El billar

Mi novia invitó a Raúl a que se sentara, y entonces Julia le dio la espalda para sentarse encima de su polla, quedando Raúl detrás de ella y Alejandro enfrente, con su polla a la altura de su boca. Asió esta y empezó a hacerle una mamada de campeonato, y mientras cabalgaba para sentir las penetradas de Raúl, sus tetas saltaban siguiéndole el ritmo, era un regalo para los ojos.

Hola, mi nombre es Roberto y mi chica Julia. Somos una pareja que vive juntos desde hace poco menos de 1 año a las afueras de Ciudad Real, España. Ella es morena con el pelo largo, mide 1,70 metros con una figura fina, bastante estilizada pero con formas, sus pechos son un poco grandes, pero naturales y sobre todo bastante tiernos a la vista y el tacto. Y tiene un culito respingón y duro muy apetecible.  Se diría que es una mujer que despierta mucho morbo. Por si fuera poco, es una mujer muy pícara y traviesa en lo que al sexo se refiere. Ambos tenemos 24 años.

A mí me encanta que ella suela llevar la iniciativa en la cama y siempre le contaba que me excitaba mucho fantasear con ella hacer tríos con otros hombres, cosa que le ponía a cien. Pero una cosa es la fantasía y otra que esta se haga realidad, son dos cosas diferentes.

En nuestra casa tenemos un salón grande con una bonita mesa de billar, en ese salón casi siempre lo hemos usado para hacer alguna fiesta con nuestros amigos pues lo decoramos hasta el punto de que pareciera un mini-bar. En ocasiones solemos echar partidas de billar Julia y yo, nos encantaba. Pero llegó el día en que estábamos jugando a billar y me propuso una apuesta:

– Esta vez te voy a ganar. Le dije a Julia, normalmente jugábamos los dos bien el billar, pero tenía un poquito más experiencia que ella y solía ganar más ocasiones. – ¿A si? Como no. ¿Que te apuestas a que esta noche gano yo?- Lo que quieras… Dije con una pequeña risa. – Si te gano al billar hoy, hago un trío con tus amigos, tantos como yo quiera.

Aquello me sorprendió, sin remedio no pude evitar una erección, que sospeché que ella percibió.  Y si tú ganas, el trío será con mis amigas.

– Eh… no sé Julia…- Mmmhh… ¿Tienes miedo de perder? Reaccioné con sus palabras, estaba seguro de que no podía perder, era mejor jugador que ella, así que acepté su apuesta…

Empezamos la partida y al principio iba ganando yo aunque sin mucha diferencia con ella. Le sacaba un par de bolas de ventaja. Pero cuando faltaban pocas bolas que marcar, noté que Julia intentaba seducirme cada vez que me tocaba a mí tirar. Dejándose ver un poco uno de sus pezones de forma muy sensual y gimiendo un poquito para captar mi atención. La verdad es que lo intenté, pero aquello me distraía demasiado y poco a poco ella ganaba terreno hasta que finalmente, ella marcó la bola número 8. Había perdido la apuesta.

Ella, con una expresión de gatita traviesa, me agarró mi paquete con su mano y me llevó a nuestro dormitorio. “Ahora tienes que cumplir mi deseo, has perdido” Me dijo con una voz sexy mientras me tumbaba en la cama y me amarraba con unas esposas a los barrotes de la misma, lo usábamos para nuestros juegos sexuales. Me estuvo follando toda la noche, imitando que otro hombre la estaba penetrando por atrás y se la chupaba a otro mientras me montaba en ese estado. La verdad es que me excitó muchísimo que hubiéramos empezado el juego con la apuesta del billar para acabarlo en la cama de esa manera. Estuvimos así un rato hasta que nos desplomamos y nos quedamos dormidos en la cama.

Al día siguiente los dos trabajábamos, ella sale un par de horas antes de su trabajo mientras que yo ya salía tarde y algo cansado sobre las 8 de la tarde, aparte de que estoy lejos de casa y suelo tardar una hora más en volver, por lo que Julia suele estar casi 3 horas en casa sola esperándome. Eran algo más de las 9 de la noche cuando volví a casa, cuando entré por la puerta llamé a Julia para saludarla pero o no estaba o no me oyó. Fui derecho a la cocina que me pillaba cerca para ver que había de cenar. Pero en ved de una cena, había una nota. Supuse que Julia había salido y que lo dejaba ahí escrito, pero en la nota ponía “Ven al salón del billar. Julia”. La verdad es que me mató de curiosidad, tan pronto pude, me fui al salón para ver que pasaba.

Cuando llegué a la puerta del salón ya estaba oyendo ruido y voces, pensé que mi chica había organizado algún encuentro o fiesta y la cena se iba a celebrar abajo. Pero cuando abrí la puerta, me quedé boquiabierto: Estaba Julia allí, vestida con un top blanco muy sexy que dejaba bastante al descubierto el canalillo de sus senos, la espalda al descubierto y su barriguita también. Y llevaba unos vaqueros blancos, ambos muy ajustados con unas sandalias blancas a juego. Aquella imagen me hubiera encantado si no fuera por que con ella estaban 2 amigos míos: Alejandro y Raúl, todos tomando unos saladitos y cerveza cerca de la mesa del billar.

– ¡Hola mi amor! ¿Qué tal el trabajo? He invitado a tus amigos para disfrutar de una velada muy… excitante. Ahora íbamos a jugar a billar, pero estábamos esperándote para que fuésemos 4 y hacer 2 equipos, tú vas conmigo ¿De acuerdo mi cielo?

No sabía que decir, le dije que vale mientras saludaba a mis amigos. Lo que me extrañaba es que los 2 amigos que había invitado eran precisamente los 2 amigos que le conté una vez que la miraban demasiado cuando salíamos de fiesta. Seguramente fantaseando con mi novia de poder follársela mientras se la meneaban. Estaba un poco confuso del por qué todo esto, que ella los hubiera invitado y el por qué estaba tan ricamente sexy Julia esta noche.

Nos pusimos a jugar a billar los 4, cada vez que a Julia le tocaba tirar, adoptaba una pose que era imposible no verle un poco sus senos a través de su blusa, o marcaba mucho su trasero dejándolo a la vista de nosotros 3, también hacía pequeños gemidos mientras se acariciaba el pecho, la cintura el trasero… e incluso mientras esperaba su turno para tirar, agarraba el bastón del billar y lo movía suavemente como si estuviera haciendo una paja a una enorme polla. No podía evitarlo, de alguna forma me estaba excitando aunque seguía extrañado por la situación, mis amigos tampoco le quitaban el ojo de encima, parecían incluso más excitados que yo. El juego terminó ganando el equipo contrario, el de Alejandro y Raúl, este último fue el que marcó la bola número 8. Pensé que al acabar el juego se marcharían, pero Julia lo que hizo fue subirse a la mesa del billar a 4 patas y con una mirada de gatita traviesa acarició el cuerpo de Raúl. Me quedé atónito por lo que estaba viendo, mi novia le estaba metiendo mano a mi amigo, delante de mí y de otro colega.

– Julia. ¿Qué estás haciendo? – ¿A ti qué te parece mi amor? Cobrando mi apuesta. Dijo mientras le estaba sacando su camiseta y le masajeaba todo el cuerpo a Raúl, desde su cuello hasta su abdomen. Aún tenía colocados sus pantalones.

Como si fuese un calambre, enseguida me acordé de la apuesta que mantuvimos anoche jugando al billar el trío con los amigos del perdedor. Solo que yo pensaba que no hablaba en serio, sobre todo cuando nos fuimos a la cama al terminar, que tuve la sensación de que estábamos fantaseando, como muchas otras veces.

Julia, aún de rodillas incorporada en la mesa de billar, se había aproximado tanto a Raúl, que sus senos tocaban el pecho de Raúl a través de su ropa. No pudo contener una erección, que mi novia no tardó en descubrir. Con unos movimientos muy sensuales se puso a 4 patas y con su boca experta intentó quitar el cinturón de sus pantalones no abrochados con éxito. Estos se cayeron al suelo quedando solo sus bóxers con un bulto deseando salir. Mi otro amigo Alejandro estaba tocándose descaradamente a través de sus pantalones, no podía contener su excitación y miraba a mi novia con ojos hambrientos. Yo no sabía qué decir, instintivamente abrí la boca como sabiendo que algo tenía que decir, pero no sabía el qué. Estaba confuso y excitado a la vez, y esa excitación quizá fuese lo que me había impedido interrumpir todo lo que estaba viendo.

– Mmmh, como vosotros dos habéis ganado la partida, os voy a premiar dejando que me hagáis todo lo que más os apetezca, soy toda vuestra (refiriéndose a Raúl y Alejandro), la guinda del pastel se la lleva Raúl por colar la última bola. Tras decir esto, con su boca bajó los bóxers de Raúl dejando su pene bien duro y empalmado al descubierto. Alejandro ya se había bajado sus pantalones y sacado su polla mientras se acercaba a la boca de mi novia, no obstante esta había comenzado una lenta pero cuidadosa mamada sobre el instrumento de Raúl.

– ¿Y yo qué? No me había incluido en su premio. – Tú puedes mirar.- ¿Cómo? ¿Solo mirar?- Bueno… también puedes hacerte una paja mientras miras. Se le escapó una risa traviesa.- Pero… ¿No acordamos que si perdía la apuesta, nos montábamos un trío con mis amigos?- No mi cielo, la apuesta era que yo me montaba sola un trío con tus amigos, en ningún momento te mencioné a ti. Ahora es demasiado tarde, ya no puedes negarte. Voy a disfrutarme a tus amigos hasta que me hagan olvidar que soy mujer, más suerte en la próxima partida de billar. Y volvió a engullir la polla de Raúl como si su vida dependiera de ello.

Yo estaba con cara de tonto, mi novia me la había jugado a base de bien, y lo peor es que la apuesta la acepté sin problemas, así que en el fondo estaba jugando limpio, y yo había perdido y tenía que aceptar la derrota. Así que poco convencido y un poco molesto, aunque todavía terriblemente excitado, cogí una silla y me senté para intentar “disfrutar” del espectáculo.

Julia turnaba su boca para chupar las dos pollas de mis amigos. Aún llevaba puesto su sensual top y sus vaqueros blancos, sus sandalias blancas se las había quitado para subir a la mesa de billar. En ningún momento había usado todavía las manos para masturbar a Alejandro y Raúl, solamente usaba su boca y su lengua, lamiendo desde la base hasta la punta de aquellos rabos. El que estaba recibiendo la mamada adoptaba una expresión de mandíbula desencajada y ojos en blanco, debía de estar gozando como un cabrón. El otro en cambio aguardaba su turno como un niño que espera un delicioso postre después de comer. Julia interrumpió la mamada de uno, con una mirada viciosa miró a mis dos amigos y les dijo:

– El primero en correrse le dejo que me folle primero.

Aquello se desató, los dos agarraron sus sendas pollas como alma que lleva el diablo y empezaron a masturbarse frenéticamente, deseosos de bautizar a mi novia con su leche. Yo ya no pude contenerme más y saqué mi polla fuera y empecé a hacerme una soberana paja. Julia acariciaba suavemente los huevos de ambos, dejó de acariciar a uno para señalar con su dedo índice donde quería que descargaran su caliente munición: en su boca.  Los dos apuntaron con sus pollas a sus labios, y ella empezó a sacar la lengua esperando recibir su blanco néctar.

Raúl fue el primero en soltar todo su semen acumulado en la boca de mi novia, salpicando también su cara, su cuello y parte de su pelo, y ella muy gustosa lo recibió y lo saboreó como si fuese dulce miel. Con su mano asió la polla de Raúl y empezó a lamer su polla, dispuesta a limpiar muy cariñosamente hasta la última gota de leche, lo sabía por que siempre me lo hacía a mí en nuestras relaciones de pareja, pero en esta ocasión, me había excluido en su juego, castigado por una apuesta.

Alejandro tardó un par de minutos después en correrse también, pero mi novia no prestó atención a su corrida, estaba muy ocupada saboreando los jugos de Raúl (el ganador por ser el primero en correrse), así que Alejandro con la polla apuntando a sus mejillas, descargó toda su leche en ellas, viendo como se derramaba el semen de su cara a sus tetas, descubiertas por el ajustado Top que llevaba. Yo estaba masturbándome sin parar, mi excitación crecía por momentos. Julia se percató de ello y dejó de chupar la polla de Raúl un momento.

– Mi amor, te propongo un juego. Con cara de sorpresa oí decirle.   Te dejo que te masturbes, pero no que te corras. Si no termino con tus amigos y tú no aguantas más y desperdicias tu leche en una paja, estos señores volveré a invitarles mañana a cenar y tendré que ser una muy buena anfitriona con ellos.

Mientras decía esto se relamía los labios manchados del semen de Raúl. .  Por el contrario, si eres un chico bueno y dejas tu leche bien guardadita en tus huevos, seré yo la que te prepare una buena cena mañana solo para ti, y tus amigos tendrán que despedirse… por un tiempo. Era lo que me faltaba por escuchar, no tenía bastante con follarse a dos amigos míos y dejarme a mí solo con mi mano viendo como se los gozaba. Ahora quería hacerme sufrir más sin dejar que culminara mi placer conllevando celosas consecuencias.

– Lo que tú quieras. Le dije poco convencido. Aunque estaba muy excitado. – Mmhhh así me gusta, no obstante si no puedes aguantar más, quiero que me des tu leche sobre mis pies, para que no la malgastes. Pero no quiero que me toques, mi cuerpo ahora es solo para tus amigos, no para ti, así que cuidadito cuando quieras culminar tu derrota vaciando tus huevos.

Increíble, además, quería humillarme, no solo estaba disfrutando con dos hombres a la vez, sino que además, se lo pasaba en grande viendo como yo sufría por ello.

– Qué puta eres.- ¿Ah sí? Mmhhh, como castigo, les dejo que me follen sin condón, será más rico. Y dejó escapar una risita traviesa.

Aquello me encendió más, pero no sabía si era mi rabia acumulada, o la enorme excitación que tenía entre mis piernas. Les iba a consentir que se la follaran sin preservativo, y eso a mí solo me ha dejado hacerlo en ocasiones muy contadas, y de repente a ellos que solo los había visto un par de veces y de lo que yo le he contado, se abría de piernas para ellos sin rodeos.

Por fin se había quitado su top, dejando al aire libre unas tetas tan bonitas como riquísimas. Se acostó sobre el borde de la mesa de billar y se quitó finalmente los pantalones contoneando un poco las caderas, ahora estaba completamente desnuda para Alejandro y Raúl (me di cuenta que no se había puesto ropa interior), aún tenían las pollas bien tiesas, sin duda tenían muchas ganas de follársela. Raúl no pudo esperar más, además fue el primero en correrse y como dijo mi novia, iba a ser el primero en follársela, así que sin rodeos comenzó a penetrarla. Ella gemía, le estaba gustando lo que sentía entre las piernas, mientras Raúl dejaba entrar y salir su polla del coño de mi novia, sin duda debía estar muy mojada la muy puta, y el cabrón de Raúl gozándola sin condón. Alejandro acercó su polla a la boca de mi novia y esta la aceptó encantada, lamiéndola y chupándola como un dulce caramelo. Yo estaba haciéndome una paja, no podía hacer otra cosa, terriblemente excitado a la par de enfadado. A juzgar por sus gritos y como se masturbaba con la mano libre que le quedaba (la otra la usaba para chupar la polla de Alejandro), Julia se corrió enseguida.

Cambiaron de postura, ahora Raúl de pie cerca de la mesa de billar, donde estaba acostada boca arriba mi novia, se estaba follando las tetas de Julia, mientras esta le lamía los huevos conforme hacía el “mete-saca” por el canalillo de sus blanditos y jugosos senos. Que jodidas tetas tiene mi novia… eran un regalo de Dios, rara vez me dejaba tocárselas cuando lo hacemos en la cama, le gustaba hacerme sufrir con ello, pero en cambio le consentía todo lo que quería a Raúl que se las manoseaba y las usaba a su gusto. Alejandro estaba comiéndole el coño, antes de penetrarla a placer, ya que era su turno. Julia se percató de ello y cuando terminó de chuparle el coño, se dio la vuelta, quería que la follara a 4 patas. Alejandro empezó a penetrarla por detrás y siguió con sus movimientos para su disfrute. A Raúl de vez en cuando se la chupaba con cariño al tiempo que le hacía una paja con sus tetas, le encanta hacer masturbaciones y jugar con sus senos. Sabe que eso me vuelve loco, tal vez no me deje tocar mucho sus tetas, pero lo hace por que sabe que eso me vuelve loco. Y mucho menos eso no significa que no las use conmigo.

– Vamos nenes, quiero sentir vuestros rabos dentro de mí… Parecía una orden, y aunque lo era, lo decía de forma muy sensual. Como si pidiera un favor. .

Indicó a Alejandro que se acostara en la mesa de billar, y Julia se puso encima de él dispuesto a cabalgarlo. No obstante Raúl estaba detrás de ella, chupándole el agujero del ano. Me estaba temiendo lo peor…

– Te lo dedico mi amor, tu amigo Raúl me va a follar donde tú aún no me la has metido.

No era del todo cierto, sí que habíamos practicado sexo anal, sin embargo era algo que a mí me gustaba poco o nada hacerlo. No obstante la única vez que lo hicimos fue tan breve que casi se podría considerar que no se la he metido aún, comparadas con las muchas otras veces que hemos mantenido relaciones sexuales, así que a lo mejor aprovechó esa situación para soltarme eso y matarme de excitación.

Tal y como dijo, empezó a cabalgar a Alejandro al tiempo que Raúl le empujaba fuerte por detrás, gemía y gritaba como una loca en celo. Estaba disfrutando la muy zorra, Raúl no dejaba de propinarle embestidas a su fantástico culo, oyendo como sus huevos chocaban con los cachetes de mi novia. Alejandro se dejaba llevar por el mar de placer que le estaba dando mi novia montándole de esa manera, aprisionando su polla dentro de su coño sin dejarla escapar. A mí me faltaba poco para terminar, y recordé lo que dijo mi novia, que si me corría antes de que ella terminara de follarse a mis amigos, tendría que hacerlo sobre sus pies como castigo y humillación, y por si fuera poco, que eso era una garantía de que volvería a follárselos otra vez al día siguiente. Tenía que aguantar, pero entre el espectáculo que estaba viendo y los gritos y gemidos que estaba oyendo (seguro que se había vuelto a correr), era difícil retener la tensión acumulada en mi entrepierna.

En ese momento me di cuenta de algo: Mi novia me estaba observando, y no sé como, creo que intuyó que me faltaba poco para correrme y me estaba conteniendo. Por lo que me lanzó una mirada y una sonrisa muy pícara, a la par que traicionera. Sin duda había tenido una idea, y estaba tramando algo. Hizo un par de palmadas en el aire y avisó a mis dos amigos de que quería cambiar de lugar para follar. Así que dejaron la mesa de billar y se fueron a nuestro sofá que había en el salón. Invitó a Raúl a que se sentara, y entonces Julia le dio la espalda para sentarse encima de su polla, quedando Raúl detrás de ella y Alejandro enfrente, con su polla a la altura de su boca.

Asió esta y empezó a hacerle una mamada de campeonato, y mientras cabalgaba para sentir las penetradas de Raúl, sus tetas saltaban siguiéndole el ritmo, era un regalo para los ojos. Hablando de ojos, observé que no dejaba de mirarme, estaba controlándome, yo seguía pajeándome pero había bajado el ritmo, ya que sino terminaría corriéndome y entonces habría ganado ella. Mi polla me dolía de tanto retener mi semen, pero si me desahogaba en ese momento, más tarde lo lamentaría. Con una mirada muy viciosa, colocó la polla de Alejandro entre sus tetas y empezó a hacerle una paja cubana impresionante, acompañando el sube y baja de la follada con Raúl, al meneo de sus tetas para hacer gozar a Alejandro con ellas. Qué maravilla, ojala esa polla fuese la mía, inconscientemente estaba acelerando el ritmo de mi masturbación.

– Alejandro cariño. Vas a ser un chico bueno y me vas a dar leche. ¿Verdad? Quiero que te corras sobre mis tetas. Pero no quiero que lo hagas con tus manos, ni con las mías, quiero ver como tu polla me baña de leche solo con el sube y baja de ellas.

Maldita zorra, me estaba calentando peligrosamente, eso era algo que me ponía berraco cuando lo hacíamos. Tengo perdición por los senos de las mujeres y por si fuera poco las suyas eran más que apetecibles, y quería que Alejandro se corriera sobre ellas solo con la ayuda de la paja cubana que le estaba haciendo, sin que ella o él terminen con sus manos. Y efectivamente, cuando observé la cara de Alejandro y el pedazo grito que soltó, al instante salió un río de leche de su polla que bañó casi totalmente las tetas de mi novia, una corrida monumental que había llegado incluso a su cuello y su barbilla.

Con sus brazos (los de mi novia) intentó hacer más presión con sus tetas sobre la polla de Alejandro, para que así disfrutara más conforme su leche salía disparada de su rabo. Julia sin dejar de mirarme, se intentó relamer el semen que estaba cerca de su boca, mientras seguía pajeando a Alejandro hasta que terminara de descargar totalmente su caliente munición. Casi sin darme cuenta estaba siguiendo mi paja sin importarme lo que pudiera pasar, me costaba pero hacía un esfuerzo por controlarme.

– No puedo más. ¿Dónde quieres que me corra? Ese era Raúl, al parecer no podía aguantar más de las cabalgadas que le estaba haciendo mi novia acompañadas de la paja cubana que le había hecho a Alejandro. Julia me miró, se rió y sin dejar de mirarme le dijo: – Cariño… tú no tienes elección, Quiero cabalgarte por que me da la gana. Si no puedes más, será una pena, tendrás que dejarme preñada.

Di un salto de mi silla y fui casi corriendo hacia Julia, con la mano en la polla. Aquello ya era demasiado, superior a mis fuerzas, y no podía dar crédito.

– Julia, no puedes hacerme esto. Eso es pasarse de la raya. Sonreía, sin duda estaba disfrutando el momento. – ¿No puedes aguantar más? Entonces cállate, córrete en mis pies y déjame gozarme a tus amigos.

Me había rendido, obedecí, mi excitación era mi condena, y ella me había ganado. Me puse de rodillas, apunté con mi polla a su pie izquierdo y aceleré con excitación el ritmo de la paja. Ella seguía cabalgando a Raúl como si nada, ya me daba igual si yo me corría antes o después que mi amigo, estaba loco de ganas por correrme, la morbosa, celosa y excitante situación se habían apoderado de mí y no podía ni pensar ni razonar nada. Cuando mi polla empezó a escupir su leche y tocó el pie de mi novia, esta rió en el momento que notó el calor y la humedad del semen. Colocó un dedo bajo mi barbilla para que levantara la vista y la mirara a los ojos, sonreía muy contenta.

– No te preocupes mi amor, si tu amigo Raúl no me deja preñada ahora, tiene otra oportunidad de hacerlo mañana después de la cena. Me guiñó un ojo. Y las embestidas de Raúl ya eran más lentas pero más fuertes al tiempo que gritaba de satisfacción, sin duda se estaba corriendo dentro de ella el muy hijo de puta. Y la zorra de mi novia recibiendo toda su corrida dentro mientras gemía y reía, ahogada de triunfo y placer, sin duda había tenido otro orgasmo.

A mí ya me daba igual todo, con mi polla seguía masturbándome para terminar de eyacular todo lo que me quedaba, tenía unas enormes ganas de restregar mi semen por todo su pié, pero tenía prohibido tocar su cuerpo, pues esa noche no era de mi propiedad. Ahora que Raúl había terminado dentro de ella.

Julia frenó el ritmo, pero cabalgándolo tranquila y suavemente, asegurándose de que hasta la última gota de semen queda dentro de mi novia, mientras disfrutaba sintiendo esa polla subiendo y bajando en su coño. A Alejandro con una mano le había cogido su polla para empezar a limpiársela con su boca, mientras que con la mano libre estaba extendiéndose la leche por todo su cuerpo, como si de una crema nutritiva para la piel se tratase, empezando por sus senos, luego su cuello, sus mejillas, su barriguita… no quedó centímetro de piel sin hidratar.

En aquel momento, con mi excitación disipada, no sentía rabia, solo un poco de incomodidad, y en parte alegría, de que esta tremenda experiencia tendría que repetirla mañana a la hora de cenar.

Autor: Anarfabeztia

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Magistral clase de billar

Chupé durante un rato, soportando la embestida de Carlitos en mi trasero, Lucho tuvo la mejor idea de su vida: ¿Y si te metemos las dos vergas al tiempo?. Lucho se acostó y yo me senté sobre su ardiente falo de ébano. Levanté un poco el culo para ofréceselo a la dura polla de Carlitos quien no podía esperar el momento de entrar en mi. Con dificultad logró introducir la cabeza y yo sentí morir.

El billar nunca fue uno de mis pasatiempos favoritos, a pesar de que en frente de mi casa existía un sitio donde se practicaba, e incluso se realizaban frecuentes competencias y torneos. Sin embargo una tarde descubrí la razón que me llevaría por primera vez a aquel sitio desconocido hasta entonces para mí. Era agosto y el verano arreciaba. Cali siempre se ha distinguido por ser una ciudad calurosa, pero aquello ya era demasiado.

Como todos los días llegaba de estudiar y obligadamente debía pasar por la puerta de la academia de billar y saludar como de costumbre al señor Sotelo, el administrador, vecino nuestro desde hacía mucho tiempo. Pero cual no sería mi sorpresa cuando observo en lugar de la redonda figura del señor Sotelo a un chico negro de unos 20 años, sin camisa, con unos pectorales impresionantes y unos pantalones cortos que dejaban entrever un bulto de desmedidas proporciones.

Atiné a saludar y atrevidamente le pregunté por el administrador, el chico muy amablemente me dijo que Sotelo estaba enfermo y que el lo reemplazaría por una o dos semanas. Entré a mi casa con la verga tiesa y empecé a hacerme una deliciosa paja pensando en lo rico que sería chupar la negra polla del ayudante del billar. Estaba concentrado y a punto de correrme cuando llamaron a la puerta. Abrí y me encontré con la preciosa figura de mi primo Carlitos.

Carlitos tenía 18 años y era un espécimen espectacular, 1,80 de estatura y una polla de 21 centímetros que era un privilegio y que para mi había sido un manjar. Carlitos notó mi erección inmediatamente, y me preguntó la razón por la que estaba tan caliente, le conté que estaba fantaseando con chupar la verga del negro, ante lo cual no tuvo inconveniente en ofrecer su miembro para calmar mis ansias.

Me abalancé sobre su deliciosa masculinidad y succioné con ritmo. Mi delicioso primo tenía un muy rico pedazo de carne entre sus piernas, el cual yo mamaba a mi voluntad. Mi excelente demostración de sexo oral terminó en un chorro de leche sobre mi cara. Terminado esto, Carlitos me dijo: Te traigo una buena noticia. El viejo Sotelo está muy enfermo y en su reemplazo hay un negro muy buena gente. Aunque – agregó – no se si te importe, como a los mariquitas no les gusta el billar. Pensé para mi, esta es mi oportunidad y le dije a mi primo que iría con el al billar.

Llegó la noche y salimos, mi primo convencido de que me humillaría en frente de sus amigos y yo, esperando que se me diera el milagrito con ese adonis de ébano. Pedimos una mesa de pool (que es lo que mas se me da) y empezamos a jugar, a la vez que tomábamos cerveza como locos. Obviamente, mi juego era de lo peor y el negro se dio cuenta. Cuando ya era hora de cerrar el negro sacó a todo el mundo y le dijo a Carlitos:  Si querés te quedás y le enseñamos a tu primo como es que se usa el taco . Noté una extraña connotación en aquella frase, pero no me importó y seguí tomando. Entonces Lucho, que así se llamaba el chico, me dijo: -Venga flaco y le enseño.

Se puso detrás de mí y comenzó a mover mi mano con la suya, enseñándome como debía tirar y algunas estrategias como subirse a la mesa o girar si es necesario. De repente sentí algo que rozaba mi pantalón por detrás y al buscar con la mano me encontré con una polla gigante y totalmente erecta, voltee a mirar a Carlitos y me di cuenta que dormía la borrachera en una mesa, o al menos eso parecía. Entonces no me importó nada y le planté al negro un beso en la boca, el me correspondió y comenzó a morderme la lengua tan fuerte que pensé que me la iba a arrancar. Cuando le dije  que pensé que me iba a correr. Pero aguanté y tuve que hacerlo más cuando sentía que entraban, uno a uno, esos 23 centímetros de negra carne en mi adolorido agujerito…

Lucho empezó a bombear y yo a gritar, era la primera vez que estaba con un negro, y estaba comprobando en carne propia, o más bien en culo propio, la buena fama de que gozan. Su polla entraba y salía, sus bolas rozaban mi culo y yo sentía desfallecer. Cuando su enorme chorro se disparó en mi interior sentí que algo me quemaba hasta el estómago y mi verga estalló al mismo tiempo sobre el verde paño de la mesa. Nos quedamos ahí, uno sobre el otro cuando escuchamos un gemido, volteamos y encontramos a Carlitos en una violenta pajeada sobre la otra mesa.

Con una señal lo invité a venir y el inmediatamente me ofreció su nada despreciable polla. Me arrastré hacia el borde de la mesa y empecé a chuparla mientras Lucho escudriñaba mi culo con su lengua en busca de los últimos rastros de su leche. “Quiero comerte como el negro”, dijo mi primo y yo obviamente accedí.

Me senté en la orilla de la mesa, abrí mis piernas y le ofrecí mi ahora bien relajado culo. Carlitos comenzó a meterme su polla mientras Lucho, arrodillado en la mesa, me ofrecía su negro tronco para que lo chupara.

Chupé durante un rato, soportando la embestida de Carlitos en mi trasero, hasta que Lucho tuvo la mejor idea de su vida: “¿Y si te metemos las dos vergas al tiempo?”. Al principio dudé, pero luego dije, mejor arrepentirme de haberlo hecho que de no haberlo hecho. Lucho se acostó boca arriba en la mesa y yo me senté sobre su ardiente falo de ébano. Levanté un poco el culo para ofréceselo a la dura polla de Carlitos quien no podía esperar el momento de entrar en mi. Con dificultad logró introducir la cabeza y yo sentí morir.

Hasta que por fin tuve aquellas dos preciosidades dentro de mi. Sus contracciones rítmicas me producían infinita excitación. Lucho se corrió primero, dejándole a Carlitos un muy bien lubricado camino. Cuando Carlitos gritó de emoción, supe que el momento había llegado y junto con su ardiente chorro de leche que se perdió en mis entrañas dejé salir el mío empapando el pecho de mi negro amante en caliente líquido que él mismo se encargó de desaparecer con su lengua. Desde aquel día no he dejado de asistir a mis clases particulares de billar, todos los viernes a las 3 de la mañana.

Autor: Pasivoal100

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En el billar del pueblo

Ana estaba a punto de tener un orgasmo cuando le di la vuelta, la puse a cuatro patas y comencé a masajearle el culo, mientras Lorena seguía chupándole la concha y Cristina se estaba metiendo la barra del futbolín. El culo de Ana se notaba que nunca había sido penetrado así que empecé poco a poco a introducirle mi polla, cuando llegué al final el grito de Ana se tuvo que oír en todo el pueblo.

Aquel día se presentaba como tantos otros, normal, como todos los días desde que decidí marcharme a un tranquilo pueblo. Había ido allí a trabajar de camarero y la verdad es que ganaba un buen dinero. Solamente tenía un problema, el sexo.

En aquel pueblo, eran muy mayores todas las mujeres que había y las jóvenes estaban ya casadas. Así que la sequía estaba siendo larga. Aquella noche solamente quedaba un cliente en el bar, ya estaba muy borracho y me negué a servirle más copas, debido a que el muy cabrón ya me había roto dos vasos. En esas, llegó su mujer, Ana, para llevarlo a casa. Era una mujer de 30 años guapísima, con el pelo moreno y unas medidas que catalogué como 95-60-95. Llevaba solo un camisón, y se notaba que no se había arreglado mucho.

¡Otra vez borracho!- Abroncó ella a su marido – Anda vamos para casa.

Pero el marido ya estaba dormido en la barra. Así que trató de cargar con él ella sola. Yo vi mi oportunidad en ese momento con lo que me ofrecí muy galantemente a acompañarla a casa y ayudarla con su marido. Ella aceptó ya que no podía con su marido ella sola. En un momento del camino, el marido estuvo a punto de caerse. Cuando ella se agachó a cogerle pude ver que no llevaba ropa interior e inmediatamente me empalmé debido a que tenía un coño bien rasurado.

Llegamos a casa, le hicimos vomitar en el lavabo y el muy cabrón me llenó de mierda. Después le metimos en la cama y se quedó inmediatamente dormido. Salí al comedor y ella se ofreció para dejarme ropa, ya que estaba lleno de mierda.

Toma pruébate estos pantalones que seguro que te quedan bien- Me dijo…

Mientras, ella se sentó cono las piernas abiertas, la visión por segunda vez de ese coño tan perfecto, hizo que me volviese a empalmar. Pero en esta ocasión ella lo tuvo que ver ya que yo estaba sólo con mi bóxer. Me puse los pantalones como pude y comprobé que eran más ajustados que los que yo llevaba, con lo cuál la zona del paquete estaba a punto de reventar.

Si quieres tomarte algo- me dijo…

En ese momento yo recordé que el bar todavía estaba abierto, con lo que debía ir a cerrarlo. Maldiciendo por lo bajo, le dije que tenía que ir a cerrar el bar y ella me dijo que otra vez sería. Llegué al bar maldiciendo la ocasión que había perdido. Cuando estaba haciendo la cuenta, un coche paró justo a la puerta del bar. Abrí pensando que podía ser Ana, pero no era más que la Guardia Civil que estaba haciendo la ronda por el pueblo.

Por este pueblo pasaban dos Guardias Civiles mujeres y aquel día con el calentón que llevaba me parecieron más atractivas que nunca.

-¿Hola está el bar cerrado? -Preguntaron. -No, para la Guardia Civil siempre está abierto- contesté.

Pasaron las dos y se pidieron dos orujos. Se lo tomaron mientras charlábamos. Me dijeron sus nombres: Cristina y Lorena. Lorena era la más pecosa y Cristina era rubia con unos pechos firmes y grandes. Les invité a un segundo orujo y ellas empezaron a comentarme que no era normal ver gente tan guapa como yo por esa zona y demás cosas.

En estos términos seguía la conversación cuando a Cristina se le cayó el décimo orujo que se estaban tomando. El orujo fue a caer a mis pantalones, (aquel no era el día de los pantalones), y ellas pudieron ver lo empalmado que estaba. Lorena se ofreció a secármelo y empezó a manosearme primero con la servilleta y luego sin ella, por encima del paquete que se puso mucho más empalmado.

En eso me confesaron que durante el servicio de hoy habían estado haciéndose unos dedos las dos y que al verme entrar en el bar habían decidido que yo les quitara el calentón. Empezaron a quitarse la ropa, mientras yo me empezaba a pajear. Cuando terminaron yo ya estaba muy caliente. Ellas empezaron a chuparme mi hermosa polla, alternativamente. Cristina viendo que sobraba comenzó a chuparle el coño a Lorena. Lorena, que debía estar aún más caliente que yo terminó corriéndose enseguida, en ese momento coloqué a Cristina encima del billar del bar y comencé a metérsela por el coño. Mientras Lorena me chupaba los testículos, en aquel momento la vi correrse y con su humedad yo hice lo mismo.

Lorena se levantó y fue a donde guardaba los palos de billar, cogió uno y comenzó a metérselo por su concha. Eso me puso cachondísimo y volví a empalmarme, en ese momento Cristina comenzó a chupármela como una posesa, mientras tanto yo no podía dejar de mirarle las tetas, que estaban en erección y eran tremendamente grandes.

Tumbé a Cristina y mientras Lorena se me colocaba encima restregando su concha por mi hombro, yo coloqué mi polla entre las tetas de Cristina y las moví suavemente. Cristina colaboraba y comenzó a mover ella sus tetas con lo que yo le empecé a meter un dedo por su chocho. Acompasaba el ritmo y según yo metía y sacaba más rápido mis dedos ella movía sus tetas igual.

Al final Cristina se corrió y Lorena que a estas alturas ya llevaba dos orgasmos se colocó encima de mí y me cabalgó como una amazona, sujetando la piel en la base del pene. Aquello me dio una excitación que me hizo estar a punto para correrme.

En ese momento colocaron el tricornio que estaba en el suelo y me hicieron correrme en el interior. Cuando estaban las dos lamiendo el tricornio, oímos la puerta del bar y nos asustamos.

-¿Tan caliente te he dejado que has necesitado dos para enfriarte?- Oí como decía Ana desde la puerta, convertida en una diosa con su camisón repleto de transparencias.  -No- respondí- ni con dos me basta para enfriarme le contesté.

Ana se desnudó y cogió la botella de orujo que todavía estaba en la barra, se tumbó y echó el orujo por todo su cuerpo. Comencé a chuparle, el sabor del orujo se me subía a la cabeza mientras que a Ana se le iban erizando los pezones. Al llegar a su concha el orujo se mezclaba con sus propios flujos y hacían que chupara con mayor avidez.

Al final se me volvió a empalmar y comencé a follármela. Estaba apunto de tener un orgasmo cuando se me ocurrió una última posibilidad, le di la vuelta y la puse a cuatro patas y comencé a masajearle el culo, mientras Lorena seguía chupándole la concha y Cristina se estaba metiendo la barra del futbolín.

El culo de Ana se notaba que nunca había sido penetrado así que empecé poco a poco a introducirle mi polla, cuando llegué al final el grito de Ana se tuvo que oír en todo el pueblo. Comencé a bombearla y cuando terminé el orgasmo de Ana estaba siendo espectacular. Me corrí en sus intestinos y caí exhausto. La noche fue inolvidable, la repetimos en más ocasiones y conseguimos hacer aquella orgía semanal. Nadie sospechó. Ni siquiera cuando encuentran un palo de billar o la barra del futbolín mojados.

Autor: Joaquin

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Billar

Abro tus piernas y las puertas del paraíso se abren ante mí. La proximidad ha hecho que la punta de mi polla roce la entrada de tu coño. Siento su calor y su humedad. Inesperadamente tus piernas me rodean con fuerza la cintura y hacen que te penetre de golpe. Me has llevado hasta lo más hondo. Se escapa un gemido de mi boca al experimentar esa sensación.

En su chalet tenía una bodega con una mesa de billar americano. La idea de hacerlo sobre ella rondaba mi cabeza desde hacía tiempo. ¿Recuerdas cuando llegué a tu casa?

– ¡Hola!, se me ha caído una bola de tenis en tu jardín, ¿te importaría cogerla?

Sabía que tu marido estaba de viaje. Le había visto salir por la mañana, con el maletín y la bolsa de viaje. Por lo menos un par de días estaría fuera, al menos así era siempre que salía con la bolsa de viaje. Por eso me había puesto a media mañana a jugar en el pequeño frontón que hay en mi jardín.

– Pasa, tú sabrás mejor donde ha caído.

Pasé por el salón y saliendo al exterior bajé las escaleras hasta el jardín. Allí estaba la pelota entre las arizónicas. La cogí y me dirigí hacía ti.

– ¿Qué estabas haciendo? – Limpiaba la bodega. (Dijiste señalando la puerta abierta que comunica el jardín con ella). – ¿Sabes?, me encantaría jugar una partida de billar. La última que jugamos los cuatro ganasteis vosotros. – Ya sabes que yo sola soy peligrosa. – Por eso, quiero ver como me defiendo contra la fiera que llevas dentro.

Pasamos al billar y me entregaste un palo, ese con el que ya había jugado otras veces, es como si ya me hubiera acostumbrado a él y fuera mío. Y ahora lo que quería y buscaba era que tú también fueras mía, que estuvieras dispuesta para mí siempre que yo quisiera. Los dos sabíamos el tipo de miradas que intercambiábamos en esas veladas que compartíamos a menudo. Con nuestras respectivas parejas por medio, pero a sabiendas de toda la carga sexual que transmitían no dejábamos de lanzarlas. Siempre evitando ser descubiertos, buscando los momentos más sutiles. Hoy sería el día de intercambiar todo lo que quisiéramos sin nadie por medio.

Esa mirada tuya me producía excitación. Jugueteabas con el palo entre tus dedos, haciéndolo girar, mientras tus ojos me acariciaban de una manera especial. El juego no había empezado, pero creo que los dos pensábamos en un final apasionante. El triángulo de bolas ya colocado sobre la mesa esperaba a ser golpeado. ¡Empiezas tú! – te dije. Desde el otro extremo de la mesa contemplaba tus movimientos. Apoyaste la mano izquierda sobre la verde superficie a la vez que inclinabas tu cuerpo hacía delante. Los hombros brillaban bajo la luz y la camiseta de tirantes se separaba de tu piel dejando ver las curvas de tu pecho. Concentrabas la mirada en la bola blanca cuando te disponías a tirar, pero un segundo antes de hacerlo me miraste. Yo aproveché esa mirada para ofrecerte el gesto de mi lengua humedeciendo el labio superior. La reacción fue una sonrisa en tu rostro que se quedó mientras bajabas la mirada de nuevo sobre la bola y el extremo del palo.

Un rápido movimiento de tu brazo hizo que la bola saliera disparada. Con la mirada seguíamos los múltiples choques y movimientos esperando que pararan. Sonreí… No has colado ninguna. – Has hecho trampa. Me dices.

La bola blanca ha quedado cerca de donde tú estás. Paso a tu lado rodeando tu cuerpo por detrás y ante mis ojos… tu cuello, esa visión hace que sea imposible reprimir el deseo de besarlo. Eso hago acercándome un poco más a ti. Un beso robado, fugaz, inesperado ha hecho que tus hombros se estremezcan. En mis labios se ha quedado marcado el calor de tu piel y un olor embriagador se ha colado en mi mente. Un olor dulce, conocido, la mezcla de perfume y el excitante olor de tu piel.

Me dispongo a tirar, pero en mi cabeza se mueve el deseo de seguir besándote. Muerdo mi labio inferior en un intento de querer mantener guardado ese ligero contacto que he tenido con tu piel.
Apunto a la bola blanca y dirigiéndola sobre la roja… disparo… ¡Ayysss! En mi espalda a la altura de la cintura, donde la camiseta había dejado un hueco, he notado un suave cosquilleo. Unas uñas han pasado rozando en una caricia desconcertante.

– Ufff, fallé el tiro, no he colado la bola. – Te ríes. Ahora estamos empatados.

El juego continúa, intentamos colar las bolas, pero cada vez prestamos menos atención a la partida. Nos movemos alrededor de la mesa en busca de la posición para tirar y cada vez son más los contactos inesperados, los leves roces de nuestros cuerpos, una vez las caderas, otra un brazo con otro. Las miradas se cruzan, la complicidad y el deseo va en aumento y… lo que en un principio eran contactos inesperados ahora son contactos provocados, buscamos el momento para cruzarnos, tocarnos y mirarnos. Deseo que tu cuerpo pase junto al mío, deseo tenerlo entre mis brazos, apretarlo, estrujarlo, sentir su calor. Es tanto el deseo que en uno de esos acercamientos abro mis brazos rodeando tu cintura abrazándote frente a mí. Aprieto mi cuerpo contra el tuyo aprisionándote contra el borde de la mesa. Con tranquilidad dejas el palo en ella y llevas tus brazos sobre mis hombros abrazando mi cuello.

Nos miramos y el deseo sigue su camino. Comenzamos a besarnos lentamente, los labios flotan uno sobre otro, rozándose, acariciándose. Los cuerpos se aprietan un poco más y es la señal que nos lleva a besarnos locamente, con desenfreno, dejando a nuestras bocas rienda suelta sobre el manjar de los labios, lengua y saliva que tienen delante. Quiero que saques tu lengua para ofrecerme ese piercing que llevas en ella. Y así lo haces cuando te lo pido. – ¡Miaaauu!!, digo excitado, antes de cogerlo entre mis dientes.

Tu respiración se agita cuando tiro de él, cuando tu lengua tiene que salir sometida a mis antojos. Es un pequeño gesto de sumisión y eso te excita. Mi cuerpo responde igualmente acelerándome el pulso. Entre mis piernas siento la dureza de mi polla en aumento. Quiero que tú lo notes también, contagiarte mi excitación. Me aprieto más contra ti, colándome entre tus piernas para sentir el mullido rincón de tu sexo. El piercing prisionero en mi boca y a la vez tú, presa de mí. Llevo mis manos bajo tu camiseta, deslizando las uñas por los costados, subiendo hacia tus pechos, acariciándolos, cubriéndolos con mis manos. Tu respiración jadeante desprende gemidos ahogados cuando mis dedos se aferran a los pezones.

– ¡Levanta los brazos!, te pido.

Subo la camiseta hasta desprenderte de ella. Tú haces lo mismo conmigo y ahora nuestros pechos desnudos se abrazan de nuevo. Volvemos a besarnos, con los ojos cerrados y escuchando el latir de los corazones conseguimos olvidarnos del mundo. Lleno de besos tu cara, tus ojos, tu nariz, tus orejas, mordisqueo el cuello, paso mi lengua lamiendo tu piel, bajando entre tus pechos por un sendero de brillante humedad, chupando los pezones, acariciándolos con los labios, rozando con los dientes, mientras tu cabeza cae hacia atrás en un gesto de ofrenda de todo tu cuerpo. Te cojo con mis brazos para subirte sobre la mesa. Sentada en el borde con las piernas colgando dejas caer las zapatillas al suelo, a la vez que apoyas las manos en la mesa tras de ti. Llevo mis manos a tu cintura para despojarte del pantalón. Tiro de él y del tanga que llevas debajo a la vez que elevas las caderas para dejar que termine de quitártelo.

Así recostada sobre la mesa, con los codos apoyados sobre el tapete verde y las piernas colgando, me miras a los ojos en el momento que abres tus piernas. Quieres ver mi reacción al contemplar de lleno ese oasis que tienes entre tus muslos. Y no puede ser otro que asombro y excitación al ver como estás humedeciendo el borde de la madera. Quiero ponerme entre tus piernas, pero antes de hacerlo, tus pies se apoyan en el borde de mis pantalones. Es un pantalón corto y consigues deslizarlo sin problemas con la punta de los dedos, bajándolo hasta que cae al suelo. El slip azul que llevo marca perfectamente los contornos de mi polla. Fijas la mirada en ese punto y empiezas a imaginar todo lo que podré hacer con esa parte de mí en tu cuerpo.

Estiras una pierna y alcanzas a tocarla con los dedos sobre la ajustada tela del slip. Con la ayuda del otro pie la empiezas a masajear y acariciar, apretándola y moviéndola hasta que consigues ponerla en posición vertical y así comprobar como por el borde del elástico asoma la punta, un capullo hinchado y brillante. Tus dedos recorren el mástil de arriba abajo y en ese movimiento con las uñas vas marcando la piel de mi pubis. Me acerco más, colocándome de pie entre tus piernas. Me inclino sobre ti y mi boca llega solamente hasta la parte inferior de tus pechos. Empiezo a besar esa suave y tersa piel, mi boca se llena de ti, de tu sabor. De puntillas alcanzo a coger uno de los pezones entre mis labios, tiro de él con los dientes a la vez que con la punta de lengua le doy pequeños golpecitos.

El estar recostado sobre ti, hace que en mi vientre perciba el calor de tu sexo y eso hace que me junte más, me apriete a tu cuerpo. Abres las piernas un poco más y la humedad que desprendes moja mi ombligo, noto como fricciona mi piel en la tuya y como palpita tu sexo. Tu cuerpo se estira hacia atrás invitando a mi lengua a recorrer el vientre. Bajo despacio hasta llegar al vello, surcando entre él me adentro en tu carne. Los labios de la vulva están abiertos para mí, me excita mirarlo y olerlo. ¡Hummmmm! Mi lengua se pierde lamiendo entre los pliegues, saboreando ese jugo que sale de ti. Pero hay algo que me vuelve más loco aún. Esa perla que tu cuerpo esconde y que mi lengua descubre como si fuera un tesoro. Pasaría horas unido a ese clítoris. Chupo de el, succiono, acaricio, envuelvo con mis labios, rozo con los dientes. Voy notando como crece, como se endure entre mis labios. Con los dedos retiro hacia atrás la piel que lo cubre. Ahora asoma reluciente, en erección, pidiendo ser acariciado.

Entonces vuelvo a posar mis labios lentamente, mojándolo con mi saliva. Con los dientes lo sujeto con delicadeza sin llegar a apretar, pero impidiendo que se escape. La punta de mi lengua la coloco sobre él. Y así, atrapado como está, decido quedarme inmóvil. Es sensacional notar como palpita, como tiembla. Y en el momento que mi lengua empieza a dar pequeños golpecitos, tu respiración se agita. Eso me excita, tu cuerpo me excita, tus movimientos me excitan, tu olor, tu sabor. Decido seguir con esos golpecitos.

Cada golpecito de mi lengua se ve acompañado de un gemido de tu garganta. Los gemidos van creciendo, porque mi lengua cada vez golpea con más fuerza. Mueves las caderas, pero mis dientes se aferran a ese preciado trocito de carne. Y con ese movimiento haces que los dientes lo aprieten con más fuerza, pero a la vez las sensaciones las sientes con mayor intensidad. Cuando mi lengua, que ya no da golpecitos, sino pequeños latigazos sobre ese clítoris tan duro, de tu boca salen ligeros gritos, mitad grito, mitad gemido. Me vuelve loco verte así, quiero entrar en ti, llegar a tu alma, inundarme de ti.

Tu espalda se arquea, dejas caer la cabeza hacia atrás y mis manos agarran tus nalgas mientras sigo comiendo de ti. Una mano la deslizo hacia delante para introducir dos dedos en tu cueva. Se deslizan suavemente, estás chorreando. Noto como tus músculos los aprietan al entrar. Las yemas de mis dedos buscan un lugar conocido en ese desconocido coño. Un lugar más mullido que el resto, abultado y prominente con la excitación. Lo llaman punto G y es mi perdición. Existe y solo es cuestión de saber donde encontrarlo.

Siento como aumenta de tamaño al presionar sobre él. Muevo los dedos en círculos a la vez que aumento la presión, pequeñas pulsaciones sobre él al mismo ritmo que mi lengua golpea el clítoris hacen que unas convulsiones empiecen a recorrer tu interior. Electricidad que sube desde los tobillos, pasando por tu culo y subiendo por la columna vertebral hasta la nuca, hacen que un increíble orgasmo invada tu cuerpo, el vientre se comprime tratando de aferrarte a él, los músculos de tu coño se convierten en tenazas sobre mis dedos, tu cuerpo se agita como si fuera un caballo desbocado, gritas de placer mientras mi brazo izquierdo sobre tu vientre trata de mantenerte en la mesa. Es increíble contemplar el chorro que mana de tu coño, no se de donde saldrá, pero es un auténtico chorro igual que si estuvieras meando. Se que no es así, porque el sabor es mezcla de dulce y salado. Mis labios se mojan, mi cara se moja y con la boca abierta bebo de ti.

Me levanto llegando a tu cara, quiero besarte y que me beses sabiendo a ti. Besas mis labios, muerdes, devoras. Me acerco a tu oído para pedirte algo.

-Quiero que hagas algo para mí.  – Siiiii… Contestas.

Con mi mano cojo una de las bolas de la mesa, la negra me gusta, la acerco a mi boca y paso mi lengua sobre ella.

– ¡Túmbate, toma! Pasa la bola rodando por tu pecho… vas bajando por tu vientre… y ahora llévala hasta tu sexo… Hmmmm… como me gusta verte hacerlo. – Acaríciate, frota con ella el clítoris…

Yo empiezo a masturbarme al ver lo que estás haciendo. De pie en el borde de la mesa, mi mano siente la erección, la dureza de mi polla, con el deseo incontenible de entrar en ti.

– Acaricia tu vulva, recórrela, ábrete un poco más… imprégnala de ti. Ufffff…

Me acerco con mi lengua a besar la bola. Sabe a ti, me encanta, la chupo, la humedezco y sigues acariciándote con ella. Ahora cojo la bola y la llevo hasta el borde de la mesa. Te pido que te acerques tú también al borde y con mis manos, una en cada pierna tuya te traigo hacia mí. La bola se ha quedado debajo de ti. Te pido que te sientes sobre ella y entre los cachetes de tu culo se sumerge la bola. Presiona sobre la entrada de tu culo y eso aumenta las sensaciones en esa zona, a la vez que desplaza tu sexo hacia fuera.

Abro tus piernas y las puertas del paraíso se abren ante mí. Sujetándolas con mis brazos las llevo a mis costados. La proximidad ha hecho que la punta de mi polla roce la entrada de tu coño. Siento su calor y su humedad. Inesperadamente tus piernas me rodean con fuerza la cintura y hacen que te penetre de golpe. Me has llevado hasta lo más hondo… ¡Wuuuaaauuuu! Hhhmmmmmm. Se escapa un gemido de mi boca al experimentar esa sensación. Me tienes rodeado, tus músculos me aprisionan.

Pero aún así empiezo a mover mi cuerpo adelante y hacia atrás. El tuyo fundido con el mío se mueve a la vez. La bola sigue en su sitio y hace que las paredes de tu sexo me rocen con más energía. Tú lo notas también y el placer vuelve a crecer hasta límites insospechados, gemimos como animales cuando una ola de placer sube por mis piernas, concentrándose en el centro de mis testículos.

Siento que voy a estallar y tú lo has debido percibir, porque tus piernas y tus brazos me rodean ahora con más fuerza. Exploto en un chorro de éxtasis, inundando tu interior y eso hace que otro orgasmo recorra tu cuerpo a la vez que el mío. En unos segundos que se vuelven infinitos, quedamos uno a cada lado del otro tendidos sobre la mesa, jadeando, empapados en sudor, llenos de placer.

Ahora solo se escuchan los latidos del corazón retumbar sobre el tapete y unas respiraciones que poco a poco se van suavizando. Sumiéndome en un letargo que poco a poco me hace cerrar los ojos.

El sueño me invade y en él reconozco una bola negra que rueda por mi vientre.

Autor: Robinblue

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