormente lo había ensayado ya, girándolas como si estuviera siendo penetrada, arqueando la cadera al compás de la música. Adriana estaba haciendo realidad un sueño.

Autor: Susana

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