El derecho a roce

Empujo lentamente, con decisión, sintiendo la fricción de su túnel alrededor de mí. Siento con detalle cada centímetro. Voy entrando poco a poco, no porque haya ningún tipo de dificultad, sino disfrutando de cada segundo. Por fin, llego al fondo. Mi amiga ha tenido que soltarme, y ahora ha colocado sus manos para darse placer.

Por fin es lunes, y por fin voy a volver a ver a mi amiga. Hace unos meses que nos conocimos, y poco a poco hemos ido compartiendo más y más cosas juntos. Desde el principio nos entendimos muy bien, y nos contamos todo lo que tenemos dentro, sin temor a ser censurados. Me encanta poder hablar con ella de mis más oscuras fantasías, y escuchar las suyas. Ella no se atreve a contárselas a su marido, a pesar de que él le pregunta por ellas. A mi me sucedía lo mismo con mi novia, no era capaz de contarle esas imágenes que me saturaban la mente, por miedo a que pensara que yo era un bicho raro.

Llamo al telefonillo, y escucho su voz a través del altavoz, preguntando:

-¿Quién es? -Soy yo -le digo, y cuando me abre, subo las escaleras hasta su piso.

Cuando llego, la puerta está abierta. No suele estarlo. Entro en silencio, y la encuentro hablando por teléfono. Me hace un gesto poniendo un dedo en sus labios, para que no hable. Me imagino que está hablando con su marido. Ella no es especialmente hermosa si nos atenemos a los cánones del atractivo que nos impone la sociedad. Pero desde el primer día me gustó. Su sonrisa, sus gestos, su voz. Hasta me gusta cómo le queda el pijama de pitufos.

Por lo que escucho, confirmo la primera impresión de que habla con su marido. No es la primera vez, ya que él suele llamarla por las mañanas. Los dos se quieren, pero según me cuenta ella, cree que necesitan algo nuevo en su vida. En su caso, yo soy esa novedad, un chico con el que puede hablar, y al hacerlo se siente un poco pícara. No somos amantes, más bien amigos, confidentes. Los dos hablamos de nuestras relaciones sexuales, es cierto, y nos excitamos al hacerlo con una persona que no es nuestra pareja habitual, pero no sentimos celos, ni esa sensación de propiedad sobre el otro que suele asociarse al enamoramiento.

La conversación telefónica se está alargando, y me pide perdón con la mirada, sonriendo y mordiéndose el labio como con nerviosismo.

-No pasa nada -le digo mientras paseo por el salón cotilleando las fotos que inundan la estantería de la tele.

Por fin termina la conversación, pero de forma súbita. Supongo que el trabajo ha requerido a su marido, y ha tenido que colgar el teléfono. Me imagino que en un rato volverá a llamar para terminar la conversación. Ella deja el teléfono sobre la mesa, y me saluda con dos besos.

-Hola, ¡Qué pronto has venido! -Me dice sonriente. -Me voy a tomar un zumo de naranja, ¿Quieres tomar algo? -Un café sí que me tomaría, gracias -respondo mientras la sigo hasta la cocina.

Mientras el microondas calienta algo de café sobrante del desayuno, empieza a contarme el último capítulo de los amoríos de una amiga suya, que no tiene mucha suerte con sus relaciones. Me gusta escucharla, sus gestos ya no son bruscos, como el primer día que nos conocimos en persona. Los dos estábamos algo “acartonados”, pero pronto nos relajamos y nos mostramos naturales. Su compañía me hace sentir bien, y me da la impresión de que ella se encuentra muy a gusto conmigo.

Nos vamos al salón, y seguimos charlando mientras me tomo el café, y ella se termina su zumo. Le cuento mi último fracaso de discoteca. Soy un chico medianamente atractivo, y cuando salgo por la noche me gusta conocer gente, pero a veces, la noche acaba de forma inesperada. La anécdota de este sábado noche hace reír a mi amiga, y con su risa me contagia su forma de ver la situación. La verdad es que es una mujer genial.

Suena el teléfono: su marido otra vez.

Mientras me levanto, y llevo los vasos a la cocina. Y a la vuelta, me detengo un momento en la puerta de su dormitorio. La cama aún está deshecha, y la ropa del día anterior tirada en el suelo. El montón de ella, y un poco más allá el de su marido. Observo la cama y me imagino a los dos allí metidos. Según me cuenta ella, su vida sexual no es monótona, y los dos son bastante imaginativos. A veces me ha contado con detalle su sesión de sexo de fin de semana. Lo suelen hacer en la cama, y casi con seguridad esta noche o ayer.

Mientras tanto, escucho que ella se acerca, todavía hablando por el teléfono. Se queda apoyada en la pared del pasillo, mirándome mientras habla con su marido. En un momento dado, y sin venir a cuento, escucho como ella le corta la conversación diciéndole con voz melosa:

-Oye, anoche me encantó…

Mientras lo dice, me mira a mí con cara pícara. No puedo evitar volver a fijarme en su pijama de pitufos; me llama la atención la dualidad entre lo infantil de su pijama y las imágenes que con seguridad están pasando por la cabeza de ella en estos momentos, mientras recuerda su última sesión de sexo con su marido.

Ella quiere picarme, se le nota en la sonrisa que tiene mientras empieza a usar palabras sexuales con su interlocutor. Con sigilo, me meto en el servicio de su dormitorio, y cojo la papelera. La miro a ella, y veo cómo abre los ojos como platos, e intenta quitármela. No puede forcejear ni hacer ruidos que puedan alertar a su marido de que ella no está sola, así que venzo fácilmente. Miro en el interior de la papelera, y con la punta de dos dedos extraigo un preservativo anudado, y se lo enseño.

Ella me mira con una sonrisa de esas que dicen: “en cuanto cuelgue el teléfono, te voy a matar”. Observo yo el preservativo anudado, y me sorprende que no me haya dado asco cogerlo. No puedo evitar fijarme en el semen de su interior. Y tampoco puedo evitar sentir cierta envidia de su marido. Durante un instante, me permito imaginar cómo sería acariciar sus pechos a través de la tela de ese pijama, desnudarla en silencio mientras ella se deja hacer. Mi imaginación se descontrola, y continúo mentalmente con la escena. La tumbo en la cama. Ella ya no puede concentrarse a la conversación con su marido, y le dice:

-Me llaman al móvil, ahora te llamo…

Deja el teléfono a un lado de la cama, se incorpora de la cama, y me desabrocha el cinturón, y los botones de los vaqueros. Yo mientras me quito la camisa. Deja caer mis pantalones, y las palmas de sus manos se me pegan al pecho, a la espalda, y a mi sexo. Me lo agarra a través de la tela del bóxer, y observa cómo crece entre sus manos. Por su sonrisa, deduzco que le agrada la reacción que está consiguiendo de mi cuerpo.

Por mi parte no puedo evitar seguir sopesando sus pechos. Ella siempre se lamenta de que antes estaban más firmes, pero yo los veo perfectos.

Ella todavía agarrándome, usa la otra mano para coger mis testículos, y mientras me tiene así de “dominado” se tumba bocarriba. Lentamente, va tirando de mi sexo dirigiéndolo a su boca, obligándome a ponerme sobre ella, con una rodilla a cada lado de su cabeza.

Así colocados, ella tumbada bocarriba con la cabeza entre mis piernas, afloja la presa y la empieza a acariciar. Yo respiro profundamente, y suelto el único botón que mantiene cerrados los bóxer. Ella mirándome a los ojos, comprueba que los dos estamos deseando lo mismo. Con muy poco esfuerzo, manipula la abertura recién abierta, y observa mi excitación. Me la acaricia con sus manos, mientras la observa a tan corta distancia de su cara. Supongo que analiza su tacto, su calor, tal vez su olor, se imagina su sabor. Me pide que me quite el bóxer. Me escabullo de su presa, y obedezco su petición. Después, aprovecho para, lentamente, bajar la parte de abajo de su pijama, y su ropa interior.

Tiene el vello del sexo recortado, según me contó, lo hizo en su aniversario. Vuelvo a pensar que es una mujer casada, y que también es una amiga. No se si es buena idea continuar, pero no podemos parar. Acaricio su sexo; es precioso. Acerco mi cara para poder sentir algo más. Me invade su olor y se dispara el mecanismo del que la evolución ha dotado a los hombres. A partir de ahora ya no soy el “buen chico” que aparento. No puedo evitarlo, desde este momento ya solo puedo ver a una mujer desnuda tumbada en una cama frente a mí, una mujer que estira la mano hacia mí, intentando recuperar su juguete.

Se lo doy, dejo que se lo meta en la boca, mientras yo le cojo la cabeza con las dos manos. Intento no ser muy brusco, pero no se lo que me pasa. Me concentro en el calor y la humedad que me está regalando. Me da la sensación de que si la dejo hacer, acabaría por conseguir que terminara en su interior. Aunque lo deseo, también quiero sentir el interior de otras partes de su cuerpo.

Le doy la vuelta, poniéndola de medio lado, y le abro las piernas sin ninguna dificultad. Ella me mira por encima de su hombro, sin soltar su mano de su presa. Me dirijo hacia mi objetivo, entre sus piernas, el cual me recibe con los labios hinchados y el brillo en su entrada, me indica que soy bien recibido. Dejo que mi amiga tire de mí hasta su sexo, y me dice susurrando:

-Fóllame…

Empujo lentamente, con decisión, sintiendo la fricción de su túnel alrededor de mí. Siento con detalle cada centímetro. Voy entrando poco a poco, no porque haya ningún tipo de dificultad, sino disfrutando de cada segundo. Por fin, llego al fondo. Mi amiga ha tenido que soltarme, y ahora ha colocado sus manos para darse placer.

Coloco mis manos en su cadera, y en su muslo, y empiezo a follarla mientras observo su cara. Sus ojos cerrados, la boca entreabierta, y la respiración entrecortada. Se está concentrando en el placer corporal que la invade. De pronto se da cuenta: no me ha puesto preservativo. Me mira a los ojos y me dice:

-No te corras, prométemelo ahora mismo.-Pues date prisa en hacerlo tú, porque no pienso salir hasta que termines -Le contesto.

Ella duda un momento, y enseguida vuelve a cerrar los ojos y a concentrarse en darse placer con sus manos. Me quedo quieto, dejo de entrar y salir, y observo cómo ella mueve sus caderas gimiendo en voz baja. Me da la impresión de que no va a tener que fingir. Su orgasmo se deja sentir, y memorizo cada contracción de su cuerpo, el sonido de su garganta, entre gemido y ronroneo, su cuerpo brillante, su sexo palpitante. Después, queda inerte sobre la cama, acariciándome con su mano entre las piernas.

-Córrete…  -Me dice casi sin voz.

Entonces yo salgo de su interior, y comienzo a masturbarme observándola desfallecida sobre la cama de su matrimonio. En segundos, tenso mis músculos y eyaculo violentamente, tanto que me zumban los oídos. Cuando abro los ojos, ella me está mirando, con una sonrisa cómplice. Su cuerpo está cubierto por mi semen, pero no parece molestarle.

-Si quieres puedes mirar mientras me ducho -Me susurra mientras se levanta de la cama.

Gracias por leer este relato. Parte de este relato es ficción, aunque nada me gustaría más que tener una amistad así, para convertir el mundo en algo un poco más electrizante.

Autor: Biselomarqueze

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