Infidelidad con Nenita (2 de 2)

Era el último día del curso que estaba haciendo en Canarias y esta vez no pude escaquearme de la comida que hacíamos todos los alumnos y profesores juntos.

Sonreía a lo que una compañera me estaba contando mientras no dejaba de pensar en mi amiga Paula. Aquella mañana había desaparecido de la habitación, y no había contestado al teléfono. ¿Le habría molestado algo?

 

De repente, un mensaje de Whatsapp me sacó de mi ensimismamiento: “Perdona, me había llamado mi madre. Nos vemos a las 4 en el hotel”.

Contesté aquel críptico mensaje sin obtener respuesta. La comida se alargaba y yo estaba deseando volver al hotel. Cuando mis compañeros propusieron ir a tomar unas copas, me disculpé escudándome que tenía que coger pronto el vuelo de regreso a mi ciudad natal.

 

Tras enviar un mensaje de aviso a Paula, cogí un taxi y me dirigí a toda velocidad al hotel. La espera en el ascensor se me hizo eterna. Mis pasos hasta la habitación eran casi una carrera pero por fin abrí la puerta y me quedé perplejo ante lo que encontré.

 

Apoyada sobre la mesa de la habitación, Paula lucía una camisa blanca bastante desbotonada y una minifalda a cuadros. Unos calcetines altos hasta las rodillas completaban su disfraz de colegiala.

PAULA: profe, te estaba esperando…

Su piel morena y cuerpo esculpido por el fitness era una obra de arte de la naturaleza. Sus pechos bien proporcionados y su exquisito culo eran un reclamo ineludible.

Sonriente, me acerque a ella y la cogí por la cintura desde atrás. Con una mano, le empujé ligeramente la espalda hasta que quedó apoyada sobre la mesa. Subí su minifalda lentamente regalándole un beso en su espalda. Le di un pequeñito azote sobre sus braguita y después le masajeé el culito. Sus risas pasaron a débiles gemidos cuando, sin dejar de tocarle el culo, le empecé a comer el cuello y besar la oreja.

Me apoyé sobre ella y noté como levantaba un poco el culo apoyándolo contra mi paquete. Ambos estábamos muy excitados y me era imposible evitar rozarme un poco contra aquel culo tan durito. Apreté mi paquete con fuerza contra su trasero empotrándola contra la mesa. Ella se reía y yo me mordía los labios de pura lujuria.

Le bajé las bragas, y abriendo sus nalgas con las manos, hundí mi cabeza sobre su coño. Paula gemía mientras que yo me empapaba con el pantano de sus fluidos.

Paula se levantó y terminó de desnudarse sin dejar de mirarme. Se acercó lentamente y nos besamos con pasión desenfrenada. Mis manos conquistaban el mundo de sus nalgas con ansias megalómanas.

Le acaricié el coño por encima de las braguitas sin apenas escuchar sus gemidos. Mis labios se lanzaron como misiles hacia sus pezones. Agarrando sus tetas se los chupé, mordí y succioné como un auténtico salido. Ella apretaba su cuerpo contra el mío. Notaba el ardor de su piel como si fuera una vitrocerámica encendida.

–          Qué tenemos aquí….- dijo agarrando mi paquete, hinchado como si me hubieran picado abejas.

–          Una polla enterita para ti. – Le contesté para acto seguido enfrascarme en devorar su cuello.

–          Luis, algo tendré que hacer con ella.

Noté como mis pantalones caían al suelo. Hábilmente se las había ingeniado para dejarme en calzoncillos sin que apenas fuera consciente de ello.

Paula agarró el bulto de mi paquete por encima de la prenda interior y mordisqueó y chupó el calzoncillo como si me hiciera una felación. Estiró la ropa interior hacia abajo revelando mi polla más dura que el hormigón. Mi pene chocó contra su cara, pero ella hábilmente maniobró para que su lengua hiciera múltiples intentos de aterrizaje sobre el miembro. Besó el capullo como si se tratase de un helado y se lo metió en la boca chupando sólo esa punta. Me miraba con cara de viciosa, y cada vez se metía más polla dentro de la boca.

Me terminé de quitar los calzoncillos y, agarrando a Paula por la cabeza, empecé a follarle literalmente la boca. Paramos y ella volvió a tomar la iniciativa mientras me masajeaba los testículos. Su cabeza subía y bajaba agitando su larga melena como si de una amazona se tratase.

 

Sin más dilación, la cogí en brazos y la tumbé en la cama. Con la fuerza de mis brazos la volteé, dejando su culito a la vista. Ella, conocedora de lo que podría pasar, se apresuró a ponerlo en pompa. Besé y mordí sus nalgas al tiempo que con la mano le acariciaba el coño. Ella gemía y me pedía que la follara.

Me apoyé en su culo para acercarme a su cuello y devorarlo, y no tardé en notar como mi amiga contoneaba su trasero sobre mi polla erecta.

–          Fóllame, vamos, que lo estás deseando – me dijo con voz lujuriosa.

Me empujó hacia un lado, y rápidamente se encaramó sobre mí. Nos besábamos con pasión mientras ella danzaba sobre mi pene rozándolo con su delicioso coñito. Sus hábiles dedos colocaron mi polla en posición, y ella fue bajando lentamente para introducírselo. Tras unos pocos rebotes, el placer que sentía al tenerla totalmente dentro de Paula era inconmensurable. El ardor y humedad de su interior me volvía loco.

Nuestros gemidos se iban acompasando al ritmo creciente de su cabalgada. Sus tetas saltaban salvajes mientras se insertaba mi polla casi con violencia.

–          Mmmmm Nenita – como le gustaba que le llamara – ¡qué buena estás!

Apoyó sus manos sobre mi pecho, y a golpe de cadera, me folló como una auténtica actriz porno. Tenía el pecho rojo por la presión, pero ella no paraba.

–          Ahora eres todo mío – dijo entre rabia y pasión.

Tras quedar casi exhausta le pedí que parara. Levanté un poco su cadera con mis manos y empecé a follarla levantando mi culo de la cama.

Mis manos la hacían subir y bajar y meterse mi falo enterito.

–          Sí, mmmmm, siiiiiiii, ¡fóllame! – balbuceaba en éxtasis.

Le apretaba el culo con fuerza con mis manos  mientras ella gemía como una posesa.

Paula dejó caer todo su cuerpo sobre mí. Reflejado en un espejo de la habitación podía ver su culito en movimiento mientras me follaba.

La chica se despegó de mí de repente y se colocó en cuclillas. Le agarraba las piernas mientras que su cuerpo ejercitado por el gimnasio se batía en sentadillas sexuales.

–          No puedo más…

Sin mediar palabra, se levantó y se sentó sobre mi cara. Sentía toda la presión de su cuerpo sobre mí y su coño, como una hoguera, sobre mi cara.

–          Mmmmm, cómemelo, sí….

No podía ver más que su cuerpo y oír sus tremendos gemidos. Incapacitado y asfixiado, la empujé hacia delante para que cayera tumbada de espaldas con su coño mirando al techo. Se agarraba las piernas para dejarlas bien abiertas mientras que yo le comía el coño como un hambriento.

Le di varios lengüetazos en su pequeño ano, y al ver que no le disgustaba, profundicé un poco más con mi lengua. Le agarré las piernas como si se tratara de un conejo y se la metí de un empujón en el coño. La penetración era muy profunda y mis lentas y fuertes embestidas la volvían loca.

–          ¡Me caigo, me caigo!

Entre risas tuvimos que parar porque la mitad de su cuerpo colgaba fuera de la cama, estando a punto de caerse.

 

Me tumbé boca arriba frente al espejo de la habitación ella, dándome la espalda, se encaramó sobre mi miembro. Entró con muchísima facilidad en su interior.  Se dejó a caer hacia atrás, y asomándome por lado, pude ver en el espejo como mi polla entraba y salía sin dilación.

Paula tenía los ojos entrecerrados por el placer. Su cara cambiaba desde sacando los dientes por el esfuerzos, hasta juntar los labios de puro placer.

–          Quiero correrme en tu polla. Intenta aguantar….

Paula se incorporó un poco y ralentizó el ritmo. En el espejo pude ver la razón. Se estaba masturbando el clítoris con dos dedos. Al percatarse que la estaba viendo, se mordió el labio de placer. Aumenté mi ritmo de follada sin que ella parara. Sus gemidos se hacían cada vez más fuertes. En aquel momento no pensé en que nos pudiera oír nadie, aunque seguro que nos debieron de oír hasta en la calle.

Le agarré las nalgas rozando su ano con mi dedo. Sus gemidos se convirtieron en un lamento cuando se corrió. Cayó sobre mí exhausta.

Nos quedamos unos segundos descansando. Paula se fue a beber agua, y yo un momento al baño. Al regresar, me la encontré con la falda y la camisa de su disfraz de colegiala puestos.

–          ¡Aún no he terminado contigo! – me dijo sonriente.

Mi polla volvió a su estado erecto en cuestión de segundos.

Paula se colocó a cuatro patas, apoyada en el cabecero de la cama. Incitándome. Volviéndome loco una vez más.

–          Antes me he portado mal… tendrás que castigarme. – Me dijo con un dedo sobre los labios en una falsa inocencia.

Levanté su faldita y comprobé que no llevaba nada debajo. Oí su risa al tiempo que escupía sobre mi pene para prepararlo. Lo coloqué sobre su coñito y empujé. Ella gimió de forma prolongada. Pronto, el ritmo aumentó y solo sus brazos apoyados sobre el cabecero evitaban que ella callera sobre la cama. Su melena se movía asilvestrada, como mecida por una tormenta, mientras que sus nalgas, con la marca enrojecida de algún que otro azotito, iban al encuentro de mi polla.

 

Paula se dejó caer sobre la cama. Le dejé unos segundos de descanso, y hundí mi cabeza entre sus nalgas. Tenía el coño totalmente inundado, así que le comí el culo.

–          No te asustes, iré con cuidado…

Rocé mi polla contra sus labios vaginales y tras escupirle en el culo, coloqué mi cipote sobre su ano. Ella no dijo nada. Era una prueba de confianza.

Apreté muy lentamente mi prepucio contra su ano y entró con mucho cuidado. Me acerqué a su cara y nos besamos lentamente, como dos dragones luchando mientras mi capullo estaba incrustado dentro de su culo.

Coloqué mi mano bajo su cuerpo, y empecé a masturbarla. Ella gemía y en cuanto empecé a mover mi polla un poco, se agarró a las sábanas con fuerza. No entraba más que mi prepucio sobre su pequeño culito, pero ese mete-saca acompañado con la masturbación de su coño le estaban volviendo loca.

–          Gracias por dejarme tu culito. Ahora te compensaré…

Saqué mi falo lentamente, y sin pausa, se lo metí de un empellón en el coño.

Empecé a follarla con fuerza, metiéndola hasta el fondo y empotrándola contra la cama.

–          ¡¡Siiii, no pares!!

Me dejé caer sobre ella, y nos besamos mientras la follaba con instinto animal.

–          ¡Me corro, me corro ¡

Fue decirlo, y no pude contenerme más. Primero noté su orgasmo y como su vagina se apretó y palpitó. Mi pene vibró como si le hubiera impactado un rayo y me corrí. Aplastaba a Paula con fuerza contra la cama al ritmo de mi corrida.

Nos separamos y pude ver como un hilillo de semen emergía de su coño.

 

Nos besamos, duchamos y seguimos besándonos como adolescentes hasta llegar al aeropuerto.

Quedaban unas horas para el embarque así que nos dedicamos a pasear.  Llegamos a un extremo del aeropuerto en el que casi no había gente, al estar las puertas de embarque vacías.

–          Ven – me dijo sonriente.

Nos metimos en el baño de chicos sin mirar si quiera si había alguien, y nos encerramos en un urinario.

Paula se sentó sobre la tapa, y sin dejar de sonreír, me desnudó de cintura para abajo.

–          Te voy a dejar un regalito para que te acuerdes de mí en el vuelo.

Sin mediar palabra, se metió en la boca mi polla media erecta en la boca. Entera. La mamada era increíble. Oímos ruidos de alguien que había entrado en el baño, pero no paramos.

Ella aumentó el ritmo para que me corriera en su boca pero la corté.

–          No. Quien te va a dejar un recuerdo voy a ser yo.

Le bajé el pantalón sin terminar de quitárselo y aparté sus braguitas a un lado. Le toqué el coño y comprobé que estaba mojadito.

–          Es que sólo hacerte esto ya me pone – me dijo.

Nos besamos, y levantando sus piernas, se la metí en aquella aparatosa postura del misionero. Se le escapó un gemido, y rápidamente le silencié con mis labios.

Aumenté el ritmo y sin mediar palabra y agarrándome de sus tetas por encima de la ropa, me corrí dentro de Paula.

–          Por tu culpa voy a volver a casa manchada….

–          Pero contenta.

Los dos nos reímos y nos limpiamos y arreglamos como pudimos.

Salimos del baño de caballeros ante la sorpresa de un señor que se estaba lavando las manos.

 

Nos despedimos con un gran beso, y ambos, sin saberlo, completamos los respectivos vuelos a nuestros hogares con una sonrisa en los labios.

Con la promesa de “Hasta que nos volviéramos a ver. Pronto”, como nos habíamos despedido.

— FIN —

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Infidelidad con Nenita (1 de 2)

La relación con mi novia Sara estaba en un momento seco tras descubrir su infidelidad con mi mejor amigo. Ninguno de los dos había hablado sobre el tema, pero el tanga empapado que me encontré en el suelo en una visita de mi amigo era una prueba irrefutable. Ella sabía que yo tenía conocimiento sobre lo que había pasado, pero ninguno de los dos comentaba el tema.

Esto hizo que habláramos poco en general y que la relación se enfriara un poco.

Entre los variopintos e-mails que recibíamos de lectores de nuestros relatos, me sorprendió uno de una chica. De nombre Paula y apodo “Nenita”, me llamó la atención que su interés estaba centrado en mí, y no en nosotros como pareja o en mi novia directamente (como era lo habitual).

Con el resquemor de la infidelidad de Sara bien presente, decidí contactar con ella.

Al poco tiempo hicimos buenas migas y me quedó claro que no era ni una broma, y que su interés era muy real.

Paula tenía 26 años, aunque como pude apreciar en las fotos que me envió, aparentaba menos. Su piel bronceada de enmarcaba en un precioso cuerpo de piernas largas de 170, una prolongada melena morena lisa, unos seductores ojos marones y un pecho delicioso de 85 copa C (tal y como ella me describió y pude comprobar en fotos).

Nuestro intercambio de e-mails evolucionó a chatear por Skype. Las conversaciones eran cada vez más morbosas y el deseo se apoderó de nosotros. Una frontera de bastantes kilómetros nos separaba, ya que ella vivía en Canarias.

Tras nuestra última sesión a distancia con Webcam, ambos acabamos desesperados porque nuestros cuerpos se conocieran al fin.

Empecé a trazar un plan con ella para conocernos y dar rienda suelta al deseo acumulado que cada vez pesaba más.

El plan consistía en que iría a una isla de Canarias a hacer un curso único de especialización que me iría muy bien para el trabajo. Contraté el curso, y me aseguré que durara lo suficientemente poco como para que no mereciera la pena que Sara viniera.

El curso lo contraté en una isla diferente a la de Paula, para que así pudiéramos tener más intimidad. Por desgracia, para que todo fuera más realista, el curso me ocuparía las mañanas. Tenía que cumplir para mantener mi coartada.

El día señalado llegó, y antes de que pudiera darme cuenta, ya estaba en el avión rumbo a Canarias.

Una vez en el aeropuerto de destino, llamé al móvil de Paula para ver dónde estaba ella. Habíamos intentado sincronizar los vuelos para coincidir en el aeropuerto. No me cogió el teléfono. Fui a un monitor, y vi que su vuelo ya había llegado.

Empecé a ponerme nervioso, y maleta en mano, a recorrer el aeropuerto.

La llamé 3 veces más sin éxito. Había transcurrido una hora, y tenía el tiempo justo para coger un taxi y llegar al inicio del curso.

Desalentado y algo frustrado, llamé una última vez sin éxito y me dirigí a la parada de taxis.

Llegué al primer taxi de la fila, y abrí la puerta de atrás.

–          ¿Te importa que compartamos taxi?

Me giré malhumorado, y me sorprendió un rostro sonriente de tez bronceada.

–          Pa.. ¿Paula?

Ella sonrió aún más, y ante mi paralasis temporal, me abrazó.

No tuve apenas tiempo de nada más, ya que nos metimos en el taxi.

Se disculpó por haberle hecho esperar, pero se había dejado el equipaje de mano, móvil incluido, dentro del avión. Me dijo que estaba tan nerviosa, que no se dio cuenta que se lo había dejado hasta que casi salió por la puerta de embarque y me quiso llamar para avisarme que había llegado. Tras eso, fue un lío volver al avión, y que tras recuperar el móvil, me llamó 2 veces, pero comuniqué.

Nos reímos por la situación y nos quedamos mirando sin saber qué hacer.

–          Eres guapísima Paula. La realidad supera la ficción.

Apoyé mi mano sobre su cara, y la bajé hasta pellizcarle la barbilla. Ella sonrió y se acercó un poco más a mí. El corazón me palpitaba a mil por hora. Me acerqué un poco más a ella. Nuestros labios estaban a tan solo un palmo uno del otro. Aún le estaba mirando a los ojos, cuando sin caber cómo, nuestros labios estaban pegados. El frescor a menta de su aliento inundó mi boca. Nuestras lenguas se abrazaron lentamente en un beso hasta que un carraspeo del conductor nos llamó la atención.

Habíamos llegado a las oficinas donde se hacía el curso. Le di dinero a Paula para que pagara el taxi en su llegada al hotel donde nos hospedaríamos, y me bajé corriendo para llegar al curso.

Éste había empezado hacía unos minutos. Me presenté, e intenté concentrarme en las sesiones didácticas del mismo sin éxito. Mi vista enfocaba a la pizarra, pero mi cabeza, mi cuerpo y mi corazón sólo podían enfocar  hacia el recuerdo cercano de Paula.

Aquello iba más allá de la venganza por una infidelidad.

A la hora de comer, algunos compañeros del curso propusieron ir todos juntos a un sitio cercano e incluso de organizar grupos para hacer un poco de turismo por la tarde. Me excusé diciendo que había quedado con un familiar, y salí despedido hasta el hotel.

De camino llamé a Paula, y me dijo de encontrarnos en un restaurante que le habían recomendado en el hotel. El tiempo era justo como para ir al hotel, así que nos vimos directamente allí.

Me bajé del taxi tras pagar, y allí estaba ella, sonriente, esperándome en la puerta.

Su prolongada melena oscura caía sobre los tirantes de su top blanco, del cual resaltaba su escote con sus preciosos pechos talla 85 copa C. Su bronceada piel me cautivó, y sus largas piernas me despistaron. Lucían fantásticas naciendo de aquel peño short vaquero. Unas chanclas de vestir completaban su sencillo, pero precioso en su delgada figura, atuendo.

Nos quedamos mirándonos como dos vaqueros antes de un duelo. Nos sonreíamos en la distancia. Seguro que ella se debió de sentir observada, aunque no dio síntomas de que le molestara.

Sin saber muy bien cómo, me encontré frente a ella. Mi mano se deslizó inconscientemente a su nuca, y atraje sus labios hacia los míos. El contacto fue cálido y lento. Como si dos continentes chocaran y el mundo se derrumbara lentamente. Nos separamos y nos quedamos mirándonos unos segundos hasta finalmente entrar en el restaurante.

Contra toda etiqueta, acerqué mi silla a la suya en la mesita redonda en la que nos sentaron. Pronto, entablamos una conversación más propia de amigos que se conocieran de toda la vida. Ella notó que estaba cansado por el largo vuelo y tanto correr por el curso.

–          Después de comer podemos echar una siesta, que hará mucho calor como pasear. – me dijo sonriente.

Apoyó su mano sobre mi pierna, y un escalofrío recorrió mi cuerpo.

A lo largo de la comida, me fue imposible evitar mirarle el escote. Un gran canal se extendía a través de su top blanco. Ella se debió de dar cuenta, porque muchas veces se inclinaba hacia delante al hablar. Me estaba provocando.

La sangría que nos estábamos tomando nos estaba llevando a risas fáciles. En un momento dado a Paula se le cayó un cubierto al suelo. Se agachó a recogerlo, y recobró la postura lentamente para que pudiera ver su escote en todo su esplendor. Se acercó a mi oído, apoyando una mano en mi pierna, y me dijo:

–          Si estuviéramos solos, quizás habría buscado algo más que el cuchillo en el suelo…

Mi mano se posó en su suave pierna y le dije:

–          ¿Ah sí? ¿Qué habrías buscado?

–          Esto… – me dijo acariciando mi pierna hasta llegar a mi paquete.

Tuve una erección casi instantánea y Paula retiró su mano en cuanto llegó el camarero.

Después de comer, nos retiramos al hotel. Entramos cogidos de la mano, y tuvimos que contener nuestros impulsos en el ascensor al no estar solos.

Una vez dentro de la habitación, nos abrazamos y empezamos a besarnos. Mis manos se apoyaban en su cintura mientras ella me acariciaba el pelo. Sus besos eran una delicia; dulces, tiernos y a la vez pasionales.

Nos tumbamos en la cama, y tras un par de besos empezamos a notar los efectos del cansancio del viaje combinados con los de la sangría. Mi último recuerdo antes de dormirme consistía en sentir el cálido cuerpo de Paula abrazado al mío y su lenta respiración sobre mi pecho.

Me desperté con un beso de mi amante, que sonriente me animó para ir a la playa. Nos cambiamos de ropa, y en seguida llegamos a una playa cercana al hotel.

Encontramos un buen sitio en el que extender las toallas, y nos quitamos la ropa veraniega que llevábamos. Me quedé boquiabierto viendo el precioso cuerpo de Paula. Ella se puso una mano en la cintura como si estuviera posando para una foto, sin dejar de sonreírme.

–          Paula, eres preciosa.

–          ¡Gracias! Je, je,je.

Su colorido bikini de tonos amarillos, naranjas y violetas contrastaba con su perfectamente esculpido y bronceado cuerpo. Me senté rápidamente en la toalla.

–          ¿Qué te pasa? – me preguntó.

–          No te lo vas a creer, pero verte así me ha hecho reaccionar al momento. Ahora mismo no podría llegar hasta el agua.

–          Ja, ja, ja, ¡anda ya!

–          Mira…

Separé las piernas, y mi bañador formó un bulto en forma de tienda de campaña canadiense.

–          Ja, ja, ja. Ya veo… ya….

Aprovechando el radiante sol, nos quedamos en bikini y bañador respectivamente y Paula me miró sonriente con la crema protectora en la mano.

–          Será un placer – respondí a su silenciosa pregunta.

Paula se dio la vuelta despacito, para que me percatara en su culito perfecto y se tumbó boca abajo.  Mientras abría el bote, pude ver como ella se desataba la parte de atrás del bikini con una mano.

Me senté sobre su culito, y aquel contacto no hizo sino endurecer todavía más mi erección.

Unté la blanca crema en mis manos y las coloqué sobre su espalda. Al principio la esparcí lentamente, para después aprovechar el contacto para masajearla los omoplatos y los hombros.

Me bajé de su culo y preparé más crema. Empecé por sus piernas hasta llegar a sus nalgas. Me la jugué y apoyé mis manos en su culo. Estaba durito y apetecible. Mis manos lo amasaban en círculos mientras el color de la crema se iba difuminando.

Paula no decía nada, aunque sonreía. Mi masaje descendió hasta la juntura entre su nalga y pierna. Era una zona peligrosa, muy cercana a la braguita de su bikini. La primera vez que rocé su braguita dio un respingo involuntario, aunque después, me dio la impresión de que incluso ponía el culo un poco en pompa para que yo me acercara a esa zona.

Acaricié su espalda con la punta de los dedos provocándole un escalofrío. Sonriente, se dio la vuelta dejando sus hermosos pechos apuntándome.

–          Joder Pau, ¡qué tetas tienes!

–          Je je je. Sólo quería hacerte sufrir un poco más.

–          Mmm – le dije al oído – No sabes lo que haces… – le di unos mordisquitos en la oreja. – Sería capaz de follarte aquí mismo, a la vista de todos.

–          ¿Y por qué no lo haces?

–          ¡Qué cabr…!

Suspiré y me fui, con las manos en los bolsillos para disimular mi erección, al agua.

Al poco raro llegó Paula.

–          Pensaba que querrías terminar de poner crema en el cuerpo. Pero no te preocupes. Ya lo he hecho yo.

–          Ahora mismo te pondría crema, pero dentro de cuerpo.

–          Mmmm. Ya sabes que tomo pastillas. Me encantaría sentirlo.

Cuando el agua me llegaba hasta el cuello Paula me abrazó.

–          Me tengo que agarrar a ti, porque yo ya no hago pie aquí.

Noté su suave piel apretándose contra la mía. Sus piernas se cerraron como una pinza en mi culo, y mi pene se apretó contra su braguita. El ir y venir de las suaves olas hacían oscilar nuestros cuerpos y que sus pechos chocaran con mi cuerpo. Yo le agarraba por la cintura, y en aquellos momentos no era un ser racional; sólo un primate pensando en follar, follar y follar.

Nos besamos y rozamos, parando de vez en cuando cada vez que se acercaba un bañista. Los dos estábamos muy excitados, pero finalmente decidimos volver al hotel.

Justo cuando nos íbamos a duchar, me llamó mi novia, Sara. Paula se despidió como dándome a entender que había perdido la oportunidad. Tras contarle los trozos del día que se podían contar, colgué el teléfono. Paula ya estaba vestida para salir a cenar.

Me duché y me vestí en el mismo baño y nos fuimos a cenar.

En el restaurante, nos sentábamos al lado del baño. Todo el mundo que entraba o salía, ya fuera hombre o mujer, dedicaba una mirada más o menos larga a Pau. El vestidito rojo de verano le quedaba fenomenal. Su corte por encima de las rodillas no se podía apreciar, pero su escote en palabra de honor era todo un escaparate de lujo. Sus pechos se apretaban – seguramente por causa de un sujetador push-up – formando un escote delicioso y apetecible en su piel morena. Se había maquillado con sencillez. Paula estaba preciosa.

–          Joder Pau… ¡estás increíble!

–          Je, je, je. Ya será para menos.

–          Creo que no soy el único que se ha dado cuenta. Nadie que pase por aquí puede evitar echarte un ojo.

–          ¿Sí? No me había dado cuenta – dijo con una sonrisa traviesa.

–          Bueno, no te preocupes, el que te tiene bien echado el ojo soy yo.

–          ¿Te gusta el vestido pues?

–          ¡Ufff! Ahora mismo… ¡te deseo tanto!

–          Y yo a ti…

Acerqué mi mano bajo la mesa hasta llegar a su ropa interior. La noté cálida y algo húmeda.

–          Ya lo veo… – le dije sonriendo con malicia.

–          Creo que tú no podrás ir al baño en un rato – dijo tras ponerme la mano sobre el paquete y comprobar que estaba en erección.

–          Me tienes así todo el día.

Ella se rio a mi costa y se acercó peligrosamente a mi oreja.

–          Dime, ¿qué tienes ganas de hacerme? Quiero oírlo.

Me mordí el labio y le respondí con voz excitada.

–          Pau, quiero follarte hasta que me grites que pare, que no puedes más. – Le di un mordisquito en el cuello y ella me contestó con una voz muy sensual.

–          Igual eres tú el que me lo grita… Ya sabes que soy multi-orgásmica.

–          Sólo hay una forma de averiguarlo.

El camarero nos trajo la carta de los postres.

–          Luis, ¿sabes qué quieres de postre?

–          Sí, ahora mismo lo que más me gustaría es comerte el coño. Debe de estar delicioso…

–          Shhh, calla, calla, que nos van a oír.

En ese momento llegó el camarero y nos preguntó qué queríamos. Ambos nos miramos y nos reímos ante el desconcierto del chico.

Pedimos la cuenta, y a los pocos minutos, ya estábamos besándonos en el ascensor del hotel.

–          Nenita, no sé si podré aguantar a llegar a la habitación.

Ella se rio, y nada más abrirse las puertas del ascensor se fue corriendo hasta la habitación. Le seguí, y entré justo detrás de ella cerrando la puerta a mi paso.

La agarré desde atrás frenándola y apretándola contra mí.

–          ¡No te escaparás!

Ambos nos reíamos por el juego y más cuando le dije que tenía que haberme visto correr por el pasillo del hotel con el pantalón hinchado por el bulto que tenía entre las piernas.

Apreté su cuerpo contra el mío para que pudiera notar mi erección. Ella estiró las manos y me apretó el culo. Podía ver a través de un espejo de la habitación cómo ella, excitada, se mordía el labio de abajo. Mis manos sopesaron su cintura y fueron subiendo hasta el nacimiento de sus pechos.

–          Nenita, me encanta tu cuerpo…

Le besé el cuello mientras  le bajaba el vestido desde arriba. Reflejada en un espejo, pude ver sus preciosos pechos encajados en un sujetador muy sexy. Le acaricié las tetas por los flancos para luego juntárselas lentamente. Sus manos buscaban mi paquete por encima de la ropa y lo acariciaban con ansia.

Me rocé contra su culito y ella, para no caerse, se apoyó en la cama.

–          Mira el espejo… parece como si me follaras a cuatro patas.

–          ¿Y eso te gustaría, verdad?

–          Sí Luis… quiero que me folles.

Yo no cabía en mí mismo de la excitación.

Paula se dio la vuelta, me cogió por la nuca y me besó con una pasión desenfrenada. Me hizo girar, y tras darme un pequeño empujón, me hizo caer de espaldas sobre la cama. Sin tiempo para recuperarme, saltó encima de mí como una tigresa. Me besaba con los besos más lujuriosos que jamás había probado. Me faltaba el aire, pero yo también estaba muy excitado.

Le levanté la parte de abajo del vestido hasta llegar a su culito. El tanga debía de ser muy pequeño, ya que me costó encontrarlo. Le acaricié el culo y le apreté las nalgas con mis dos manos dejándole la piel unos segundos más clara por la presión. Ella se contoneaba rozándose sobre mi paquete.

Abrí los ojos y me separé lo justo para poder ves sus preciosas tetas oscilando hacia mí. Sopesé su pecho izquierdo, y me llevé el pezón a la boca. Lo saboreé y jugueteé con él en mi lengua para luego pasar al otro.

–          Me encantan tus tetas, preciosa… Son perfectas.

Ella me respondió apoyándolas sobre mi cara y restregándolas como si me quisiera borrar el rostro. Yo se las chupaba hasta     que ella se echó hacia atrás y se levantó. Terminó de quitarse el vestido rojo lentamente, haciéndome sufrir y que algo diera martillazos dentro de mi pantalón por semejante visión.

Pau siguió besándome. Me mordía el labio y nuestras lenguas luchaban como dos dragones entrelazados.

Me desnudó de cintura para arriba y me acarició lentamente, sin prisa. Acarició mi pecho imberbe y sentí su cuerpo sobre el mío. El suave roce de piel y el calor de esta hasta que ambos cuerpos eran uno.

Noté como una presencia extraña se abría paso por mi pantalón. La mano de Paula iba directa y certera hacia su presa. Era una mano cálida. Se apoyó sobre mí para poder agarrarme el pene y noté su corazón contra el mío. Latía a mil por hora.

–          Ufff, Pau, tengo muchas ganas de follarte…

–          Tendrás que esperar.

Con habilidad, me quitó los pantalones dejándome en calzoncillos. Me acarició las piernas  hasta llegar a mi entrepierna. Me sonrió y me besó los pezones. Siguió bajando con sus besos hasta el obligo y justo encima de mi ropa interior.

Su mano se introdujo en mi calzoncillo y destapó mi pene. Estaba en una erección tan dura que dolía. Me quitó el calzoncillo y movió su mano sobre mi polla lentamente sin dejar de mirarme.

–          Luis, ¿qué quieres que haga?

–          Ufff, quiero que me la chupes Nenita, por favor, cómemela…

Se colocó el glande sobre los labios y dejó que se deslizara dentro de su boca lentamente todo lo hondo que pudo. Emití un gemido de satisfacción, y ella me miró sonriente. Empezó a chuparme solo la puntita lentamente haciendo que me volviera loco porque me la chupara entera.

–          Mmmmm, me encanta tu polla…

Pau me sorprendió cogiendo mis manos y colocándolas sobre su cabeza.

–          Lo estás deseando… fóllame la boca.

Flipando, empecé a mover mi cintura y ella a comerse mi polla al mismo ritmo. Aceleré hasta que me dio la impresión que estaba viendo una película porno. La saqué de golpe con un ruido de succión.

–          Ufff, tengo que ahorrar fuerzas.

Ella volvió a la carga, agarró mi miembro y comenzó a chuparla a toda velocidad. Su saliva resbalaba por el falo mientras me la chupaba como una diosa.

–          Síiii Nenita, qué bien lo haces. Me encanta.

Me estaba follando con la boca hasta que volví a  sacármela para no correrme.

Paula se encaramó sobre mi cuerpo y noté el volcán de su coño rozarme la polla.

–          Pau, no sabes la de veces que he soñado con este momento…

Ella me agarró el pene y empezó a restregarlo contra su coñito.

–          Mmmmm, estás muy mojada. Voy a follarte Nenita…

Pau se dejó caer un poco hacia atrás y noté como mi polla se abría paso. Entró despacio, pero entera. Le agarré las nalgas como si fuera una excavadora y ella empezó a moverse lentamente. Me gemía al oído y yo le respondía con los mismos sonidos de placer.

Ella se movía y yo también, favoreciendo en cada salto que se metiera mi polla hasta el fondo. Estábamos abrazados y nuestros cuerpos se rozaban como dos placas tectónicas chocando.

Subí mi cuerpo hacia arriba y ella enrolló sus piernas en mi cintura. La agarré de la cintura y empecé a hacerla botar a toda velocidad.

–          Sí Luissss, ¡más! ¡Fóllame, soy toda tuya!

Aumenté el ritmo, e hice un esfuerzo titánico por no correrme. Ella gemía muy fuerte hasta que noté como su coño se contraía y ella me abrazaba con más fuerza mientras se corría.

Se  dejó caer sobre mi cuerpo respirando de forma entrecortada.

–          Esto acaba de empezar, le dije jadeando.

Agarré su culito, y levantando un poco mi cintura, empecé a amartillarla con movimientos de cadera más propios de la construcción. Ella gemía entre delirios de pasión y yo disfrutaba a la vez que me concentraba en no correrme.

Apoyó sus manos mi pecho, me arañó y empezó a gritar como si le fuera la vida en ello mientras se volví a correr.

–          Ufff, ha sido demasiado…

Le besé la cara, el cuello y los pechos mientras se recuperaba.

Pau estaba tumbada boca arriba mirándome. Se llevó un dedo a la boca y después al pezón. Con su otra mano se tocó el sexo provocándome.

–          Ven y fóllame…

Abrió las piernas para recibirme y mi polla entró de un solo golpe al mismo tiempo que caía sobre ella. Echó sus brazos hacia atrás agarrándose a la almohada mientras yo la follaba.

Me miraba mordiéndose los labios y no pude aguantarme de no dejarme caer sobre ella y besarla. Estaba muy excitado y estábamos follando, entre gemidos, con mucha pasión. Le besé el cuello y ella me apretó contra su cuerpo.

–          Córrete dentro de mí, sí, mmmmm

Aceleré el ritmo con nuestros cuerpos pegados hasta que noté que se corría. Aquello fue el detonante; no pude aguantar más y exploté. Gimiendo como un oso, moví mi cuerpo como si me dieran descargas eléctricas y me corrí dentro de Pau.

–          Sí Nenita, me encanta, te deseoooo…

Ella gemía con cada embestida que seguí dando hasta que terminé de correrme. Nos quedamos ambos abrazados sobre la cama. Noté mis fluidos caer de dentro de su cuerpo pero no quise molestarla. Levanté la sábana y nos tapé a los dos. Ambos nos dormimos abrazados hasta el día siguiente.

Al despertarme, Pau no estaba conmigo. La llamé, pero no estaba en la habitación. Nada podía hacerme imaginar lo que nos esperaba ese día…

[CONTINUARÁ…]

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