Mi Jefe jamás me dejará ponerme braguitas (IV)

Abrí la puerta y allí estaba Roberto, mi Jefe. Llevaba una camisa blanca de La Martina, con un botón de más desabrochado. Se le veía una cadenita de oro muy fina alrededor de su cuello robusto. Su piel de color chocolate brillaba. Los pantalones vaqueros rotos eran ajustados, marcando unos muslos hercúleos y un paquete prominente en su entrepierna. El cinturón de Dolce & Gabanna era de lo más chic. Y olía a, mmm, a hombre moderno y sexy, una auténtica fragancia “bajabragas”. Bueno, yo ya no me las podía bajar, porque no las llevaba puestas, pero creo que se me hubieran caído solas hasta los tobillos con nada más oler a aquel tío.

-¿Puedo entrar, preciosa?

-Sí, señor. Claro.

El pasó adelante con un aire de perdonavidas que me enloquecía, me tenía borracha de deseo.

-¿Éste… es tu marido? -me preguntó sonriendo.

-¿Sí? ¿Le gusta cómo lo he vestido para usted?

Mi Jefe sonrió, negando con la cabeza incrédulo…

-Sí, no está mal, vaya, vaya. Hola, encantado de conocerle o conocerla…

Roberto pellizcó a mi marido en la mejilla con una prepotencia, una chulería insultante. Yo me tuve que cruzar de piernas al ver cómo mi marido bajó la mirada, vencido. To aquello me tenía el chochito calado hasta el fondo.

Luego cerró la puerta con el talón y me cogió por la cintura. Me atrajo hacia él y me clavó fijamente sus ojos verdes.

-¿Eres mía?

-Sí. -suspiré.

-Díselo -me pidió Roberto mientras me cogía de la barbilla, dirigiendo mi cabeza hacia donde estaba mi marido.

-Soy suya. -le dije a Carlos, con los párpados caídos de lujuria.

Carlos desvió la mirada y suspiró.

Mi Jefe volvió a dirigir mi cabeza hacia él y me empezó a acariciar los labios con sus dedos.

-¿Estás deseando saber lo que es follar conmigo?

-Oh, sí.

Me besó dulcemente, luego me siguió acariciando con sus dedos, me metió uno en la boca y yo le sujeté la mano para chupárselo bien. (Dios mío, su dedo era más grande que el pene de mi marido, no sé, al menos me dió la impresión). Él apartó el dedo y se acercó, me besó con lengua, larga y profundamente. Notaba su respiración, su gran lengua batíendose con la mía. Yo le mordía el labio, tan gordo, tan carnoso (como lo suelen tener los sementales de raza negra) y él mientras tanto manoseándome el culo cómo le venía en gana. Besaba de lujo, lo hacía de locura, desde luego. Yo desviaba la mirada esporádicamente para ver cómo reaccionaba Carlos. Allí estaba, con su vestido de lolita, sus medias de corazones, con esa peluca tan femenina de flequillo y ese maquillaje tan logrado. Humillado y viendo cómo me daba el lote con mi Jefe.

-¿Te gusta verme con él? -le pregunté, mirándolo de reojo mientras rozaba los pectorales de mi Jefe por encima de la camisa.

-Sí. -dijo Carlos con un hilo de voz.

Eso nos calentó aún más.

Roberto me empezó a lamer los labios con su lengua, y yo le correspondí con la mía. Gemíamos desesperados. Nos estuvimos un buen rato comiéndonos las bocas como animales calientes hasta que él me apartó tirándome de los pelos.

-Ufff, cómo me pone la perra de tu mujer. -le dijo mi Jefe a Carlos, mientras me zarandeaba por los pelos.

Yo sentía mis rodillas flaquear. Deseaba ser follada de una vez por todas por aquel macho, pero algo me decía que debíamos postergar algo más el momento, para incrementar la pulsión erótica a lo máximo. Así que nos dirigimos a la mesa del comedor que estaba preparada con velas y nuestra mejor vajilla. Nos sentamos uno al lado del otro. Mi minivestido negro con transparencias era demasiado corto, y mostraba inevitablemente la costura de las medias por encima del muslo. Mi Jefe me miraba las piernas.

-Te las has puesto negras. Me encantan.

-Gracias. Ya sabe que intento estar lo más guapa posible para usted. Brindemos.

Tomamos las copas de vino y brindamos.

-Por una noche inolvidable. -dijo él.

Yo suspiré y choqué el cristal contra el suyo. Mi marido llegaba con la comida. Había preparado unas tostas con caviar de primero. Luego unos solomillos a la miel con espárragos verdes y para finalizar fresas con chocolate y champán. Mientras saboreábamos la cena, nos estuvimos abrasando con las miradas hasta consumirnos por el fuego, riéndonos de cómo iba vestido mi marido, besándonos con lengua, toqueteándonos. Tras el postre, Roberto me acarició la mejilla.

-Vamos al dormitorio bonita, que te voy a pagar. -me dijo Roberto en un susurro y yo me quedé boquiabierta de la emoción.

-Cariño, -le dije a mi marido- ha llegado el momento…

Me levanté de la silla con miles de mariposas en mi estómago. De pronto, mi Jefe le enseñó a mi marido la mancha húmeda que había dejado sobre el asiento de cuero.

-Mira, ¿ves? Esto es lo que provoca un hombre de verdad en tu mujer.

-¿Ves cariño? -seguí explicándole a mi marido- Así me pone de mojada…

-Yo nunca te he puesto así. -admitió Carlos.

Mi Jeje y yo nos reímos.

-¡Qué mono! -le dije a Carlos mirándolo a los ojos. Le hice señales con el dedo para que nos siguiera al dormitorio -Anda ven con nosotros, cari. Que vas a verme esculpir su polla con la lengua.

Carlos cerró los ojos. Creo que por una mezcla extraña de sentimientos encontrados. Había dolor, humillación y mucha excitación en su expresión.

De pronto, Roberto me cogió en volandas y me subió sobre uno de sus fuertes hombros como si fuera un leñador transportando su hacha. Yo lancé un gritito de sorpresa al verme de pronto bocabajo, con el culo en pompa, intentando mantener el equilibrio y no marearme. Me sentí de pronto tan frágil en su poder, como una muñeca indefensa en manos de un animal vigoroso. Vi de reojo a mi marido, con aquel aspecto tan delicado, tan canijo, sin poder hacer nada por defender su honor, viendo impotente cómo se llevaban a su mujer al dormitorio… Aquella visión hizo que mi apetito venéreo por ser devastada como una puta barata por mi Jefe llegara a convertirse en pura bulimia.

-Me va a follar, cariño. ¿Ves? Un negro se va a follar a tu mujercita. ¿No vas a hacer nada para evitarlo? -le dije a mi marido levantando la cabeza para verlo bien -¿No eres suficientemente hombre como para defender lo que se supone que es tuyo?

Me reí al ver su cara de asustado.

Llegamos al dormitorio y Roberto me tiró sobre la cama. Caí de lado y me quedé quieta. Él se empezó a quitar la camisa. Dios, no lo había visto aún con el torso desnudo… Tenía un cuerpo e-s-c-u-l-t-u-r-a-l. Sus músculos eran duros y grandes. Pectorales más grandes que mi culito, bíceps como globos, con una vena gorda encumbrándolos, y unos abdominales super marcados, con la V de las ingles perfectamente definidas. Estaba super vasodilatado. Venas por todos lados, antebrazos, hombros… Ufff. Tenía varios tatuajes, pero el que más me calentó fue una frase con letras preciosas que tenía sobre su pecho formando un arco: “Un hombre de verdad no pide permiso”. Uhh, vaya, desde luego que no…

-Ven aquí, empleada…

-¿Empleada? Eso todavía no me lo habías llamado.

Me di cuenta que empecé a tutearlo por primera vez. De alguna forma estaba a punto de caer una barrera definitiva entre ambos y me gustaba más hablarle de tú.

Me acerqué mirando otra vez a mi marido. Me puse delante de mi Jefe que estaba solo con unos calzonzillos de Calvin Klein negros marcando un paquetón irresistible.

-¿Estás preparado para ver una polla de verdad, cielo? -le pregunté a Carlos y le bajé los calzoncillos a mi Jefe.

-Wow… -dijo Carlos, ensimismado al ver aquel miembro desproporcionado tensarse ante mi cara.

Mi Jefe se rió ante la reacción de mi marido.

-¿Impresionado? -le preguntó sonriendo.

Mi marido se limitó a asentir tímidamente.

Yo saqué la lengua y empecé a lamerle la polla lentamente, con la mirada clavada en Carlos. Él no apartaba los ojos, observaba con dolor y deseo cómo me comía aquella polla.

-Oh Dios santo, amor, míralo, ¿ves cómo no te mentía? Tiene un pollón increíble…

-Sí, es verdad. -dijo bajando la cabeza avergonzado.

Yo mientras tanto me dispuse a besarle y a lamerle los huevos a Roberto, esos enormes testículos de toro negro.

-Oh, joder, es una polla tan grande y rica. ¿¡Por qué tienes que estar tan bueno, joder!? -le dije desquiciada a mi Jefe.

-Tranquila, relájate que estás muy salida, nena. -me aconsejó con un tono grave, varonil, mientras me golpeaba la cara con la polla. Diossss, cómo me gustaba que lo hiciera.

-Sí, pégame con ella, pégame como a una zorra, por favor.

-Ven, acércate a tu mujer, cornudo. -le dijo Roberto a mi marido. Y éste se acercó tímidamente.-Más cerca, ponte de rodillas a su lado y pega tu cara a la de ella. Así.

Carlos puso su mejilla al lado de la mía, mientras yo iniciaba una mamada desenfrenada, aspirando, succionando tanta carne como podía abarcar.

-Así, cómetela bien, puta. Ahora besa a tu marido, vamos.

Interrumpí un momento la mamada, aparté la boca (algunos hilitos de presemen seguía uniendo mis labios a su polla), y besé a Carlos.

-Con lengua, puta, métele la lengua en la boca. Uhmmm, síii. Parecéis dos putas lesbianas, me encanta.

Estuve agitando mi lengua en la boca de mi marido hasta que mi Jefe me ordenó de nuevo que le siguiera chupando. Estaba hiperventilando de la excitación. Besar a Carlos con todo el sabor de su miembro en la boca me hizo temblar de cachondez.

-Mm ncanda chumpatela, mmm, tn gwande, mmmm.

-No hables con la boca llena, zorra. Es de mala educación. -me advirtió Roberto dándome una bofetada hueca.

-Perdón. -le dije con mirada suplicante.

-No le pegues. -dijo mi marido de pronto y yo, alucinada por su osadía, le di un tortazo en la cara que sonó bien fuerte: -¡Cállate, imbécil! ¡Él puede hacer lo que le dé la gana conmigo y tú a callar!

-Vale, vale. Perdona.

-¡Ahora se la vas a chupar tú! -le grité enojada.

-No, por favor. -me rogó Carlos.

-Le vas a pedir perdón por cuestionarle chupándole su polla. Antes de que viniera me dijiste que te encantaría mamársela para descubrir por tí mismo por qué estoy tan locamente perdida por él. ¿No es así, amorcito? ¡¿DIME?!

-Yo no he… -musitó mi marido con la cabeza baja.

-¡¿CÓMO?! -le grité y le pegué otra vez en la cara.

-¡Sí, sí, lo dije!

-Pues venga, vamos. -Cogí a Carlos por el cuello y lo acerqué a la polla de mi Jefe.

-Dile que puede hacer conmigo lo que quiera. ¡Díselo!

-Puede hacer con ella lo que quieras.

-Muy bien, ahora abre la boca.

Al principio se resistió un poco, pero finalmente desistió y se metió el enorme glande esponjoso en la boca. No le cabía mucho, tenía la boca pequeña, más que la mía, pero chupaba y succionaba lo que mejor que sabía.

-Jo, jo, mira que putita tenemos aquí. Con qué ganitas traga la zorra. Ja, ja, ja, ja. -se burlaba Roberto, mientras yo le empujaba la cabeza a Carlos por detrás.

-Uhhh, cielo, qué mariconazo eres. Mírate, cornudo y maricón. Vaya maridito que tengo. Venga, lámele los huevos a mi Jefe. ¡VAMOS!

Le dí una colleja y la peluca se le cayó hacia delante. No sé por qué pero estaba más mono así, con el flequillo hasta la nariz, agitando la lengua como una loca alrededor de los majestuosos testículos del semental. La verdad es que aquella imagen me puso tan cachonda que me empezó a caer gotitas de mi chochito, de lo mojado que lo tenía, Diosss.

-Ya está, déjalo ya que te vas a enviciar, maricón. -le dije y le aparté -Me vas a poner celosa y todo.

Roberto aprovechó el momento y me empujó hacia la cama. Yo lo miré algo asustada por lo cerca que estaba el momento de sentirlo dentro de mí. Mi Jefe se inclinó y me besó con dulzura. Su irresistible perfume lo envolvía todo. Abajo noté su glande rozar mis labios, luego introducirse un poco… Yo abrí mis piernas todo lo que pude, receptiva, dispuesta a encajar el asalto de su robusta verga. Entonces se deslizó entera. Sus 24 centímetros lubricados arruinaron por fin mi ansioso coño. Lancé un chillido de gozo. Los vaivenes incrementaron el placer. Roberto movía las caderas con una cadencia suave, rítmica, para amoldarme a su gran tamaño. Luego fue incrementando la velocidad, dejando que sus huevos me golpearan las nalgas en cada hostigamiento. Yo tiritaba de placer, nunca me había sentida tan llena, tan atestada, tan ocupada por dentro, con el chochito tan gastado. Estaba siendo bien empleada… joderrrr. Los latiguillos eléctricos me empezaron a recorrer las piernas. El placer vaginal que sentía era enfermizo, como cuando te rascas una picadura grande de mosquito, un requisito imperioso de macho semental resarcido cada vez que su pollazo entraba hasta el fondo, pero que cuando salía necesitaba más y más para calmar mi dolorcito. Aquella satisfacción me generaba más necesidad de ser follada por él y eso sólo desembocaba en más excitación. Jamás pensé que el tamaño del miembro iba a ser tan determinante para alcanzar ese estado de ardor tan inconcebible. Pero con mi marido no llegué jamás a eso, ni de lejos. Era más bien un trámite, una descarga insignificante. Esto era distinto, oh Dios. Era maravilloso.  Sus ojos verdes se clavaron en los míos. Veía su cadenita de oro balancearse, sus pectorales, los bíceps, los tatuajes, los músculos, su piel de chocolate, venas y más venas, la cadenita, “Un hombre de verdad no pide permiso”, sus ojos otra vez, ufff. Y abajo su polla palpitante entrando y saliendo, sin pausa, matándome, acabando conmigo.

    Me hizo cambiar de postura, a cuatro patas, mirando hacia mi marido.

-Sí, míralo, para que vea bien la cara que pones cuando te folla un hombre de verdad.

Carlos estaba absorto en cada detalle, incrédulo ante la situación.

-Súbete la faldita, amor. -le dije entre jadeos, soportando como podía el ritmo que mi Jefe me imponía por detrás.

Mi marido se subió la falda y ví como tenía una erección bajo el tanguita transparente que se tensaba muy mono.

-Oh, mira tu marido… Se le ha puesto dura de verte. -se mofaba el corneador.

Yo entrecerré los ojos por el placer tan intenso que sentía al notar sus huevos golpear mi piel en cada penetración. Esa sensación me volvía loca de remate.

-¡Quítate las bragas, maricón y acércate! -le grité en pleno desenfreno.

Carlos me hizo caso y se bajó las braguitas. Con la falda levantada y el tanga caído hasta la mitad de los muslos, estaba muy limitado para caminar deprisa. Se acercó con pasos cortos y torpes. Aquello fue demasiado para mí. Ver su pichita, tan ridícula incluso en erección, con esas medias de corazoncitos puestas, caminar hacia nosotros y mientras tanto, sentir cómo se abría dentro de mí el hombre más guapo, atractivo y con el miembro más imponente que me había follado jamás, fue el detonante del primer orgasmo. Estuve gritando como una loca mientras todo me ardía, me escocía, me temblaba de gozo.

-¡AHHHH! ¡SIIII! ¡FOLLAME! ¡FÓLLAME POR FAVOR! ¡FÓLLAME COMO A UNA PERRA! ¡QUE APRENDA ESTE MARICÓN! ¡QUÉ VEA CÓMO ME ARRUINAS EL COÑO DELANTE DE ÉL! ¡ME VIENE, AHHHHH, ME VIENE, POR DIOSSSSS!

Mi Jefe no detenía el ritmo ni siquiera mientras me corría viva, lo que echaba más leña al fuego que ardía dentro de mi vagina. Me vi reflejada en el espejo del dormitorio. Él con su cuerpo musculoso, sin un gramo de grasa, con la piel brillando por el sudor, machacándome de lo lindo, tan guapo, tan atractivo. Y yo en pompita, con mis medias Wolford negras tan sexys, esos taconazos y el vestido arremangado como una ninfómana que no ha tenido tiempo de quitarse el vestido. Ufff, verme así me puso toda salida perdida, descocada, emputecida hasta la médula. Empecé a bofetear a mi marido mientras otro orgasmo, éste fuerte de verdad, me daba latigazos por todo el cuerpo.

-¡MARICONAZO! ¡MIRA CÓMO ME CORRO OTRA VEEEEEEEZ, UH, UH, AAAAAAAHRRRRRRR, AHRRRR, HIIIIIIIIIIII! ¡SÍ, SÍ! ¡VEN AQUÍ, VEN AQUI!

Carlos se acercó y yo le dí otro bofetón. Luego lo cogí y lo besé con fuerza, con lengua, seguidamente otro tortazo e incluso le escupí en la cara. Y mi Jefe sin parar, pam-pam-pam-pam-pam-pam, mecánico, constante, dejándome claro lo que era estar con un hombre potente, fuerte, rudo.

Sin darme siquiera un respiro, Roberto me cogió y me puso de pie. Me obligó a poner una pierna sobre la cama. Luego sujetó a mi maridito y lo colocó con la cara justo debajo de mi chochito resquemado.

-Vamos, campeón. Ponte ahí, y mira de cerca cómo entra mi polla en el coño de tu mujer. Míralo bien.

Me siguió follando como un macho. Esa postura jamás la pude practicar con mi marido, ya que para poder penetrame desde detrás y de pie se necesita un buen tamaño para hacer el recorrido completo sin dificultad, y Carlos no llegaba, la tenía muy corta para eso, bueno, la tenía pequeña para todo. Roberto no solo cubría el recorrido, sino que me la ensartaba hasta lo más profundo. Una, otra, y otra vez.

-¡Carlos! -dije sin aliento:-Chúpale los huevos mientras me folla, por favor.

Estuve un rato intentando volver la vista para ver si me hacía caso. Pero no podía verlo. De pronto, Roberto detuvo un poco el ritmo. Me giré.

-¿Te los está lamiendo? -le pregunté excitada.

-Sí, si, lo está haciendo y nada mal -me dijo muy serio.

-Fóllame así, venga. Con mi marido lamiéndote lo huevos. ¡Madre mía! ¡Sí, por favor!

Entonces Carlos por iniciativa propia empezó a decir cosas que hizo que todos perdiéramos definitavemente la cordura.

-¡Gracias por follarse a mi mujer, señor! Yo no soy ni la mitad de hombre que usted para hacerlo así, y ella se lo merece, ella se merece una polla como la suya…

Tanto Roberto como yo entramos en un orgasmo con forma de montaña rusa que duró una eternidad. cuando creíamos que el placer se venía abajo volvía a subir y a llegar a lo más alto y así continuamente. Mi Jefe se corrió dentro de mí y solo entonces, cuando sentí su abundante semen templado inundarme, me quise dar cuenta de que no se había puesto perservativo. Me encantó sentir el palpitar de su polla dentro de mí, tan gorda. Mi marido comenzó a lamer mi clítoris sin que la polla de mi Jefe hubiera salido de mi coño. Su lengua iba y venía. Entendí que nos estaba lamiendo a los dos. Roberto sacó su polla y yo me di lentamente la vuelta, exhausta. Vi como mi marido le chupaba todo el semen que le quedaba con total entrega. Luego se fue directo hacia mi y me limpió literalemente el conejo de leche. Metía la lengua hasta el fondo y salía con hilos blancos colgando de sus labios. Fue tan maravilloso, tan especial que nos besamos como la primera vez, compartiendo el sabor del semen de mi Jefe, jugando con él entre nuestras lenguas.

-Te quiero, cornudo.

-Y yo a ti, amor.

-Ha sido un buen polvo, ¿no crees? -le pregunté mirándolo a los ojos.

-El mejor que te han echado, seguro. Yo no podría echarte un polvo así.

-Claro que no, cielo. Eso ya lo sé. A lo mejor me he quedado embarazada, ¿te imaginas? Estoy en mis días de riesgo… -le dije sonriendo con picardía a mi marido, acariciándole la mejilla con dulzura.

-No te preocupes, seré un buen padre.

-No lo dudo, cornudín, no lo dudo.

Roberto nos miró y luego dijo:

-Quiero que tu marido entre a trabajar a la oficina con nosotros.

Yo abrí los ojos entusiasmada.

-¿Amor? ¿Has oído? ¡Vamos a trabajar juntos para él!

El sonrió y se colocó bien la peluca.

Y así cambió mi matrimonio y mi vida sexual para siempre, por culpa de un empleo y del mejor Jefe que he tenido jamás.

                                                               FIN

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