En la discoteca

Me cogió y me sentó encima de él introduciendo su pene en mi vagina y haciéndome gemir de placer, me encantaba sentirle dentro y ver como disfrutaba a la vez acariciando mis pezones y besándome. Luego me puse a cuatro patas y agarrando mis caderas por detrás empezó a darme más y más rápido mientras yo con una de mis manos acariciaba mi clítoris más y más rápido.

Salgo de mi casa una noche más como cada viernes. Después de haber estado tres horas delante del armario para escoger que ropa ponerme, al final decido ponerme mis medias de rejilla, una minifalda y una camisa negra algo transparente y escotada. La verdad que esa noche no tenía demasiadas ganas de salir, pero por mis amigos decidí hacerlo… seguro que luego lo pasaría bien, pensé. Llegué al lugar donde había quedado con ellos y allí estaban todos felices porque una noche más íbamos a pasarlo bien. Empecé a saludar a todos y de repente encontré una cara que no me era conocida… uno de mis amigos me presentó a esa persona, que resultaba ser un compañero de universidad de este amigo mío. El chico logró llamar mi atención y me hizo pensar que tal vez no fuera tan mala idea haber salido aquella noche.

Fuimos a cenar todos a un restaurante de tapeo en el centro de la ciudad y la verdad que tanto a él como a mi parecían sobrarnos los demás… él no paraba de mirarme y reírse con las cosas que yo decía; y yo cada vez más nerviosa y con esa media sonrisilla que se nos pone a las mujeres cuando te sientes observada por un chico y que además ese chico te está empezando a gustar. Después de la cena decidimos ir a tomar algo a una discoteca algo retirada de donde habíamos cenado con lo cual decidimos coger varios taxis para llegar allí. Nos repartimos en dos taxis en los cuales íbamos 4 personas en cada uno…. a mí me tocó ir en la parte de atrás de uno de ellos y a mi lado se sentó él y junto a él otro amigo.

Yo no quería ni mirarle porque cada vez estaba más nerviosa y más ahora que le tenía tan cerca….en uno de los momentos en que mis amigos estaban indicando al taxista por donde tenía que ir él me miró y puso su mano encima de mi muslo… a mi me temblaba todo y al darse cuenta la retiró. Al fin llegamos a la discoteca y empezamos a bailar todos. Él me devoraba con la mirada y yo no paraba de desearlo. Al final de la noche decidimos ir a mi casa a continuar la fiesta allí… al llegar nos acomodamos y unos empezaron a jugar al mus, otros a los dardos y otros simplemente nos dedicábamos a hablar. La gente empezó a repartirse las habitaciones y el sofá para no tener que irse a esas horas a casa y se fueron durmiendo poco a poco hasta que nos quedamos él y yo a solas.

Pusimos un CD de baladas y nos sentamos a hablar… la verdad que me encantaba todo lo que me contaba y sus hoyuelos al reírse… en una de las canciones se levantó, me cogió de la mano y me dijo… ¿bailas? yo ni le contesté, me levanté la camisa y comenzó a besarme el cuello y alrededor del borde de mi sujetador lentamente. Él también se quitó su camiseta y comencé a notar el tacto de su piel con la mía. Lentamente fue bajando sus manos hasta mi cintura, desabrochó mi falda y me la quitó lentamente… y así hizo también con mis medias de rejilla mientras no dejaba de besarme por los muslos y recorrer todo mi cuerpo con su lengua.

Él se tumbó a mi lado y dejó que yo le quitara el pantalón, desabroché el botón con mi boca y bajé su cremallera lentamente para después quitárselo. Comencé a besar sus pectorales y todo su cuerpo mientras él me cogía de los cachetes del culo y apretaba fuerte hacia él. Me senté encima de su tripilla y le miré a los ojos y vi su cara de deseo hacia mi pidiéndome que por favor le hiciera sentir esa noche como ninguna otra…. cogí sus manos y las puse encima de mi sujetador y le dije… ¿quieres averiguar que hay debajo de esto? él me bordeó con sus brazos y quitó el broche de mi sujetador hasta conseguir quitarlo… Con su boca besó cada uno de mis pezones y con su lengua empezó a lamerlos como si de un caramelo se tratasen hasta ponerlos duritos.

Una de sus manos se deslizaba por encima de mi braguita hasta que la cogí y la introduje dentro de ella para que notara lo húmeda que estaba… empezó a acariciarme el clítoris y yo a ponerme más excitada. Me quité de encima suyo y retiré sus calzoncillos para poder ver más de cerca lo que estaba notando al estar antes sentada encima suyo… cogí su pene con mis manos, lo introduje en mi boca y empecé a hacerle una mamada. Me ponía muy cachonda el oír su respiración entrecortada pidiéndome que no parara.

Me cogió y me sentó encima de él introduciendo su pene en mi vagina y haciéndome gemir de placer… me encantaba sentirle dentro y ver como disfrutaba a la vez acariciando mis pezones y besándome. Luego me puse a cuatro patas y agarrando mis caderas por detrás empezó a darme más y más rápido mientras yo con una de mis manos acariciaba mi clítoris más y más rápido.

Yo ya no podía más, mi excitación era tal que me corrí y él con su lengua lamió todo mi clítoris para saborearlo todo. Estuvimos bastante tiempo disfrutando el uno del otro y me corrí varias veces…él sacó su pene de mi vagina y quiso que terminara en mi boca y así correrse para que yo pudiera saborear todo su jugo y así lo hice.

Después de todo este momento de pasión y excitación me abrazó y me dijo que quería pasar momentos así conmigo toda su vida…. y así nos quedamos dormidos y hasta el día de hoy no he dejado de cumplir lo que en su día me pidió.

Autora: Nerea

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Iza

La follé y la follé, embistiendo su coño y viendo como la carne de su culo temblaba a cada embestida. Le apretaba las tetas, me acercaba a ella y le pedía su lengua con la mía. Y la seguí follando hasta que ella tuvo otro orgasmo. Cuando lo noté, le pedí que me mirara y aceleré el ritmo. Los golpes eran más fuertes y los temblores en su culo más contundentes, hasta que acabé corriéndome dentro de ella.

Durante mi estancia de varios años en una empresa en el extranjero, hice buenas relaciones con algunos de mis compañeros. Dicha estancia acabó el año pasado, pero este verano he vuelto para acabar un par de proyectos que quedaron por cerrar y para ver a los amigos. Lo que no esperaba es que me sucediera lo que ahora relataré.

Mi mujer y yo, como digo, hicimos buenos amigos durante estos años. En particular una pareja con la que compartíamos algunos gustos. Los dos trabajan en la empresa, ella en el mismo sector que yo y él en otro. Los conocimos a través de un amigo común que nos los presentó. Ellos tienen poco más de cuarenta años y nosotros, 33 los dos. La diferencia de edad no fue en ningún caso problema y solíamos quedar para cenar o hacer cosas juntos.

Ella es una mujer pelirroja, no muy alta (poco menos de 1.70m), con poco pecho y caderas propias de su edad y de su condición de madre, aunque no excesivamente anchas. Tiene unos ojos azules claros que te penetran y una personalidad avasalladora. Es el típico matrimonio en el que él se suele dejar llevar por la fuerza y el carácter de ella.

Él es muy buen chico, más bien grueso, y muy agradable. Iza, así se llama ella, no suele vestir de manera muy llamativa, pero de vez en cuando se ponía una falda y unas botas que, sin saber por qué, hacían que me resultara atractiva. Tal y como la he descrito, no es la mujer más bella del mundo, pero me atraía: me masturbé más de una vez pensando en subirle esa falda y bajarle las bragas para comerle el coño y follármela. Respecto a mí, tampoco soy más que un hombre normal, 1.75 m, 85 kilos, moreno y con bastante pelo.

En definitiva, al volver al trabajo me alegré mucho de verles, sobre todo a ella. Durante esta breve estancia mi mujer se quedó en casa y yo tenía tiempo para trabajar principalmente, pero también para pasar algún buen rato de charla con una cerveza de por medio. El caso es que al pasar una semana sin mi mujer empecé a notar el típico cosquilleo de la necesidad y empecé a pensar maldades y a aplicarme a los trabajos manuales. Después de una comida, estaba yo en la cocina de mi departamento, pensando en mis cosas, cuando pasó ella y me preguntó si estaba preparando café. Le dije que no, que sólo pensaba, pero que si quería, preparaba un poco. Ella contestó, a mitad entre una orden militar y una petición: “Que sean dos tazas, porque tengo una reunión”, y señaló a una compañera que iba con ella.

Está bien, pensé. Ella esperaba que preparara el café y lo dejara en la cocina para que vinieran ellas a recogerlo. Pero la sorprendí. Lo que hice fue prepararlo y llevarle el café a la oficina. Cuando entré, su compañera no estaba. Ella estaba de espaldas mirando su pantalla. Le dije: “Aquí están sus dos cafés, señora”. Y ella contestó, sorprendida:  “Ooooohhhh”.  Pero ese “ooohh” tenía un tono muy erótico, y lo acompañó de mi nombre, dicho también de cierta manera que tenía mucho contenido. Lo sabía, le encanta dar órdenes y que la sirvan, y eso le había llegado al alma. Esto, junto con algunas miradas fugaces captadas al vuelo, me hizo pensar.

No lo dudé y me la jugué, ya que no tenía nada que perder. En el edificio, el piso superior consiste en un pasillo que lleva a una terraza donde sólo suben los fumadores. En el pasillo hay unos baños que no usan casi nadie y donde yo siempre situaba mis polvos imaginados cuando me masturbaba pensando en ella o en otras. Así que le escribí un correo corto que decía: “Estaré arriba esperándote para servirte en lo que quieras”. Le di a enviar y estuve pendiente de que acabara la reunión, ya que la puerta de su despacho no estaba lejos de la mía.

En cuanto oí el final de la conversación ya con la puerta abierta, subí las escaleras con el corazón en la garganta. Pensaba que había metido la pata, que no subiría y que, si lo hacía, sería para darme una buena bofetada. En fin, me aposté en la puerta del baño con la idea de que si venía alguien entraría como quien pasa por allí y le entran ganas de mear. Por suerte, no pasó nadie. Era un viernes por la tarde y mucha gente se había ido ya. Esperé un poco, imagino que ella pensaba y meditaba, pero el golpe de efecto del café ablandó su resistencia más de lo que esperaba y apareció en el pasillo con una sonrisa maliciosa en los labios.

En ese momento pensé en la bofetada… pero lo que hice fue abrir la puerta del baño para que entrara. Llegó a mi altura, me miró… y entró. No me lo podía creer. Entré detrás de ella rápidamente, asegurándome de que nadie nos había visto. Cerré la puerta y me giré. Sin decirnos nada, empezamos a besarnos y a manosearnos. Mis manos pasaron de su pelo a su espalda y a su culo. Le besaba el cuello, le lamía la cara. Y ella se dejaba hacer, y sólo murmuraba mi nombre. Acerqué mis manos a sus caderas y empecé a subirle la blusa. Cuando ya estaba fuera le desabroché el sujetador y ella se lo quitó a toda prisa, acercando mi cara a sus pezones.

Como esperaba, no eran las tetas más bonitas del mundo, pero me las comí como si lo fueran. Y me gustaban. Mis manos no perdieron el tiempo y empecé a desabrocharle el pantalón. Se lo bajé y la dejé en bragas, unas bragas negras, suaves y bonitas. Entonces me incorporé para quitarme la camisa. Ella la estiraba hacia arriba como si se acabara el mundo y empezó a besarme el pecho y a agacharse. Se arrodilló, me desabrochó y me bajó los pantalones, de los que nos deshicimos de una patada. Y entonces, yo en calzoncillos y con la polla tensándolos, me miró, me sonrió, los bajó poco a poco (ahora ya no tenía prisa), me cogió la polla y se la metió en la boca.

Iza me miraba con una cara que me mataba. Con esos ojos azules, la polla dentro de su boca y esa cara, mi excitación crecía y crecía. Levantó mi rabo y empezó a chuparme los huevos mientras me masturbaba… Pensaba que me iba a correr… Le dije que parara y la levanté. Nos besamos apasionadamente y entonces me agaché yo, le quité las bragas y empecé a chuparle el clítoris y a meterle un dedo. Estaba súper mojada y mi lengua se empapó de sus flujos. Yo la miraba y veía cómo le gustaba lo que le hacía, lo que me excitaba todavía más. Ya me dolía el cuello de estar en esa postura, pero aguanté sólo por verla derretirse de placer.

Cuando ya la tenía a punto me puse de pie, la llevé contra la pared y se la metí con una de sus piernas enrollada a mi cintura. Nos besábamos y nos lamíamos la cara y el cuello. Nuestros cuerpos se frotaban. Yo le apretaba el culo, ella me arañaba la espalda y gemía suavemente en mi oído. Noté como me apretaba cada vez más y sus gemidos se hacían más frecuentes, hasta que emitió un gemido más largo y noté que mi polla estaba menos presionada.  Entonces, saqué la polla, y le pedí que se apoyara en la pila. La acerqué a su coño y se la metí de un golpe. Ella gemía levemente de nuevo, con los ojos cerrados. Yo la miraba a través del espejo y, de pronto, los abrió y empezó a mirarme otra vez con esa cara de mala con que me miraba cuando me la chupaba. Pensaba que me moría de gusto.

La follé y la follé, embistiendo su coño y viendo como la carne de su culo temblaba a cada embestida. Le apretaba las tetas, me acercaba a ella y le pedía su lengua con la mía. Y la seguí follando hasta que ella tuvo otro orgasmo. Cuando lo noté, le pedí que me mirara y aceleré el ritmo. Los golpes eran más fuertes y los temblores en su culo más contundentes, hasta que acabé corriéndome dentro de ella.

Nos besamos, nos vestimos y salimos sin que nadie nos viera. Lástima que la estancia sólo duró dos semanas y no lo pudimos hacer más que un par de veces más. Ahora ya estoy en casa y todo pasó.

Autor: Josep

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