ADIESTRANDO A UN SUMISO (2)

Puedes leer la primera parte de Adiestrando a un sumiso.

CAPITULO 2

  • Ven aquí, le dijo mientras lo cogía del pelo, lo levantaba y lo ponía de lado a lado sobre sus rodillas.
  • No me gusta nada el color que tiene tu trasero.. me gusta.. algo mas… rojo, dijo mientras le acariciaba suavemente las nalgas. Y de pronto, sin que él lo esperara… ZAS! le propinó un azote con todas las fuerzas de las que fue capaz.

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Se dice sí, señor (WIP)

*Nota: este es un trabajo original en progreso, lo iré actualizando cada pocos días (o eso espero). Muchas gracias por leerlo y espero que lo disfruten.*

Se dice sí, señor

-Ven. Te quiero aquí, ahora.- su voz sonaba dura. Y a juzgar por su mirada y por el bulto en los vaqueros no era lo único duro.

-¿Ahora?

-¿Acaso me has oído decirte que te quiero aquí dentro de un rato? Ven. No me hagas repetirlo.

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Us I (BDSM)

El comienzo de otra pareja D/s cualquiera.

Se sentía dominado de manera involuntaria por aquel hombre. Notaba como le clavaba una mirada seria; por desgracia no podía saberlo a ciencia cierta dado que había bajado la cabeza; avergonzado. Humillado siendo conocedor de su mal comportamiento.

Por un instante sintió los ojos curiosos de los desconocidos de aquel vagón de metro. Seguramente se encontraban confusos y excitados de alguna. Atraídos por cómo se había dado la situación o contraste entre ambos chicos; uno pequeño y de aspecto infantil junto al otro; grande, fuerte y atractivo.

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Confesiones de un policía

No sé si les ha pasado que algunos días amanecen como más caliente que nunca, las pajas solo tienen un efecto momentáneo y vas por la calle caminando donde aparecen unos panas que te dejan la leche en la punta del guevo.

Como si Dios hubiese elegido colocar cada uno de esos hombres para calentarte para demostrar que él es quien manda y tu solo eres su marioneta.

¿Cuántas personas no estarán solas deseando tragarse la leche de alguien por la boca o culo? Son en esas las oportunidades donde pienso así: Yo tan caliente y a lo mejor este pana de ojos café que está comprando jugo en la panadería necesita un guevo pero no hay forma de saber o de cuadrar. Simplemente la vida es así.

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Una tarde como sumisa

Habíamos quedado aquella tarde con un amigo en casa. Yo, me atrasé en la oficina y mi mujer me llamó para indicarme que nuestro amigo, había llegado y que me iban a esperar tomando una copa, les dije que no, que empezaran sin mi. A la media hora, llegué a casa y al abrir la puerta, lo primero que vi, fue a mi mujer con las piernas muy abiertas y desnuda de cintura para abajo. Sus tacones apoyados sobre la mesa , hacían que la imagen de sus largas y delgadas piernas ,fuera muy sensual. Nuestro amigo, se había encargado de ponerla muy caliente previamente, besándola y desnudando la mitad inferior de su cuerpo. Sin braguitas y abierta de piernas, el jugaba lentamente con su clítoris. Ella jadeaba y se movía casi al compas del roce del dedo con su pequeño punto de placer, soltando de vez en cuando un pequeño quejido casi imperceptible.

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La psicologa me engaño XI

Bajé a mi cuarto de sirvienta con una mezcla de sentimientos que me confundían hasta la desesperación. Por un lado, había visto la cruda realidad de mi Ama Marcela. Una mujer desalmada y cruel, quien se había apoderado de mi cargo de gerente en la compañía para la cual trabajaba y, de paso de todos mis bienes, al unísono de haber acabado con mi matrimonio y toda posibilidad de vida familiar, desde hacía ya dos interminables años hoy cumplidos. Como aniversario de mi esclavitud, había sido regalada con la llegada del nuevo inquilino declarado como Novio de mi Señora y nuevo Amo mío y acto seguido se me había permitido asistir a mi primera luna de miel de mis Amos-Amantes.

Había sido presentada ante mi nuevo Amo, no solamente como esclava y sirvienta, sino también con la orden perentoria de convertirme en la puta personal y propiedad de mi Señor Marcos subordinada a sus más ínfimos caprichos. La buena noticia había sido mi exitoso debut como mujer exuberante ante los ojos de mi ahora Dueño y Señor. No había dejado de notar el trato preferencial que había recibido del hermoso efebo, y el contraste manifiesto entre mi Ama como mujer y yo, su sirvienta, claramente superior en todo como fémina. Creo no equivocarme al afirmar, que la intención de la señora Marcela con su novio era utilizarme como cebo, para atraerlo definitivamente a su lado, ya que ella sola no lo había logrado en todo este tiempo como jefa del asistente de sugerencia.

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Dominando a mi esposo

BDSM, Dominación. Mi nombre es marina, tengo 45 años, mido 178 tengo buen culo y tetas bien paradas, estoy casada con carlos quien tiene 42 es mas bajito que yo bien guapo y muy cachondo en la cama, es machista y me ultraja a menudo conviertiendome en una esclava completa Read more

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Confesando un deseo I: un mundo nuevo surgió

PREAMBULO

Todo partió la noche de un matrimonio al cual mi mujer Elvira y yo fuimos invitados, vivimos en una ciudad de provincia y un viejo amigo de la Universidad nos invitó a tal encuentro. Entusiasmado por ver a mi viejo compañero en ese momento de felicidad, logré que mi mujer se entusiasmara para asistir viajando desde nuestra ciudad a la capital.

Así las cosas, el día del evento viajamos y, gracias a un amigo, pernoctamos en la ciudad a la espera del evento, en la mañana salí a hacer unos trámites y mi esposa, a la peluquería para trabajar en su peinado y en depilación completa, después de la fiesta empezaríamos nuestra propia celebración, ignoraba en lo que iba a empezar a involucrarme en ese momento, quizás ella también.

En la tarde, como a los hombres nos va más fácil, me duché pensando en los muslos suaves y la entrepierna depilada de Elvira, me masturbé pensando en aquello, terminé, me afeité y esperé a Elvira mientras se preparaba, vestido corto para cóctel, medias negras, tacos y escote de espalda y pecho bastante sugerente, nos besamos fuertemente, el deseo fluía y llamamos al radiotaxi que nos llevaría al evento.

Llegamos a la fiesta y luego de la ceremonia civil y religiosa, cenamos y empezó el baile, ella se veía muy hermosa bailando insinuando pero no mostrando, tenía una suerte de energía sexual, un aroma de hembra que a cualquiera le causaba una erección, en un momento determinado le indiqué que iba a buscar unos tragos para refrescarnos a lo que ella accedió quedándose en la pista de baile.

Un whisky y un vodka tónica eran para mí y para ella, con poco hielo y más vodka, respectivamente.

Me acerqué hacia ella con los vasos y, con gran sorpresa la veo bailando con un tipo de manera muy entusiasta, el me vio y con un gesto como de disculpa me cedió el espacio, de la inicial sorpresa y un poco de molestia, un dejo de morbo surgió al verla con otro, brindamos y nos dimos un beso de suyo más entusiasta de los que habíamos compartido, quizás por la obscuridad de la celebración nadie reparó que había introducido mi mano entre sus piernas sobando su calzón y su vulva depilada debajo mientras nos besábamos.

Continuó la fiesta y momentos después decidimos cambiarla al departamento, después del taxi, cerramos la puerta, nos desnudamos mientras íbamos a la habitación, ella me dio una mamada de campeonato continuando con su boca  hacia arriba succionando mi abdomen, mi pecho y luego con mi cuello, con los tragos estábamos excitados, a fondo y la penetré, mientras ella cabalgaba le dije

  • Me volverías loco si me pones los cuernos, verte con ese tipo me ha calentado mucho

Ella se detuvo en su cabalgata me miró y me besó profundamente con su lengua

-Eres un loquillo, como se te ocurre?

Pero su pregunta era de la boca para afuera, continuando su cabalgata hasta quedar llena con mis fluidos, nos quedamos exhaustos en la cama.

Desperté sintiendo sus pechos sobre mi pecho, ella también lo hizo y me miró muy coqueta, desayunamos y en la tarde nos fuimos a nuestra ciudad, eso sí, dejando ordenado el depto. y con un dinero extra de propina para la señora que le hacía el aseo a mi amigo.

COMO CAMBIAN LAS COSAS, LA SORPRESA

Volvimos a nuestra ciudad y, el sexo fue aumentando en su intensidad, aunque ella me dijera que era su puto, que deseaba a otros y que solo estaba por mi cosa conmigo, eso me excitaba más con lo que la intensidad aumentaba con los insultos, una noche, montada encima mío me golpeó con unas cachetadas, me tomó la boca con una mano y me dijo

  • Como putito que eres, no quiero tu carne en mi concha, a partir de ahora la vas a usar con condón, para mi goce….

Sorprendido, no dije nada pero asentí moviendo levemente la cabeza, ese trato me calentaba, me excitaba y pensaba que podía darlo vuelta en cualquier momento.

Tan equivocado estaba

Al día siguiente, compré una caja de condones, siendo pareja única no entendía este cambio, pero comprendí que era parte del juego de mi confesión esa noche, en casa, conversando ella me dijo que era parte del juego y por eso continuamos.

Semanas después, me pidió que sólo tomara su culo mientras lo hacíamos estando ella arriba, sus tetas y boca quedaban vetados como parte de nuestro juego

Tiempo después, tuve que viajar por motivos de trabajo y volvía los fines de semana, su deseo se mantenía pero poco a poco bajaba su fogosidad

Un viernes por la noche, pude viajar antes a mi casa –sí, digo mi casa, todavía- en vez de los sábados por la mañana, llegué en silencio para sorprenderla y compartir, quizás renaciendo nuestra chispa, sentí un ruido acompasado en el living, me acerqué a la habitación, prendo la luz y estaba con un tipo en plena penetración, no gritaba, sólo gemía mientras la montaba lentamente y manoseaba sus tetas y le metía la lengua hasta el fondo de la garganta, la luz no los intimidó, unos segundos continuaron hasta que él se dio cuenta, desmontándola y quedando ambos en la cama expuestos.

-Andrés, disculpa, no quería que fuera así, pero tarde o temprano te lo iba a contar- dijo ella, mientras la miraba entre indignado, sorprendido y…caliente, mi miembro se endurecía a cada rato.

– Elvira, era un juego, sólo eso, no pensé…..decía mientras eran solo palabras vacías, se levantó y con su dedo índice me tapó la boca

– No querías esto? No deseabas verme culeando a otro? No te gusta sentirte puto, un cornudo sometido?

– Si

Con eso marqué mi destino

  • Te presento a Antonio, somos amigos con ventaja, nunca ha querido negar tu matrimonio conmigo y por de pronto, para afuera somos todos amigos, siendo tú el esposo….después veremos que pase

Me besó y en ese momento me entregué, me desnudé y quise meterme a la cama, negándome ello con su mano sobre mi pecho

-Mira y haz lo que quieras pero no conmigo

Antonio la besó, la montó hacia la cama y la penetró aumentando la velocidad, caliente, impactado empecé a mover mis manos por mi cuello, tetillas, abdomen para terminar pajeandome, era el súmmum del placer y lo excitante lo que veía, él se fue dentro de ella, sin gomas de por medio….nos quedamos dormidos, ellos en la cama, yo al lado….protegido por el pisapies de la cama.

EL NUEVO TRATO

Desperté entumecido, manchado en mis propios líquidos, ellos no estaban, la cama estaba desordenada, sentí que estaban en el comedor tomando desayuno, me duché y al salir, me fui a vestir, faltaba mi ropa interior, boxers, principalmente….me puse pantalones, una camisa y fui al estar

-Andrés, querido, que vienes a desayunar, por esta vez podemos hacerlo pero como Antonio es el dueño de casa dentro de nuestro juego, tu deberás en el futuro desayunar y comer en la cocina, tu ropa interior no es necesaria, la botamos para que sepas que acá no tienes intimidad y si, Antonio

Asentí, sorprendido, sabía que podía decir hasta aquí podemos

  • El domingo cuando te vayas, recuerda que para afuera somos matrimonio y Antonio es un amigo común, pero al llegar, luego de cerrar la puerta debes desnudarte, es para saber cómo andas, que sientes, que deseas, podrás estar conmigo cuando yo lo diga y quizás con Antonio si ambos lo decidimos

Me inquietó ese comentario

  • Acá la idea es compartir, disfrutar pero dentro de los roles que tú mismo has deseado, te pido por favor te saques la ropa, podrás usarla si hay visitas y puedes hacerte el desayuno

Abajo camisa, abajo pantalones, fuera zapatos y calcetines, me vieron con cara de burla y de conmiseracion, Antonio la miró con un dejo de “con este te revolcabas”, él era alto, bronceado, musculado y bien dotado.

Me fui a la cocina a preparar mi café

UNA LUCHA INÚTIL

Y así avanzaban las semanas, trabajaba y llegaba los viernes por la noche, me bajaba del auto, en el porche me desnudaba dejando mi ropa para asumir al entrar (la llave debajo del felpudo) mi rol de esclavo y cornudo….

Los podía ver fornicar de todas las maneras mientras se me permitía masturbarme, después, debía servir los desayunos, preparar el almuerzo y la cena, hacer aseo y ordenar la habitación, algunas veces podía participar en algún trío, con preservativo y sudor como únicas vestiduras.

Un sábado por la mañana me dirigí a la ducha mientras sentía que Antonio estaba en el comedor desayunando y Elvira se había ido al gimnasio.

Pensaba con los ojos cerrados en la condición a la que ella me había reducido, de como salir y de los goces que había experimentado…

Abro los ojos y veo a Antonio observándome, desde afuera, desnudo con un gesto me señala su miembro erecto, duro,afeitado…. apago la ducha, me seco y nos quedamos mirándonos, me hizo un gesto y le seguí a la cama, en mi interior no quería hacer esto, pero Elvira me tenía sugestionado en casa, con lo de la obediencia, pensando absurdamente en que quizás volviese nuestra pasión mostrando mi lealtad y obediencia.

En la cama me sentó, tomó mi cabeza haciendo succionar su pene mientras con las manos le tomaba el culo, no lo había hecho así con un hombre, me atragantaba el deseo y su miembro, continuamos hasta que me empujó, me volteó y con mi saliva de lubricante, previo trabajo de sus dedos, me desvirgó, violado y desvirgado en mi cama, en mi antigua cama matrimonial, era lo último que me quedaba (no sabía que había mas) de a poco aumentó la velocidad hasta que me llenó, quedando ambos sudados, calientes y somnolientos en la cama, mis pezones, mi miembro y mi trasero vibraban de deseo, mi boca también. Antonio se había servido al matrimonio completo.

  • No lo puedo creer- fue lo que oí al despertarme
  • Andrés, Antonio, no me imaginaba lo marica que son
  • Elvira, espera, no es así- traté de decirle….
  • Tu no puedes hablar, esclavo, eres un cornudo, un sumiso, una cosa para mi servicio, por favor esperame de rodillas afuera en el living- salí de la habitación cerrando la puerta asumiendo mi posición en el lugar asignado. Me quedé así, por un buen rato mientra sentía como discutían.

No percibí el paso del tiempo, me molestaban mis rodillas, cuando llegó ella

  • Andrés, veo que asumes ser parte de mi dominio y de Antonio- quise decirle que el se había propasado, abusado de su propiedad pero no podía abrir la boca.
  • En ese sentido, creo que deberás asumir algunas decisiones o esto servirá –mostrando su celular- para demostrar que me has sido infiel pudiendo divorciarme sin dejarte nada….infidelidad homosexual, cualquier juez la entendería para compensarme.
  • No
  • Si, esta semana renuncias a tu trabajo, nos entregas todo tu dinero, cierras la cuenta y te asumes como lo que eres, si el viernes no llegas con eso ordenado, tus padres, los míos, amigos y parientes sabrán en la primera semana,en  la segunda te demando….y te saco con lo puesto, es decir, nada.

Ese viernes llegué con la renuncia a mi trabajo, el cierre de la cuenta y el documento de traspaso de dineros y bienes a Elvira…..ella los destruyó frente a mi, guardó mis documentos de identidad y me hizo mantener nuestra rutina por ultima vez….para empezar a aumentar la intensidad de su control lo peor de todo…..me gustaba

UN NUEVO TRATO UNA NUEVA VIDA

Era demencial, era absurdo para alguien de afuera, pero el deseo me atenazaba al saber que Elvira controlaba todos los aspectos de mi vida, quizás esperando que con ello estuviéramos más conectados física y emocionalmente, dándole cuenta de mi deseo y amor hacia ella. Equivocadísimo estaba.

La miré con deseo, mientras sentía que mi miembro se endurecía al ver como destruía mi vida cotidiana,  al terminar me miró la cara, bajó su visión, dándose cuenta de mi bulto, cambiando su cara a una de burla, me sentí avergonzado y humillado

-Andrés, esto no es un jueguito pajillero, tu has dado cuenta que eres incorregible y piensas que todo es una especie de juego sexual, te equivocaste conmigo, al soltar el deseo de ser un cornudo, un puto cornudo y maricón, abriste en mi el deseo de saltar las convenciones, las reglas y las cosas que parecen “normales”. Antonio, es para mi  goce, tu, para mi servicio y quizás cuando me queden ganas… tu no tienes nada,  –ante mi mirada de sorpresa que evidencié, continuó- Otra cosa, tu no puedes mirarme a los ojos, estas para mi servicio, eres mi todo servicio acá… quedé expuesto delante de ella y Antonio, se acercó a mí, tomó con su mano derecha mis pelotas, y a mis oídos dijo –que desperdicio, le daremos un mejor uso a esta cosa que no mereces.

Me ordenó irme a la pieza de invitados que, para mi sorpresa estaba reducida a un colchón de espuma, dos platos cerealeros y una bacinica…ella detrás mio…. la miré humildemente, dándome ella un golpe en el pecho con el diario de ese día que llevaba enrollado en su mano.

-Otra vez, aprende que no puedes mirarme a los ojos, esta es tu habitación, no saldrás hasta cuando te lo diga, comerás en los platos y la bacinica es para tus necesidades diarias, una vez al día, si me acuerdo, podrás lanzar tus desechos al inodoro…. acá estas para servir, darme placer si me apetece y darte cuenta de lo que te perdiste por tus calenturas huevonas, ahora te pones a lo perrito, si quieres sobre el colchón y espera instrucciones- sentí una mirada burlona de Antonio, quizás una mueca, cerrando la puerta y sintiendo como cerraba con una aldaba que percibí de reojo al entrar a la habitación.

Todo había cambiado…..y debía estar así hasta que ella decidiera, estaba a mil pero no podía hacer nada, mi destino estaba en sus manos, pasando varias horas hasta que se abriera la puerta

EL CAMBIO ES CADA VEZ MAS RÁPIDO

Pasaron las horas, seguía en esa habitación, sentía los ruidos cotidianos de la casa, mientras seguía  a lo perrito sobre el colchón, mejor dicho colchoneta, a la que se había reducido lo que era mi cama matrimonial en mi propia casa, cama matrimonial que usaban Elvira y Antonio si es que no me usaban a mi. Pensaba a mil que es lo que me iba a pasar, que iban a hacerme, de por que aceptaba esto, quizás pensando en hasta donde llegarían mis límites o deseo, pese a la postura, de a poco pasaba de la sorpresa y humillación a sentir un calor en mis manos, mi pecho, mis caderas, mi miembro.

Ni pensarlo, me senté, levanté mis manos tratando de evitar lo inevitable, tomándome la cabeza, las bajé por mi cuello, sudado, más por los nervios, bajé por mi pecho, mis tetillas necesitaban un masaje de manera urgente, la transpiración me lubricaba el pecho, seguí con mi mano izquierda masajeando mi tetillas mientras mi mano derecha, de a poco bajaba hasta mi miembro, mi pene, en un ultimo esfuerzo dirigí mis manos a mis testículos, sobándolos suavemente, pero era imposible, mi mano estaba conectada a mi pene, la masturbación partió con una, después con las dos manos, la eyaculación fue placentera, liberadora, mi cuerpo se relajó, quedándome dormido sobre ese colchón, mi placer era privado, mio, no me lo habían quitado.

Era un sueño profundo, reparador, interrumpido por un golpe frio, inesperado –Despierta, maricón pajero, esa colchoneta es para que duermas no para que la manches con tu moco!!!- Elvira me sorprendió con lo que me dijo, me incorporé, me había lanzado el contenido de un jarro de agua para despertarme.

  • Te había traído este jarro para que lavaras, putito, pero me indigna que hagas lo que tu quieras, por eso, no puedes lavarte por hoy.

Estaba de rodillas mirando al suelo en posición sumisa ante ella, sentía la mucosidad en mis piernas y me avergonzaba que se secara quedando con incomodidad ante mi eyaculación.

  • Disculpa, Elvira….-golpe en mi cabeza, era el jarro de aluminio.
  • Nada de Elvira, nada de tu, putito, a partir de ahora no eres Andrés, eres putito, por ahora, y yo soy Señora, no tienes derecho a decir mi nombre, ni siquiera a pensarlo, Antonio será señor y no te dirigirás a nadie salvo con Ud y cuando tengas permiso mio, sólo mio, Antonio te usa cuando YO quiera, entiendes
  • Si, Señora
  • ¿Cómo te llamas?
  • A…An….putito, Señora
  • Y tu apellido será De Señora, como te llamas ahora?
  • Putito de Señora….
  • Muy bien, pon ese colchón a airear en el patio y haz el aseo de la casa mientras Antonio y yo vamos a trabajar.
  • Si, Señora

Salí de la habitación, llevando mi colchoneta, la puse en un patio que colindaba con la cocina para que el sol lo secara y en la cocina, lavé los platos, las tazas con el resto de café que bebieron Señor y Señora, debía acostumbrarme a decirles así, tomé una escoba y barrí la cocina, dándome cuenta de que en el piso de ella, al lado del refrigerador estaban dos cuecos, uno con agua y otro con restos de pan, jamón y huevos del desayuno, afuera de este con plumón decía en cada uno de ellos “Putito”,  humillado al darme cuenta que había ensuciado con el barrido mi desayuno, me senté y comí esos restos fríos, empolvados y bebí parte de esa agua, la mezcla era repugnante pero al ver los cuencos, se activó el hambre en mi. A eso había llegado, a comer en el suelo de la cocina restos de comida.

Continué con el salón y el comedor, pensaba en lo ridículo de verme en pelotas haciendo aseo en el centro de mi casa.

Después seguí con el balde, escobillón y plumero a las habitaciones, llegué a la que era mi espacio con Señora y empecé mi triste labor, terminando me di cuenta que podía husmear el armario sin problemas, los Señores no estaban, todavía no me convenzo que de un día para otro no podía llamar a mi esposa y su amante con su nombre, lo abrí, nada de mi ropa, vacío, a la espera del guardarropa de Señor, me sentí devastado, eso significaba que Señora me expulsaba de su vida, sólo me reducía a su esclavo, su siervo, su Putito de Señora, me puse de rodillas, llorando silenciosamente.

Me quedé unos momentos y salí de esa habitación, a cada momento me veía más cubierto de mis fluidos, el semen seco de mi masturbación, las lágrimas secas en mi cara, fui al baño, me mojé la cara para limpiarla, pensé en ducharme por lo otro…. recordé lo que me dijo Señora y opté por no hacerlo, esperando su jarrón con agua fría y paños de cocina usados. Continué mis labores y terminé, Señora no me ordenó cocinar así que fui al patio a recoger mi colchoneta, estaba seca por el sol, con la mancha de mi polución, algo de vergüenza me dio, la llevé a la habitación de servicio que me dio Señora, la acomodé dejando la mancha debajo no visible y en ese momento, la necesidad de mis entrañas me remeció, sin necesidad de nada, me acuclillé sobre la bacinica que Señora me dejó y liberé mi vejiga e intestinos en ella, me limpié con unos restos de papel de diario que me dejó en la habitación y tapé el inmundo resultado de m digestión con el resto del diario encima, el problema es que ese día era caluroso, cerré la puerta y esperé a Señores esperando ignorar esos hedores.

Descansé unas horas, despertando con el hedor creciente y el ruido de Señores entrando a la casa, ingresaron, sentí una risas y algunos gemidos acompasados rato después desde la habitación, gritos al final. Sabía lo que pasaba….un par de horas se abrió la puerta, prendió la luz –el interruptor estaba afuera de mi habitación-trastero-baño, antes que lo hiciera estaba en posición sumisa dispuesto a sus órdenes.

-Que mierda, hiciste putito? Huele a carroña muerta, no pensé que de la raja que se culea Señor cuando no estoy salga tanta porquería.

– Perdone, Señora, pero sé que no soy digno del baño de Los Señores

– Muy bien, aprendes rápido, lleva esa inmundicia a la tapa del colector, lo abres, tiras tus cosas –así lo harás de ahora en adelante una vez al día, al anochecer, y limpias la bacinica con la manguera, si quieres y respetas tu culo como no lo respetas con Señor, te limpias con esa agua tu raja. De ahí te vuelves, te tengo un regalo.

Una luz, un rayo de esperanza me pasó por la cabeza pero estaba muy equivocado como se verá. Salí al patio, en pelotas, hacía frío, la noche era obscura, levanté la tapa del alcantarillado, corrían aguas sucias y lancé mis restos, algunas formas salieron de la alcantarilla, quizás alguna cucaracha espero, cerré la tapa y con la manguera limpié la chata y luego mi culo, estaba helada el agua, mis pelotas se contrajeron, me sequé con las manos y fui donde Señora al living

CUESTA ABAJO EN LA RODADA

Recostada sobre su costado estaba ella en el sillón, sus piernas arriba en el borde denotaban que descansaba de su trabajo, se veía igualmente excitante, retomando mi miembro parte de su calor al igual que mis pelotas, me cubrí ante la mirada desaprobatoria de Señora y de inmediato esa cuasi erección cesó.

  • Veo que sigues siendo un calentillo, me gusta, pero debes estar claro que debes ir dejando de pensar en ellos y asumir que estas para MI goce y el de Señor, si YO lo permito, en fin, hueles mal y te necesito pulcro para lo que viene, por esta vez, anda a la ducha y date un buen baño caliente, anda y usa lo que necesites allá.

Agradecido del pequeño premio que me ofrecía SEÑORA, fui al baño, ya me parecían –pese al tiempo de este cambio-  extraños shampoo, jabon y agua caliente, di el agua caliente, esperé que se calentara con vapor y me metí a la ducha enjabonándome cada parte del cuerpo, embadurné mi cabello con  shampoo y al sentir la espuma y el agua me sentí relajado, de a poco retomé la erección recordando a SEÑORA en el sillón y sin darme cuenta tenía mis manos en mis pelotas y pene satisfaciéndome gratamente dentro del vapor, me limpié para secarme con toallas de verdad, no con papeles de diario o trapos como los que deja SEÑORA en mi cuarto

Luego de ese contacto con la vida de persona que tenía, salí y me presenté con Señora quien me esperaba con An…perdón, SEÑOR y una señora con delantal blanco, no entendía que estaba pasando –Putito- me dio vergüenza que me tratara así aunque se fue al rato esa sensación- ella es la señora Martina, está para que estés más pulcro y presentable, para que estés realmente desnudo, por eso, para ayudarte, te pedí que te bañaras.

  • Disculpe, no entiendo
  • Ella va a depilar ese vello y hará que estés más pulcro
  • No, Elvira, esto no puede ser, creo que….Señor se incorporó y me tomó de un brazo inmovilizándome mientras la señora se acercaba como para calmarme
  • Parece que no entiendes cual es tu rol acá, tu has dejado de ser el hombre, el marido de la casa, tu mismo deseaste esto y lo reconociste- me decía mientras Señor me reducía con su fuerza- ahora, irás con la señora Martina y colaborarás en tu depilación del cuello hacia abajo- entendí que no podía resistir aquello, que quizás Ella fuera más condescendiente ante mi entrega y accedí ir a mi pieza, en donde la señora había implementado una camilla con su equipo de ceras depilatorias, acompañado por Señor en todo momento.

El dolor fue impresionante

Al despertar en mi camastro sentí la suavidad de mi piel, la cual me hizo excitar profundamente, pero antes de satisfacerme, esperé que Señora llegara con el balde con agua y el paño, lo dejó mientras estaba y me limpié, las ganas me superaron antes de terminar de limpiarme pero descargué en el resto de agua que tuve que botar en el desague del otro día…..era raro y excitaba sentir el frio en mi piel…. luego de hacer mis acciones del día, Señora me permitió, con su protección participar en sus juegos con  Señor…ambos la penetramos y ante una seña de Señora, Señor me hizo succionar su pene y luego recibirlo en mi ano, como antes de mi esclavitud, pensé que mi actitud estaba siendo recompensada

Me equivocaba.

Continuará

 

 

 

 

 

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Esperando

Camino entre la gente, la multitud.
Me gustan los contrastes, caminar con mi traje por la calle, con la mirada distraída para cualquier espectador, mientras mi cabeza sólo tiene una idea en la cabeza. Sonrío para mis adentros, es tan sencillo salir de la rutina…Me gusta sentir que oculto mi pequeño secreto a los demás, y que mi rostro inescrutable no deja escapar ningún gesto que me delate.
Una historia y un juego más. Miro mi reloj, las ocho y media.
Hmm…. pronto aún. Dejémosla un poco más.
Me gustan los contrastes… soy un hombre de contrastes, y a veces fuerzo mi vida para sentirlos.

**************************
Son las siete de la tarde.
-Hola, Sara.
-Hola… – Responde aparentando tranquilidad, pero su voz tiembla, la imagino perfectamente a través del teléfono. Está en un sitio extraño, sola. Se que estará mirando alrededor, jugando con el llavero, aún en sus manos. De pie, en el centro de la habitación. Esperando. Un juego jugado mil veces antes, y al que volverá a jugar mil veces más.
Se sabe en mi poder, con toda la inseguridad que ese sentimiento conlleva, y a la vez reconfortada por la seguridad que le otorga esa misma entrega.
-¿Te gusta la habitación?. Pedí las mejores vistas. – Ella camina junto a mi por la habitación y corre las cortinas. La ciudad; bajo sus ojos, y más allá, el mar. Azul cobalto, oscuro. Profundo mar del norte.
-¿dónde estás?. Pensé que te encontraría aquí arriba… – ¿Hay un tono de desilusión? Siempre ha sido impaciente.
-Sara… – Repito su nombre, sé cuanto le excita que le llame por su nombre. – Sara, no preguntes, no estas en esa habitación para eso… lo sabes, ¿verdad?
Un instante de silencio, y una respuesta afirmativa. Ahora está donde la quiero, y pienso explotarlo más. Pasaran mil años y no me acostumbrare a esto, o si?
-¿Para qué estás aquí, Sara ?
-No sé…
-Creo que eres capaz de más.. ¿por qué te he sacado de casa hoy, y te he mandando ir a este hotel? ¿ Por qué he reservado ésta habitación para ti?
Sigue titubeando, realmente no sabe que contestar.
– ¿ Por qué quieres que haga algo para ti ?
-Aja… muy bien, quiero que hagas algo para mi… por supuesto que quiero, y por supuesto que lo harás. Lo sabes, ¿verdad?
-Si.
-Coge el teléfono, y llama a recepción. Di que vas a dormir, y que durante la tarde esperas visita, así que cuando pregunten por tu habitación, que por favor, le faciliten la llave de la misma.
Otro instante de silencio, siempre analizas todo lo que le digo, ahora mismo estás calculando las posibilidades, intentando descifrar el juego, pero aún no está maduro. Impaciente.
– ¿A nombre de quién dejo la llave? ¿Al tuyo?
-A ningún nombre.

*****************************

-¿Qué va a tomar?
-Un café, por favor.
Sentado en una terraza frente al mar. Estamos en ese momento en el que el verano se va, y aún nos negamos a coger el abrigo, así que un escalofrío recorre mi cuerpo durante un momento, bajo mi camisa.
Estoy frente al mar, pero para ella podría estar en cualquier lugar. En la habitación contigua de ese hotel en la colina… abajo, en la cafetería, junto a recepción… a 400 Km., en Madrid. Tal vez es perfectamente consciente de que estoy en su ciudad, o tal vez no. No es algo que vaya a preguntarle hoy. Dentro de un par de días, habrá tiempo de hablar, y de preguntar. De transmitirme todas sus sensaciones y todos esos pequeños detalles que 2 semanas después desaparecerán en el olvido.
Me ha costado, siempre cuesta, es como una batalla, y precisamente el ganarla es lo mejor. Siempre me cuesta hacerla reaccionar, supongo que la distancia tiene esos inconvenientes. Necesito mi tiempo para hablarle, para guiarle y llevarle a mi terreno, para que salga por un instante de su mundo y su monotonía. Una vez fuera de allí, la batalla está ganada.
Ha sonado su teléfono y me ha encontrado al otro lado. Pero no era una llamada habitual, y lo ha notado al instante. A pesar de haber hablado un rato de cosas nimias, los dos lo sentíamos.
Me he dado mi tiempo, consciente de que ella esperaba ese cambio de tema, esperando el ataque. Pero la iniciativa es mía, y llegará cuando decida.
Por fin… el juego, la presión, … negación, súplica, rebeldía, amenaza, y por fin, la recompensa, claudicación. Ha olvidado sus compromisos, ha cancelado sus planes, y roto sus citas y a tomado un lápiz y papel. Veinte minutos después su coche.
Saboreo mi café. Despacio. Mi reloj marca las nueve y diez. En este momento estás nerviosa, eso no desaparece por mucho que esperes. Quizás haya desaparecido esos primeros impulsos de impaciencia que siempre te asaltan.
Cansada… eso desde luego, moverás tus rodillas, para evitar que se te duerma una pierna. Pero jamás cambiarás tu postura, yo lo sé, y tú lo sabes. Es algo tan básico que ni siquiera me planteo. Tan cómodo en esta butaca frente al mar… Soy un cabrón, y te encanta.

*********************

-¿Si?
-Hola, Sara. ¿ Todo bien?
-Ehh.. si, ya está. Acabo de hablar con recepción. Ya he dejado el recado y han dejado una llave lista para ti.
Sonrio para dentro….Niña tramposa, debería castigarte. Pero mi castigo será el silencio, ni siquiera me molesto en cuestionar si la llave será para mi o no. Te sienta aún peor y lo noto, pero no te atreves a insistir sobre ello. Bien echo.
-Quítate toda la ropa.
La frase le coge de imprevisto, pero solo lo justo. Ni ella es cándida, ni yo quiero que lo sea. Obediente, y sin decir nada escucho sus movimientos a través del teléfono.
-Ya esta. Estoy desnuda.
-Bien, ve al cajón. Ábrelo y dime que hay dentro.
Camina por el suelo de madera, descalza. La imagino flotando sobre ese suelo, su cuerpo grácil ondulando. Es perfecta, y cada acto suyo implica una belleza sublime. Y es toda para mi.
Ahora ha abierto el cajón e identifica perfectamente lo que hay sin siquiera tocarlo.
-Veo unas esposas, y un trozo de tela negro.
-Cógelas.
-Ya está.
-Ahora ve a la puerta de la habitación.
De nuevo un ángel se mueve por la habitación.
-Ya.
-Ponte la venda en los ojos. – Leves sonidos acarician mi oído.
-Ya.
Me gusta como se adapta a la situación, y como su obediencia a dejado paso a los monosílabos. Es obediente, y sabe cual es su papel. Y sabe jugarlo.
-Ahora, con la venda bien colocada, te pondrás en el suelo, a cuatro patas, como la perra que eres, Sara. Colócate de espaldas a la puerta, ofreciendo tu culito. Para que cualquiera que pueda entrar a esa habitación pueda verte expuesta ante él. Ofrécete mi niña.
Le escucho moverse, ruidos, suspiros, y por fin, de nuevo el silencio.
-Ya está.
-Bien, Sara. Termina.
Silencio.
-Sara, sabes que tienes que hacer ahora. La entrega absoluta, sabes que siempre quiero eso de ti. Y hoy será excesivamente gráfica, ¿no crees?
-Si, lo es…
-Sara, ¿que tienes que hacer ahora? Dímelo.
Responde usando un tono interrogante aunque obviamente sabe lo que deseo en este momento, y también que no responderé.
-¿Tengo que esposarme?… ¿ no?
-Sara, dime que tienes que hacer ahora.
Suspiró, coge fuerzas…
-Esposar mis manos, a la espalda.
-Hazlo.
Criccccc. La primera muñeca atrapada. El teléfono móvil golpea el suelo cuando Sara lo deposita frente a ella, a partir de este momento, no podrá usarlo más.
El momento de la entrega, de la indefensión absoluta. Solo siente la puerta tras de ella, su culo desnudo frente a ella, expuesto, vendida…
Pasa un segundo, otro más, no hay prisa, cuanto mas tiempo pase, mayor será su lucha interna, y mayor mi disfrute. Ojalá durara toda la vida este momento.
……….Cricccccc. Sus muñecas atrapadas. Sus brazos atrapados a su espalda, su cuerpo atrapado y su mente atrapada para mi. Ciega e inmóvil. Indefensa. No hay tiempo para el arrepentimiento. Solo hay tiempo para la entrega. A partir de ahora todo será nervios e incertidumbre. Cuelgo el teléfono.
Ahora está sola, y seguirá así el tiempo que yo quiera.

*********************

La puerta del ascensor se abre. Cada paso lo doy más lento que el anterior, pero a pesar de ello, casi sin darme cuenta estoy frente a la puerta de la habitación. Miro mi reloj. Las nueve y media.
Inserto la tarjeta en la puerta y la abro de par en par, despacio. La habitación es sobria, odio esos hoteles con cortinas de flores y cuadros de paisajes. Las cortinas están entornadas y la poca luz que queda en el exterior me deja recorrer las camas, perfectamente echas, la mesa de haya, con su silla dentro. El espejo del armario, todo impoluto excepto algo de ropa doblada sobre la cómoda. Y ella.
Escucho perfectamente su respiración en medio del silencio. Su respiración agitada por el cansancio, y por los nervios. El momento más esperado y temido ha llegado.
Colocada a cuatro patas, las rodillas dobladas recibiendo el peso de su cuerpo, la espalda curvada, el tiempo y el cansancio le han echo inclinarse hacia delante, y tiene su cara, de medio lado apoyada también en el suelo. Su culito no podía estar más expuesto en esa postura, y ahora, aunque quisiera cambiarla, no podría, demasiado cansada.
Sus brazos tensos recorren su espalda, unidos por la trampa metálica, unas sencillas esposas, tan delgadas, tan finas… y ellas solas conteniendo ese cuerpo ante mi. Sus rodillas, separadas me ofrecen una vista exquisita, me recreo en ella, mientras sigo bajo el dintel de la puerta.
Se que me oye perfectamente, y se que aunque no mueva un solo músculo todo su cuerpo esta alerta, a flor de piel, intentando detectar algún sonido común, esperando escuchar una palabra que le tranquilice, que le confirme quien esta jugando y como es el juego.
Nada de eso ocurre. Todas las sensaciones que ha tenido durante estas horas, de indefensión, de desnudez… se multiplican con el echo de tener a alguien detrás de ella, a menos de un metro. La sensación de dependencia es absoluta, y sabe perfectamente que la persona que ha entrado en la habitación, puede hacer con ella lo que quiera, todo lo que le plazca. Quizás debiera haberla amordazado…
Me deshago de mi ropa, y la dejo en el suelo, junto a mi. En solo dos pasos mis piernas casi rozan su culo. Empujo la puerta de un golpe y esta se cierra de un portazo. Noto su pequeño saltito… No te asustes…Aunque se que lo estás. Y aún lo estarás más, es tan fácil..Me inclino hacia delante, cerca de tu cara. La agarro, con cuidado, y retiro un poco el pelo que te cubre el rostro, como una caricia, saco algo de mi mano y te lo coloco en torno a ella, te ajusto la pequeña pelota en tu boca y ajusto la tira de cuero. Ahora amordazada… ni siquiera podrás gritar, todos tus sentidos concentrados solo en mi, y en mis actos.
Me pongo de rodillas tras ella, estoy tan cerca que casi debe sentir como invado su espacio vital. Recorro por última vez su cuerpo estático, en pocos segundos todo cambiará, y la agitación será su única dueña. Su piel, perfecta, su melena morena y lisa cayendo por su cara, sus pequeños pechos ni siquiera llegan al suelo. Bajo mi mirada, a sus muslos, y los recorro, mientras encuentro mi polla en el camino. Estoy tan excitado ahora mismo, y en este instante la sensación de poder hace que ya no me importe si ella lo está o no. Ahora es mía.
Aún no la toco, agarro mi pene con la mano y avanzo… muy despacio se la meto, hasta el fondo, de una sola vez. Está tan húmeda como esperaba, y no cuesta nada, sin embargo el efecto es absoluto, a pesar de los calambres y el cansancio, su cuerpo se estira, sorprendido, agitado, invadido de pronto por mi. No le dejo tiempo a reaccionar y comienzo a moverme, ignoro los protocolos y antes de que se de cuenta estoy follandola con todas mis fuerzas, mientras hace esfuerzos por no perder el equilibrio.
Mis manos, apoyadas en mis caderas, y mi polla entrando una y otra vez en ella. Todo su cuerpo está en tensión, una mezcla de placer, de miedo, y de descontrol, su cara prácticamente es el punto de equilibrio para no desmoronarse, sobre el que apoya todo el peso de su cuerpo. Me excita verla resistirse así. Se que es orgullosa y no caerá, aguantará hasta el último instante, hasta que no le queden fuerzas.
Sin embargo, no sabe la paciencia que tengo, y desde luego, si algo no me gusta, es terminar pronto las cosas. Salgo de ella, pero no me alejo. Su respiración se ha convertido en jadeos, y gotas de sudor perlan su espalda. Por primera vez casi no puedo evitar recorrer su espalda con mi mano, acariciarla, sentirla… pero me reprimo.
Me giro, y cojo algo de mi chaqueta. Es un consolador que aún no conoces, nunca habías probado uno de este tamaño, y hoy lo harás. Apenas tienes tiempo de descansar cuando lo introduzco de nuevo en tu coño, hasta el fondo, no quiero que me moleste.
Cuánto disfrutaré dentro de unos días, cuando me confieses todas tus sensaciones, lo que has sentido en todo momento. Me incorporo un poco, y mientras te mueves ligeramente por culpa de tu nuevo inquilino, te la introduzco en tu ano. Antes era más difícil y todo era más laborioso, ahora prácticamente me he acostumbrado a penetrarte apenas sin cuidado, a pesar de que aún te molesta al principio. De nuevo dentro de ti.
Llego de nuevo hasta el fondo, y me quedo quieto, como la pausa antes de la batalla. Totalmente llena por todos sus agujeros, poseída absolutamente. Me retiro, despacio, y comienzo a follarla de nuevo, ahora es todo más rápido aún, más violento, nuestros cuerpos se mueven descompensados, sin ningún ritmo. Yo marco el mío, y ella tan solo el que puede. Ahora no pararé hasta que todo acabe, tus gemidos a través de la mordaza son cada vez más fuertes, respiras intensamente por la nariz, casi más concentrada en coger y expulsar el aire que en lo que te hago, o no.
Cuando te corres siento tu escalofrío como si me ocurriera a mi, es tan gráfico y tan explícito, prácticamente te caes, te derrumbas sin fuerzas sobre el suelo. Sigo dentro de ti, solo tu culo, en un esfuerzo orgulloso aún sale hacia arriba, ofreciéndomelo, mientras tu respiración se va calmando. Lo acepto y continúo. Ahora apoyo mis manos en tu culo, descargo mi peso sobre ti, prácticamente tapando tu menudo cuerpo. No tardo en llegar yo también.
Exhaustos, sudor, vicio en mis ojos. Suelto un suspiro de placer, mucho después del orgasmo, el placer mucho más satisfactorio del juego de lo que podrían ser 1000 orgasmos. Me incorporo y marcho a la ducha. Una ducha que me reaviva junto con mi imaginación, sabiéndote en la habitación, tumbada cual larga eres sobre el suelo, ahora un poquito de medio lado, y con el dildo aún dentro de ti.
Pero por hoy hemos terminado, o más bien no, me visto y abro las esposas. Obediente, no mueves un centímetro de tu cuerpo hasta que de un portazo abandono la habitación.
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¿A que sabe la sumisión?

Eran las siete de la mañana y a los pies de la cama trataba de complacer el sueño de mi ama. Llevaba dormida dos horas y tenía miedo que volviera a despertarse. En los últimos días le había costado dormirse, mi labor era sencilla masajes en los pies y en especial en los callos que tenía al final de sus perfectos dedos. Lo había conseguido y no estaba dispuesto a que mi sueño provocara el despertar de mi divina ama. No dormí en toda la noche pero con mis atenciones había logrado que mi dueña consiguiera encadenar tres horas de sueño.

Divina despertó y un giro brusco de sus pies daba a entender que pronto querría bañarse y desayunar. Preparé el baño a la temperatura que más le gusta y prepare sus tostadas ligeramente rayadas. Cuando todo estuvo dispuesto me acerque a cuatro patas al borde de la cama y elle subió dulcemente a mi lomo que no a horcajadas. Me dirigió al baño y me dijo:

Supongo que esta el baño en condiciones. Quédate en la puerta no quiero perros molestando

Esperé. Oía como el agua tropezaba con su piel y salpicaba, como descalza pisoteaba la alfombra del baño. También Oí un chasquido y entendí su significado. Recogí su bata y se la preparé, de nuevo me puse a cuatro patas y la lleve a la cocina. Al llegar me dio una bofetada, creo que algún vaso no estaba del todo limpio o tal vez el agua de la bañera no estaba en condiciones. Debo estudiarlo detenidamente, más tarde me lo preguntará y si no acierto tendré el castigo oportuno. Para los castigos mi ama es muy concienzuda sabe darme o no darme lo que realmente vaya a molestarme sin que mi condición sumisa me permita beneficiarme del castigo.

Permanecía agachado a su lado a la espera de sus ordenes, de vez en cuando se derramaban algunas sobras al suelo unas veces por atención a su esclavo y otras porque caían de su boca, todas debía recogerlas del suelo con la boca. Este fue un día de suerte ya que mi ama no se termino su tazón y puede tomar algo de leche revuelto con migas de pan, mi señora gusta de hacer gachas en la leche.

Fregué los platos, recogí la cocina. Mientras mi ama leía. Fui a por el periódico y alguna revista. Divina se enoja cuando no tiene lectura y la novela que leía estaba a punto de terminar. Me vestí y tapé mi collar con un pañuelo. Mis vecinos sonríen al verme con el pañuelo, les sonrío. Compré también lo que mi ama sugirió le gustaría comer. Lo hace durante el día anterior en forma de clave debo estar atento y saber descifrar sus apetencias. Ayer durante una película de Ganster, dijo:

-Que bien comen estos Italianos, verdad perro.

-Guau.

Creo que en la escena la comida eran spaguetti a la boloñesa, no lo pude ver bien ya que estaba de espaldas a la tele, me encontraba masageando sus cayos. Esta tarde lo sabré, cuando después de comer me acaricie el lomo o tire de mi correa y me sacuda un bofetón. Es una estupenda adiestradora y sabe despertar mi atención. Todo lo que se se lo debo a mi Diosa.

Llegue a casa y bese los pies de mi Ama, ella no dijo nada. Empecé mis tareas. El Baño, la cocina y la comida. Cuando terminé me acurruqué a los pies de mi ama, ella siguió leyendo algunos cotilleos. Sus acertados comentarios me acercaban a la prensa rosa, una Duquesa de avanzada edad se acababa de casar y este acto colmaban las páginas de las revistas del corazón.

Estaba a punto de empezar el sueño del borrego cuando note un suave tirón. Mi ama estaba vestida y me dijo:

Perro holgazán hoy no has hecho ejercicio ni tus necesidades. Levanta el culo que nos vamos.

Si mi ama

y zas guantazo. No recordé que cuando el tratamiento de mi ama hacia mi es de perro debo ladrar.

Guau.

Cogimos el coche y nos fuimos a un descampado algo solitario. Mi ama no le gusta que nuestros juegos sean públicos y por eso al salir tratamos de ser discretos. Al llegar jugueteo conmigo lanzándome una pelota. Después de jugar un rato y de mear y cagar bajo un árbol volvemos a casa.

Le sirvo la comida a mi dulce Ama y parece que no le desagrada. Creo que acerté en el menú. Mi Diosa se dispone a comer:

Perro no molestes, fuera de aquí .

y me da un puntapiés. A cuatro patas desaparezco y salgo a la terraza. Desde allí puedo oír su chasquido para cambiar los platos. Al terminar mi Justa Diosa cogiéndome de la barbilla, me dice:

Perrito cocinero veo que ayer estuviste atento. Si, para hoy quería Spaguetti a la boloñesa, lo ves cuando te esmeras sabes complacerme. Esta noche tendrás tu premio, ahora come los restos,recoge, limpia y te espero en el salón. Así fue.

En el salón mi Dueña estaba recostada viendo la tele. Señaló sus manos y comencé a estirar sus dedos. Alterné ambas manos, pasaron mas de 20 minutos. La dueña de mis sueños me dijo:

También tengo espalda.

Empecé un masaje a lo largo de hombros y espalda. Rascaba, acariciaba y besaba. A mi hermosa Ama le entró sueño y el sofá no le era suficientemente cómodo, me dispuse como un caballo y monto hasta el dormitorio. Allí señalo los cayos de sus pies y comencé su masaje. Vi como al cabo de una hora estaba dormida, de su boca salía un precioso y suave sonido. Aproveché y dormí también. Despertó y no me vio chupando sus pies, acto que tanto le relaja. Con sus dos pies me dio una fuerte patada, caí al suelo rodé y desperté.

¡Inútil, vago y estudido perro!. Hogazan no te mereces mi protección, hoy mismo te abandono desnudo en una gasolinera.

No era una amenaza fue un hecho, minutos después aparcó el coche en una gasolinera que estaba a dos kilometros de casa y me dijo.

¡Fuera Perro bobo! No quiero verte más.

En la gasolinera sólo y desnudo sabia lo que me esperaba. Busque las calles menos transitadas y conseguí llegar a casa sin toparme con autoridad alguna. Una vecina mayor se quedó mirándome.

Traté de saludarla como si la situación fuera de lo más normal:

Hola vecina

No contestó, frunció el ceño y me siguió con la mirad, no se si exactamente me miraba el culo o la espalda. Subí por el ascensor y entré en la casa me arrastré a sus pies, le supliqué como lo hacen los perros sumisos, besé sus pies y le juraba que no volvería a comportarme como un holgazán.

Mi Ama en principio me apartaba con su pié aunque por fin permitió que le besara sus pies. Me llenó de satisfacción su perdón. Y no sería la única buena noticia de la noche. Puso una película y se dispuso a verla mientras indicaba sutilmente lo que quería. Un masaje a veces en los pies otras en las manos o espalda, un vaso de agua, algunos caramelos. Me lo decía con una mirada un sonido o una indicación. Eran muchos años y conocía sus apetencias con solo mirarla.

Al terminar la película. Me cogió por la barbilla y me dijo:

Perrito, ¿recuerdas que esta mañana te prometí un premio?

Guau.

Se quitó el pantalón del pijama, la lencería y se recostó plácidamente. Me sorpresa fue enorme cuando descubrí que esa noche me iba a permitir acariciar su santuario. Así lo hice siguiendo sus indicaciones, mi lengua se movía como ella disponía unas veces se movía de arriba a bajo otras chupaba y la mayoría de las veces se movía rápidamente. Así estuvimos mas de una hora. Yo estaba muy excitado. Me miro de arriba abajo y me permitió correrme con sus pies. Me restregué como un perro en celo mientras ella movía su pie para facilitarme el Orgasmo. Me derramé y agradecido besé sus pies.

La noche había terminado como hacía mas de un mes no terminaba, con mi sexo flácido. Le llevé al baño y luego al cuarto. Allí me miro y me dijo.

perrito esta noche quiero dormir sola vete al salón y puedes dormir en el sofá.

Le besé el pié y dormí plácidamente en el salón.

Esclavo de sus sueños.

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Sexmopolite

Sexmopolite
Autor: chicomad

Introducción:

(La sala Sexmopolite antiguamente era un sex shop. Su dueño tenía una estrecha relación con el mundo de la producción de cine X y fue uno de los primeros en incluir un peep show en su negocio. Su fachada de estilo neoclásico adornada con luces de neón atrajo a un sinfín de clientes en el centro de la capital. Las instalaciones de buen gusto y siempre pulcras favorecieron que el lugar fuera visitado por turistas de cualquier clase. Años después se hizo una importante remodelación de las instalaciones y el peep show se transformó en un espectáculo erótico sobre escenario y en toda regla, que incluso llegó a ser recomendado por algunos hoteles. Con el tiempo la sala ganó fama a través de la televisión, y hoy en día es un clásico al que asiste un público heterogéneo.
El espectáculo comienza a las once de la noche ofreciendo un contenido erótico no explícito, con un descanso de unos diez minutos entre cada actuación. La temática sexual es variada, y a partir de las doce van aumentando en dureza, momento en el cual mucha gente abandona la sala. La particularidad más destacable es que al público se le invita a participar en los juegos eróticos. En los últimos pases sólo los más atrevidos aceptan la invitación de los actores para salir al escenario a riesgo de que las pruebas a las que puedan ser sometidos superen los límites de lo que no se está dispuesto a hacer en público. )

Una música sensual envolvió la cálida atmósfera de la sala silenciando el cuchicheo de los espectadores, al tiempo que las luces se atenuaban gradualmente dejando los rincones en penumbra. Como cada sábado sobre las dos de la madrugada Elsa surgió de entre las sombras con su elegante andar, y su figura esbelta se iluminó bajo los focos de luz que proyectaban sobre el escenario amplio y casi circular rodeado de mesas y butacas donde se acomodaban los clientes. En medio de este espacio había un vistoso artefacto, un tablero vertical soportado por los brazos articulados de una de máquina, que la artista contempló haciendo gestos de niña pícara y donde apoyó sus manos adoptando poses sexy. Contoneándose suavemente como mecida por el erotismo de la música de ambiente se alejó de la brillante luz y se paseó entre el público lentamente, deslizando sus dedos provocadores sobre los hombros y el pelo de aquellos hombres que la observaban pasmados. Era una mujer alta, y lo parecía aun más con sus tacones de aguja y su cuerpo delgado. Su semblante algo demacrado y su maquillaje al estilo gótico le daban aspecto de mujer fatal cuarentona, pero lo cierto es que acababa de cumplir treinta y dos. Su pelo lacio de tinte negro brillante, más bien largo, peinado con la raya a un lado y sujeto con una horquilla en la sien, hacía juego con su largo y ceñido vestido azabache de mangas cortas y escote en pico que dejaba ver algo de su torso pecoso y de escasos senos. Sus manos, expresivas en todo momento, aunque eran grandes y largas no dejaban de ser hermosas y dulcemente femeninas, de uñas cortas y carentes de cualquier artificio. Sus piernas modélicas eran dignas de una diosa, las cuales mostraba con elegancia en cada paso a través de las aberturas laterales del vestido.
A pesar de la naturaleza explícita de las actuaciones ofrecidas en el local, el espectáculo no carecía de buen gusto y su fama comenzaba a atraer a una clientela cada vez más variopinta, pues entre las oscuras siluetas se podía apreciar que había bastante público femenino.
Quizá muchos de los allí presentes conocían detalles acerca de lo que sucedería en el escenario, pero no Jael, un joven de mente liberal y de nula experiencia en el mundo del espectáculo erótico. Ese día estaba dispuesto a dejarse llevar ante cualquier situación en un lugar donde era improbable que nadie lo conociera. Lo que pagó por entrar allí desde su punto de vista ya había valido la pena tan sólo por lo que acababa de presenciar en la actuación anterior, pues era la primera vez en su vida que presenciaba sexo en vivo y eso lo había sobreexcitado.
Cuando Elsa pidió un voluntario de entre un público nadie se ofreció. Ajeno a la naturaleza del espectáculo Jael se moría de ganas de participar pues gozaba de un cuerpo sin complejos, le daba morbo el panorama, le excitaban las piernas de Elsa y le respaldaba el convencimiento de que en la vida volvería a cruzarse con ninguna de aquellas caras. Pero le faltaba atrevimiento y era lo bastante modesto y sensato como para ofrecerse antes que nadie, y tampoco quería que lo tomaran por un pervertido. Entre cabizbajos que refugiaban la mirada en su copa en señal de negativa, Elsa se acercó a Jael invadiendo el anonimato de su rincón y lo invitó. Éste aceptó sonriendo y poniéndose de pie, y como para no dar tiempo que se arrepintiera inmediatamente fue llevado de la mano con decisión hasta el escenario. El joven pensó que la providencia le había reservado aquella experiencia para él en ese día, y sintió un hormigueo intenso de emoción y nerviosismo en el estómago. Elsa sintió al instante simpatía por el joven y lo trató muy dulcemente, pues era la primera vez que pescaba un pez que físicamente era de su agrado, y esta vez se sentía capaz de disfrutar verdaderamente con lo que hacía en su trabajo. La actuación requería que fingiese ser un ama severa, pero no pudo evitar sonreír y mostrarse amable con él. Lo situó de cara al público como mostrando a su presa y dio una vuelta a su alrededor, deslizándose por su espalda como si se escabullera por un burladero, y con un giro de baile plantó sus tacones frente a él, cara a cara, para imprimir sobre su pecho un suave empuje haciéndolo retroceder hasta que su espalda se encontró con la madera del tablero.
El estrecho y rústico tablero de más de dos metros de altura que ocupaba el centro del escenario era una robusta y sofisticada mesa de tortura sobre ruedas, equipada con un mecanismo que permitía inclinarla, plegarla y orientarla en varias posiciones. Se decía que el encargo de la mesa había costado más dinero de lo que valía el local completo. Había sido ideada por el dueño de aquel negocio, un productor francés de cine X. Elsa sabía utilizarla muy bien. El tablero, que ahora reposaba de pie sobre uno de sus cantos y ligeramente inclinado hacia atrás, tenía cuatro brazaletes de cuero en los extremos mediante los cuales la actriz ató al reo. Con la ayuda de un taburete le alzó los brazos y ató sus muñecas, una en cada esquina de lo más alto del tablero. Después se agachó y ató los tobillos casi juntos en el extremo inferior. A penas tardó un minuto en hacer esta labor al tiempo que provocaba al muchacho haciendo sutiles gestos eróticos, mordiéndose los labios y mirándolo fijamente a los ojos. El culo de Jael no quedó directamente en contacto con la madera desnuda sino contra una posadera acolchada y anatómica que mantenía su cadera ligeramente proyectada hacia delante, y si no fuera porque el tablero estaba ligeramente inclinado hacia atrás y por la sujeción de sus extremidades su cuerpo se iría de bruces. Una vez que hubo atado al prisionero, Elsa continuó con el juego dispuesta a sorprender al público con un grado de fuerza en la escala erótica superior al de la actuación anterior. Cambió su actitud por otra más acorde con la temática sádica, se volvió más firme en sus pasos y se separó de Jael haciendo gestos de satisfacción hacia el público por haber apresado a un inconsciente que iba a padecer sus mañas martirizantes.
Realizando armoniosos movimientos con sus brazos dio otro toque coreográfico a su actuación y en seguida se puso al mando de la mesa de tortura. Tirando de una palanca elevó el tablero a un palmo del suelo dejando a Jael suspendido de las correas, y a partir de ese momento todo sucedió demasiado deprisa para el joven quien no tuvo tiempo de mentalizarse ni de intuir lo que venía después. El ambiente se caldeó y aumentó la expectación al subir el volumen de la música. Aunque Elsa adoptó ademanes de ama dominante seguía radiando simpatía y sensualidad natural. Mientras Jael se preguntaba cuánto tiempo lo iban a tener colgando cortándole la circulación sanguínea en las muñecas, Elsa con sus dedos ágiles le desabrochó el pantalón y se lo bajó hasta los tobillos de un tirón arrastrando la ropa interior y dejando su sexo al aire. Jael no sabía qué cara poner. Él esperaba algo más sensual, más erótico, pero su flácida vergüenza quedó expuesta al público bruscamente y sin más preámbulos, sintiéndose incómodo, preocupado y avergonzado.
Una jovencísima y bella camarera de baja estatura que haría las veces de ayudante se apresuró hacia el escenario. Entre las dos mujeres giraron la mesa sobre sus ruedas trescientos sesenta grados para que el público circundante contemplara al hombre humillado. El esfuerzo inicial que las chicas hicieron para mover la máquina, cada una tirando con todo el peso de su cuerpo desde lados opuestos, hizo ver que el carro, palancas, brazos articulados, tablero más el prisionero eran un conjunto robusto y estable. La camarera se retiró y Elsa volvió a los mandos de la máquina, y con un tirón de palanca hizo pivotar la mesa poniendo a Jael en posición horizontal a un metro y medio del suelo mirando hacia el techo. Sus pies quedaron apuntando hacia la mayoría del público, y su cabeza y sus brazos orientados hacia la parte trasera del escenario.
El tablero no era de una sola pieza sino compuesto por tres paneles abatibles de distintos largos. El panel central era el más pequeño, no más grande que el asiento del columpio de un niño, y el que soportaba con la superficie acolchada el peso del trasero de Jael. A ambos lados de éste pivotaban los otros dos paneles mucho más largos. De ese modo, con un segundo accionamiento Elsa plegó parcialmente y hacia abajo los dos tercios largos del tablero, de modo que el cuerpo del chico quedó ligeramente arqueado con la cabeza y los pies a un nivel más bajo que la pelvis. Ahora su pene estaba más cerca de los focos del techo que cualquier otra parte de su cuerpo, como si ofreciera su virilidad a los Dioses de las alturas.
Elsa brillaba con un repertorio variado de gestos y posturas sexy a un ritmo sensual. Se acercó a los pies de Jael y lo despojó de sus zapatos y calcetines que dejó caer al suelo. Los clientes, ahora auténticos voyeurs de primera fila, observaban sin pestañear. Como una niña traviesa le hizo unas breves cosquillas en los pies y con una mirada pícara y dando pasos de una modelo de pasarela se situó detrás de la cabeza del joven confuso, que ya iba perdiendo el temor a que aquel armatoste siguiera inclinándose y lo dejara cabeza abajo. Con piernas de conejita “playboy” y poniendo el culo respingón se inclinó hacia delante, y con sus dedos ágiles desabrochó uno a uno los botones de la camisa de Jael para abrirla y dejar su pecho al desnudo. Con delicadeza y lentitud se llevó el dedo índice de una y otra mano a la boca para humedecerlos poniendo cara de niña inocente, y con sus yemas acarició suavemente los pezones del cautivo sin dejar de mirar al público.
Los interruptores erógenos del pecho de Jael enviaban descargas por todo el cuerpo inervando sus mecanismos sexuales, provocando que se le cerraran los ojos y relajara la boca del subidón tan grande de oxitocina. Era muy sensible a este estímulo y automáticamente su pene se endureció. Elsa aceleró las caricias sobre las tetillas con sus dedos mágicos y lo mantuvo así hasta que el miembro en lo más alto del podio comenzó a palpitar involuntariamente. Contempló la lanza del prisionero que no iba mal armado y pensó que debía aprovechar bien aquella virilidad que no siempre se le ofrecía tan hecha a medida para su número.
La camarera volvió a hacer una breve incursión para entregar al ama una especie de taburete acolchado semejante a la montura de un caballo, la cual fijó al tablero justo sobre el estómago del cautivo valiéndose de unos enganches prefijados. Después destalonó sus zapatos de tacón y se descalzó para ayudarse del taburete y montar sobre el prisionero dándole la espalda y con el pene delante de ella a su entera disposición. El asiento de la amazona libraba a Jael de tener que soportar el peso de aquel hermoso culo sobre su abdomen, y a Elsa le permitía estar a horcajadas cómodamente sin tener que aferrarse con sus piernas al cuerpo inclinado del chico por el que se iría resbalando poco a poco. Los pliegues de la falda de su vestido ahora posaban recogidos sobre la montura y sobre el pecho de Jael, y hacia los lados colgaban rectas las piernas desnudas de una amazona sin estribos.
Jael era la única persona de la sala que no podría ver las habilidades manuales de Elsa, pero sí sentirlas en su propia carne. A un lado y a otro podía ver algunas mesas y siluetas oscuras de personas. Desde el techo infinitamente oscuro lo deslumbraban los focos que colgaban de la nada. Si alzaba la frente sólo podía ver la tela negra del vestido que ceñía la espalda recta de una mujer hermosa, y que tras vadear un culo respingón y perfecto reposaba en pliegues sobre su pecho. La única piel que podía contemplar de la erótica estampa al forzar su cuello eran unos preciosos muslos a cada lado de la montura. El público sin embargo se deleitaba con la visión más erótica contemplando las piernas de Elsa que pendían muy sexy apuntando al suelo con pies de porcelana bien cuidados y dedos estilizados con uñas pintadas de negro.
La mujer dejó de actuar para concentrarse en algo que sabía hacer muy bien. Con rostro sereno bajó la mirada y tomó el pene de Jael por su base con una mano manteniéndolo erguido, con la otra mano comenzó a masturbarlo. Envolvió la carne con sus cinco dedos sin presionar demasiado, imprimió un suave vaivén al prepucio con un juego de muñeca armonioso, y así cubría y descubría un turgente glande con el pellejo, despacio, muy despacio.
Jael nunca había estado antes en un show porno participativo ni en nada parecido, por eso no es descabellado suponer que jamás en la vida había estado tan excitado. Él comprendió que ahora formaba parte de un juego erótico para entretener al público, y quiso pensar en algo que le distrajera porque estaba a punto de explotar y no quería defraudar con su precocidad. Pero no era fácil controlar las reacciones de su organismo por no decir imposible, estaba demasiado excitado.
Elsa por experiencia sabía que los jóvenes voluntarios solían correrse pronto, además aquél tenía una erección bastante rígida y el glande hinchado brillaba de color púrpura, señal de que estaba sobreexcitado. Así que dejó de masturbarlo, levantó el brazo he hizo una seña. La camarera se presentó al instante con dos pedestales que plantó en el escenario, uno lo articuló situando un micrófono muy cerca de la cabeza de Jael, y lo mismo hizo con el otro pero cerca de las manos de Elsa. El chico no se percató al momento pues hacía esfuerzos de concentración para no correrse incluso ahora que no lo masturbaban. La muchacha dio a Elsa un tubo con algún líquido y abandonó el escenario del mismo modo que vino. Tras lubricarse bien las manos Elsa reanudó la faena a un ritmo más alegre. El gozo se apoderó de nuevo del cuerpo inmóvil, y él con la cabeza en reposo pudo ver sobre su frente el micrófono preguntándose si estarían gravando la escena. Demasiado tarde para preocuparse, y desde que sintió que las manos de Elsa se afanaban con mayor decisión se entregó por entero, pues era inútil resistirse a llegar al punto de no retorno.
Después de unas pocas batidas Elsa mantuvo el pellejo del pene estirado hacia su base de manera que el glande quedó expuesto, entonces apoyó sobre éste la palma de su otra mano y comenzó a frotar intensamente describiendo círculos. Jael era incapaz de adivinar por el tacto lo que las manos le hacían, tan sólo sintió que dejaron de masturbarle y que de pronto notaba una desagradable hipersensibilidad en la punta del pene. Pensó que alguien se la debía estar mamando y mal porque le hacían daño. Nunca había sentido algo así y sospechó incluso que podía ser alguien del público, un hombre quizá, algún elemento sorpresa que formaba parte del espectáculo. Elsa alternó esta técnica con una masturbación suave y placentera. Cuando Jael comenzaba a disfrutar de pronto volvía a notar que paraban y que volvían a provocarle aquella sensación desagradable. Fuera lo que fuera la incomodidad gripó el gatillo de su orgasmo, así no podría correrse tan fácilmente como creía.
Una de las veces Elsa prolongó su acción diabólica sobre el glande durante sólo un poco más de tiempo hasta obtener el resultado que buscaba, Jael tensó las piernas de dolor e intentó mover las caderas en señal de que algo iba mal. Elsa dibujó una sonrisa orgullosa en su rostro y compensó a Jael con una monumental y placentera paja en la que alternaba rítmicamente sus manos para aplicar un masaje, como si tratase de alargarle el pene mediante repetidos estiramientos desde la base del pene hasta la punta cubriendo el capullo con la piel. Después le hizo lo mismo pero al revés, deslizando las manos desde la punta hacia la base del pene como si intentara clavarle una estaca en el vientre repetidas veces. Jael se relajó y suspiró disfrutando de aquella sensación tan maravillosa, empezaba a enamorarse de aquella Diosa. Quiso corresponder al ritmo de las manos milagrosas moviendo su pelvis pero su postura arqueada se lo impedía. La realidad era que no podía poner nada de su parte, Elsa disponía absolutamente del miembro a su antojo. Así que a ésta se le antojó parar, alzó el brazo y con una segunda señal hizo bajar el volumen de la música.
Ahora podía oírse hasta el crujir del suelo y la inquietud del público. Sin la música la atmósfera envolvente de fantasía erótica se desvaneció y Jael se preguntaba qué anunciaba ese redoble de silencio. Elsa se inclinó un poco hacia delante y dejó caer un hilo de saliva de su boca sobre el pene que sujetaba. Prosiguió con una paja clásica con movimientos largos, y cuando hubo escurrido toda la saliva hacia la punta del pene, cerró el puño con más fuerza y aceleró la paja con movimientos cortos para producir un sonido de chapoteo, como si intentara batir a punto de nieve una clara de huevo sobre la punta de la polla de color púrpura. El sonido de las embestidas de la mano sobre la carne lubricada se oía a través de los altavoces del local gracias al micrófono. Jael, excitadísimo por la perversa y sofisticada treta de la manipulación ajena de su propio falo, se abstrajo en un profundo trance de placer. La realidad se distorsionó para él y quedó sumido en un sopor erótico adictivo que cambiaría para el resto de su vida su percepción del sexo.
Elsa miró hacia atrás sin dejar de masturbarle y observó su cara. Vio que tenía la mirada hacia el infinito y que comenzaba suspirar. Lo masturbó más rápido y logró sacarle un gemido de la garganta, el cuál se escuchó claramente a través del micro. Sus gemidos se repetían con eco en el aliento de algún espectador onanista, pues los jadeos se contagian igual que se contagia la risa. Jael ladeó la cabeza con la mirada en blanco y gimió cada vez con más frecuencia e intensidad. Entonces Elsa paró. En ese momento ella se dio cuenta de que estaba sentada sobre el cliente más excitado que había subido al escenario hasta entonces, y que su orgasmo iba a ser espectacular.
El saludable físico de Jael, su espontaneidad, su juventud, un público especialmente numeroso y paritario, el buen curso del espectáculo, todo ello contribuyó a que Elsa sintiera sin lugar a dudas que disfrutaba por primera vez de lo que hacía. Despejó sus mejilas deslizando su cabello detrás de sus orejas de soplillo, y ahora su cara radiante parecía más joven y se sentía más capaz de provocar al mundo con sus manos de Afrodita. Volvió a mantener la verga enhiesta entre índice y pulgar posando delicadamente su mano plana sobre la ingle y los retraídos y arrugados testículos, y con la otra mano torturó al muchacho con todo el repertorio martirizante que conocía para sobreestimular el glande. Jael notó un dolor creciente y angustioso, una sensación que a cada segundo se hacía más insoportable. Comenzó a emitir quejidos y a mover la cabeza de un lado a otro. Esta vez Elsa prolongó la tortura hasta más allá de lo tolerable haciendo que Jael contrajera su abdomen tensando su cuerpo en una tentativa refleja de incorporarse. Elsa aplacó sus quejidos antes de que se pusiera a gritar con una paja suave y placentera.
Jael ignoraba por qué a veces sentía placer y otras un malestar difícil de describir, y se afanaba por encontrar la forma de mover sus caderas torciendo el cuerpo tratando de esquivar lo que le provocaba el dolor. En cambio cuando sentía placer respondía contrayendo sus nalgas para dar una leve proyección de su polla hacia arriba buscando el compás de las manos de Elsa para ayudarse a llegar al orgasmo.
Nuestra esbelta mujer de negro sacó una goma elástica del pelo negra que guardaba en su vestido, la estiró y le dio dos vueltas ajustándola en la base del pene para cortar un poco la circulación e hinchar sus venas. Los cuerpos cavernosos del chico se inflaron y el falo adquirió un aspecto purpúreo. Con sus yemas recorrió el pene en toda su longitud apretando con moderada fuerza, como si intentara dar forma a una figura de barro. En cada apretón el pene correspondía pulsando en un acto reflejo como si tuviese vida propia. Cuando Elsa apretaba con más fuerza Jael sentía que se le contraía el ano, pero esto no era del todo desagradable sino más bien desconcertante. Al manipularle el glande, se lo deformaba, le separaba las carnes como si intentara desfoliar un capullo y le abría el meaducto intentando introducir el dedo meñique. Aunque a la vista del público esto parecía martirizante, en realidad a Jael lo único que le producía era un placer incompleto, un estímulo insuficiente y desesperante que no le permitía llegar a un orgasmo.
Con el índice y pulgar Elsa hizo un aro estrangulando la base del pene aún más, lo cual provocó una mayor hinchazón. Envolvió el capullo con su otra mano a modo de capucha y le aplicó fricción con un movimiento rotatorio parecido al de una moneda que gira como un trompo sobre la mesa y que está a punto de parar. Jael había perdido sensibilidad en el miembro por la excesiva estimulación que le propinaban con lo cual ahora era capaz de soportar la sensación. Pero Elsa insistía cambiando la técnica empleada para friccionar el glande buscando de nuevo el puntito de hipersensibilidad. Al minuto dio con el truco, y el gemido de Jael se transformó en quejido, y el quejido en gruñido hasta que por último exclamó -¡para, para!
La torturadora hizo caso y paró mirando detrás de sí al rostro sudoroso de su víctima. Le sonrió y le hizo un guiño de complicidad para tranquilizarlo. Liberó al pene del elástico y continuó haciéndole una paja suave y placentera. Hizo de nuevo una seña y al momento reapareció la camarera quien colocó dos cubiteras sobre pedestales, una a cada lado de la amazona. Una contenía agua con hielo y la otra aceite caliente, todo lo caliente que unas manos finas pueden soportar. Se inclinó y metió una mano en cada cubitera al tiempo que susurró algo al oído de la camarera, ésta asintió y se fue. Elsa agarró la polla con la mano helada y lo masturbó con dulzura, un vaivén de abajo a arriba deteniéndose en la punta para hacer un leve giro de muñeca y de nuevo hacia abajo. Mientras, mantenía la otra mano inmersa en caliente. De vez en cuando cambiaba de manos aplicando alternadamente frío y calor sobre miembro viril que volvía a erguirse orgulloso y lleno de vida. El contraste térmico hacía que a Jael le pareciera que el frío cortaba y que el calor quemaba, pero le produjo un placer exquisito que jamás había experimentado, como si los ángeles y los demonios se pelearan por hacerle sexo oral.
Volvieron a subir el volumen de la música acompañando las armoniosas artes manuales de las que Elsa hacía gala, pero los micrófonos aún captaban los sonidos menos sutiles. Era una paja más sofisticada de lo que parecía ante los ojos de los espectadores pues combinaba diferentes técnicas. El primer deslizamiento de la mano hacia arriba lo hacía apretando lo suficiente como para arrastrar el pellejo y envolver el capullo para exprimirlo en un puño. Al presionar, el aceite se oía resbalar entre los dedos. De la misma manera descendía la mano por el mástil extendiendo de nuevo el pellejo hasta tensar el frenillo y dejar el capullo al aire. La segunda vez que la mano subía sus dedos se deslizaban sin arrastrar el pellejo para llegar hasta un glande sensible y desnudo al que exprimía suavemente antes de volver a descender. La tercera vez deslizaba la mano de igual forma pero esta vez se detenía en el glande para presionar con la palma de la mano y friccionar en círculos unas tres veces en la parte más carnosa. Antes de causar hipersensibilidad la mano dejaba de frotar y se deslizaba hacia la base para volver a empezar el ciclo. Todo esto lo hacía con una soltura increíble.
Como ahora Elsa no oía con claridad los jadeos de Jael por el volumen de la música, de vez en cuando lo miraba a la cara para estudiar su expresión y prever el orgasmo. Tenía los ojos medio cerrados. Pocas partes de su cuerpo podía mover para manifestar sus reacciones o desahogarse, así que de vez en cuando movía los pies y giraba la cabeza a la izquierda o la derecha extasiado de placer. De pronto Elsa decidió torturarle friccionando de nuevo sobre el glande, pero esta vez no consiguió el efecto deseado ya que miembro había perdido sensibilidad de tantos tocamientos y de la erección prolongada, además el aceite suavizaba demasiado la piel.
Sin mover el culo de la montura Elsa flexionó las rodillas y apoyó el empeine de sus pies sobre el pecho del chico para ayudarse a mantener la espalda recta, orgullosa como un cisne y lista para afanarse en sus buenas mañas. Con su mano izquierda sujetó al pene por la base y lo mantuvo recto apuntando hacia el techo. Envolvió los dedos de la mano derecha en la verga y comenzó a hacer una suave y lenta paja usando la técnica más clásica del repertorio y sin florituras. Una paja lenta que poco a poco fue aumentando en ritmo imprimiendo la presión idónea para dar un leve masaje, arriba y abajo, arriba y abajo, con el vaivén del suave prepucio que cubría y destapaba la punta del capullo una y otra vez.
Jael se dio cuenta de que Elsa trabajaba de forma constante sobre su pene sin interrumpir fastidiosamente la sensación placentera como hacía antes, y dedujo que trataba de llevarlo al orgasmo pues cada vez aceleraba más el paso. Estaba loco por correrse. Su postura corporal, las interrupciones y el tiempo prolongado habían hecho que ahora le costara llegar al clímax, así que abrió los ojos y alzó la frente en busca de la imagen de la Diosa que tanto lo excitaba para inspirarse en ella. Buscó algo, lo que fuera, un centímetro de su piel desnuda, y entonces se fijó en sus piernas. Le pareció que eran las piernas más bonitas y excitantes que había visto en su vida. Sus corvas flexionadas aplastaban sus gemelos contra sus muslos formando un canal entre las carnes que en la imaginación de Jael eran el canalillo de unas tetas o de unas nalgas. Sus largas tibias bastaban para imaginar unas piernas completas largas y esbeltas. Forzó aún más el cuello y pegó su barbilla al pecho para ver sus pies, se fijó en ellos y los deseó. Le parecieron hermosos, perfectos, sensuales, con apetecibles racimos de dedos turgentes y apiñados. Se le antojó que podía olerlos y que despedían un aroma a dulce sudor femenino y piel bovina de zapatos nuevos. Hubiera querido recorrer todo el puente de sus pies con su lengua y morder sus jugosos talones. Sintió que se estaba enamorando de aquella Diosa y que quería hacerle el amor.
Los suspiros de Jael iban in crescendo como el vapor de una locomotora, y ella que dirigía la sinfonía sexual se contagiaba de ánimo y sacudía más la batuta que sostenía su mano. Los suspiros se convirtieron en jadeos y los jadeos en gemidos que eran audibles a través de los altavoces con la música de ambiente, y cuanto más se oían los gemidos con más decisión masturbaba Elsa. La actriz exigía un orgasmo con la autoridad de sus manos y como segundo recurso había apalabrado la manera de forzar que sucediera en ese momento.
De pronto, unas manos angelicales se deslizaron por debajo de los pies de nuestra dama de negro y de los pliegues de tela de su traje sobre el pecho del extasiado. Unos dedos helados de servir bebidas frías palparon en busca de unos pezones masculinos, y cuando hicieron diana desencadenaron una ola de frenesí que se propagó por todo aquel cuerpo privado de libertad de movimientos. Jael abrió los ojos y miró hacia arriba para encontrar el rostro más angelical de la creación. Olvidó todo por un instante como si de repente se detuviera el tiempo y todo quedara en silencio. El espectáculo obsceno que Elsa ofrecía manipulando el miembro, escupiendo sobre la palma de su mano para babear el falo, el chasquido de una paja salivada que sonaba en toda la sala, todo se alejó años luz como en un viaje astral, y quedaron a solas él y la imagen divina alejados de todo acto impuro. Pero de pronto se le enturbió la vista y sus pupilas se ocultaron bajo sus párpados dejando sus ojos en blanco. Echó la cabeza hacia atrás con la boca muy abierta y con la expresión de un poseso, exhalando un gemido donde se confundían el placer y la angustia. Su cuerpo entero se estremeció.
El lenguaje corporal de Jael daba señales inequívocas de haber llegado al punto de no retorno, las palpitaciones del pene, la respiración acelerada, la forma en que contrajo los dedos de los pies. Todo el conjunto de signos lo percibió Elsa quien suavizó y desaceleró la paja para permitir una eyaculación cómoda, y se quedó expectante.
El orgasmo se manifestó primero salpicando con un chorrito de fluido que apenas se elevó unos centímetros en el aire, pero casi inmediatamente después disparó un hilo de leche con la fuerza de un geiser que saltó por encima del hombro de Elsa manchando la solapa del traje y aterrizando algunas gotas detrás suyo sobre la mejilla de Jael quien movía la cabeza de un lado a otro como loco. El siguiente disparo se proyectó en una vertical perfecta que alcanzó la altura del rostro sonriente y sorprendido de Elsa para luego caer y depositarse en sus manos que se iban quedando cada vez más pringosas. El cuarto chorro de semen típicamente debía salpicar con menos fuerza, pero éste fue tan potente y abundante como el anterior impactando en la punta de la aguileña nariz de Elsa a quien pilló desprevenida. La mujer se sobresaltó y no pudo contener la risa al salir de su asombro. Aunque dejó de masturbar por un momento, la polla siguió lanzando al aire pequeños chorros de semen en un orgasmo prolongado.
Cuando más sensible está el glande es durante el orgasmo y justo después. Normalmente la gente evita que le sigan manipulando el sexo después del momento culmen porque puede ser incluso doloroso, y esto Elsa lo sabía muy bien pues lo había experimentado en sus carnes y en las de otros. Así que reaccionó y envolvió en un puño el capullo que aún manaba semen que fluía descendiendo por la verga como el esperma de una vela. Lo apretó como quien aprieta una pastilla de jabón para que resbale y salga disparada de la mano, como si quisiera exprimir un limón, y luego levantaba la mano para liberarlo dejando que se escurriera de los dedos. Esto lo repetía tan rápidamente como si le estuviera haciendo una paja ensañándose con la punta del falo. Jael ahogaba los gritos entre sus dientes mordiendo con fuerza y moviendo la cabeza como un endemoniado.
Quien quiera que hubiera allí detrás encargado del sonido solía dejar que el público oyese la agonía del voluntario no más de treinta segundos, entonces subía el volumen de la música hasta tal punto que los quejidos se hacían imperceptibles. Cuando Elsa no podía oír el efecto de su martirio entonces se guiaba por el movimiento de los pies del sufridor. Jael contorsionaba los pies y tiraba con fuerza de las correas que sujetaban sus tobillos. El pene comenzaba a quedarse flácido así que Elsa lo estranguló por la base para mantenerlo hinchado y con la otra mano lo empuñó como si fuera a desenvainar una espada, y al tiempo que deslizaba el puño hacia fuera hacía un movimiento rotatorio para masajear el glande antes de dejar que se escurriera fuera de la mano, y así repetidas veces. Jael cerró los puños y tensó todos sus músculos soportando lo insoportable, pero acabó agonizando y se humilló suplicando que pararan, pero Elsa hizo caso omiso y siguió torturando al joven hasta que el pene se fue quedando flácido y menos sensible. Cuando vio que Jael ya no movía los pies lo miró a la cara, ahora gimoteaba concentrado en soportar el dolor. Entonces cesó, y el reo suspiró agotado.
Jael abrió los ojos lentamente. La música, ahora suave y relajante, lo mecía en esa nube sobre la que se sentía flotar. Buscó el hermoso rostro celestial, pero la carita de ángel se había esfumado.
Elsa estiró una pierna y dejó deslizar sus posaderas por un lateral de su asiento hasta tocar el suelo de puntillas, bajando luego la otra pierna con la flexibilidad de una bailarina. Sin demora destrabó la montura de sus anclajes y la apartó, y mientras, la camarera iba y venía para retirar del escenario las cubiteras y los micrófonos. Después accionó los mandos para colocar a Jael en posición recta y supina en contacto con el suelo. Primero liberó sus tobillos, y cuando se aseguró de que se mantenía en pie liberó sus manos. La primera reacción de éste fue la de intentar agacharse para subirse los pantalones, pero ella se lo impidió y se encargó personalmente. Mientras se abrochaba el cinto lentamente con la camisa desordenada, aturdido, y con los brazos aún entumecidos, la actriz hizo un gesto para que el público le dedicara un aplauso. Mientras el público aplaudía las luces de ambiente se intensificaron gradualmente iluminando toda la sala y los focos centrales se apagaron. Jael con rostro somnoliento miró a su alrededor sonriendo al público en señal de agradecimiento y sintiéndose un poco avergonzado. La actriz recogió los calcetines y el calzado de Jael y lo acompañó hasta uno de los cómodos asientos de terciopelo rojo. Luego volvió al escenario para despedirse del público, radiante y feliz, cogió sus zapatos y se marchó descalza corriendo a pasos cortos y gráciles, salvando peldaños como si su cuerpo ingrávido saltara de puntillas sobre nubes de algodón hacia su camerino.
Cuando Jael se estaba atando los cordones de sus zapatos se acercó la bella camarera para ofrecerle una bebida de su elección, invitación de la casa. Éste la miró hipnotizado por su belleza y le pidió, por favor, agua.
-¿Con hielo?
-Sí por favor.
Cuando la camarera regresó para servirle el vaso de agua le dijo:
-Allí detrás hay un sofá donde te puedes tumbar sin que nadie te moleste. Puedes descansar el tiempo que quieras sin problema.
Lo que a Jael más le apetecía era quedarse en su asiento reflexionando sobre lo que acababa de vivir y sentir, viendo cómo los demás charlaban y lo miraban de reojo desde la intimidad de sus asientos; esperar hasta que comenzara el siguiente número erótico y vivirlo como espectador antes de volver al hostal en un taxi. Pero si aceptaba la oferta del sofá seguramente la camarera se dirigiría a él al menos una vez más esa noche, así que asintió, tomó el vaso de agua y la siguió en dirección hacia los escalones por donde Elsa había abandonado la sala. Doblaron a la izquierda y atravesaron unas cortinas que ocultaban un pasillo, y en el pasillo una puerta para entrar en un pequeño habitáculo tapizado con moqueta donde sólo había un sofá y una mesita con una lámpara de noche encendida. Le dijo que podía volver a la sala cuando quisiera, y que si se quedaba dormido ella lo despertaría alrededor de las cuatro y media. En cuanto ella se marchó cerrando la puerta tras de sí, Jael se lamentó de perderla de vista, se tomó el vaso de agua y se tumbó en el mullido sofá. El cuarto olía a tabaco y no estaba insonorizado, desde allí se podía oír el transcurso del espectáculo. Por no hacer un desprecio se quedaría allí tumbado unos diez o quince minutos y luego regresaría a su asiento de terciopelo rojo, así que cerró los ojos y esperó. En su mente rebobinó una y otra vez las imágenes eróticas grabadas durante esa noche, y las revivió hasta que el sueño se fue apoderando de él. Unas largas piernas de piel de marfil taconeando a su alrededor, la figura esbelta de una amazona que se sentaba sobre él a horcajadas, la visión de un culo perfecto ceñido con un traje negro y muy cerca de su cara, unos pies bellísimos con racimos de dedos largos y cuyos frutos jugosos quería saborear, el rostro hermoso de una niña mujer de cutis inmaculado. En el fondo de su mente se oía el eco de una voz, un susurro, un hada que quería concederle un deseo, una sirena que lo atraía hasta las profundidades del mar. Algo quería decirle esa voz pero no distinguía las palabras. Aguzó el oído y aquellas palabras fueron tomando forma hasta que de pronto volvió en sí y escuchó claramente:
-eh, ¿estás despierto?
Abrió los ojos sobresaltado y vio a Elsa que asomaba la cabeza detrás de la puerta entreabierta.
-Sí, ¿qué hora es?
-Las tres y media más o menos. ¿Quieres descansar en otro sitio con menos ruido?
-Vale.
Se levantó e hizo un esfuerzo por parecer lúcido y despierto.
-Ven, sígueme.- Le susurró. – Te llevo a mi camerino.
Siguió a la mujer que andaba descalza por los pasillos, ya fuera hada o sirena. Ahora llevaba un vestido hippie de asillas, largo y suelto, de varios colores. El camerino era una habitación con armario, cama y tocador, y en una esquina un baño pequeño de paredes de pladur.
-No quiero molestar.
-Acuéstate en la cama, te pondré el despertador a la hora que te tengas que ir. Puedes darte una ducha si quieres.
-¿Es tu cama?
-Son mis sábanas.
-No quiero ponerme muy cómodo porque después me costará marcharme. Tampoco quiero ensuciarte las sábanas.
-No te preocupes por eso, tú quítate los zapatos y túmbate. Si te da frío tápate con la manta.
-Gracias. ¿Y tú qué haces ahora?
-Volveré luego.
Elsa se puso unas babuchas y salió cerrando la puerta. Jael asumió serenamente la extraña suerte que estaba teniendo, y sin analizar más la situación se descalzó y se tumbó en la cama. Se sentía enamorado de dos mujeres a la vez, dos mujeres que desaparecerían de su vida en el momento de las doce campanadas. Cerró los ojos y esperó largo rato intentando dormir pero al mismo tiempo expectante.
Alguien entró en la habitación y apagó la luz quedando todo en absoluta oscuridad. Se hizo el dormido y aguardó. Sigilosamente una mujer se acercó y se tumbó a su lado, se puso cómoda y se abrazó a Jael con ternura. Éste no quiso moverse. Tan sólo después de permanecer inmóvil un tiempo prudencial, pasó un brazo por encima de la cabeza de la chica para abrazarla y dejar que se pegara más a él. Tenía ganas de tocarla, acariciarla, besarla, decirle que la quería, aunque no sabía qué rostro poner a la persona que tenía a su lado.

Comentario del autor:

Este relato erótico es ficticio. Está inspirado en la Sala Bagdad que existe en Barcelona y en clips pornográficos de la red con temática del mundo del BDSM. Es el primer relato que divulgo. Como carezco de formación académica he hecho un esfuerzo considerable revisando el texto varias veces para expresarme de la mejor manera posible, disculpad mis fallos. El relato está inspirado en fantasías eróticas más propias de los hombres que de las mujeres, pero he procurado crear una atmósfera atractiva para cualquier lector ávido de literatura erótica.
Quisiera seguir experimentando con el género erótico, y me sería de gran ayuda recibir comentarios por e-mail de cualquier índole, saber si les ha gustado o no, consejos sobre cómo mejorar la narrativa o conocer qué fantasías eróticas tiene la gente.
Gracias.
Viernes 29-07-2011.

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La venganza

-¿Qué haces con mi hijo?, ¡Degenerado!-, fue lo que chilló doña Amparo, la mamá de Javier.

Cinco meses de discreción y precauciones no fueron suficientes para adivinar la inesperada llegada de la beata que, ese día, había decidido saltarse la misa. Por otro lado, lo que estaba haciendo tenía pocas interpretaciones. Yo estaba a cuatro patas sobre el sexo del chico, al que alojaba en mi boca y con un vibrador en el culo pringado de lubricante Ky que no podía dejar de ver (a Javi le encantaba metérmela de golpe, de modo que preparaba mi agujerito antes del polvo). Luego estaban las medias negras y zapatos de tacón y mi propia tranca enhiesta y babeante de jugos, claro. No se si fue el susto o qué, pero el joven se corrió al escuchar a su progenitora. El problema es que yo ya había medio girado mi cara hacia la puerta y los trallazos de lefa se estrellaron en mi mejilla. La mujer se puso roja de ira al ver mi cara de sorpresa, los cuajarones de semen colgando hacia mis labios pintados, mi mano derecha aún sosteniendo el cipote de su vástago y, para colmo, del susto relajé el esfínter, con lo que el vibrador cayó sobre la cama revolviéndose debajo de mi “cosita”. Apenas me dio tiempo a balbucear un “no” cuando su mano se estampó en mi cara, pero encima de la corrida de Javier.

–Levántate, cerdo-, ordenó limpiando la leche de su palma en mi espalda. Día perfecto.
El caso es que, tras vestirme y echarme una bronca de órdago, me llevó a mi casa, justo al lado. No es que mi madre no diese crédito a lo que le decía Amparo, siempre lo supo o lo sospechó mucho; lo que le jodió creo que fue mi falta de perspectiva al joder con el hijo de su mejor amiga, máxime cuando Javi tenía una de esas novias pijas que ya no podía verme ni en pintura. Lo cierto es que aquello me trastocó los planes para el verano que, por supuesto, pasé castigado. A Javier, no le pasó absolutamente nada, eso me dolió más. De paso Amparo se encargó de informar a media urbanización acerca de mis inclinaciones sexuales, con gran gusto por su parte, todo sea dicho.
Poco a poco, al cabo de casi un año, pude acercarme de nuevo a la casa del chico. Amparo seguía mirándome como a un mal bicho a pesar de que aprovechaba cualquier escusa para sermonearme y, a veces, llevarme con ella a la iglesia a ver si sentaba cabeza, Javier me ignoraba cuanto podía y se dedicaba más a su novia que, al parecer, ya se dejaba follar. Yo, ya con carné de conducir recién estrenado, gozaba de cierta libertad fuera de la urbanización, y continué con mis aficiones, si bién de forma mucho más discreta. De todos modos, y siempre en aras de la apariencia, visitaba la parroquia de forma más que regular. Aparte de encargarme de ciertas actividades propias de un lugar como aquel, me permitía visitar a un amigo especial con el que hice muy buenas migas: Adrián.
El muchacho gozaba de la absoluta confianza de doña Amparo, pero sólo porque había sido más prudente que yo… era seminarista. Con su preciosa carita de no haber roto jamás un plato y su absoluto y absorvente interés por las cosas sacras, estaba siempre listo para calmar las sospechas a la más suspicaz de las devotas. Coincidíamos a menudo, demasiado a menudo, diría yo teniendo en cuenta su régimen de internado en el seminario de la diócesis y que yo no andaba, ni mucho menos, cada día por allí. La excusa era que, debido a la crisis de vocaciones, los seminaristas estaban poco más que obligados a asistir a las parroquias en lo que les fuese posible. Cuidaba, y muy bién, de algún proyecto social, la catequésis postcomunión y de confirmación y, ocasionalmente, despachaba con el tesorero de la iglesia.
Todo empezó, y de manera extraña, con una no menos extraña adoración nocturna, como las de los antiguos cristianos. A pesar de no ser víspera de fiesta litúrgica ni aniversario de mártir, era sábado; suficiente. Días antes, una nota entre mis libros de música me habían puesto sobre aviso. “Me gustaría que vinieses este sábado. Adrián”. Sólo podía referirse a eso; tras las habituales, era la única actividad programada y a hora tardía. Durante la obligada eucaristía, estábamos solos él y yo, aparte del sacerdote que se excusó no bién hubo terminado. No empezó demasiado bién, porque aquello era una verdadera adoración nocturna que cumplió, al menos, dos de sus requisitos, la nocturnidad y la prolongación en el tiempo. Adrián estaba junto a mi, pero absorto, orando. Yo hacía lo que podía para no molestarle ni recordar que me estaba perdiendo un sábado noche en Madrid.
Lo usual es hacerla por turnos, pero nadie llegó a la una y media, pasado ya lo que debiera ser el primer turno de vela. Adrián pareció despertar y se acercó a mi de forma perceptible, casi hasta tocarnos. –Perdona, Marco, por haberme acercado a ti de este modo-, comenzó a confesar casi en susurros. –Era el único modo de estar a solas contigo sin levantar recelos-. Aquello se ponía interesante. –Sé lo tuyo-, soltó de golpe. Por un momento creí que iba a soltarme uno de los sermones propios de Amparo, -pero tú no sabes lo mío-. –Joder-, pensé, -Si ya habla como un sacerdote…-. De pronto, como por casualidad, se acercó a mi, no muy rápido, pero sí sin titubeos, y me besó. Un beso corto, labio sobre labio, casi sin lengua. Pareció azorado al segundo. –Adrián, esto no se yo si es buena idea…-, tercié en el peor de los inicios. Temí que el chaval se hubiese colgado de mi de algún modo y él lo intuyó. –No sufras. Tal vez sólo sea curiosidad-, dijo arreglando el asunto. Esta vez fui yo quién se acercó a él, pero ya con la lengua fuera.
Él respondió abriendo la suya y acogiéndome en un morreo largo y profundo. Nos abrazamos, casi cayendo sobre el incómodo banco. Echó su cabeza hacia atrás y yo aproveché para morderle el cuello. Jadeó. Una de mis manos, se acercó más que peligrosamente a su paquete; estaba ya duro. Lo froté por encima del pantalón mientras no dejaba de atender al cuello, la boca y las mejillas del chico. Él me abrazaba de forma más bién torpe, pero delicada; trataba de devolverme los besos y lametones como buenamente podía, pero parecía cada vez más pendiente de lo que sucedía en su entrepierna. Tenía, y conservo, cierta habilidad para hacer pajas con ropa puesta y sucedió lo que tenía que pasar.
Adrián dejó caer su cabecita sobre mi hombro, me abrazó con una fuerza enorme, gimió quédamente… y se vino. –Dios Santo. Creo que eyaculé- dijo avergonzado, no se si tanto por el hecho en si o por hacerlo en los calzoncillos. Traté de calmarle a sabiendas de lo mal que puede sentirse uno en este tipo de situaciones. Se deshizo de mi y murmuró un –me voy al baño- cabizbajo. Dejé pasar un par de minutos y decidí ir a ver qué podía hacer por Adri. –Abre, soy yo-, susurré junto a la puerta. Tras unos segundos, escuché el pestillo y me franqueó la entrada. –No ha sido una buena idea-, le dije acariciando su pecho por debajo de la camiseta. –No es eso-, respondió. Bajó aún más la voz a pesar de que el párroco, al menos en teoría, dormía lejos de allí.
-Verás Marco, tengo algo con un compañero de seminario-, se sinceró, -pero creo que estoy muy verde. Desearía que me… enseñases algunas cosas-. -¿Sobre cómo llevar la relación?-, intervine con cierta mordacidad. –Bueno, no, más bién algo de eso… cosas sucias, ya sabes-. Así que de eso se trataba. Por supuesto, por mi no habría ningún problema, aunque lo primero sería que dejase de considerar “cosas sucias” a lo que iba a enseñarle. -¿Hasta dónde habeis llegado?-, inquirí como quién no quiere la cosa. –Penetración. Le gusta mucho… encularme, como él lo llama-, respondió bajando la cabeza, -y a mi me gusta mucho que lo haga-. Vaya, el otro no perdía el tiempo. -¿Entonces? Si ya vas por ahí…- contesté sinceramente. –Felación. Me lo pidió el otro día y creo que no le gustó-. –Mamada. Vale.- Empezaba a divertirme.
Sin atender a razones, me senté en la taza del baño con la tapa bajada, lo puse frente a mi, le solté los pantalones y los bajé hasta sus rodillas. Aún conservaba los calzoncillos con la mancha de semen, abundante, de antes. Se sonrojó. –No te preocupes-, dije bajándoselos también. Una bonita tranca, mediana, algo más que morcillona y brillante de juguitos se apareció ante mi. No me gusta demasiado chuparla sucia de leche, pero con él y por ser la primera vez, haría una excepción. Besé la punta y amasé un poco los colgantes huevos. Tragué un cachito, lo mojé cuanto pude, me retiré y comencé una corta y lenta, pero intensa paja corta. Miré hacia arriba para cerciorarme de que Adri entrecerraba sus ojitos, paladeando el goce que le regalaba. Volví a mi tarea succionadora tratando de esconder cuanto pude mis dientes bajo los labios para no arañarle. Al poco el chico empezó a, primero, acariciarme el pelo y, más tarde, aprisionarme la cabeza casi llevando él el ritmo. Me estaba follando la boca y mis manos ya no eran requeridas para aguantar el ahora tieso cipote del seminarista. Las llevé hacia atrás, hacia sus nalgas. Realmente duras, redonditas, calientes… busqué su anito con un dedo y lo tanteé. Adrián echó el culo un tanto para atrás, como si buscase penetrarse con mi dedo. De todos modos, sin lubricante iba a ser difícil, de modo que también yo lo aparté lo justo. Entonces descubrí cual había sido el primer lubricante que usó mi nuevo amante.
En un rápido movimiento, aprovechando la cercanía del lavabo, se echó un buén chorro de gel para las manos en su palma y me lo ofreció por debajo de su trasero. Unté un par de dedos en él y, sin preámbulos ni contemplaciones, se los metí. Había esperado más resistencia, pero entraron muy suavemente: ciertamente, al chico se lo follaban a menudo. Jadeó algo más alto que hasta entonces. De su tranca salía ya un precum, reconozco que delicioso, que presagiaba lo que iba a pasar en breve. Ni un par de minutos más tardó el muchacho en apretarme violentamente contra su pubis y regalarme otra dosis de leche mientras yo le metía los dedos hasta los nudillos.
Sin darle tiempo a arrepentirse y tras escupir discretamente su corrida, le cambié el sitio. Ni siquiera permití que se subiese los pantalones. Yo mismo lo senté en la taza; me puse en pié ante él, bajé mis levis, sonrió al ver que yo llevaba… bragas, las bajé y le mostré mi pollita. –Cómemela, por favor-, le imploré acariciándole el mentón y palpando sus labios con mi capullo. Se limitó a entreabrirlo y comenzó con lo que él pensaba que debía ser una “felación”. Le iba a hacer falta mucha práctica, pero se le veían maneras. Fuere como fuese, llegué a correrme en su boca y sin avisar. Me sorprendió gratamente que Adri no hizo más que un levísimo mohín y, sencillamente, se tragó mi lefa.
Le acompañé el resto de la noche, pero casi en silencio, hasta que sobre las ocho llegaron las primeras y ancianas beatas que, a nuestra propuesta, nos suplieron en la “oración”. –Buenos días Marco. Hay que ver cómo te ha cambiado la iglesia. Si pareces otro-, observó una de las abuelas creyéndome ya redimido. –Si usted supiese, doña Asunción, si usted supiese…-, pensé.
Conseguí darle al muchacho tres  clases más antes de la siguiente víspera en la que debía celebrarse una vigilia. No lo convertí en un maestro, pero sí en algo bastante bueno. Era esa una víspera mayor y ahí sí había turnos de orantes. El caso es que Adrián consiguió el de una y media a dos y media; y lo que era aún mejor: estaríamos sólos su “amigo”, él y yo.
La de Adri era una belleza de efebo, casi femenina, tal vez sin la exagerada pluma que mostraba yo a veces, pero muy delicada; la de Juanma, su amigo de correrías, era muy distinta. Si Adrián era bello, Juanma estaba como un queso, demasiado. El típico joven gay muuuy masculino, guapísimo y, peor aún, que lo sabe y se lo cree. No empezamos demasiado bién. Empezó cerrando la puerta de acceso al templo; eso, en vigilias, jamás se hace. –La hora es tardía y hay un botellón cercano-, se justificó. Vino a sentarse junto a mi, no junto al que yo creía su amante y fue directo al grano.
Sin yo esperarlo, me estampó un piquito y me dio las gracias por las “clases” a su zorrita (así le llamó). Ese tío era un borde y, además, no tenía ninguna duda que iba a hacer de Adrián un desgraciado. Aun así, todo aquello pasó a un segundo plano en cuanto, de forma un tanto brusca, llevó mi mano a su paquete. Creí que llevaba algo dentro, porque era demasiado grande… y duro. Le miré sorprendido sólo para ver la sonrisa pintada en su cara mientras se ponía bién para que yo le abriese la bragueta. Adri miraba con gran curiosidad, pero no parecía especialmente celoso, bién. Aunque para curiosidad, la mía. No lo hubiese hecho si no mediara la promesa de algo muy distinto a lo visto hasta entonces, pero claudiqué. Abrí el botón, bajé cuidadosamente la cremallera y, con sólo abrirla, apareció un enorme glande asomando por encima del bóxer que, a su vez, mostraba un bulto de espanto debajo. Incluso la gorda vena era visible a través de la tela.
Juanma levantó un poco el trasero, lo justo para que yo pudiese hacerme un poco más de sitio y llevar sus pantalones hasta medio muslo. Esta vez la tranca quedó expuesta en todo su esplendor. Gorda, mucho, no demasiado larga, ligeramente torcida a la izquierda, sedosa, con grandes huevos… preciosa. Me lancé de inmediato a demostrarle al guapo joven porqué yo era el maestro de Adri y la acogí en mi boca, reservando un buén trozo para ayudarme con una paja. El chico, sin hablar, me acompañaba la cabeza en mi tarea mamatoria al tiempo que una idea loca crecía en mi cabecita. La quería en el culo.
Tan disimuladamente como pude, tomé un condón de la chaqueta que tenía colgada en el banco delantero y, sin darle tiempo a pensar, se lo encasqueté al muchacho. En su cara leí un clarísimo –Estás loco-, pero hice caso omiso. Una cosa era una mamada que podríamos, casi, ocultar en el improbable caso que regresara el párroco por alguna razón. Otra era un polvo allí mismo.
De todos modos, antes que Juanma abriese la boca, bajé mi ropa hasta las pantorrillas y, sencillamente, dándole la espalda, me senté sobre el mástil. Aún acostumbrado creí que me abría en canal. A los pocos segundos comencé a follarme con un sube y baja que al chico parecía encantarle. Yo me preguntaba cómo pudo Adri meterse eso dentro siendo su primer nabo, pero lo cierto es que me importó un bledo en cuanto me fue llegando el placer. Juanma suspiraba, Yo jabeada en voz baja y Adri me miraba con cierta envidia y algo de resentimiento. Lo acerqué a mi cara y le di un beso en la boca al que me correspondió con ganas. Sentí también una mano rodeando mi pene: tenía que ser el más aniñado, porque el macho me agarraba la cintura con las dos, llevando el ritmo de la jodienda. Entonces hizo algo de mi cosecha: abandonó brevemente nuestros besitos, escupió en su mano y, tras mojarme la polla, me pajeó.
Al cabo de un rato, el macho se cansó de la posturita y, sin sacármela, me levantó. Mi tripita quedó apoyada en el respaldo del banco de enfrente. Una mano sobre mi cabeza me obligó, sin contemplaciones, a doblarme hacia el asiento y de pronto, una metida y una sacada salvajes me recordaron en manos de quién estaba. El tío meneaba las caderas a una velocidad espantosa. Me follaba como a una muñeca. Y yo que pensaba hacerle correr en mi cara… Adri había tenido que abandonar su paja, de modo que la continué yo mismo. En apenas dos minutos me llegó. Un solo, pero sonoro, -Ahhhhhhhhhh- salió de mi boca mientras se me escurría la leche hacia el banco y el suelo. Juanma me dio unas emboladas más, tiró de mi hasta hacerme daño y se vino en un largo suspiro llenando el forro de lefa. Creo que a posta, el tío dejó el condón dentro de mi trasero al retirarse y,  volviéndose hacia Adri le ofreció el nabo aún tieso y lleno de semen que su compañero seminarista acogió con gusto en la boca. –Eres un cabrón-, le dije al guapísimo (pero imbécil) macho subiéndome los pantalones. Tras darme una palmada en el culo se limitó a recordarme que podía volver cuando quisiera. Por supuesto me largué de allí, indignado aunque con el trasero satisfecho,  dejándoles la puerta de la capilla abierta.
Pasaron casi dos semanas antes de que Adri y yo volviésemos a coincidir. Fue un jueves por la tarde. Yo no había perdido el tiempo mientras tanto, y él tampoco. De todos modos, lo vi algo huraño. -¿Qué? ¿Ya te has desengañado de ese gilipollas?- dije como bienvenida. –Tenías razón, Marco. Juanma es un hijo de puta-, respondió. Me sonó raro viniendo de un futuro sacerdote, pero tuve que darle la razón. El problema, para él, era que, además de maltratarlo, se la pegaba. Intenté sonsacarle, pero no llegué a nada más que al compromiso de enseñármelo en vivo, si me quedaba con él esa noche. Accedí encantado tras comprobar que sus trescientos euros superaban, de mucho,  a los cincuenta  de que yo disponía.
Adri se lo había montado para pasar la noche fuera del seminario (una tía enferma que lo corroboró al ser llamada, sólo que la supuesta tía era una cajera del súper amiga suya) de modo que, a la vista de pasarla con él, llamé a mi madre y le dije que me quedaba en casa de unos “amigos”, como otras veces. La perspectiva de pasar la noche con el efebo que tenía al lado casi me hizo olvidar el verdadero motivo de porqué nos habíamos citado. –Tenemos tiempo hasta las nueve-, dijo al llegar al lugar, ya en Madrid capital, sobre las ocho.
Adrián parecía conocer muy bién el barrio. Tomó habitación en una pensión pequeña, pero coqueta en la que le reconocieron al entrar. Ya en ella, quise aproximarme algo más a él, pero me despachó con un beso y un quedo –luego, lo que quieras, amor…-, así que salimos a comer algo. Escogió restaurante y mesa como si esperase ver algo desde allí; supuse que estábamos muy cerca de Juanma y su secreto. Durante la comida, buena, mi amigo no dejaba de observar un edificio moderno de cuyo párquing entraban y salían vehículos bastante a menudo. –Oficinas-, pensé. Ya durante el postre, Adri acarició mi rodilla por debajo de la mesa. Por un momento creí que ya le había entrado la calentura, pero se limitó a señalar con la cabeza hacia la salida del metro. Miré entre la multitud y, tras unos segundos, distinguí cláramente a Juanma… acompañado por dos chicos más: un negrazo guapísimo y un joven más bajito con pinta de árabe. Se dirigieron, sin equívoco, a la entrada del edificio que Adri observaba. –Será cabrón-, exclamé, aunque relamiéndome al ver los tres especímenes. Quedó claro que el bloque era un meublé, o algo parecido. –¿Eso es lo que querías que viese?-, pregunté al seminarista. –No, espera un poco más. Entraremos ahí-. Me quedé a cuadros. -¿Cómo demonios vamos a entrar ahí? En todo caso nos darían una habitación para ti y para mí.-, alegué. –Hay maneras…-, se limitó a aclarar.
No pareció tener prisa ni siquiera con el café, hasta que, cómo movido por un resorte, se levantó y me invitó a acompañarle.

Adri entró decididamente a lo que parecían unas oficinas en la penúltima planta. Un hombre y una mujer, ambos atractivos, de unos cuarenta años y elegantemente vestidos ejercían de recepcionistas tras un mostrador. Los dos dieron muestras de reconocer a mi acompañante y  tras unas breves palabras Fernando, el hombre, nos acompañó. Subimos unas cortas escaleras hasta el último piso del edificio. Abrió una puerta blindada que daba acceso a un pasillo totalmente enmoquetado. Tras descalzarnos nos invitó a seguirle.
Cruzamos por delante de varias puertas de una de las cuales salían tenues pero inconfundibles sonidos de jodienda y sexo de todo tipo. –Los clientes jamás se cruzan, los que se oyen, estarán montando un escándalo mayúsculo-, aclaró Fernando sin que hiciese falta. Una camarera joven salió discretamente de una de las habitaciones empujando un carrito con algunas tostadas  y vasos con zumo de naranja encima. No reparé hasta que pasó a nuestra altura en que sólo vestía la blusa y la cofia además de las medias mostrando un hermoso culito que ya me hubiese gustado para mí. –Laura sirve las tostadas… con su chocho, je, je-, dijo groseramente el guía.
Nos paramos delante de una puerta al final del largo pasillo. – ¿Sigue el trato en pie?-, preguntó el macho a Adrián. –Sí, claro, creo…-, respondió mirándome nervioso.  No me gustó demasiado eso porque supe, de algún modo, ese trato me incluía a mí aunque no lo supiese. No me molestaría compartir el apuesto galán con Adri, pero hubiese preferido saberlo antes.  Fernando besó al muchacho en la boca lascivamente y él le correspondió con ardor. Antes de que yo dijese nada, dando el morreo por terminado, Fernando abrió. Nos franqueó la entrada a un pequeño cuarto débilmente iluminado por unas luces rojas, absolutamente vacío. Allí no se podía follar. Pero había otra puerta.
En cuanto la abrió reprimí un grito ahogado, pensé que nos caíamos a una enorme habitación del piso de abajo. Hasta que vi a mi amigo y al recepcionista (que ahora ya sospechaba que no era tal) entrar como si anduviesen por el aire. –Pasa-, dijo divertido el encargado del meublé. –No es más que el espejo de la habitación de  abajo-. Avancé titubeante, si fiarme del todo y entonces vi que sí, que era un doble cristal. Poco, pero se veía. Como los de las comisarías en las pelis, pero en el techo. Debajo, una suite enorme, con dos ambientes. Uno enmoquetado con una gigantesca cama redonda y una cómoda cercana con mil y un juguetes sexuales, algunos rarísimos. La otra, la más alejada y hacia la que íbamos, era en realidad el baño; sólo que debería medir unos cincuenta metros cuadrados y, además de dos váteres uno junto a otro, sin separación alguna, y un precioso lavabo en una pared con una ducha al lado, era una completa sala de bondage. Entonces sí me llevé una mano a la boca, -Dios Santo-, exclamé. Incluso a Fernando le sorprendió lo mojigato de mi expresión.
Los tres hombres que habíamos visto entrar estaban abajo. Juanma daba por el culo al negro que jodía a contra ritmo a una mujer madura colgada de un columpio sostenido por unas patas y que nos miraba como extasiada con sus tetas bamboleándose: era Amparo. Apenas podía creerlo.
La beata homófoba que me había abofeteado, la misma a la que, hacía tiempo, habíamos espiado con su hijo para ver cómo follaba con su marido y se limitó a mostrarnos su habitación casi a oscuras, apenas tres gruñidos del hombre que le cayó como un fardo encima y un padrenuestro de ella.
Al poco, Juanma se agarró la polla con su mano derecha, salió del culo del negro, lo apartó y, sin mediar palabra ni lubricante, se la metió por el culo a la madura. Amparo soltó un grito inaudible por culpa del cristal y el compañero de Adrián se vació en el pozo negro de la mujer. Inmediatamente después, si tiempo para más que sacársela y cambiar su lugar de nuevo por el negro, se retiró hacia el pequeño árabe. El mandingo volvió a lo suyo, pero esta vez sin obstáculos detrás y se entregó a un furioso polvo dedicado a la madre de Javier, que seguía chillando como loca. Entonces entendí porqué aquel pequeño y poco atractivo moreno estaba allí.
Juanma se acercó a su colgante entrepierna, la sopesó, casi cómo si supiese que así la veríamos mejor y la extendió. Una monstruosa polla morcillona se expuso a dos metros bajo nosotros y su capullo fue engullido por la boca del seminarista que se ayudaba con una paja para conseguir una erección. Mientras, el negrazo había hecho casi lo que el blanquito: cambió de agujero. Una tranca de buén tamaño, pero nada comparada con la del morito, se abrió paso por el esfínter de Amparo. Chilló como una cerda, mirándo hacia arriba tan fijamente que creí que me veía, durante las pocas emboladas que le llevó al negrito llenarle el recto de lefa.
Entonces, el ex-amante de Adri, oficiando de mamporrero, guió al moro (mejor, a su pollón) hasta la entrada del chocho de la madura. Lo apoyó en él, se retiró, y el “Mohamed” o como se llamase, empujó de golpe. Creo que se escuchó un poco el grito de la mujer al ser traspasada por el obús árabe de forma tan poco considerada. Se aferraba al columpio mientras el africano le partía el coño sin ningún miramiento. Amparo sacudía la cabeza, vociferaba, escupía, cuando, de pronto, empezó a mearse. Su pipí escapaba a borbotones a cada metida del chaval, al cual le bajaba por las piernas hasta las baldosas. Dos o tres minutos más y, sencillamente, echó la cabeza hacia atràs y quedó quieta, como durmiendo, sólo acusando algo de movimiento al ritmo de las embestidas del moro, algo más lentas ahora. No podía verlo desde arriba pero, en cuanto el blanco y el negro la ayudaron a incorporarse, quedó claro que también se le había relajado el esfínter, supongo que al correrse, llenando el suelo de mierda y semén.
La dejaron apoyada sobre un colchón que parecía de plástico… con el culo en pompa. Llegué a sufrir por ella al comprender lo que se avecinaba. El mohamed no se había corrido y, al apartarse los otros dos, se abalanzó como un perro en celo sobre las grandes nalgas de Amparo y las traspasó. La tía levantó la cabeza y aferró sus manos al colchón mientras la enorme polla, esta vez lentamente, se abría paso por su ano. El moro se la metió toda y se paró. Luego, muy despacio, la fue follando, sacándola casi por completo para volverla a enterrar. Juraría que la mamá de mi vecino lloraba a moco tendido, a parte de babear como un niño pequeño. De pronto, el morito tiró de las caderas de la mujer y, en un par de violentas sacudidas, se corrió. Lo más raro es que no se retirase. Entonces, al ver la cara de satisfacción del muchacho, supe lo que estaba haciendo: se estaba meando dentro del culo de Amparo.
En cuanto terminó, sencillamente, se vistió y se fue. Los otros dos le acompañaron hasta la parte dónde estaba la cama redonda y, tras cerrar la puerta, se echaron en ella besándose y sobándose las pollas. Amparo ya lo estaba sacando todo rollo enema, dejando la sala hecha una porquería. –Ahora se duchará y seguirá con los otros en la cama-, terció Fernando cómo si aquello hubiese terminado, mientras le mostraba a Adrián un DVD. –El de la semana pasada, ya sabes lo que vale-, aclaró dirigiéndose a la salida. –Adri, ¿Qué le has prometido?-, pregunté inquieto al jovencito. –Que follaríamos con él a cambio del video, aunque creo que lo conseguiré sólo si no te apetece-, zanjó. –No es eso, pero me lo podrías haber dicho-, dije tratando de quejarme ante la idea del sexo con el hombre. –Eso, habría estropeado la sorpresa, mi amor-.
Fernando abrió una habitación cercana a la cual habíamos salido. Rosa. Todo era rosa. Desde la moqueta hasta los pocos muebles… y el jacuzzi. En unos segundos estábamos los tres desnudos dentro de él. Al cabo de un rato de jugar con el agua y nuestros cuerpos el galán, sentado entre nosotros dos, exhibía una bonita tranca, ya erecta, que Adri masajeaba bajo las burbujas. A mí me ofreció sus tetillas mientras mi joven acompañante comenzaba a morrear al cuarentón. Mordí los pezones y acaricié la mano de Adrián por encima del sexo de Frenando. Pronto aquello no fue suficiente.
Sin secarnos siquiera, Fernando nos invitó a echarnos en la moqueta al lado del jacuzzi. No dudé que el servicio de limpieza debía ser muy eficiente allí. Fer se echó de lado y rápidamente, ayudado por mi amigo, comprendí de qué iba a ir eso. Formamos un triángulo. La polla de Fernando, suave, caliente y sedosa, se hundió en mi boca; el madurito tragó la de Adrián; y el chico, la mía. Sin lugar a dudas, un invento genial. –el que se corra primero, hace de máquina-, vociferó Adri al cabo de unos minutos dejándome, momentáneamente, sin mamada. El caso es que no pasó ni otro minuto cuando escuché al seminarista jadear profundamente y una especie de arcada que venía de Fernando. Estaba claro quién sería la máquina del trenecito…
De lado, tras encasquetarnos unos condones (rosas) de una bandeja que acercó el encargado y lubricar los anitos con biolube, Fer se la metió a Adri. –Oh-, exclamó el chico, como si fuese una sorpresa. A los pocos segundos, ya con la tranca del maduro metida a fondo, le abrí las nalgas y, palpando con el capullo hasta encontrar el orifició, se la clavé. Ni siquiera gimió. Mi nabo se deslizó sin ningún impedimento por el esfínter del macho que, ahora, comenzaba a follar al joven. No era fácil (se nos salió un par de veces, pero sí muy divertido. En cuanto nos acompasamos, comenzamos a disfrutarlo de veras, aunque el que más disfrutaba era el vagón central, claro…
Fue el primero en correrse. Se quedó quieto, aferrado a la cintura de mi amiguito y chillando como un loco, se vació en el condón. Aproveché para estocarlo violentamente y, tras un corto rato, me vine yo. Adri, ya follado, se arrodillo entre nosotros dos, metió su nabo en el medio, y esperó a que nos peleásemos por él con nuestras lenguas. Fer le metía el dedo en el culo y le chupaba la punta mientras el chico pajeaba lo que podía y yo le comía los huevos. Por supuesto, en poco tiempo, nos echó la lefa que le quedaba sobre nuestras caras.
-Bueno, no tengo tiempo para más-, dijo Fernando. –Si volveis la semana que viene os lo doy ahora-, dijo exhibiendo el famoso dvd. Tras asentir vehementemente Adrián y yo y lavarse un poco en un bidé junto al jacuzzi, se vistió, nos sopló un beso y se marchó. –Podeis ducharos, pero en una hora necesitarán esta suite-, nos dijo a modo de despedida.
Ya en la pensión mi amante me tapó los labios con un beso y un –primero, veamos qué nos ha dado Fernando, a parte de por el culo. Jijiji-. En el portátil que prestaron al chico en recepción quedaba claro que, uno: Amparo siempre usaba la misma habitación; dos: en ella había más de una cámara, y tres; alguién editaba muy bién los DVD. Con una calidad casi profesional, durante más de  una hora y a lo largo de un año, habíamos visto a Amparo hacer cosas que yo ni siquiera imaginaba. Gangbangs, lésbicos, femdom, bondage, scat, lluvias doradas, dobles y triples penetraciones, bukkakes, fistings, una lista acojonante. Hasta Adri había quedado boquiabierto más de una vez. Pero lo impresionante era la cantidad de gente distinta que se mostraba en la pantalla. Hombres, mujeres, transexuales, jóvenes, mayores, guapísimos, feos… de todo, vaya. Algunos conocidos, incluso. –¿Porqué hace esto Fernando? Puede perjudicar su negocio-, pregunté a Adri al terminar el video. –Tiene sus razones, y son económicas, pero Amparo no perjudicará a su negocio. También es el de ella-. Ahora me quedó a mí cara de bobo. –Sí, cariño. No es que Amparo sea sólo una salida, es que es una socia del club. ¿A qué sino tanta gente y siempre en su suite personal?-. Entonces me quedó algo más claro pero… -¿Y porqué te lo da a ti y no a ella?-. Resultó que Fer se había encaprichado del niñato, éste le contó lo mío tras un polvo y el hombre vió una forma de quedar bién con su juguete y hacer llegar el mensaje a Amparo al mismo tiempo. Aquella noche, Adri y yo no salimos de la habitación, pero gastamos todo el lubricante que nos habíamos llevado del meublé.
Al día siguiente, Amparo y yo estábamos en un café uno delante del otro. –Y esto es lo que quiero por el DVD-, le dije finalmente. –Eres un cabrón. Sabes que no puedo conseguir lo que pides-, contestó la puta. –Tú verás, cariño-, respondí despidiéndome de la dama.

Dos días después: La puerta se abrió lentamente con Javier recortado en el umbral. Amparo volteó un poco la cabeza desde su sillón, frente a mí, como si no quisiese ver lo que iba a venir. Yo miré divertido al joven y, en cuanto llegó hasta el sofá en el que estaba tranquilamente sentado, abrí mi albornoz exhibiendo mi falo erecto. Al chico le habían aleccionado bién. Sin mirarme apenas, se arrodilló entre mis piernas, se lo llevó a la boca y comenzó a mamar…
“La venganza es un plato que se sirve frío”, pensé segundos antes de correrme en la boca de Javier.

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Iniciándola al juego de la Sumisión

El paseo entre el parque a altas horas de la noche refrescó la piel de la esbelta muchacha que paseaba a mi lado. Sus piernas brillaban, reflejando las luces de neón que se adivinaban al otro lado de los árboles.

El paso sosegado que llevábamos, acontecía lo que pudiera esperarse como un apasionado beso, entremezclando nuestros carnosos labios.

Pero la situación no pasaba de juguetear con las congeladas copas de licor mientras nos mirábamos a los ojos.
Yo le había prometido una especial noche de pasión, y ella, cansada del sempiterno rictus del cortejo masculino, no hacer nada que no fuera sorprendente para sí misma. Un traje de noche había sido mi última petición, y un consejo, “Libérate..”
Sobradamente había cumplido, la espalda lucía sedosa y morena, lo mismo que sus delgadas piernas, lo demás se dejaba entrever bajo un sedoso traje de vuelo color esmeralda semitransparente. Lo mejor, el bamboleo de sus desnudos pechos bajo esa delgada tela.

Al atravesar la avenida nos adentramos en un enjambre de callejuelas iluminadas por algún reverberante
luminoso, hasta encontrar, oculto entre los altos edificios de cemento, “Opalowall”, o lo que decía aquel letrero, mal iluminado por una bombilla a modo de llama que prendía una antorcha ennegrecida.
Al llamar, mi pareja dudó con la mirada, pero mi rictus serio le devolvió esa entereza que la reconocía, y se mostró dispuesta a acceder al interior.
Nos conocíamos desde hacía poco tiempo, coincidimos de vez en cuando en unos baretos y al final alguien nos presentó. Nuestra vida íntima cambió entonces bruscamente, topando de lleno con ese “Tren llamado Deseo”, dejándonos llevar con un desenfreno sin límite al que caíamos cada vez más aprisa. Nada nos haría daño, nos deseábamos entregándonos al capricho del otro por sátiro que fuera, demostrando una extraña y peligrosa valentía.
Unos ojos asomaron tras la abertura en la puerta, e instantes después giraron los goznes dándonos paso al umbroso interior.

Era un alargado recibidor repleto de perchas desnudas esperando inútiles sobre oscuras paredes, empapeladas con motivos anticuados.
Aquel lugar, mansión de algún importante varón de principios del siglo pasado, se mantenía en pié, a pesar de los años y de un visible y decadente abandono. Sin embargo, era peculiar ver los frescos de los altos techos, repletos de personajes de época, en actitudes de lo más libidinosas.
María estaba absorta contemplando aquellos techos. Caminaba  Ensimismada, viendo como parecían reflejarse en ellos las estancias que nos encontrábamos, revelando el particular uso que antiguos visitantes le hubieran dado en fiestas de elevado postín.
Atravesando los pesados cortinajes que prendían de las puertas, recorríamos desnudos y largos pasillos, escuchando cada vez más alto un reconocible “Iggy Pop”.

La estridente música envolvía a quienes deambulaban de un lado para otro hablándose al oído y mirándonos
curiosamente. A María le impactó ver que las personas cubrían su rostro con capuchas, o cómo otras le daban la espalda enfrentándose a los muros ennegrecidos, o tapándose con las manos evitando indiscretas miradas. Era tan extraño y a la vez divertido, María se sentía Tom Cruise en la cinéfila mansión de “Eyes Wide Shut”, rodeada de auténticos desconocidos que vestían vaqueros y camisas ajustadas bajos sus túnicas. Sonrió al ver a dos disfrazados, moverse al compás de la música, como monjes roqueros, pillados in-fraganti, luciendo Levis y Burberrys bajo sus livianas túnicas.
Las mujeres se comportaban de manera más natural, aunque tapaban de igual forma su rostro no les importaban las miradas ajenas, en cierto modo no les importaba nada realmente, más bien cumplían un protocolo determinado, seguían unas caducas normas machistas, o representaban el morboso papel que se había impuesto en aquél baile de disfraces.

… ¿Parece que las chicas trabajaran aquí?. ¿Qué son?, ¿fulanas tal vez?. Me has traído a un club de lujo, ¿no?.
* La verdad es que nadie trabaja aquí, aunque si es un club. Sólo que las mujeres, que lo tienen todo, juegan a estar sometidas.
… ¿Qué quieres decir con eso de sometidas?. ¿Entonces no son putas?..
* No.  Quizás juegan a serlo. El deseo y el sometimiento están cogidos de la mano, unidos por el morbo que da obedecer a tu amante. Tu misma estas aquí aceptando mis deseos, y quizás hagas más cosas de las que te crees, aceptando esos deseos que terminarán siendo tuyos.
… Me extraña que haga algo que no me apetezca.
* Yo haré que si…

Su mirada chisporroteó mientras bebía de la copa, mis manos rozaron su cintura notando el tenso hilo del tanga sobre su piel. Sentí el recelo en la sonrisa de sus labios y evitando ese contacto se separó de mí, pero el anzuelo había hecho su efecto y su abstraída mirada la llevaba a un mundo fantástico en el interior de su mente, imaginando quién sabe que fantasías y lubricidades.

Pronto dimos a una estancia de carácter octogonal repleta de estantes, una biblioteca con una barra americana, también parecía ser el distribuidor principal, ya que la gente se perdía tras los cortinajes que pendían entre mural y mural de empolvados libros.

María me miró a los ojos, cerca de mis labios, me dijo casi besándolos…

… Me encanta este lugar. Es muy gótico y a la vez actual,…..casi real, pero no se ven los altavoces por ningún lado y los techos son…no sé…. esas figuras en poses bondage… y esos lesbos… No sabía que
todo estuviera inventado desde hace tanto…Pensar que aquí mismo, sobre este atril de lectura, le diera “caña” una mujer a otra, con un consolador tipo arnés.

Me decía mientras señalaba las imágenes que colgaban sobre nosotros.

*Ya ves. Pero todavía no has visto nada. Nada de verdad. Verás, aquí empiezas a decidir… escoge una puerta, a partir de ahora mandas tú, iremos donde tu me lleves, harás lo que escojas hacer… Pero sentirás.. ¿Quién sabe…? Sólo tu lo sabrás…

Sonriente y con los ojos muy abiertos repasaba aquellas palabras mentalmente, dispuesta a “jugar y a ganar”… a “ganarme”..

… ¿Ahora empieza el juego?, ¿el juego de la sumisión?… ¿A ti?… – Sonrió nerviosamente, mirando una a una las salidas. Dudaba a cada momento, sopesando el destino que un cortinaje le pudiera deparar, riéndose para si al mirarme, cuando parecía decidirse.
…Esa misma…
* Buena decisión. ¿No prefieres aquella otra?… ¿O aquella? quizás … no sé.. (Ja, jajajja)… Tú has elegido.
… Que malo que eres. No, ya he decidido. Deseo esa puerta, esa es la mía.

Sus labios volvían a estar cerca de los míos, y su cintura rozaba el enorme bulto había crecido en mi entrepierna. Me había delatado yo solito, estaba tan nervioso como ella, y su elección había sido perfecta, el saliente en mi pantalón lo atestiguaba.

Bebió el último trago y marchó decidida atravesando el tejido acceso.

—-ELLA—————

Aquel pasillo estaba más oscuro que los demás, pero poco a poco me fui acostumbrando. A lo lejos se distinguían figuras humanas recostadas de pie sobre la pared, conversando entre ellas muy de cerca. Parecían ser sólo hombres, aunque no podía distinguirlos bien ya que todas estaban cubiertas por túnicas. Al principio no sabía si es que me encontraba demasiado bebida, me costó recuperar el equilibrio, y las paredes, que parecían estar acolchadas, cedían bajo mi presión.

…¿Que coño es esto?..
* Son túnicas María, espérate un momento a acostumbrar la vista, no deberías andar a oscuras por estos lugares.
… No me asustas, tonto. …Pues si que hay túnicas… ¿No querrás que me ponga una, verdad?….
* Tú haz sólo lo que desees.
… Entiendo. Pues ahora lo que deseo es esto.- Y cogiéndole de la camisa le abracé y lo pegué a mi cuerpo. Le rodeé el cuello con mis brazos y le besé. Le besé tan fuerte y apasionadamente que sólo sentía mi lengua entrar dentro de su boca, recorriéndola, buscando apagar el fuego que latía dentro de mí. Mi pecho estaba inflamado, los pezones los tenía duros, excitados por el suave roce de la tela sedosa y por sus miradas lascivas. Mi tanga empezaba a estar mojado, y me sentía por dentro como una fiera dispuesta a saltar sobre lo que se moviera. Pero no debería mostrarme tan entregada, no estaría bien, no conseguiría el polvo que busco.
Jose tenía el paquete duro como una piedra, pero sabía que iba a tardar en catarlo, a él le gustaba ver las “porno” hasta el final, y hoy seguro que iba a ser de todo menos un Hombre convencional. Estaba deseosa de que pasara algo, tenía húmedo el coño sólo de charlar con él. Aquel lugar y las copas me estaban haciendo un efecto perverso, mi desenfreno iba en aumento y le deseaba.
Me lo comería entero ahora mismo, con lo bueno que está, con ese aire de galán moderno, y esos ojos que cuando me miran me hacen temblar.
Quiero hacerme la dura pero si me coge de la mano haré lo que quiera, como cuando hacemos el amor sobre el capó del coche, ante la mirada de otros. No me importa nada, sólo sentirme tan “cachonda” como sólo él me hace sentir, tanto como lo estoy ahora.

Los dos se besaron restregándose uno contra el otro. Las manos recorrían sus cuerpos desabrochando las camisas y destapando los pechos, sus labios besándolos, mordiéndolos, tirando de los pezones como gominolas en bocas de niños.
Ocultos bajo una decena de túnicas colgadas, lucharon entre si, se desearon pero no quisieron tocar más allá, se estaban probando, había empezado el juego, “el juego de la sumisión”.

Caminamos de nuevo hacia el fondo del pasillo, unos metros separados entre sí había unas aberturas como a medio cuerpo del suelo en la pared. Por este lado una especie de almohadilla o reclinatorio alto, por el otro se podía intuir una mullida baranda donde agarrarse.
Mi corazón tembló cuando pude ver una de aquellas figuras, oculta por su mágico atuendo, besando a una muchacha muy hermosa con el pecho al aire. Sus manos lo amasaban dulcemente, y muy suave su boca hablaba al cuello desnudo de esa bella mujer. De pronto ella se agacha, accede a ese hueco inclinándose levemente y desaparece medio cuerpo entre esa oquedad en la pared.
Jose me abraza por detrás, sentí sus fuertes brazos sobre mi pecho, sus manos acariciaban mi torso desnudo, rozando con los dedos mis pezones desnudos y erectos.
De mi tanga pendía un hilo de babas que recorría unos centímetros de piel, me estremecí al sentir un leve pinchazo en el himen. Deseaba cogerle todo su miembro y hacerlo mío pero no podía dejar de mirar como aquel hombre besaba el trasero desnudo de esa mujer.
Los tacones y unas esbeltas piernas desde este lado de la pared, el vestido se vertía hecho un remolino sobre la espalda baja, dejando al aire un enorme culo redondo, desprotegido, hermosamente deseable.
Jose me hablaba al oído casi susurrando mientras pellizcaba mis pezones, el muy hijoputa, sabía ponerme a cien, y lo estaba haciendo.

* ¿Tu crees que a ella le importará que la estemos mirando?.
… No creo que le importe mucho. A nadie de aquí creo que le importe realmente mucho.
* ¿Tu crees que siente inquietud de que la vean gozar?

Moví la cabeza lentamente, negando, sin apartar la mirada.

El hombre había recorrido con su lengua desde la espalda hasta la angosta hendidura de los dos glúteos bajo sus piernas, denostando en ella una desazón al hacerlo, dado el espasmódico acto reflejo movimiento de caderas, en aquel exuberante cuerpo. Después, cogió el extremo de una cinta que estaba asida a la pared por debajo de su cintura y la pasó por encima de ella hasta engancharla al otro lado. Atándola dulcemente, evitó que pudiera zafarse de su postura, con medio cuerpo semiarrodillado por este lado del muro, y el otro medio, desaparecido.
Ese hombre giró la cabeza hacia nosotros, mostrando la oscura abertura de la caperuza, pasó su mano por el húmedo sexo de aquel cuerpo dividido y se la llevó a la boca, degustando aquel sabor, para taparse de nuevo el rostro y desaparecer tímidamente en el vacío.

… ¿Se va?.. ¿Cómo puede irse?… La deja ahí….
* ¿Has visto que cuerpo?. Me encantaría tocarlo, abofetearlo.
..Serías capaz.. Ja.. Pero.. No.. No la toques..

A medida que nos fuimos acercando, el corazón me latía más y más fuerte. No sabía si era por tener esas piernas abiertas delante de mí o delante de él.

La mujer no estaba inmóvil, se movía suavemente, gimiendo rítmicamente al compás de la música. Algo estaba pasando al otro lado. Algo de lo que disfrutaba aquella despampanante hembra.

…¿No la tocarás verdad?… Harás lo que yo desee… ¿Cierto?…

Asintió Jose con la cabeza y me reí para mis adentros.

Posé mi mano en aquel enorme culo redondo y suave. Su piel estaba tersa, ligeramente morena. (Joder que culo..)

Lo apreté con mis dedos mientras tocaba el paquete de mi compañero, advirtiendo las pulsaciones en el cuerpo de su pene. Me iba a correr de gusto, el morbo era demencial. Pasé los dedos por el coño húmedo abriéndose los labios, con la facilidad con que se abrirían los míos en ese momento, descargando un chorro de babas que me empapó hasta la muñeca. Pero no me importaba, estaba tan cachonda que lo hubiera probado yo misma. Alcé la mano y se lo di a él de beber, deslizando su lengua por toda ella, lamiéndome entre los dedos como un perro.
Por favor, cómo hubiera querido que me hubiera metido la lengua por entre mis piernas, allí estaba igual.

…Vámonos…. – le dije saboreando mi tortura. Me encantaba aquel juego de la sumisión, y me estaba poniendo supercachonda.

Seguimos caminando unos metros hasta que me paré en otra abertura igual, pasé mis manos por el terciopelo de los almohadillados, y miré con curiosidad al otro lado. Jose seguía relamiéndose la espesa gelatina blancuzca que se le había quedado alrededor de la boca, mirando atrás no se había percatado de mi traviesa curiosidad.

… No tiene que ser incómodo estar aquí… – tamborileaba con mis dedos aquel incitante artefacto.
*¿Quieres probar? – me dijo.
…Si Es sólo por probar.. y me adentré en aquel vano, asomando mi cuerpo ombligo arriba al otro lado del muro. Para no caerme tuve que apoyarme sobre un pasamanos almohadillado, del mismo terciopelo granate de las cortinas. Era cómodo, las rodillas estaban medio dobladas, pero apoyadas sobre la pared en sendas almohadillas al efecto.
La estancia que pude ver era levemente más luminosa, y la música estaba más alta, de modo que no escuchaba lo que Jose pudiera decirme. En frente mía había más personas que en ninguna otra estancia, estaban bebiendo y charlando desinteresados, alguno me miraba de reojo, esperando que yo misma anunciase la atracción en la que iba a convertirme. Al principio me puse algo nerviosa, todos sabían que estaba allí sin mirarme apenas, en aquella situación tan embarazosa. Mis senos colgaban al vacío bamboleando los pezones al aire bajo la camisola, pronto sentí el calor, encendiéndome la cara y el pecho, como una colegiala en clase de gimnasia.
A mi derecha más allá, estaba aquella preciosa muchacha, comiéndole la polla a un negro encapuchado. Pude ver ese enorme vástago entrando en su boca, desapareciendo bajo las blancas manos que la agarraban. Ella lo hacía con vehemencia, lo deseaba ardiendo de pasión. Sus pechos colgaban desnudos, agitándose al compás de ese movimiento tan característico.
Ahhhh…. Pero mis ojos se cerraron al sentir los labios de Jose besándome el ano blancuzco. Abiertas mis nalgas por sus manos, repasaba lentamente con su boca toda mi raja.
AHHHhhh…. OOOohhhhh….. Sentía su lengua penetrar entre mis mojados labios, y un par de dedos se adentraron en mi cuerpo separando las paredes vaginales. Tenía la cabeza descolgada, dejando caer el pelo sobre mi asidero, veía mis pezones duros como fresas menudas y me retorcí, abriendo la boca extasiada.
AAHHH!!!!… Que placer me invadía, no me importaban ahora las miradas. Todo aquello era un “Qui Pro Quo” entre ellos y yo misma, entregándose el erotismo más íntimo entre desconocidos.
Me sobresaltaron dos fuertes bofetadas en el culo, incluso las llegue a oír a través de las paredes.. OOOhhhhhh….. me estaba poniendo súper cachonda. De pronto, me di cuenta que tenía puesto el cinto sobre las caderas, evitando que saliera de allí. Me agité, intenté vencer mis ataduras empujando con fuerza, pero no cedían, y de nuevo me entregué.

…..Ahora la sumisa era yo…..

Otros dos cachetazos se reflejaron en mi rostro azorado y me hicieron regresar del éxtasis. Notaba el culo ardiendo por los bofetones… , a veces me quedaban las marcas todo el día, no me importaba el dolor, me ponían, (ufffff… No me puedo mover ….) Me ponen.
Su mano abrió mi coño de par en par, empapándose seguro, me chorreaba por las rodillas el flujo, restregándola por encima del clítoris, mojándolo con mi agua, hinchándomelo, abriéndome la raja como una breva madura.
Pude ver aquellos desconocidos mirándome, el negro de sus capuchas parecían enormes bocas silenciosas, donde desaparecían las copas, vertiéndose en su interior.
¿Cómo podía hacerme aquello Jose, delante de tanta gente?, parecía una guarra con los ojos entrecerrados y la boca abierta, gimiendo y moviendo el pelo como un enorme plumero amarillo.
AAhhhh…. Por favor… ¿De donde ha sacado eso???….
Su polla se abría paso dentro de mí, era un pepino descomunal, estaba tan hinchada que no la reconocía. …Tienes que estar cachondo como un perro… Menuda tranca tienes cabrón….
AAAhhhhhh….. (Entraba toda sin remedio.)
….Me estas partiendo en dos hijo… ..d….

El movimiento de esa enorme verga hizo que mi pelo ondulara en el aire, el pecho se había salido de la ropa y se golpeaba entre si y con mi boca. Mis manos agarraban fuerte el asidero almohadillado, no podía aguantar más…
AAhh… Aahhhh… Aahhhh.. Mis gemidos sonaron en toda la sala. Reinaba el silencio entonces, nadie se movía ni sonaba música alguna para mi, sólo mi cuerpo chocando contra la pared, retumbando las acometidas que recibía mi coño empapado, y mi voz de zorra, gimiendo como una posesa para aquel público sin caras.
El ritmo se volvió más corto y profundo, mis cachetes vibraban al igual que mis tetas, me quedé mirando atontada aquella gente mientras sonaba un breve quejido a cada embestida. Reconocí algunas mujeres por sus manos, ellas también se tocaban entre sí, desaparecían las manos bajo las telas a alturas concretas de su cuerpo. Alguno agachaba la cabeza, al moverse con rapidez bajo la capa una mano ajena entre sus piernas. Otros besaban el pecho que asomaba de alguna ardiente encapuchada.
Estaba apunto de correrme, gimiendo más alto que nunca, cuando un hombre alto se me acercó, y se inclinó arrimándose a mi cara.
Mis ojos le siguieron en lento movimiento, abiertos, sobre expresivos, no podían reflejar la turbación que provocaba su cercanía. Quedó inmóvil frente a mí, rozando mis soplidos la capucha que cubría su rostro.
Con la tela de su manga secó dulcemente el sudor de mi frente, sin tocarme apartó los pelos sobre mi cara y quedó de nuevo mirándome fijamente, esperando ver el momento más álgido del orgasmo reflejado en mis ojos.
…¿Quiennnnn….?…. no me salían las palabras, sólo una bocanada de aire contenida, de mi agitado vacío interior.
Sus manos aparecieron de entre las mangas y lentamente descapucharon la cabeza que tenía delante de mí.
Sus expresivos ojos negros, llenos de lujuria, de compasión y arrogancia, se me quedaron clavados en la mente.

* Tú elegiste la puerta. Valiente decisión.     ….Y me encanta.

Bounarroti.

7 de agosto de 2005.

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Mónica: Perra Sarnosa

La despedida de soltera dejó a Mónica con más ganas aún de continuar con sus juegos lésbicos y masoquistas. Pasó el tiempo, logrando solamente algunas aventurillas sin mayor importancia. Lo que más había conseguido era que la amarrasen a la cama y le hicieran el amor, pero ninguna cosa como las ocurridas aquella noche, mas en una ocasión sonó el teléfono: Al responder escuchó la voz de Claudia del otro lado de la línea invitándola a conversar con ella porque tenía algo que proponerle. La sola idea de qué podría ser la hizo mojarse instantáneamente, al instante le preguntó por el lugar y momento de la cita. Su interlocutora le respondió que de inmediato, pues estaba en la puerta del edificio, agregándole que le abriese y la esperara completamente desnuda, de tal manera que se quitase la ropa mientras subía.

Terminando de hablar se desnudó lo más rápidamente posible en el mismo lugar del teléfono y una vez desnuda tomó su ropa tal como había caído y corrió hacia el dormitorio tirándola prácticamente dentro del clóset, escuchando que en ese momento tocaban, por lo que necesitó correr para abrir. Se colocó detrás de la puerta y sólo asomó la cabeza en prevención que pudiese ser otra persona. Al percatarse que efectivamente era Claudia, le franqueó la entrada.

Una vez en el interior, sin saludarla, la amiga la miró de pies a cabeza, con un gesto le ordenó girar y después le hizo un ademán indicándole tirarse al suelo. Mónica algo sorprendida titubeó un instante, por lo que Claudia le indicó con mayor determinación hacerle caso.

Habiendo obedecido la anfitriona, le acercó uno de sus pies para que se lo besara.

Terminada toda esa especie de ceremonia le dijo: “Eres una esclava muy lenta, por lo que te castigaré.
Tráeme algo con que amarrarte y otra cosa con qué pegarte”.

Nuevamente la anfitriona medio se sorprendió, pero decidió seguirle el juego. Fue a su dormitorio y volvió con la cuerda con la cual la amarraban a la cama y con el cinto (cinturón) de cuero más grueso que tenía.

Cuando estuvo frente a su invitada, ésta le preguntó si tenía un lugar donde atarla, a lo que Mónica le respondió que en la cama, de tal manera que se dirigieron hasta el lugar indicado.

Una vez ahí, Claudia procedió a atarla por las muñecas, una a cada poste. Tan pronto la tuvo sujeta comenzó a azotarla en las nalgas mientras la insultaba. Terminando de pegarle la desató y le dijo que se cubriese con algo, pero que no se pusiera ropa interior para que la acompañase hasta la calle a fin de darle las últimas instrucciones..

La anfitriona se colocó un buzo y le preguntó si estaba bien, obteniendo una respuesta afirmativa

Concluida la entrevista con Claudia, Mónica regresó ansiosa a a fin de prepararse conforme a las instrucciones recibidas. Una vez en su hogar se desnudó completamente y procedió a colocarse las prendas entregadas: Primero se colocó la falda, que más parecía un pareo pues sólo traía un extensión para anudársela a la cintura. Posteriormente se calzó las sandalias y finalmente la blusa, si es que se podía llamar así, pues carecía de botones y para cerrarla debía anudársela a la altura del vientre. Antes de cerrarla, acarició sus pechos largamente aumentando así la excitación que de por sí ya tenía. Finalmente procedió a hacer el nudo y a la hora señalada salió de su casa.

Mientras caminaba podía apreciar como se posaban sobre ella las miradas de hombres y mujeres, así que apretó más el tranco para llegar cuanto antes al sitio indicado.

Una vez en el lugar comenzó a pasearse nerviosamente temiendo ser confundida por una prostituta, lo que sería lo de menos a no ser que fuese la policía, en cuyo caso su detención sería inminente, pues aparte de no poder explicar el motivo de su atuendo, tampoco tenía carné sanitario, por lo cual, además de ser acusada por “ofensas a la moral”, la acusarían de ejercer la prostitución en forma ilegal.

Después de unos minutos, que a ella le parecieron siglos, apareció una pareja. Acto seguido, se colocaron a ambos lados de Mónica. Inmediatamente su corazón le dio un sobresalto, pues no sabía si eran sus “raptores” u otras personas, pero se tranquilizó cuando la mujer le indicó que eran sus “secuestradores”. Casi de inmediato apareció una Combi (furgón) a la que condujeron a la ahora raptada, mientras el hombre le colocaba un capuchón al estilo de aquellas personas que conducían camino al patíbulo.

Cuando el vehículo se puso en marcha, le ordenaron: “Desnúdate”. Mónica comenzó a desanudarse la blusa cuando sintió que se la bajaban violentamente por la espalda asiéndola por los cabellos de la nuca mientras le decían que se tardaba mucho.

Cuando quedó con el torso desnudo, iba a comenzar a quitarse la falda, pero le tomaban los brazos, se los llevaban a la espalda y le colocaban unas esposas. En ese momento, la prisionera, notó como se le erguían las puntas de sus pezones a la vez que comenzaba a sentirse húmeda.

Ya con las manos esposadas detrás de su espalda, sintió como le quitaban el pareo, quedando sólo con el calzado por única vestimenta, mismo que con un movimiento de sus pies lo dejó de lado, pero el castigo no se dejó esperar. Sintió el chocar de una mano en contra de uno de sus muslos, por lo que presumió que estaba mal lo que había hecho, de tal manera que inmediatamente comenzó a tantear el piso para colocárselos. Sin embargo sintió nuevamente el mismo castigo en su otro muslo, en vista de lo cual detuvo la acción sin saber qué hacer y temiendo un tercer castigo optó por quedarse quieta.

Tras unos instantes sintió una mano de mujer que le acariciaba su vello púbico mientras que un brazo la rodeaba por la parte de atrás de su cuello hasta alcanzar con la mano uno de sus pezones, y mientras la acariciaba, le subió el capuchón que cubría su cabeza dejándole la boca al descubierto. Primero estampó un beso en sus labios y después le dijo: “Tontuela. No debes tomar determinaciones sin que se te ordene, o de lo contrario serás castigada, que no se te olvide, ¿De acuerdo?”

Sí, respondió Mónica con un susurro producto de la excitación que sentía.

Al cabo de un rato llegaron al destino. Los “raptores” le ayudaron a bajarse y la condujeron por lo que ella supuso era un pasillo.

Al cabo de un instante se detuvieron y escuchó que le decían a alguien: “Aquí está la esclava.”

Bien, dijo una voz de mujer, y dirigiéndose a Mónica le preguntó: “Antes de quitarte la capucha, te leeré las condiciones y te preguntaré si estás de acuerdo en más de una oportunidad, si estás de acuerdo te presentaremos los dos contratos: Uno para tu adiestramiento y el otro de esclava Si en algún momento decides no continuar se te devolverá tu ropa y te llevarán al lugar donde te recogieron. Debo advertirte que te estamos filmando más que nada para protección nuestra, pues si bien es cierto que toda la gente que viene es mayor de edad, lo hace en forma voluntaria y sólo para satisfacer su erotismo sadomasoquista, puede que en un momento dado aparezca alguien que quiera demandarnos por ofensas a la moral.

– ¿Aún deseas continuar?”
– Sí, respondió Mónica.
– Bien, quítenle la capucha.

Acto seguido, procedieron a descubrirle la cabeza.

Una vez con la vista descubierta, la futura esclava, a pesar de que la única luz era la que iluminaba sólo la parte de los contratos, tardó unos instantes en aclarar su visión debido al tiempo que estuvo en la oscuridad, y una vez que pudo ver bien distinguió una sala con unas siluetas aluzadas (iluminadas) por una tenue luz de una vela, al extremo opuesto donde ella estaba que parecían ser dos hombres y dos mujeres completamente desnudos encadenados por las muñecas al muro que fijaban sus ojos en ella. Casi por instinto trató de ocultar su propia desnudez dándose vuelta, ya que no podía disponer de sus manos y brazos para poder ocultarse, por tenerlos esposados a su espalda, pero en ese momento pudo percatarse que era observada por varias personas provistas de capuchas al estilo Ku-Klux-Klan, aunque no tan pronunciadas en la punta. Obviamente la prisionera se asustó, pues es por todos conocido a qué se dedica dicha secta, pero la voz de quien parecía estar a cargo la tranquilizó diciéndole que no temiera, pues dichos atuendos eran sólo para protegerse ellos, que en todo caso si aceptaba llegar hasta el final conocería a todos los ahí presentes, así que estuviese tranquila porque no corría peligro alguno, pero que si tenía la más mínima sospecha de algún riesgo no tenía más que indicarlo y en ese momento podía retirarse.

Mónica, tenía temor, pero más pudieron su erotismo y su curiosidad, así que, otra vez, aceptó continuar diciendo que estaba dispuesta a firmar los contratos, por lo que le abrieron las esposas del lado de la muñeca derecha para que pudiese firmar, volviendo a esposarla una ves que estuvo lista..

Concluido este trámite encendieron las luces ordenándole dirigirse a los otros prisioneros y hacerles cualquier cosa a uno o más de ellos. Acto seguido, primero fue hasta uno de los hombres y se inclinó para pasarle la lengua por los vellos del pecho, pues esa era una de las pocas cosas que le excitaba de los varones, provocándole la inmediata erección de su pene notando de paso que hacía esfuerzos como tratando de contenerse, por lo que decidió no seguir con él. Después se dirigió a una de las mujeres y le estampó un beso en la boca, percibiendo que sólo lo aceptaba más por obligación que por gusto pues al introducirle la lengua en su boca no recibió la misma respuesta, mas nada dijo por temor a se castigada, enseguida regresó con el primer hombre a quien, como pudo, le sacó un vello púbico para que con el dolor le disminuyera la excitación por último se dirigió a la otra mujer a quien comenzó a besar los senos notando su colaboración. Se disponía a continuar con ella cuando escuchó que le ordenaban detenerse con un enérgico “basta”. Ante esta orden quedó rígida esperando instrucciones pues recordaba lo ocurrido en el vehículo. Transcurridos unos segundos oyó le ordenaron: “Lámele los testículos al esclavo que falta”.

No le gustaba mucho la idea, pero decidió obedecer, pues suponía que de esa prueba dependería su futuro como esclava. Al estar frente a los testículos del esclavo en cuestión, notó una argolla en el nacimiento del escroto e instantes después de estar ejecutando la orden notó como los testículos comenzaban a subir y el pene a erectarse provocando dolor al esclavo, cayendo en cuenta en ese momento el motivo de la reacción del prisionero anterior, a raíz de lo cual decidió suspender lo que estaba haciendo, a sabiendas de que seguramente sería castigada, pero prefería eso antes que causar sufrimiento a otra persona.

Eres una esclava rebelde, sentenció una voz. Pero por ser la primera vez sólo te sentencio a diez azotes en las nalgas, sin embargo otra persona dijo: “¿No crees que sería mejor cinco azotes dados por una persona vendada y a la estúpida que la aten a un caballete?

Como la propuesta cosechara aplausos inmediatos se ordenó traer un caballete acondicionado especialmente para colocar a la persona sobre su guata (estómago) de tal manera que se le podían atar sin problemas los pies a cada una de las patas y del otro lado hacer lo mismo con las manos y así lo harían con Mónica. La mujer que llevó el caballete estaba completamente desnuda, primero le aseguró con unas correas las piernas a la altura de los tobillos y cuando esperaba que hiciera algo parecido con sus brazos mientras trataba de mantener el equilibrio, la mujer que la había atado se colocó a la espalda de la prisionera tomándola por los senos. Apareciendo al poco rato una mujer musculosa acompañada de dos hombres igualmente musculosos, que se notaba que todos se dedicaban al físicoculturismo. La segunda mujer iba ataviada solamente con un cinto de cuero negro del que colgaban una fusta y un látigo de varias correas (gato), mientras que los hombres iban completamente desnudos, la vista vendada, las manos a la espalda, sus penes completamente erectos y conducidos por la mujer jalándolos de sus respectivos vellos miembros. La futura castigada que era sujetada para que no perdiese el equilibrio, observaba a quien imaginó que sería su castigadora y a los dos hombres con una mezcla de asombro y erotismo imaginando cómo sería que la obligaran a viva fuerza hacer el amor con los dos.

Cuando la recién llegada estuvo a su alcance le dijo: “Yo seré quien te castigue, pero para que veas que soy buena te daré a elegir el instrumento con el cual recibirás tu merecido. Acto seguido se acercó y le mostró los dos instrumentos. Mónica los miró y le preguntó a su interlocutora lo más sumisamente posible: “Te ruego disculpar mi atrevimiento por dirigirte la palabra sin ser autorizada, pero ¿Me permites hacerte una pregunta antes de decidir?”

Antes de decirle algo, la castigadora se dirigió a los presentes e hincándose y agachando la cabeza les dijo: “La esclava pide autorización para hacer una pregunta”.

Que la haga, dijo la que parecía se la jefa del grupo, pero recibirá tres azotes más por su osadía y tú cinco azotes por cada uno que no caiga en el cuerpo de la estúpida y ésa dos adicionales por cada uno que no le caiga en su cuerpo. Posteriormente, dirigiéndose a la prisionera le dijo: “Ya escuchaste la conversación. ¿Estás dispuesta a seguir? Sí, dijo la esclava. Tras lo cual, la jefa hizo una seña a la verdugo. La mujer que la sujetaba se colocó frente a la prisionera ordenándole en voz baja inclinarse hacia delante cuando le tomara los senos nuevamente. Tan pronto le puso las manos en los senos, la aprendiza comenzó a inclinarse poco a poco hasta quedar completamente arqueada. Estando en esa postura uno de los hombres le soltó las esposa, primero de un bazo, para que de inmediato el otro procediera a ajustárselo con correas al caballete y luego repetir la misma operación con el otro brazo Una vez que hubieron tomado las nuevas posiciones, la segunda mujer descargó la fusta sobre las nalgas de la prisionera, acto seguido, la jefa le preguntó si deseaba continuar, recibiendo un sí por respuesta, a lo cual le preguntó: “Sí qué”, a la vez que le descargaban otro golpe igual.

-Sí señora, dijo la esclava, sintiendo un tercer golpe.
-Sí qué, repitió la jefa.
-Sí mi ama, respondió la prisionera sintiendo un cuarto golpe.
-Sí mi ama y señora corrigió la jefa, tras lo cual Mónica recibió tres golpes más y luego agregó la jefa: “Además debes agradecer cada golpe, porque se te está corrigiendo. ¿Continúas?”
-Si mi ama y señora.
-Bien, ¿Cuál es la pregunta?, dijo.
-¿Cuál de los dos instrumentos duele más?
-¿Para qué quieres saber?
-Para ser castigada con mayor dolor, por estúpida.
-Veo que aprendes rápido. -Dale un golpe en cada pierna con cada uno de los instrumentos, ordenó a la mujer que la azotaría.

Acto seguido, la verdugo descargó nuevamente la fusta, esta vez en el muslo derecho, y de inmediato el segundo con el látigo en el izquierdo.

Mónica sabía de antemano que el látigo era más doloroso, pero quería recibir más castigo y lo logró.

– ¿Y bien?, preguntó la jefa
– Mi ama y señora, si Ud. no decide otra cosa, elijo el látigo.
– Así se hará, dijo la jefa, y ordenó: “Desátenla un momento para que se enderece Tú, ponte delante de la estúpida para que vea como te tapan la vista y después que bese el látigo que se ponga en la misma posición para amarrarla nuevamente.

Sin decir palabra, la mujer se dirigió a los hombres quitándoles primero la venda de la vista y luego desatándolos, colgando las vendas en su cinto y conservando las cuerdas en sus manos. A todo esto Mónica se sentía empapada y no tenía en cuenta los orgasmos habidos, pues la mujer puede llegar al orgasmo sólo con el pensamiento y sin necesidad de tocarse, a diferencia del hombre que necesariamente el pene debe tener algún tipo de frotación para llegar al orgasmo.

Tan pronto terminó de hablar la jefa, la verdugo entregó las cuerdas a los hombres y dirigiéndose a la futura castigada le preguntó si quería que le taparan la vista a lo que la esclava respondió de manera negativa.

Una vez recibida la respuesta la mujer se puso de rodillas frente a la jefa y luego se inclinó a besarle los pies a la vez que colocaba sus manos entrelazadas detrás de la espalda. Al cabo de un instante, la jefa ordenó a los hombres: “Procedan”.

Ambos hombres se acercaron. Uno la tomó por el cabello haciéndola hincarse nuevamente y cuando la tuvo en esa posición, le sujetó los brazos, mientras el otro procedía a taparle la vista.

Una vez que estuvo completamente vendada, la tomaron de la punta de los pezones y la hicieron levantarse, y sin soltarla, la condujeron hasta la espalda de Mónica. Le tomaron los dos instrumentos y el que tenía el látigo se colocó delante de la prisionera ofreciéndoselo para que lo besara, cosa que la prisionera hacía mientras se lo iba deslizando.

Terminada la ceremonia, ambos hombres y la mujer se retiraron para que todos, incluso los prisioneros que estaban en la pared, vieran el “espectáculo”.

Para que la verdugo comenzara su actividad, la jefa le asestó un golpe en los muslos con la fusta.

Ante esa señal, la verdugo comenzó a descargar uno a uno los ocho golpes cayendo seis de éstos en la espalda, nalgas y piernas de la prisionera y perdiéndose otros dos, ante la algarabía de los asistentes porque presenciarían una prolongación del castigo.

Terminada su faena, la verdugo bajó los brazos y esperó instrucciones.

De inmediato la jefa ordenó que llevaran el “arco” que consistía en una especie de umbral con una base que se atornillaba al suelo.

Mónica pensó que pondrían primero a la verdugo y después y después de castigarla le tocaría el turno a ella, pues a ésta la llevaron hasta dejarla justo debajo del travesaño, sin embargo cual fue su sorpresa cuando se acercaron hasta donde la tenían todavía atada y la comenzaron a desamarrar.

Lo primero que imaginó fue que la llevarían hasta el muro y la colocarían junto a los otros cuatro, pero continuó su equivocación. Una vez suelta, la hicieron erguirse y le vendaron la vista. e inmediatamente después la jefa le preguntó si deseaba continuar, advirtiéndole que ésta sería la penúltima vez que le preguntaría.

Lógicamente la respuesta de la futura esclava no se dejó esperar y dejó escapar un ansioso sí, cayendo en cuenta de inmediato de su error, mismo que trató de enmendar al momento agregando un sí mi ama y señora, mas ya era tarde porque la jefa ya estaba sentenciando cinco azotes más por desobediente, pero lejos de ser un castigo para ella se constituía en un premio, pues quería asumir el papel de esclava.

Pasado este incidente hizo señas a los dos hombres que habían acompañado a la verdugo y a la mujer que la asistió primero para que la condujeran al arco. Cada uno de los hombres la tomó de la punta de uno de sus pezones y la mujer la cogió por el vello púbico. Después de un par de vueltas que sirvieron para desorientarla y un poco desilusionarla, pues pensó que ya no le harían nada más, sintió como le colocaban correas en sendas muñecas y de inmediato le levantaban sus brazos, pero no sólo eso, al poco rato sintió unos senos desnudos que se aplastaban con los de ella y el vaho de una respiración junto a su cara. Claudia, en ese momento creyó que se desmayaría de tan excitada que estaba, sin embargo aún faltaba la sorpresa mayor: Una vez que tuvo sus brazos completamente sujetos al travesaño, sintió domo pasaban una cuerda por su espalda, a la altura de la cintura y al ajustarla sintió el vientre desnudo de la otra mujer produciéndole de inmediato un orgasmo y haciendo todo lo posible por juntar su vello púbico con el de la otra mujer, siendo sorprendida por uno de los hombres que con señas se lo hizo saber a la jefa que sentenció un total de quince azotes para cada una y les amarraran las piernas a la altura de los muslos, así no tendrían posibilidades de refregarse.

Una vez que estuvieron así, la jefa les ordenó frotarse una a la otra, pero por más esfuerzos que hacían no lo podían lograr debido a la inmovilidad de sus piernas y tronco, mientras los asistentes se burlaban ruidosamente de ambas gritándoles toda clase de insultos.

Al cabo de un rato, a una seña de la jefa se produjo el silencio y comenzó el castigo que los asistentes contaban a coro y las prisioneras agradecían una después de la otra.

Terminada la sesión de castigo, procedieron a soltarlas y tal como Mónica suponía y esperaba, la mujer con la cual la castigaron no era otra que aquella que castigó a ella. Sólo la miró de reojo y bajó la vista, como suponía debía estar una esclava.

Lentamente se acercó la jefa y le dijo: “Hasta aquí has probado ser una buena esclava. Si deseas continuar debes firmar el contrato definitivo. Ahí están estipulados tus deberes y derechos. Tus únicos derechos es que podrás retirarte en el momento que estimes conveniente, tampoco te podrán ocasionar daño físico, colocarte marcas permanentes aunque tú se lo solicites, ni raparte la caballera sin tu consentimiento. En cuanto a tus deberes, se te asignará una capataz porque tienes tendencia lésbica. Ella podrá disponer de ti como mejor le parezca con las únicas limitaciones ya estipuladas. Fuera de eso te podrá castigar en la forma que estime conveniente por cualquier falta que cometas, e incluso por simple capricho. Todo lo que te ordene debes hacerlo, en ningún momento puedes sentirte humillada porque los esclavos no tienen dignidad. Son menos que un objeto. Como eres la más nueva, cualquier capataz o esclavo te podrán dar órdenes que también debes obedecer de inmediato. La única cosa que sólo tu capataz puede hacer es prestarte, arrendarte o traspasarte, y tú no te podrás rehusar, te guste o no. Comerás en el suelo, donde tu capataz decida y dormirás en una jaula esposada con las manos a la espalda para evitar que te masturbes. Tu aseo será también en el momento que tu capataz decida y en la forma que ella estime conveniente. Siempre andarás desnuda, salvo que se te indique otra cosa. ¿Alguna duda?, puedes responder sin temor, todavía como persona libre.”

– No, ninguna de momento, pero si tuviese alguna: ¿Es posible preguntarla más adelante?”, respondió y consultó Mónica.
– Sólo tienes que hacerla con el debido respeto, pero eso no te garantizará que se te de una respuesta o te libre del castigo por hablar sin permiso.
– ¿Aceptas?
– Sí, mi ama y señora, respondió la futura esclava.
– Bien. Léelo en voz alta para que se pueda apreciar en la filmación y cuando termines debes indicar en voz alta si rechazas o aceptas para posteriormente firmarlo.

Una vez que le pasaron el papel, Mónica comenzó a leerlo en voz alta. Comenzaba con su nombre completo, fecha de nacimiento y cédula de identidad. Indicaba lo mismo que se le había advertido. Terminado de leerlo dijo con voz firme: “Acepto”, bajó el papel y estampó su firma.

Terminado este trámite, la jefa le indicó que en adelante su nombre sería “Perra Sarnosa” y la capataz “Perra Rabiosa” y que era nada menos que la mujer que la había castigado.

La alegría de Perra Sarnosa fue tal que se dejó caer a los pies de Perra Rabiosa y se los comenzó a besar apasionadamente.

La capataz después de mirar a la jefa y obtener el permiso de ésta, sin inmutarse se limitó a decirle que la siguiera mientras comenzaba a caminar. La esclava se irguió y caminó detrás suyo.

Al rato entraron en una habitación donde había una fuente llena de lodo, más allá una jaula bastante especial en lo alto y una estufa (calentador) bajo la misma, además de unos grillos en la pared y una serie de sillas.

La capataz le informó que primero la llevaría a la habitación donde había estado, junto con los otros cuatro prisioneros y posteriormente la castigaría ahí por hacer cosas sin permiso.

Dicho lo anterior, sin decir palabra se dirigió a otra habitación de donde obtuvo un atuendo igual al de los espectadores que Perra Sarnosa viera cuando le destaparon la vista. Una vez con el atuendo en la mano, se lo alargó a la esclava indicándole que la ayudase a vestirse.

Cuando se lo hubo colocado, la capataz introdujo la mano a un bolsillo de donde extrajo un collar de perro con una cadena bastante particular, pues remataba en unas cuerdas y a la altura del pecho dos pinzas. De inmediato le ordenó colocarse el collar con la cadena para adelante, cosa que la esclava obedeció de inmediato. Cuando lo tuvo colocado, le ordenó ajustar una pinza en cada pezón. Como Perra Sarnosa dudara un instante, le soltó de inmediato una cachetada en la cara a la vez que le decía “obedece”. A Perra Sarnosa le brotaron lágrimas inmediatamente, pero decidió hacer caso, pues para eso era esclava y estaba dispuesta a llevar su papel adelante. Cogió una de las pinzas y la colocó en uno de sus pezones acusando de inmediato el dolor por no estar acostumbrada a una cosa así Anticipándose a lo que le esperaba, pero decidida tomó la otra pinza y la colocó en su otro pezón acusando más dolor.

Hecho lo anterior, la capataz le ordenó pasar la cadena por su entrepierna y esposar sus muñecas en la espalda, cosa que también hizo en forma decidida comprobando que le quedaba bastante tirante y no podía evitar de se le introdujese en la vagina tirándole además los pezones hacia abajo y aumentando su dolor. Pero no importaba, mientras más dolor sentía, más feliz era. Emprendieron la marcha hasta llegar al primer lugar donde ella había estado. Una vez dentro, la capataz la paseó frente a los espectadores y la ubicó donde estaban los otros cuatro prisioneros, que si bien era cierto continuaban siendo dos hombres y dos mujeres, ya no eran los mismos, además tenían atuendos de cadenas iguales a los de ella, sólo que en el caso de los hombres las pinzas estaban asidas a sus escrotos (bolsa de piel que resguarda a los testículos), lo cual les provocaba bastante dolor. Colocada junto al cuarteto, no alcanzó a transcurrir mucho tiempo en que apareciera otro hombre en la misma condición de los otros cinco que fue colocado junto a Perra Sarnosa. Acto seguido llegó una pareja de esclavos con sendas mangueras con las que les comenzaron a tirar agua. Los seis encadenados no sabían si quedarse en esa posición o tratar de esquivar los chorros que mojaban sus cuerpos con agua fría, hasta que la jefa les ordenó comenzar a girar para poder mojarlos bien. La operación no demoró más de unos tres minutos, pero a ellos les pareció una eternidad.

Terminado este procedimiento apareció una esclava con una toalla para cada uno y se las fue aventando (tirando) al cuerpo de cada esclavo mientras les decía “cógela”, cosa que lógicamente ninguno pudo hacer por tener las manos esposadas a la espalda. De inmediato se acercaron el y la capataz de cada quien que les comenzaron a insultar y esputar (escupir) en el rostro. Perra Sarnosa se sentía humillada en su fuero interno, pero recordaba bien la advertencia de que no podía sentirse así pues los esclavos eran menos que un objeto, además no podían tener dignidad y su obligación era aceptar prácticamente todo, aparte el reclamar significaría que ya no quería seguir y por lo tanto perder la oportunidad de sentirse una esclava verdadera, cosa que no estaba dispuesta.

Después de varios insultos y escupos, una de las capataces les ordenó recoger las toallas con la boca y secarse unos a otros. Cada quien se hincó y levantó como pudo y comenzó a secar a la esclava o esclavo que tuvo más cerca con toda la dificultad que ello implicaba debido a disponer de su boca solamente.

Al cabo de bastante rato recibieron azotes por parte de cada capataz para que fuesen más eficientes en su labor y burlas de los asistentes, les ordenaron entregar las toallas a la esclava que se las había llevado, los hicieron colocarse uno detrás de otro en una fila intercalando primero una mujer y luego un hombre, al poco rato, cada capataz le soltó las manos a su esclava o esclavo, pero sólo para atárselas entre las muñecas cruzando ambos brazos. Concluida esta operación, con otras tres sogas le dieron dos vueltas simples de arriba hacia debajo del cruce de las muñecas para luego asirle los extremos al cuerpo del esclavo o esclava que se encontrase atrás. Una de las sogas se la ataban a la cintura y las otras dos, cada una a una pierna, de tal manera que era imposible no tocarle los genitales a quien estuviese atrás, provocando la excitación tanto de quien tocaba como de quien era tocado, excepto en el caso de Perra Sarnosa, que por su inclinación lésbica, no le hacía ninguna gracia tocar a un hombre, o bien que un hombre la tocase a ella.

Cuando la jefa comenzó a revisar de que todos estuviesen excitados, se dio cuenta le inquirió la razón de ello, a lo que la esclava le respondió: “Mi ama y señora, no sé si te hayan informado que soy lesbiana y por más esfuerzos que he hecho para tratar de excitarme no lo he logrado. Por favor disponed de mí como mejor te parezca y como sirva que soy”. Ante estas palabras, la capataz mayor se dirigió a la cuidadora de Perra Sarnosa y le preguntó la razón de haber hecho tal cosa, a lo que ésta no le supo responder, por lo tanto la jefa ordenó deshacer el grupo y traer otras dos esclavas más. Tan pronto llegaron las otras dos mujeres, se hincaron y se apresuraron a besarle los pies a la capataz mayor para luego quedarse postradas esperando órdenes. La jefa ordenó a una de las esclavas colocarse en el lugar de Perra Sarnosa, a la esclava que encabezaba la fila colocarla hasta el final, a la otra esclava pasar hasta la punta, a Perra Sarnosa que quedase delante de ella y a su cuidadora delante de ésta. La esclava recién llegada no lograba entender por qué motivo la capataz principal no se dio la molestia de verificar si las otras mujeres se excitarían con ella o con uno de los hombres, pero lo que ignoraba era que quienes debían cumplir su orden de traer a las otras esclavas, tenían que saber la inclinación sexual de estas últimas.

Una vez que la fila se formó nuevamente, las esclavas fueron atadas igual como estaba el resto y posteriormente amarradas unas a otras y otros conforme se había hecho al principio. Tan pronto como Perra Sarnosa sintió que sus manos rozaban a la esclava ubicada detrás suyo y las manos de su capataz rozando su vagina y vello púbico, no pudo evitar estremecerse con un gran orgasmo, cosa que fue apreciada principalmente por su capataz, quien intencionalmente la comenzó a acariciar más y más llevando a Perra Sarnosa a tal grado de excitación que comenzó a jadear visiblemente, cosa que pudo comprobar con gran satisfacción la jefa de los capataces, ordenando en ese momento iniciar la marcha.

Así fueron desfilando, no sin cierta dificultad, ante los asistentes, y, aunque tenían prohibido mirarlos, Perra Sarnosa los observó de reojos comprobando que varios se llevaban sus manos a los genitales para medio masturbarse. Les hicieron pasar varias veces ante los asistentes y luego les hicieron ir a una habitación contigua. Una vez que todos estuvieron en ese lugar comenzaron a soltarlos, pero sólo para asirlos a una especie de cepo donde al cerrarse les dejaba aprisionado los brazos por las muñecas a la altura de los hombros, permitiéndoles además una escasa movilidad de la cabeza.

Tan pronto estuvieron todos así fueron llevados hasta unas cadenas que colgaban del techo formando un semi círculo, de donde sujetaron uno a uno los cepos. Terminado lo anterior procedieron a colocarles una barra que les separaba los pies a fin de que no los pudiesen juntar.

Cuando todos estuvieron listos, la capataz mayor les anunció que en un momento más serían subastados, que si alguien no quería continuar el juego podía pedir su baja de inmediato. Como nadie dijese algo, les informó que los asistentes pasarían en un momento más a revisarlos, que los tocarían por todas partes y les harían lo que quisieran y ellos no tendrían derecho ni siquiera a quejarse. Ahorita les vendarían los ojos para que no pudiesen ver a quien los examinaba, pero antes pasarían los esclavos desobedientes que serían castigados. Dicho lo anterior, a una señal de la jefa comenzaron a entrar uno a uno los llamados esclavos rebeldes, que venían sujetos en la misma forma que ellos. A estos últimos los colocaron frente a los esclavos nuevos, pero de tal modo que las dos filas quedaran frente a las graderías. Una vez que estuvieron listos los recién entrados, levantaron del suelo dos arcos colocando después parejas de hombres, de mujeres o mixtas de tal manera que ambos se pudiesen ver a los ojos, en seguida aseguraron el yugo de cada uno con gruesas cadenas al travesaño de ambos arcos, después les fijaron los pies a unas varillas que terminaban en una especie de amortiguadores y por último les conectaron unos terminales, como de aquellos que se ocupan para hacer electros, a los genitales de cada quien. Perra Sarnosa supuso de inmediato el motivo de las terminales, pero lo que le intrigaba era la otra conexión, lo cual averiguaría en muy poco rato. Concluido esto último hicieron pasar a los compradores que se ubicaron en las graderías, y una vez instalados la jefa tomó una picana eléctrica y de la fue aplicando a los genitales de solamente uno de los miembros de una pareja, que reaccionó de inmediato encogiendo los pies provocando con tal reacción que las varillas puestas en las piernas permitiesen que se succionara el “amortiguador” enviando de inmediato un toque eléctrico a los genitales de la pareja que también encogía las piernas provocando el siguiente choque eléctrico a quien se lo había enviado sacándole verdaderos aullidos de dolor a quien los recibía, siendo celebrado por vítores y aplausos de los asistentes. Tranquilizada la pareja continuó con la siguiente y así sucesivamente hasta llegar a la última. Concluido todo, los invitados, todos con máscaras que les cubrían completamente la cabeza y sólo dejaban al descubierto la nariz, boca y orejas, comenzaron a despojarse de sus túnicas, quedando con el resto de sus cuerpos completamente desnudos, mientras los y las capataces procedieron a colocándole a cada quien un collar con un color determinado.

A la gente heterosexual, negro, a la bisexual amarillo y a la homosexual rosa..

Tan pronto terminaron de colocarles los distintivos, los invitados comenzaron a examinarlos tocando a los prisioneros en sus partes más eróticas, otros frotaban sus cuerpos con los de l@s esclav@s , lo que les hacía excitarse más de lo que ya estaban.

Perra Sarnosa tuvo varios orgasmos y no faltó la que le dio de nalgadas por estar mojada con lo que aumentaba su excitación.

Una vez que los futuros compradores terminaron de probar la mercancía, procedieron a vendarles los ojos para que no supiesen quien los adquiría ni dónde les conducirían.

Con la vista cubierta se exacerbaron más los sentidos de Perra Sarnosa, por lo que decidió primero ser obediente y luego rebelde con quien la comprara.

Perra Sarnosa trataba de escuchar y adivinar qué ocurría a su alrededor, pero no podía distinguir de qué se trataban los ruidos que alcanzaba a oír, pues todo se desarrollaba en silencio. Quien compraba, sólo se limitaba a señalar a la o las esclavas o esclavos que quería y el o la capataz procedía a entregar la mercancía lista.

Estaba en sus cavilaciones cuando sintió que le quitaban el cepo. Tan pronto como tuvo los brazos libres, se empezó a sobar las muñecas, sintiendo en ese momento una bofetada en la cara con la mano abierta, tan fuerte, que le sacó lágrimas, pero sólo apretó los dientes para aguantar. Acto seguido, sintió que le tomaban violentamente los brazos entre dos personas, mientras una tercera procedía a esposarle los brazos a su espalda.

Una vez esposada, sintió que le quitaban el distintivo del cuello para luego colocarle un collar.

Inmediatamente de colocado, sintió que le enganchaban algo en éste, para luego asirle los pezones y el vello púbico con sendas pinzas.

Concluido lo anterior sintió que le liberaban los pies y que de inmediato la comenzaban a jalar (tirar) para que caminara, cosa que ella obedeció de inmediato con la esperanza de que la integraran a un harem. Pero no fue así. Luego de caminar bastante la hicieron detenerse. Sintió que le tomaban una pierna por el tobillo y se percató que le colocaban el pie en un escalón. Al darse cuenta comenzó a subir hasta que le ordenaron detenerse, luego que le colocaban nuevamente unos grillos. Acto seguido la tomaron por las axilas y los pies para depositarla en lo que ella supuso un recipiente con alguna sustancia que no supo identificar. Cuando que le sumieron bruscamente la cabeza no pudo evitar probar la sustancia. Era lodo.

Al cabo de un instante la sacaron, pero una de las esclavas que la había sumido se quejó que Perra Sarnosa la había ensuciado, por lo tanto la sentencia fue inmediata: 10 azotes por ensuciar a otra esclava. De inmediato la otra sierva se quejó que a ella también la había ensuciado y que aparte estaba ensuciando el piso, de tal manera que la sentencia final fue 10 azotes por la primera esclava; 15 por la segunda y 25 más por ensuciar el suelo.

La prisionera, a pesar de que se había hecho el propósito de aceptar sumisamente todo, pudo más el inconsciente y cometió el error de tratar de defenderse diciendo que era imposible que ella hiciera una cosa así porque ni siquiera podía moverse.

Craso error, porque la capataz mayor le replicó de inmediato recordándole que no podía hablar sin permiso y que si les esclavas decían que las había ensuciado a ellas y aparte el suelo es porque sí era, de tal manera que le sería proporcionado un castigo ejemplar: Se le doblaría la cantidad de azotes iniciales, se le aplicaría corriente tanto en la vagina como en los pezones, durante tres días llevará un dildo en la vagina y una bola china en el ano que solamente se los quitará para sus necesidades fisiológicas y el tiempo que no los tenga colocados se le multiplicará por cinco agradándosele al final del castigo. Por lo pronto será llevada al calentador para secarle el lodo. Acto seguido, fue llevada a una especie de altillo donde le ataron las piernas abiertas y los brazos en alto para luego encender el calefactor que de inmediato comenzó a radiar un intenso calor secándole rápidamente el lodo comenzando, Perra Sarnosa, a sentir de inmediato una gran picazón en todo el cuerpo, pero decidió guardar silencio para asumir mejor su papel de esclava sabiendo que le esperaban tres días de humillaciones y castigos que no esperaba. Más adelante vería la forma de seguir disfrutando su esclavitud si es que el destino no le deparaba otra sorpresa como la recibida.

Espero nuevas ideas y/o comentarios para saber si continúo o no con esta historia. Especialmente mujeres por mi condición sexual, aunque si algún varón me escribe también se lo agradeceré.

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