La paja no es como el trigo

Los quejidos de Silvia se fueron haciendo más intensos, se mezclaron con los míos, un solo deseo que acabara dentro de su culo, fue largo, largué todo en el abismo de su precioso culito.   Salió tanta leche que Silvia diría después que a no ser por lo espeso y las dilataciones de la cabeza en la expulsión, hubiera pensado que le había orinado, tal la cantidad de semen inundó el recto.

Los dieciocho años en la mochila de la vida, noviecito de Candela, una morocha de ojos grises, y un cuerpo como nadie en el liceo, me tiene loquito, ando atrás de ella hace casi un año y no puedo lograr la “prueba de amor”

Me tiene recontra caliente, nos despedimos en el jardín, al abrigo de los arbustos, Candela no afloja, cuando me nota demasiado exigente apela a sus manos para seguir conservando por un día más su castidad intacta, la infaltable “manuela” hecha a la apurada enseguida obtiene el premio, que inexorable queda entre los pliegues del pañuelito que saca de entre sus ropas.   Devolución atenciones, manualidad por manualidad, alivio digitalizando su sexo y robarle un orgasmo de asalto.  Otro pañuelo, igual de perfumado borrará las señales del habilidoso concertista de argolla y clítoris.

Candy me hace unas manuelas bárbaras, pero bien se que la paja no es como el trigo, si bien me saca el “afrecho” (“ganas- calentura”) más urgente, no es lo mismo que hacerlo a máquina, en ocasiones quedo muy caliente aún a pesar de la manuela.   Casi un año, la calentura me puede, una tarde fui a verla, no estaba, volví más caliente y como perro con el rabo entre las patas.

– ¡Damián, vení!

Era Silvia, vecina de junto y tía de Candy, que me invitaba a pasar a su casa. Sin nada mejor que hacer pasé al interior, me miraba de cerca, con afecto considerado y dijo:

– ¿Qué te anda pasando?, te veo ojeroso y tristón.  – voz cálida, de afecto, y siguió:  –  No será que te están faltando mimos, tal vez mi sobrina ¿no te da todos los que necesitás? – Ni muchos ni pocos, ¡nada!, nada de nada   – adivinando a donde apuntaba, agaché la cabeza para parecerle más necesitado de contención.

– Te tiene a pan y agua, ¿sin carne?  – ahora en sintonía, buscaba el entre, la noté caliente, como buscando carne joven, decidí seguirle el juego, aunque ahora no sé si era tan así, o ella me dejaba jugar de local pero ella era la que maneja los hilos.- Y solo con la,…y no es… como el trigo, me explico –  le di el pie que buscaba.

Me tomó la cara entre sus manos, un beso de aquellos.   Nada más que hablar, estaba todo dicho, me dejé llevar por la experta al dormitorio, me desnudó despacio, gozándome con las caricias que vestían mi piel, el brillo de sus ojos denotaba el grado de calentura contenida, ahora tenía entre manos el premio mayor, solo para ella. Despacito, me sentó en el borde de la cama, se distanció un tanto para mejorarme la perspectiva, fue exhibiéndose, todo lo suyo, bueno de verdad, a los cuarenta y pico conservaba un físico privilegiado y cuidado, las mamas delataban afecto al sol, buena sustentación aún sin corpiño, el vientre casi sin pancita, durita, los vellos púbicos con un cavado reciente, tostadita toda ella, excepto el triángulo del sexo que daba realce los labios algo abultaditos.

Para un pibe como yo era como tocar el cielo con las manos un regalo para los ojos, es la veterana que todos imaginamos y soñados con voltearnos algún día, toda ella la invitación al goce con este espléndido ejemplar de mujer.

Ella manejaba todo y bien, primero me llevó a su boca, gustando del buen tamaño de mi poronga, no necesitó mucho tiempo  par conseguir una bruta erección, solo unas caricias deslizantes bastaron para ponerme más a punto de… largué todo sin aviso previo.   Me recibió la boca tan caliente como una conchita.   Gozó la rápida eyaculación del macho cabrío que no pudo resistirse a sus caricias bucales.

No fue necesario disculpas, seguía al palo casi alterar el estado de erección, se tendió en la cama, flexionó las rodillas y se abrió de piernas, me condujo a su otra boca, pidiendo acción,  que le diera otra inundación de leche.  Desde abajo movía las caderas, y los labios de la conchita, como boca sin dientes, comprime y libera, aspira y suelta, ella me está cogiendo.

Se deja ir en un orgasmo que la sacudió de arriba abajo, presiono bien afondo, me detiene en un abrazo de oso, par gozar con el accesorio de la presión constante, me enseña a gozar su orgasmo. Breve pausa para retomar la acción, cambiamos, ella ahora me coge desde arriba horcajada, galopa al mejor estilo Lady Godiva, la trigueña cabellera cae en catarata sobre las hermosas tetas, sus rodillas me comprimen al compás de su excitación creciente.   Mi pulgar metido en la cuevita delirante de jugos la acaricia por dentro al ritmo de cada empalada, el resto de la mano se distrae frotando la cereza pletórica de sensibilidad.

Juntos, ¡juntos! gritamos el final, dúo de acabadas y de gemidos liberador, dejándose sostener por mis brazos, desarticulada como una muñeca rota, el géiser seminal expulsando el elíxir vital con toda la fuerza de la juventud necesitada de estos actos de libertad sexual.

Desmonta del empalamiento, se le escurre el abundante lechazo, el choto mantiene la erección, admira la vitalidad, se siente partícipe de la proeza, no puede menos que elogiarme y confirmar que estaba ojeroso por la calentura insatisfecha.

– No te preocupes yo te atiendo todas las veces que necesites desahogar tu instinto de macho. No sabés cuánto lo necesitaba, ahora me doy cuenta que no podré vivir sin ¡mi macho lindo!  – sincera y agradecida.

Después de un refrigerio degustado en total libertad de ropas y culpas, retomamos la acción, nos dimos como en la guerra, me sacó como varios polvos más, no sé cuantos hizo ella, seguro fueron más.   Quedamos en repetir este encuentro, en cuando tuviera ganas le avise y estará toda dispuesta para mí.

Por un par de meses podía darme el lujo de prescindir de presionar a Candy, las manuelas pasaron se ser prioritarias en mi vida, total… tenía las bocas de Silvia dispuestas a consolarme.   Sucedió una tarde, coincidimos con la tía Silvia en arribar a la casa de Candy, golpeamos, no hubo respuesta pero ella se apoyó contra la puerta y ésta cedió a la presión, estaba abierta, llamamos, no hubo respuesta, a punto de volvernos, cuando escuchamos voces apagadas que vienen desde el interior, aguzamos el oído en actitud de escucha curiosa, contenidas, apagada.  Nos miramos, parecían venir desde el piso alto, volvimos a mirar, nos preguntamos en silencio ¿la habitación de Candy?

Más preocupados que curiosos, nos acercamos, cautos, ahora las voces son claras y demostrativas, las clásicas cuando están cogiendo con entusiasmo, la puerta entreabierta, espiamos con cuidado, Candy se hacía coger por el primo Luis.    Este hombre, casado con la hermana de su padre, como de treinta años, siempre había sido el objeto de las burlas y bromas de Candy, pero está visto que de tonto solo tenía la fachada, porque se la estaba volteando como el mejor, con todo, ella que jugaba el rol de casta y pura, nada de castidad y de pura, pura puta.  Volvimos sobre nuestros pasos, con el mismo sigilo, sin que lo notaran.

La vista de la escena me llenó de estupor y bronca, a poco la crudeza de la visión trocó en una incipiente calentura, la visión del acto sexual terminó por generarme tal grado de calentura que me dejó en los brazos de Silvia.

Más rápido que un bombero me arrastró hasta su casa.   Nos enroscamos en unos polvos atroces cargados de violencia, ambos buscamos canalizar las tensiones y emociones en sexo afiebrado, urgente.  Perdía por tres a cero, y tan excitado y enojado no podía acabar, cada orgasmo de ella me ponía más y más duro, la erección se volvía incómoda y algo dolorosa.

Silvia comenzaba a preocuparse por hacerme acabar, la boca sometida al intenso metisaca, la concha hecha flecos y de venirme ni noticias.  Trajo un potecito con vaselina y se puso en el ano, primera vez que me iba permitir hacerlo, siempre evitó la entrega del marrón, la mala experiencia y el tamaño la intimidaban, temía no poder aguantarla.  Dijo que me iba a dejar hacerlo convencida que por él iba poder liberarme:

–  Hacelo despacito, sin apuro, por ahí ¡vas a poder!

Guía el proceso de sodomización, primero la cabeza abrió todo, aguantó el dolor, un poco más de carne, otro poco, y –  ¡Ah! todo adentro. Hasta el fondo, ahogó el dolor mordiendo la almohada, inmóvil. Arrodillada, se ofreció, actitud sumisa, de entrega total, empuja hacia mí, ayuda en la culeada, me dejé llevar por ella, los quejidos de Silvia se fueron haciendo más graves, más profundos e intensos, se mezclaron con los míos, un solo sonido, un solo deseo que acabara dentro de su culo, cuanto antes.

Fue largo, a ella le pareció más todavía, al borde del precipicio, largué todo en el abismo de su precioso culito.   Salió tanta leche, que Silvia diría después que a no ser por lo espeso y las dilataciones de la cabeza en la expulsión, hubiera pensado que le había orinado, tal la cantidad de semen inundó el recto.

Tan demorado el polvo, me dejé a morir en él, quedé atrapado en ella, el estrecho contacto de músculos persistía a pesar de la brutal deslechada, seguía dentro del culo, cuando salí estaba tan duro como al entrar. Quedó culo para arriba, literal y físicamente, formaba un triángulo, con los miembros acalambrada por el esfuerzo de soportarme sobre su maltrecha humanidad.  Quedé extenuado por el orgasmo liberador.

Me limpió con una toalla húmeda, el próximo se lo hice en la boca, la única cavidad que aún podía entrar en acción. El fragor y la bronca puesto en la cogida me dejó rendido mental y físicamente.

Volví a verla como si nunca hubiera existido esa realidad que me había dado vuelta como un guante, cambiando mi lugar en el mundo, me sentía el más humillado de los hombres. En la primera ocasión propicia me cogí a Candy, negó entregarse, en realidad la violé, con el choto lleno de venganza, se debatió para zafar, gritando y vociferando todo tipo de improperios y las puteadas más hirientes brotaron de la boca de una mujer pura y casta, me aguanté adentro, no quería terminarle enseguida, la ira controlaba el deseo, la lección debería ser todo lo aleccionador que había imaginado, tendría que recordarme por mucho tiempo.

La puse boca abajo, sujetando del cuello con fuerza, sin mucho cuidado se la apoyé en el ano, sin consideración ni lubricación.   Suspendió la gritería para hablarme: –  ¡Por ahí hijo de puta, por ahí no!  – respondí apretando el glande contra el esfínter, entró un poco de la cabeza, arreciaron los gritos y los zarandeos intentando salirse. Con todo el peso de mi cuerpo me mandé adentro de un golpe, gritó, contestaba sus quejidos con profundas entradas, mínimo movimiento, lo suficiente para llegar, quería traspasarla, lavar con el dolor inferido la ofensa y el engaño.

Presioné cuanto pude, para pasar a través de ella, la mordí en el cuello y le grité cuando llegó el momento de la eyaculación, intensa, feroz, solo sexo, sin placer, solo venganza hecha semen, castigarla, lavar con leche el deshonor de su infidelidad más artera.  Me salí de su culo, sin cuidado, sin pudor, quedó refunfuñando su bronca, ser violada, y por el culo, en medio del asunto alcanzó a suplicar: –  Este polvo te lo eché por puta infiel.   Por eso te rompí el culo, para que sientas en el todo el desprecio. ¡Puta infiel!

Herida en el honor y en el dolor anal, no me importó un carajo, me fui sin decir más nada.

No volví nunca más a verla, con la tía Silvia, seguimos un tiempo, cuando tenía ganas, me acercaba por las noches para pasarlas con ella.  Ahora esto de novio con una muchacha de otro barrio, tenemos buena cama, y estamos pensando que esta relación da para más, ¡veremos!

Historias como esta deben suceder con frecuencia que uno cree, supongo que no fui ni seré el único traicionado por la novia, pero no se la llevó de arriba ¡Se la llevó de atrás!

Me agradaría conocer la opinión y comentarios de las mujeres que se sientan representadas o hayan pasado por situaciones similares.

Mujer te espero en mi correo.

Nazareno Cruz

latinoinfiel@yahoo.com.ar

Me gusta / No me gusta

La historia de Cynthia – Ana

Después fue un sabio ritual de caricias y besos en las partes más íntimas, dieron paso a un desbordamiento fogoso de todo el caudal de sexualidad contenida. Ana terminó gimiendo sin control, suplicando ser poseída, se sucedieron tres coitos convulsivos, antes de que ella cayera rendida. se negaba a renunciar a la presencia de su amador aún con riesgo de la próxima llegada de su marido.

La perversión de Ana – llamémosla con este nombre ficticio por lo delicado de las decisiones sobre su vida y su sexualidad que fue inducida a tomar, nunca contra su voluntad ni por medio de engaño alguno, y de las que fui testigo y cómplice – fue un proyecto complejo en que me tocó colaborar a lo largo de un par de semanas. Casualmente, me tocó además cargar con el agravante morboso de que yo la conocía bien. Ana era una mujer joven, de treinta y pocos años, casada desde hacía tres o cuatro, y perteneciente a una familia muy conservadora y religiosa cuya madre era antigua conocida de la mía, aunque hacía tiempo que Ana, tras de su matrimonio, se había mudado a otro lugar dentro de la ciudad.

Según pude llegar a saber, su matrimonio nunca funcionó. Se había casado muy joven, casi por acuerdo entre las dos familias, sin apenas conocer a su prometido – cosas de la burguesía media alta. Pronto pudo percatarse del enorme error en que la habían embarcado, de la trampa en que había venido a caer: el marido sólo pretendía de ella usarla de tapadera, de coartada cara a la galería: putero y crápula redomado sólo la poseyó en un par de ocasiones tras la boda, sin cariño, sin consideración, sin decoro, como una bestia que atrapa lo que cree suyo y lo usa para si; y luego esporádicamente, para saciar su lujuria mal servida, pero siempre sin consideración como se usa algo inferior que se posee en exclusiva, sin verse obligado a ceder nada a cambio, sin importarle nada si la mujer recibía algo en esa relación.

Ana accedía pasiva, resignadamente porque a ello entendía, por sus creencias, que le obligaba su matrimonio. Quedó mal embarazada en una ocasión y el embarazo se malogró; luego sólo le quedó una infinita tristeza que la empezó a marchitar en plena juventud, lo que ahondó aún más la brecha con la bestia que la dominaba, que empezó a pasar de ella y la relegó a un trato distante y frío y solo muy de tarde en tarde la poseía como confirmación de su supremacía y su dominación.

Ana lo consultó con su confesor, que le recomendó resignación cristiana y entrega a obras pías en compensación de su anhelo insatisfecho. La cosa fue empeorando y Ana entró en franca depresión que hizo temer por su salud mental. Su médico de cabecera le recomendó asistencia siquiátrica y Ana comenzó a visitar con regularidad a un especialista. Todo se resolvió en un conjunto de pastillas que en parte la adormecían hasta el punto de deambular como una zombi y por otra trataban de inhibir los deseos desesperados de su libido. En estas condiciones el marido se cargó aún más de razones para justificar su apartamiento tachándola de histérica e incapaz; es indudable que de no mediar remedio Ana terminaría siéndolo.

En este punto irrumpió en su vida el que llamaré Mario, un hombre de mundo, muy corrido y experto en todo tipo de lances con el otro sexo: lo que antiguamente se hubiera llamado libertino. Conoció a Ana a través de una amistad indirecta que logró reunirles en un par acontecimientos sociales. La muy aguda percepción de Mario realizó al instante el diagnóstico de Ana, y en parte movido por el atractivo de su lánguida belleza y en parte por simpatía e indignación ante su desdicha, fruto del ambiente conservador, machista y misógino, con su falsa jerarquía de valores, que en el fondo sólo tratan de preservar la hegemonía de los patrimonios y privilegios burgueses, y, como consecuencia, provocan la frustración de la realización personal de gran número de mujeres; movido por una mezcla de todas estas cosas decidió seducir a la inocente Ana.

Y aunque hubiera podido esperarse de las sinceras creencias y valores de aquella buena joven que la resistencia habría de ser tremenda, lo cierto es que, sea por la experiencia y fina psicología de Mario, sea por el estado de desesperación y anhelos contenidos de Ana, el asedio fue realmente breve. Tuvieron un primer encuentro en un lugar discreto que apenas permitió alcanzar el nivel de simples besos y abrazos. Ana salió del mismo despavorida y acometida por tan feroces remordimientos que parecieron dar al traste con la buena intención de su pretendido amante: la mujer era realmente honesta con sus convicciones y el conflicto entre lo que creía su deber y su patente deseo casi la volvían loca.

Mario la buscó por sus lugares habituales y no logró encontrarla. Presa de su mala conciencia Ana se había encerrado en su domicilio. Mario, seguro de que la semilla del deseo había penetrado hasta capas muy íntimas, percibió que era preciso quebrantar la dura corteza del prejuicio para dar a luz la sexualidad plena de la mujer que deseaba. Para ello, tras discretas averiguaciones de los momentos en que podía tenerla a solas en la casa, se presentó allí sin más dilaciones. Al verle allí la primera reacción de ella fue de pánico y pretendió negarle la entrada. Con suavidad, firmeza y grandes dosis de tacto Mario, mostrándose más acosado de la pasión de lo que realmente estaba, procedió con atrevimiento a la escalada carnal, en la que los besos solo fueron el primer detonante, dejando rápido paso a las manos y a los ojos sobre su cuerpo diestramente desvestido en un abrir y cerrar de ojos.

Después fue un sabio ritual de contemplación de su revelada belleza, de caricias y besos en las partes más íntimas, que fueron demoliendo rápidamente toda resistencia y dieron paso, muy a pesar de la real estimación de ella de su propia castidad, a un desbordamiento fogoso de todo el caudal de sexualidad contenida. Ana terminó gimiendo sin control, suplicando ser poseída y cooperando en el rápido desvestimiento de su amante. Se sucedieron tres coitos convulsivos, excesivos antes de que ella cayera rendida. A pesar de ello se negaba a renunciar a la presencia de su amador aún con riesgo de la próxima llegada de su marido.

Intercambiaron teléfonos. Los cinco días siguientes, aún dentro de ese vértigo, el acoso fue de ella. Él, más prudente, consiguió distanciarlos a días alternos. Y tras el quinto día … Ana recayó de nuevo en una honda crisis de mala conciencia y remordimiento. Cortó con él y se encerró de nuevo en casa, custodiada esta vez por una doncella que impidió cualquier acceso. Y llegaron a pasar tres meses. Mario ya desesperaba cuando Ana lo llamó, nerviosa, incoherente a veces. Concertaron finalmente una cita en un hotel apartado.

Ana venía hecha un manojo de nervios. Su conversación era exasperada, romántica, desmedida. Le aseguró que no aguantaba más el infierno en que se había convertido su matrimonio, la humillación y el menosprecio constantes  de parte de su marido, sus habituales infidelidades, que no se molestaba en disimular, el temor a que le contagiara alguna enfermedad sexual. Le confesó estar dispuesta a romper su matrimonio y a rehacer su vida con él, con Mario, aunque esto contraviniera sus creencias opuestas al divorcio que mantuvo por inercia mientras ignoró todo lo amargo que puede llegar a ser un fracaso conyugal, en su caso un auténtico fraude conyugal.

Mario, no obstante, con la mayor dulzura que pudo le explicó que ese no había pretendido ser su papel. Que tenía la mayor simpatía por ella y le indignaba la situación en que se encontraba por un conjunto de razones muy complejas. Que le apetecía extraordinariamente la búsqueda del placer en su compañía, entre otras muchas cosas porque se sentía vivamente atraído sexualmente por ella, en quien adivinaba una pasión soterrada e insatisfecha para la que se ofrecía de buena voluntad a servir de cauce de expansión hasta que tanta injusta contención e insatisfacción quedara sosegada y pudiera dar paso a una situación sexual equilibrada y libre.

Sin embargo le confesaba que ella no podría encontrar en él el AMOR con mayúsculas, posesivo y romántico, que le parecía entender que ella buscaba. Mario no creía en esa convivencia exclusiva, posesiva que significaba el matrimonio convencional burgués, con hijos, patrimonio común, etc. Prefería la mutua entrega ocasional, libre, sincera sin compromisos mutuos, disoluble en cualquier momento a instancia de cualquiera de las partes sin roturas dramáticas ni traumas. Pero esto exigía un cambio total de mentalidad que no sería sencillo, aunque si posible para una mujer con creencias convencionales tan hondamente insertadas. En este sentido él sólo había pretendido hacer el papel de revulsivo que despertara su sexualidad soterrada, contenida y la enfrentara sincera y radicalmente consigo misma poniéndola en la tesitura de abordar valientemente una solución adecuada.

Todo esto aumentó más aún si cabe la confusión de Ana. Su primera reacción fue concentrar en la persona de Mario su difícil situación y sus problemas. Le dijo que era un canalla que se aprovechaba de su situación para obtener un placer ocasional y un triunfo más que anotar en la cuenta de su carrera de libertino.

Mario, tras de recibir en calma la sucesión de duros reproches que Ana le dirigía sin perder la calma ni la dulzura de sus palabras, le hizo notar que si ese hubiera sido su propósito le hubiera bastado con engañarla, aceptar todos los términos de su proposición, aprovecharse de su debilidad y luego olvidar las falsas promesas. Que, muy lejos de esa indigna conducta, que, aunque libertino en el mejor sentido de la palabra, es decir, persona de costumbres sexuales desinhibidas pero sin ánimo de hacer daño a nadie y menos a ninguna mujer que hubiera confiado en él, nunca hubiera aceptado. Había preferido por el contrario hablarle con toda sinceridad en la esperanza de ayudarla a encontrar una auténtica salida a su problema. Y nunca haría nada contra su voluntad ni su conciencia.
Aunque algo más calmada Ana se dispuso a marcharse, y, ya en la puerta, Mario le rogó al menos que tuviera la paciencia de escucharle una mera opinión sobre su situación. Y Ana volvió.

Sentados frente a frente, Mario fue desgranando su diagnóstico. Mario dio por supuesto que ella admitía estar cautiva de una institución, el matrimonio burgués, que estaba diseñada para la preservación de la herencia y del patrimonio y en la que la gran víctima era – siempre lo había sido – la mujer. Todas las cautelas estaban dispuestas para preservar la herencia del adulterio – de la mujer – y dar total libertad y autoridad al marido. La mujer era mera depositaria de la sacrosanta semilla genética y gestadora de progenie, para el resto – siempre dentro de la moral altoburguesa – la mujer quedaba como mero objeto decorativo, carente de protagonismo, subordinada en todo al marido y  carente de cualquier autonomía en todo lo referente a la búsqueda y obtención del placer.

En los escasos ejemplos en que la mujer tenía la suerte de ser emparejada con un hombre leal, cumplidor, amado por su esposa y buen amante de ella – demasiadas condiciones para darse juntas – se alcanzaba para ella un equilibrio razonable. En los demás casos la mujer resultaba insatisfecha cuando no humillada, vejada o cosa peor mientras el marido se las arreglaba por su cuenta con prostitutas o amantes estables, para lo cual la sociedad burguesa esencialmente machista era realmente indulgente. Ante ello a la mujer, muy frecuentemente dependiente del marido en lo económico, incluso en la administración de su propio patrimonio, y bajo la autocensura de una moral – una conciencia – hondamente implantada diseñada asimismo al servicio del machismo más estricto, no le quedaban más que malas salidas:

a) La resignación.
b) El divorcio.
c) El adulterio.

– La resignación que es ya en si misma un fracaso en cuanto renuncia al libre desarrollo de una sexualidad y una emotividad propias. Preserva la conciencia pero sacrifica una dimensión esencial del ser humano: su realización erótica y emocional.

– El divorcio por cuanto conlleva de rotura familiar y, caso de no soslayar el gendarme interior, enorme dificultad para encontrar alternativa para la realización.
– El adulterio, por cuanto condena a la realización sexual a una dura clandestinidad frente a las duras condenas sociales cuando no penales y, en caso de subsistir, la férrea vigilancia del gendarme interior – la repetida conciencia burguesa – a un conflicto interior permanente: pecado, remordimiento, sentimiento de culpa que puede llevar a una situación esquizofrénica.

Según Mario, la situación actual de Ana, oscilaba de una a otra salida sin encontrar en ninguna la paz porque tenía dentro su propio enemigo: la desdichada conciencia burguesa. Conciencia diseñada – según Mario – de manera perversa contra la propia mujer.
Concretándose en el caso de Ana, Mario examinó una a una las posibilidades:

1) La resignación para siempre dentro de su matrimonio actual resultaba una salida trágica que la estaba llevando al borde de la locura. Según Mario, Ana tenía una emotividad sexual muy acusada cuya represión era casi imposible. A él mismo le había sorprendido, y pidió disculpas por la sinceridad, la relativa “facilidad” de la conquista – sin dudar para nada de la firmeza de su moral y sus creencias – y la fortísima eclosión de sexualidad que sucedió a aquella. Sin dudar Ana sería fácil presa de algún otro conquistador de menos escrúpulos o peor intención que los suyos, que podría llevarla a inimaginables abismos de dependencia y degradación.

2) La ruptura de su matrimonio y la búsqueda de una nueva compañía con la que enderezar su vida y su afectividad. A Mario le parecía una decisión adecuada, especialmente careciendo de hijos y contando con patrimonio propio. En ese caso no sería con él. Pero en todo caso le deseaba suerte y se retiraba – guardando el precioso recuerdo de su placer común aunque breve – porque, honradamente creía que ese, hoy por hoy, no era el modelo de vida que prefería y optaba por dejarlo antes que el prurito posesivo se apoderara de ambos y la ruptura fuera más traumática. En todo caso le advertía que, de no relativizar algo su gendarme interior, su ulterior vida de pareja podría verse enturbiada con absurdos remordimientos.

3) El adulterio puro y duro, manteniendo la ficción del matrimonio, como al fin y al cabo hacía su marido sin mayor problema acogido bajo el paraguas del precario matrimonio. Aquí Mario acudió a la breve experiencia de su relación. La práctica para Ana había sido convulsa y extrema entre el furor erótico y el remordimiento histérico. Era obvio que así no se podía continuar: el gendarme interior era omnipresente y demasiado poderoso. La situación no obstante no arredraba a Mario si Ana tenía verdadero deseo de liberarse de tal esbirro – cosa que Mario recomendaba en todo caso si realmente Ana quería conseguir la salud emocional que nunca había tenido, tanto para seguir con él o con cualquier otro.

4) El divorcio seguido de un ejercicio libre, autónomo de su sexualidad con un solo hombre o con cuantos le apeteciera con amor o por el sólo placer, con Mario, cuando apeteciera a ambos, – y Mario en este punto declaró su buena disposición a frecuentar ese trato con sola esa condición. Esta era, por el repertorio de convicciones de Mario la que más le agradaba y de la que mayor equilibrio esperaba para ella como resultado final, y la que dejaba más puertas abiertas, incluso un ulterior matrimonio, aunque probablemente no fuera con Mario. Pero esta solución, como la anterior, exigía erradicar totalmente el repetido gendarme interior.

Es decir, anular la perversa educación moral que Ana, como tantas otras, había recibido era condición “sine qua non” para encontrar una salida saludable a su compleja situación actual. Mario dijo conocer a esos efectos una psiquiatra especializada en sexología que podía aportar argumentos y terapias apropiados.

Ana abandonó el hotel presa de un intenso torbellino mental. Mario no supo nada de ella en muchas semanas.

Un día Mario recibió por fin una llamada de ella, trágica, apasionada:

– Soy tuya, Mario. Haz de mí lo que quieras. – No serás de nadie sino de ti misma, Ana. Serás libre y de ti no recibiré otra cosa que lo que libremente me quieras dar – dijo Mario con no menos pasión – y si lo conseguimos, lo que será muy duro para ti, no te lo oculto, ese habrá sido mi regalo, ese mi triunfo y esa mi recompensa. No quiero más.

Mario concertó una cita con la sexóloga de referencia. Esta no era otra que la que conocemos como Princesa, y por allí me colé yo en esta rara historia.

[Continuará]

Autor: El Filósofo

Me gusta / No me gusta