Susana y Emilia

Como les conté en anteriores relatos, soy alumno particular y amante de Susana, mi profesora particular de matemáticas a la que desde mi casa me obligan a ir sin saber que en sus clases no solamente se estudia matemáticas sino también anatomía practica (al menos es lo que estudio yo y al menos dos camaradas de clases más hasta donde yo se). Recuerden tambien que Susana es dueña de un gimnasio en el que enseñan varias profesoras más jóvenes que ella, una más linda que la otra, aunque en esta ocasión les contare lo que nos ocurrió con una de ellas, Emilia, que luego nos enteramos es prima de Susana. Se ve que la madre naturaleza a dotado a las mujeres de esa familia con bellos atributos corporales e inconfundibles tendencias ninfómanas.

Read more

Me gusta / No me gusta

Una vez con Eusebio

Otras veces, antes, lo había intentado, no tengo problemas en reconocerlo, pero aquella vez ni siquiera me había dado cuenta de la extraña casualidad sino hasta que había sido evidente hasta lo obvio. Yo había estado yendo al gimnasio, con intermitencias, desde hacía casi un año, y siempre me había subyugado el impresionante físico del encargado, un muchacho colombiano de piel oscura como un lago a media noche. Su sonrisa de dientes voltaicos conseguía que me olvidara del significado y articulación de cualquier palabra que necesitaba pronunciar en su presencia.

Read more

Me gusta / No me gusta

El chico del gimnasio

Gay, Confesiones Gay. Me llamo Daniel, soy un chico de unos 35 años y hasta hace muy poco tiempo sólo había tenido relaciones heterosexuales. Siempre he tenido un buen cuerpo, fibrado y con músculos marcados; me cuido bastante. Tengo el pelo oscuro, ojos marrón claro, gafas y perilla que ya empieza a encanecerse. Read more

Me gusta / No me gusta

Mis chicas son mis mejores amigas

Infidelidad, parejas liberales, infidelidad consentida, trío. La mañana del sábado, siguiente a lo sucedido en el relato “Mi chica está orgullosa de su mejor amiga”, desperté solo en la cama, pero oliendo el café ya filtrando en la cafetera. Se escuchaban risas desde  la cocina y ahí me dirigí aún desnudo. Read more

Me gusta / No me gusta

Mi chica está preocupada por su mejor amiga

Cuando mi chica llegó esa noche, después de salir de copas con sus amigas, la noté alegre pero no tomada. Me saludó cariñosa y apasionada por lo que rápidamente estábamos haciendo el amor. Comenzó con una mamada como hacía tiempo no me hacía, es decir, me recorría con su lengua toda la cabeza y luego, a medida que iba creciendo, el tronco a todo lo largo. Se lo metió en su boca y comenzó poco a poco a tratar de tragar cada vez más, llegaba a ahogarse en el intento pero esto no hacía que se detuviera, cuando le daban arcadas se lo sacaba para respirar y se lo pasaba por su cara dejándola llena de sus salivas,  después se entretenía con mis bolas, lamiéndolas y tratando de metérselas en su boca.

Siguió mamando por un buen rato y se notaba que trataba de darme el mayor placer posible, seguía intentando tragárselo completo y para ello se tomaba de mis muslos para hacer fuerza, por mi parte, en el estado que me tenía y viendo cómo se estaba comportando, la tomaba de su cabeza y la forzaba para metérsela hasta la garganta y entonces bombearle, lo cual se esforzaba por soportar, pero cuando la soltaba y respiraba me regalaba una gran sonrisa.

Varios minutos en eso yo ya estaba a punto de explotar y pensé hacerlo adentro de su boca pero decidí tomarla del pelo y tirarla sobre la cama para desvestirla a tirones. Ya sin sus ajustados pantalones me lancé a disfrutar de su sexo y mi lengua lo encontró totalmente mojado, al igual que su pequeña tanga que hice a un lado para jugar con sus labios y clítoris.

Se retorcía de placer, jadeaba, gemía, me pedía que continuara, respiraba hondo y seguía gozando, en un momento comenzó a decirme que me necesitaba adentro, que se lo metiera, que me deseaba, que me la “culeara”, lo cual era exactamente lo que quería hacer.

Me puse de pie al lado de la cama y la acerqué tirándola desde sus muslos, me puse en posición y apoyé la cabeza, que se veía enorme sobre su vagina, ella me miraba ansiosa con una sonrisa y moviendo afirmativamente su cabeza. Empujé y al entrar la cabeza ella soltó un “aaahhhhhhh”, seguí empujando y, con lo mojada que estaba, fue entrando sin dificultad un poco más en cada estocada. Cuando ya había entrado la mitad comencé un bombeo lento pero rítmico mientras con mis manos la aferraba de la cintura y costillas. Ella comenzó a emitir sus jadeos que tanto me gustan, roncos y profundos, que me mostraban cuanto le estaba gustando y me alentaban a seguir entrando, lo cual seguí haciendo en cada bombeo, donde podía sentir cómo su carne se iba abriendo para recibirme a medida que yo forzaba un poco más.

Cuando ya logré penetrarla completamente, fui poco a poco aumentando el ritmo y con ello el nivel de pasión en mi chica, la que jadeaba y gemía ruidosamente, me miraba fijo y me repetía cuanto estaba gozando. Cuando comencé con un ritmo frenético ella ya gritaba y con sus manos se recorría su propio cuerpo acariciando sus tetas, vientre y clítoris.

Me retiré de golpe y cuando ella me miró sorprendida la alcé girándola y poniéndola de rodillas sobre la cama para volver a penetrarle sin aviso, su grito fue tan desgarrador que llegué a pensar que pude haberla dañado, sin embargo inmediatamente siguió gimiendo y pidiendo que continuara dándole tanto placer, a lo cual apoyé mi cuerpo con ambas manos en su espalda, haciendo que quedara con su cara y pecho sobre la cama para yo seguir entrando y saliendo con fuerza de su totalmente mojado choro.

Con cada penetración sentía que empujaba su aire haciendo que emitiera un chillido y cada vez que me retiraba sentía como su vagina se iba cerrando en el espacio que mi pene iba abandonando, para luego volver a entrar, con fuerza, abriéndome paso y provocando un nuevo chillido.

Tras algunos minutos así, ella me empezó a decir que su orgasmo ya venía, que no parara, que siguiera con fuerza, que le gustaba, que me necesitaba, que ……  AAAAAAAAAAAHHHHHHHHH!!!!!!!! y como conozco que cuando a mi chica le llega un orgasmo fuerte este es apoteósico, yo seguí bombeándole fuerte y ella siguió gritando y moviéndose desesperada, trataba de salirse pero yo la mantenía atrapada y bombeándole fuerte, haciendo que siguiera prolongando su placer y con ello sus alaridos y sus convulsiones. Con sus piernas logró sacarme pero yo la aprisioné con fuerza desde el cuello con mi mano izquierda y con la derecha comencé un fuerte masaje a su clítoris que provocó que retomara el nivel original del orgasmo, con nuevos alaridos y chillidos.

Cuando la solté, ella continuó un buen rato con temblores en su cuerpo, se abrazaba y me repetía que me quería, que le yo daba tanto, que no podría vivir sin mí.

Yo la abrazaba y le hacía cariño pero seguía excitado y completamente parado así que ella volvió a comenzar a chuparlo y acariciarlo, me miró a los ojos y me preguntó: “quieres metérmelo por atrás?”, eso, en ese momento, es como que si se abriera el cielo y mi cara debe haberlo mostrado, por que se giró y de costado me ofreció su redondo y perfecto trasero. Lo cual, pueden estar seguros, no pasa todos los días.

Lubricante de por medio, acaricié delicadamente su agujero, primero por fuera y luego introduciendo uno y dos dedos. La penetración fue lenta, muy lenta y suave, no quería hacerle daño después de tanto placer. No logré entrar completamente, pocas veces lo logro, pero el placer que iba teniendo y la pasión que iba subiendo nuevamente en el aire, llenaron la habitación nuevamente de gemidos y de invitaciones a seguir, a hacerlo más fuerte y más adentro. Cuando el ritmo ya era fuerte también llegaron las nalgadas y los garabatos: ay conchetumadre!!, dame fuerte wevón!!, toma puta de mierda!!! Te voy a partir en dos flaca culiá!!! La tomé del pelo, tirando hacia atrás, mientras le daba una serie de nalgadas yo le hablaba al oído diciendo que estaba exquisita y que tenía el mejor culo, mientras le daba con fuerza, ya sin contemplaciones. Tuvo un nuevo orgasmo, diferente que los anteriores, quedando en silencio, con la boca y ojos completamente abiertos, con la cara desfigurada, hasta que soltó un gruñido gutural, largo y ronco. Yo no pude aguantarme más y la puse en posición de recibir mis eyaculaciones, tomándola  desde el pelo. El primer chorro voló sobre su cara y calló sobre la cama, el segundo dejó una línea larga desde el mentón hasta la frente, pasando por el costado del ojo, recuerdo que los tres siguientes fueron los más grandes y cayeron justo sobre su cara y boca, los siguientes bañaron sus tetas.

“Fueron diez!!” gritó ella. Por alguna extraña razón acostumbra contar los chorros de semen con que la baño y si son pocos queda como frustrada, pero si son cerca o más de diez es feliz.

Después de esa maravillosa sesión de sexo apasionado, ella me atendió agradecida, llevándome un refresco y un plato con diferentes berries.

Conversando, ella me contó de su salida con sus amigas y de los temas tocados, dentro de los cuales hablaron de lo frustradas que todas estaban sexualmente, las que tienen pareja estable contaban que tienen sexo rutinario, aburrido y escaso y las que sólo tienen parejas ocasionales contaban que costaba conquistar a alguien interesante y que, normalmente, después del sexo quedaban frustradas y mal atendidas.

Me contó que conversó con su mejor amiga y que esta le decía que sólo tenía orgasmos al masturbarse ya que hace mucho tiempo no tenía buen sexo. Esa noche la amiga andaba con una mini falda espectacular (yo la conozco y tiene un cuerpo trabajado en gimnasio increíble) y no lograba que ningún tipo interesante le hablara. Finalmente había conocido un tipo, nada especial, y que no sabía cómo le iría pues se vino a tener sexo conmigo.

Al rato recibió un mensaje por whatsapp de su amiga, que le decía “decepcionante”, y luego “otra noche con consolador”.

Entonces, ahí fue cuando mi chica me miró a los ojos y me dijo: “mi amor, y usted no sería tan bueno de hacer feliz a mi amiga que tanto lo necesita?? Aunque sea una sola vez?”.

Me gusta / No me gusta

Romance

Hola. Finalmente nos hemos animado a contar nuestra historia. Espero que sea de interés y que pueda ayudar a alguien, esa es nuestra principal motivación, si bien también ha influido también el morbo de relatar nuestra relación. Al principio no sabíamos como escribir nuestro relato, pero finalmente nos decidimos por escribir cada una nuestra historia desde su punto de vista.

———Mi nombre es Alba, y ahora tengo 24 años. Cuando entré en la adolescencia no era precisamente una chica popular debido a mi físico. Era guapa de cara, pero sin embargo era muy alta, y decir que me sobraban unos cuantos kilos era un eufemismo bastante suave. Por ello, cuando tenía 16 años decidí complementar mis dietas con ejercicio físico y me hice socia de un gimnasio. Fue a partir de entonces cuando mi físico empezó a mejorar, quizá en exceso. No solo hacía ejercicios para reducir mi peso, sino que además empecé a hacer pesas, puesto que ya desde pequeña destaqué por mi fuerza. De tal modo que cuando ya tenía 19 años tenía un físico que intimidaba más de lo que impresionaba: medía 1,80 m y mis medidas eran decididamente de escándalo, tanto que estaba un poco acomplejada: 128-64-94. Mis hombros eran más anchos que los de varios chicos del gimnasio, y mis biceps se notaban perfectamente sin necesidad de doblar el brazo o hacer fuerza, lo mismo que los músculos de mis piernas. No era un saco de músculos, pero la verdad poco me faltaba, de modo que antes de convertirme en una versión femenina de Terminator decidí tomarme de forma más relajada el gimnasio.

Debido a mi físico, la mayoría de los chicos con los que salía se sentían en el mejor de los casos, intimidados, y la relación no duraba demasiado, especialmente cuando empezábamos a tener relaciones sexuales: yo era más fuerte y resistente que ellos, con lo cual a veces les hacía daño sin querer, aunque ellos jamás quisieran reconocerlo. Lo más parecido a un reconocimiento que tuve fue cuando un muchacho me dijo que se había sentido como una adolescente inexperta en mis brazos. Aquel comentario me dolió bastante.

De este modo, mis únicas relaciones sexuales satisfactorias las había tenido con dos chicos del gimnasio al cual yo acudía, ambos culturistas y mayores y que yo. Físicamente las relaciones eran muy satisfactorias, pues al ser más fuertes y musculosos que yo no se sentían intimidados, y no teníamos necesidad de contenernos. Ni siquiera el tamaño de sus pollas, tan desarrolladas como el resto de sus músculos (21 y 24 cm cada una) me molestaba.

Un día, mientras programaba el tiempo en la bicicleta y ajustaba el asiento, una chica se acercó.

– Hola me respondió ella tímidamente.

– ¿Eres nueva? le pregunté por simple curiosidad-. No te he visto nunca antes por aquí.

– Sí, soy nueva respondió ella. Apartó la mirada disimuladamente, si bien no me molestó. Sabe Dios que no sería la primera vez que me sucedía. Como ya dije, mi cuerpo intimidaba mucho, casi tanto como impresionaba.

– ¿Cómo te llamas? le pregunté dispuesta a entablar conversación. En aquel momento no había nadie más en el gimnasio, y quería algo de conversación-. Yo soy Alba.

– Me llamo Iria respondió ella.

———Me llamo Iria, y a partir de ahora continuaré el relato, si bien posteriormente nos iremos alternando Alba y yo. Tengo 21 años y estudio Económicas. Hace dos años tuve un accidente de circulación cuando iba en moto con un amigo, consecuencia del cual tuvo graves heridas en las piernas, aunque afortunadamente no sufrí nada irreparable. Sin embargo, cuando me dieron el alta y pude volver a caminar, me recomendaron seguir durante tres meses un programa de rehabilitación para que mis piernas recuperaran toda su fuerza anterior. El médico me dijo que podía hacerlo por mi cuenta en cualquier gimnasio.

Menuda gracia: desde pequeña siempre odié el ejercicio físico. Era el bicho raro de la clase porque era la única que no se alegraba cuando teníamos gimnasia, y mi opinión nunca mejoró conforme pasaron los años y crecí. Supongo que ello se debe a que siempre he sido una chica muy menuda y débil. No llego al 1,60 m, y soy de complexión delgada aunque esbelta: tengo justo lo que necesito, y me siento cómoda con mi cuerpo. Ya en el instituto, me hice muy popular gracias a mi belleza. Tengo un largo y sedoso cabello negro que me cubre toda la espalda, enmarcando mi rostro de facciones clásicas y delicadas. Muchos chicos me pidieron para salir, si bien nunca llegué muy lejos con ellos, pues la mayoría únicamente se fijaban en mi por mi físico, no por mi personalidad o forma de ser.

Pero no me voy a desviar del tema. Aunque no me hiciera gracia, tenía que acudir al gimnasio, pues había sufrido bastante durante mi convalecencia como para dejar el trabajo a medio hacer. De modo que me apunté al gimnasio que había más cercano a mi casa y tras explicar al dueño el trabajo físico que me habían recomendado, me indicó los ejercicios más adecuados y empecé a trabajar. El primer día me sentí bastante incómoda, puesto que me sentía como una pulga entre todos aquellos deportistas, mucho más grandes y fuertes que yo. Cuando me enteré que el gimnasio habría a las 7:00 de la mañana, y que a esa hora casi no había nadie, decidí acudir a esa hora, esperando estar sola. Tendría que despertarme muy pronto, pero madrugar nunca me había costado y prefería tener un poco de sueño al despertar para tener más intimidad en el gimnasio. Al día siguiente fui la primera en llegar, antes que el dependiente y tuve todo el gimnasio para mi sola hasta las 7:45, hora en la que casi había acabado. Sin embargo, al día siguiente más, no tuve tanta suerte: a los 5 minutos de llegar yo, sentí otra persona entrar en los vestuarios de chicas. « Al menos no será otro gorila como los que había anteayer » pensé yo.

Un par de minutos después salió la recién del vestuario y se subió a una de las bicicletas. Cuando la vi creí que los ojos que iban a saltar de los ojos, pues no era ni mucho menos lo que me había esperado. Era mayor que yo, ten&ia se mostró en todo momento muy cordial y natural, poco a poco fui superando mi primera impresión y comencé a sentirme más a gusto con ella.

Mientras yo hacía flexiones, ella se sentó en una máquina de pesas con poleas y comenzó a hacer varias series con cuarenta kilos con una facilidad que a mi me resultaba increíble. « Ella sería capaz de hacer las pesas utilizándome a mi como peso » pensé, mientras observaba como levantaba y subía las pesas y sus brazos. Sin embargo, sin darme cuenta mi mirada se desvió poco a poco hacia su abdomen, siguiendo el ritmo de su respiración, y más concretamente, de sus pechos, hasta que finalmente terminó la serie. Cuando dejó caer las pesas, el sonido al entrechocar el metal me despertó de mi ensimismamiento. « ¡Nunca creí que unos pechos pudieran ser tan subyugantes ! » pensé avergonzada y divertida al reparar en el modo en que me había quedado absorta en su visión. Yo me consideraba a gusto con mis pechos, eran pequeños, pero yo también era pequeña. Estaban bien proporcionados al resto de mi cuerpo y su tamaño nunca me importó. De hecho, los pechos muy superiores a una talla 90 me parecían como una aberración de la naturaleza. Sin embargo, los pechos de Alba no me producían ese rechazo. De hecho, nada en ella me parecía una aberración.

Seguimos cada una con sus ejercicios, mientras hablábamos conociéndonos más. Sin darme cuenta, mi mirada se perdía en cada detalle de su anatomía: su trasero, firme, redondo, sus brazos, sus largas y fuertes piernas… Incluso su rostro, con sus ojos verdes y su amplía sonrisa. « Estoy atontada » me dije, cuando acabé mis ejercicio y me fui a las duchas. « Cualquiera diría que nunca en mi vida he visto una mujer.» Me duché rápidamente, me sequé y empecé a vestirme. Cuando me estaba peinando, entró Alba en los vestuarios tras terminar. Me preguntó si yo iba todos los días al gimnasio, y yo, distraída frente al espejo en mi peinado, respondí que sí. Entonces ella sugirió que podíamos quedar para mañana a la misma hora.

Me volví para responderle y enmudecí. Concentrada en mi peinado no me había dado cuenta de que Alba se había desnuda para ducharse, y estaba a mi lado, con sus enormes pechos, increíblemente firmes y redondos a la altura de mi cara. Me puse colorada como un tomate e instintivamente retrocedí; sin poder apartar mi mirada de Alba, que parecía divertirse de mi reacción. Me dijo que lo sentía, que no había querido asustarme acercándose tan en silencio. Confusa, le dije que no importaba, que era una tontería. Entonces ella entró en las duchas, y yo la observé mientras me daba la espalda y deshacía el nudo de su cabello, si bien no fue este el que más llamó mi atención. Cuando se metió en uno de los compartimentos de las duchas y el agua empezó a correr, me despabilé, terminé de arreglarme y salí de los vestuarios, despidiéndome de ella hasta mañana. Rápidamente fui hasta parada del bus y cogí una para la facultad, donde tenía clases, sin poder dejar de pensar en Alba. Afortunadamente (en este caso), la primera clase era de Contabilidad, de modo que no me quedó otro remedió que dejar de pensar en ella, y no me volví a acordar de Alba hasta que llegué a casa después de las clases y deshice mi bolsa del gimnasio. « No pasa nada » me dije a mi misma. « No me va de la cabeza porque nunca antes había visto una mujer como ella. Pero si al final nos hacemos amigas, debo de dejar de pensar en ella como un objeto espectacular ».

A las 7:00 estaba nuevamente a la entrada del gimnasio, si bien aún no se como me atreví a ir. El recuerdo de lo que había hecho la noche anterior al dormirme me perseguía y me llenaba de miedo, pues nunca antes había experimentado nada semejante por una mujer. Debía admitir que nunca me había entusiasmado demasiado los chicos, pero tampoco nunca me habían atraído las chicas. De todos modos, en el último momento decidí ir, no porque deseara afrontar mi miedo, sino más bien porque ya había dado a Alba mi palabra de estar allí.

———Cuando llegué al gimnasio, Iria ya me esperaba en la puerta, si bien había acabado de llegar. Pasamos a los vestuarios tras saludar al mujer de la limpieza y al encargado y tras cambiarnos rápidamente hicimos algo de bicicleta.

– Tienes una piel preciosa le dije a Iria. Ya me había fijado en ella el otro día, pero ahora me fijé con mayor detenimiento y confirmé mi impresión inicial: tenía una piel de alabastro, sin el menor rastro de imperfección y mancha.

– ¿En serio? preguntó ella, como si estuviera asombrada de mi cumplido.

– Y tanto respondí yo-. Ya me gustaría tenerla para mí, y no digamos tus pechos.

– ¿Mis pechos? preguntó asombrada-. Pero si son enanos, comparados con los tuyos.

Inmediatamente se sonrojó, pues comprendió mi complejo.

– Todos los pechos son enanos comparados con los míos respondí con una sonrisa quitándole hierro al asunto-. Todo el mundo que me conoce cree que me los he operado así, por lo firmes que los tengo, pero no, son totalmente naturales dije acariciándomelos por encima del top-. Para mi serían perfectos si no fuera por el tamaño. Me hacen parecer el Monstruo de los Globos de Silicona.

– Lo siento mucho dijo Iria-. No quería decir eso…

– No importa. Pero esos pedales… le dije. Iria había dejado de pedalear y me miraba fijamente.

– No digas eso del Monstruo me dijo-. Yo creo que te quedan bien… a tí.

– ¿En serio? pregunté sorprendida por la vehemencia de Iria-. ¿Tú crees que no debería de operarme? Aunque de todos modo no lo haría : soy como soy, y pasaría por un quirófano para cambiar.

– En serio me dijo con convicción-. Yo creo que no tienes por que acomplejarte. Yo te veo perfecta.

-Eres un encanto, Iria dije inclinándome sobre ella para besarla en la mejilla-. Y ahora, dale de una vez a esos pedales.

Continuamos con nuestra serie de ejercicios, sin dejar de hablar, pues aunque estábamos en aparatos distintos y alejados, no había nadie más en el gimnasio cuya conversación nos molestara. Hablamos de nuestros gustos musicales, de cine… Me di cuenta de que Iria estaba más pendiente de mi que de sus ejercicios, y en más de una ocasión tuve que recordarle que tenía que hacer sus series. Cuando terminé de hacer una serie de sentadillas, me di cuenta que Iria hacía mal unas flexiones y acerqué a ella para corregirla.

– Las estás haciendo mal le dije inclinándome sobre ella y corrigiendo su postura-. Tienes que tener las piernas en un ángulo más cerrado. Así. ¿Comprendes ? le pregunté. – Sí me respondió. Sin embargo intuí que no, puesto que me miraba fijamente a mí y estaba tensa. Su mirada vacilaba entre mi rostro y la amplia abertura de mi top.

– ¿En serio? pregunté divertida por lo mucho que mis pechos la turbaban-. Pues entonces haz de nuevo la serie como te he dicho.

Iria titubeó, colocandose más cerca incluso que el día anterior en el vestuario. Rápidamente inicié de nuevo las flexiones sin protestar y Alba se incorporó. Por un momento me sentí aliviada, pues el objeto de tentación se había alejado de mis ojos, pero entonces me fijé en sus piernas. Al menos, no sería tan descarado como la mirada a sus pechos. Había tenido miedo de que se enojara conmigo, pero afortunadamente pareció que le había hecho gracia, o cuando menos, no se lo había tomado a mal. Entonces me preguntó si quería tomar una sauna una vez acabáramos de hacer los ejercicios. Me estremecí al pensar que ambas estaríamos desnudas juntas. Había pensado que yo podía hacer antes que ella mis ejercicios para no coincidir en el vestuario juntas cuando nos ducháramos y vistiéramos, pero aquello alteraba mis previsiones.

Le dije que no, que no quería asarme en la sauna, que no me gustaba el calor y en el sauna debía de hacer mucho. Pero ella me dijo que nadie se había muerto en ella, y que además era muy bueno para la piel. Me negué, pero ella insistió animándome y finalmente me sorprendí diciendo que sí. Cuando terminamos en el gimnasio, fuimos a los vestuarios y allí nos desnudamos para entrar en la sauna. Yo intentaba no mirar a Alba mientras me desnudaba. Ella se anudó una toalla a su cintura y dijo que ya estaba lista. Yo, tímidamente y sin mirar a sus pechos descubiertos, me enrollé en una toalla todo mi torso y la seguí. La sauna estaba entre los vestuarios de los hombres y las mujeres, y se accedía a ella mediante una puerta en cada vestuario. Según el día de la semana que fuera, una de las dos puertas estaba cerrada con llave, indicando quien podía usar la sauna o no.

Entramos en la sauna, y asombrada vi lo pequeña que era. Era apenas mayor que el cuarto de baño de mi habitación, de tres metros por dos, con dos hileras de bancos a lo largo de las paredes. Era una habitación oscura, iluminada únicamente por dos pequeñas bombillas que proyectaban por igual una luz dorada y sombras. Cuando entré, sentí como el calor golpeaba mi rostro de lleno, pero Alba me animó a seguir. De este modo entré y cerré la puerta detrás de mi, encerrándome a solas con Alba en aquel horno. Alba se subió al nivel superior de los bancos y me indicó que hiciera lo mismo. Me senté, pero me levanté en el acto al sentir en mi piel lo caliente que estaba la madera de los bancos. Entonces Alba me dijo que me quitara la toalla y la utilizara para sentarme. Con timidez, me desanudé la toalla y me senté sobre ella desnuda, en silencio, sin atreverme a mirar el cuerpo desnudo de Alba, que tenía a mi lado.

——— – Estás muy callada le dije a Iria-. ¿No te gusta? – Hace demasiado calor respondió ella.

– Pues no está demasiado alta dije observando la aguja de la temperatura-. Solo es falta de costumbre. Cuando lleves unos minutos descubrirás que puedes sorportarlo mucho más.

Ella no me respondió, y viró el rostro hacia el otro lado. Me di cuenta que evitaba mirarme.

– ¿Qué te pasa? le pregunté. Ella se giró mirándome a los ojos.

– Nada respondió.

– ¿Entonces por qué no me miras? le pregunté-. ¿Eres tan tímida? – No respondió ella.

– ¿Entonces por qué no me miras? ——–Estaba asustada, muy nerviosa. Alba estaba a mi lado y posaba una de sus manos en mi hombro, mirándome con curiosidad. Me sorprendí a mi misma respondiéndole que era su cuerpo. Ella creyó entender. Me miró con una mirada comprensiva y me preguntó si me asustaba.

——— – ¿Te asusta sonrisa. Iria me veía como un modelo a seguir. Me sentí aliviada al creer que solo era eso, pero tenía que explicarle que no podía hacerse expectativas irreales sobre ella y el desarrollo de su cuerpo mediante el ejercicio físico, pues si no podía tener graves problemas de salud-. ¿Quieres ser como yo? ¿Con estas tetas tan grandes que mienten a grito pelado Silic

ona ?

Alba no me había comprendido. Mi cabeza me decía que debía responder que sí, hacerle creer que deseaba ser tan fuerte y musculosa como ella, pero en aquel momento sentía que me faltaban las fuerzas para mantener el engaño y la voluntad para mentir. Nunca en mi vida había estado tan asustada, pero sentía que tenía que continuar adelante. No, no es eso, le dije.

——— – ¿Entonces qué es? pregunté inquieta. Aunque intentaba ocultarlo, su miedo era evidente, y me dolía. Me dolía pensar que una chica como ella, tan simpática y bella, con su aspecto tan dulce y delicado me tuviera miedo. En mi memoria empiezan a bailar dolorosos recuerdos de las veces que sin querer había hecho daño a quienes quería por culpa de mi fuerza.

———Alba me preguntó nuevamente que era. Yo levanté la cabeza y le miré directamente a los ojos. Tenía que mirarle a la cara cuando se lo dijera.

Y se lo dije. Le dije que me gustaba.

——— – Me gustas dijo Iria.

Cuando la escuché me quedé sin palabras. Había esperado cualquier cosa menos eso: yo le gustaba. Ni en el más loco de mis pensamientos había imaginado esa respuesta, que esa era la causa de su timidez. Estaba tan sorprendida que no supe que responder, y de repente me di cuenta que Iria estaba sobre mi.

———Una vez lo confesé, sentí que ya no tenía ningún sentido negar lo que sentía. Había comprendido que deseaba a Alba tan repentinamente que no tuve tiempo a pensar en mi misma, sino en ella. Si me rechazaría o no. Pero llegadas a esa altura, no me importaba. Quería al menos por una vez, sentir su abrazo, su piel sobre mi piel antes de que todo terminara. De modo que sin decir palabra me abracé a ella, sentándome en una de sus piernas e incliné mi cabeza sobre sus pechos para sentir su calor y firmeza. Inmediatamente sentí el impulso de besar su piel, y no me lo negué, comenzando a besarlo como una posesa mientras acariciaba su piel humedecida, y sentía el volumen de sus grandes pechos sobre los míos diminutos.

———Cuando Iria estaba sobre mi, intenté reaccionar, pero estaba demasiado confundida por la revelación e Iria ya me abrazaba con todo su ser. Sentí el impulso de separarnos, pero el miedo a hacerle daño me detuvo, mientras intentaba encontrar otra forma de detenerla.

– Iria, escúchame… intenté decirle-. Por favor, para un momento.

Sin embargo, no me hacía caso. Seguía besando mi piel y acariciándome. Muy a mi pesar, sentí que me empezaba a humedecer, y no a causa del calor de la sauna. Intentando controlarme, levanté la mirada al techo de la sauna, confusa e impotente al no poder razonar con Iria.

Cuando la bajé, me encontré con la mirada anhelante de Iria clavada en mi.

———Besaba y acariciaba la piel de Alba, esperando que en cualquier momento me empujaría para alejarse de mi, pero nada sucedió. Levanté la mirada, y nuestras miradas se cruzaron.

———Intenté hablar, pero descubrí que no tenía palabras, no sabía que decir. No sabía como, pero todos mis sentidos estaban en los hermosos ojos de azules de Iria, que me observaban suplicantes, con una intensidad de sentimientos que me abrumaban. No se que sucedió entonces en mi, pero de repente dulces, tan distintas de las que había experimentado hasta entonces con mis amantes, pero acompañadas de un placer tan exquisito e íntimo que enternecían mi corazón. En los primeros segundos me dejé hacer por completo en mi boca, y poco a poco, aún bajo la batuta de la lengua y labios de Iria, empecé a responder mientras mis manos comenzaba a acariciar con sumo cuidado y cariño el delicado cuerpo de Iria, que se volvía cada vez más salvaje y ardiente, contagiándome su pasión.

———Cuando sentí las manos de Alba recorrer con suavidad mi cuerpo, la llama de mi pasión ardió con renovado vigor, elevando mi lujuria a niveles nunca alcanzados por mi hasta entonces. Me hundí con más fuerza en el fuerte cuerpo de Alba, deseando sentir más su fuerza gentil, el calor de su carne, el abrazo sensual de sus suaves y enormes pechos, que aprisionaban los míos en la más dulce de las prisiones, en la que mis endurecidos pezones se hundían voluntariamente. Mis labios se movían ahora con frenesí, devorando aquellos labios que me habían parecido inalcanzables desde mi reducido tamaño. Sus manos y caricias eran cada vez

más fuertes, pero a la vez que a veces eran demasiado para mi débil cuerpo, eran un bálsamo que me hacían ignorar el daño que Alba me hacía sin querer. Ambas estábamos por igual entregada la una a la otra. Con decisión, tomé con mis manos sus pechos y miré su rostro.

———A pesar del cuidado que tenía en no hacer daño a Iria, sentía que de vez en cuando mis caricias eran demasiado rudas. Sin embargo, no podía parar y continuaba acariciándola. Iria entonces se detuvo y sujetó mis pechos, mirándolos embelesada. Entonces compartimos una breve mirada y yo me relajé, echando hacia atrás mi cabeza. Entonces ella hundió su cara en mis pechos y comenzó a acariciarlos con ambas manos y besarlos, chuparlos, lamerlos… Mis pechos siempre habían recibido una atención especial por parte de mis amantes, que se perdían en su inmensidad, pero ello no me había preparado para lo que vendría a continuación.

———Tenía en mis manos los pechos de Alba, enteramente para mi. Me parecía tan extraordinario tener a mi alcance aquellos objetos de deseo que habían perturbado mi razón, que por un brevisimo, pero intenso segundo los admiré antes de hundir mi cara en ellos y comenzar a besarlos, chuparlos, acariciarlos… Yo, que nunca antes había tenido relaciones tan intimas con ningún hombre, y menos con una mujer. Mi entrega era absoluta y exploraba con mi boca y lengua cada cm. de su piel, arrancando gemidos de placer a Alba.

Entonces lo vi, ante mis ojos, a escasos milímetros. Uno de sus pezones, con su encarnada aureola, tieso y desafiante. Lo contemplé hipnotizada hasta que tímidamente llevé mi boca a él y lo besé tiernamente. Lo lamí con suavidad, con amor, y casi imperceptiblemente lo chupé. Sentí como cada movimiento mío convulsionaba el poderoso y hermoso cuerpo de Alba, aquella formidable walkiria que me había hechizado sin saber.

——— – No pares, por favor. No pares, ¡por favor! rogaba yo presa de un placer cada vez mayor. Nunca nadie me había hecho el amor en mis pechos como lo estaba haciendo Iria. Se entregaba en totalidad a la tarea, y el placer que me proporcionaba era la prueba de ella. Su boca en mi pezón me transportaba irresistiblemente al séptimo cielo.

– ¡Aaaahhh! ¡Ahhhh! ¡¡Aaaaahaaaaahhhh!!! ¡¡¡Aaaaaaaahhhhh!!!!Entre el placer, no me lo podía creer: ¡había tenido un orgasmo únicamente estimulándome los pechos! Era algo que nunca había pasado. Asustada, sin siquiera pensar en separarme de Iria antes de que nos descubrieran, esperé en silencio.

Reconocí la voz : se trataba de Begoña, una monitora de aerobic del gimnasio. Solo entonces comprendí alarmada el tiempo que llevábamos en la sauna, bastante más del que tenía previsto en principio, casi media hora. Preocupada, recordé además que era la primera vez que Iria estaba en la sauna.

Esperamos en silencio que en cualquier momento Begoña asomara a través de la ventana de la sauna, pero nada sucedió. Lentamente en silencio, Iria y yo nos movimos, separando nuestros cuerpos. Entonces oímos el sonido de la puerta del vestuario de chicas abriéndose y cerrándose, mientras Begoña preguntaba a Ramón, el encargado ese día de abrir, quien estaba en el gimnasio.

– Vámonos le dije a Iria-. No es bueno que abuses de la sauna el primer día.

———Cuando escuché aquella voz, mi corazón se detuvo. Sin atrever a emitir el mínimo sonido, miré hacia la puerta de la sauna, esperando que en cualquier momento entrara aquella desconocida descubriéndonos juntas mientras nos amábamos. Sin embargo, nada pasó. Poco a poco, nos separamos mientras se apoderaba de mi el miedo a ser descubierta, al juicio y castigo de los demás por lo que sentía. Entonces, tan repentinamente como antes, se escuchó la voz, más apagada mientras se abría y cerraba una puerta, hablando con el encargado del gimnasio. Entonces Alba me cogió de la mano y me dijo que debíamos de salir.

Salimos de la sauna. El vestuario estaba vacío, y únicamente una nueva cazadora testimoniaba que había entrado otra persona. Alba me dijo que ahora debíamos ducharnos después de estar tanto tiempo en la sauna, y por separado, nos duchamos, sin decir ni una palabra. Yo ni siquiera me atrevía a mirarla, por temor a que inesperadamente alguién entrara en el gimnasio y descubriera mis miradas, adivinando su significado. Finalmente nos vestimos y salimos juntas del gimnasio.

———Cuando salimos, ya no había nadie en el vestuario. Tras ducharnos en agua fría (al menos yo), nos vestimos y salimos juntas del gimnasio, en un nervioso silencio hasta que finalmente Iria lo rompió.

– Que sed tengo se quejó-. Voy a tomar algo ahí dijo señalando un bar que había cerca. Titubeando, añadió-. ¿Quieres algo? – Sí respondí. No podíamos retrasar aquello-. Yo también tengo sed.

Entramos y nos sentamos en una mesa, apartada de la barra y sin curiosos alrededor. Hicimos el pedido, y cuando el camarero nos lo trajo y se alejó, hablamos por fín.

– Bueno, lo de la sauna no era lo que tenía pensado dije para intentar romper el hielo, pues la verdad sea dicha, no sabía que decir.

– Tampoco yo admitió Iria-. Yo… me dejé llevar. Nunca… nunca antes actué tan… impulsivamente.

– Iria, yo… no sabía como decir aquello sin temor a ofenderla-. Yo nunca antes he tenido relaciones con… mujeres bajé la voz para asegurarme que el camarero no me oía, aunque este estaba pendiente de la televisión-. Siempre he hecho el amor con hombres.

– Tampoco yo. Quiero decir… intentó explicarse-. Tampoco lo he hecho con mujeres… ni con nadie.

– ¿Fue tu primera vez ? pregunté sorprendida. Me costaba creerlo después de como me había hecho experimentar aquel orgasmo.

– Sí admitió tímidamente.

———Frente a Alba, en aquel bar, desnudé toda mi intimidad, mis más profundos secretos que la concernían a ella. Le expliqué lo que había experimentado el día anterior cuando la vi por primera vez, como estaba presente en que dijera Alba.

———Cuando terminé de escuchar a Iria, suspiré y me sumí en mis reflexiones. Comprendí que ella estaba enamorada de mi, o al menos, se sentía muy atraida. Y también comprendí que no olvidaría lo sucedido. Es más, ni siquiera la intentaría, pues no se arrepentía de ello.

¿Me arrepentía yo de lo sucedido? En honor a la verdad, no lo sabía. Estaba muy confusa. Una parte vital de los esquemas en los que había basado mi vida habían saltado por los aires, y no sabía como debía recomponerlos. Siempre había tenido claro que me gustaban los hombres. ¿Pero ahora ? Y cualquiera que fuera la respuesta, ¿qué debía de hacer con Iria ? ¿Alejarme de ella ? ¿Instarla a que olvidara lo sucedido? ¿Seguir como antes? Finalmente hablé: – Iria. Eres una chica fantástica, pero… No se que hacer. Aún no comprendo que me pasó en la sauna. Apenas nos conocemos y… –hice un esfuerzo por acabar rápido antes de que con palabras mal escogidas estropeara todo-. Dame tiempo para pensar todo lo que ha sucedido, estoy muy confusa.

———La incertidumbre y las dudas de Alba eran como cuchillos que se clavaban en mí. Pero me dominé. Recordaba todas las dudas que había tenido yo antes, y aunque me dolían mucho, las comprendía.

Entonces recordé lo sucedido en la sauna, cuando me abalancé sobre el cuerpo de Alba al confesarle mis sentimientos. Recordé sus ojos cuando nuestras miradas se cruzaron cuando yo estaba en sus brazos. Aquel recuerdo de su mirada, de los sentimientos que expresaban me consoló y me dió seguridad.

Quiero que me prometas que seguirás viniendo al gimnasio a la misma hora, le dije. Quiero saber que un día volveré a verte, es lo único que te pido, le dije. Ella me miró directamente a los ojos, y finalmente aceptó: de acuerdo, te lo prometo.

Tímidamente sonreí. Tenía fe en que finalmente me daría la respuesta que esperaba.

Me gusta / No me gusta

Verano de sorpresas XIX (Un nuevo verano)

Aunque aún quedaban unos días para el verano, aquel sábado de junio fue realmente caluroso. Pero, siguiendo con nuestras aficiones, Jovi, Ana y yo nos acercamos a un pueblo a unos veinticinco kilómetros de casa porque teníamos que participar en una media maratón popular, una de las actividades programadas como prólogo de sus fiestas patronales. Mientras yo conducía, los dos se sentaron detrás y se pasaron el viaje metiéndose mano, aunque más en broma que en serio: no querían que la cosa pasara a mayores, pensando en concentrar las fuerzas para la carrera. Antes de bajar del coche, Ana nos propuso una pequeña apuesta: aquel de los tres que llegara antes, tendría la potestad de pedir lo que fuera a los demás. Ella ya contaba con que los dos teníamos la cabeza permanentemente dentro de sus bragas, así que la sorpresa no sería el qué, sinó el cómo. ¡Dios, cómo la quiero!

La prueba transcurrió sin problemas. Jovi y yo acompañamos a Ana durante la primera parte de la prueba pero, poco a poco, ella fue bajando el ritmo y fuimos dejándola atrás. Un poco más adelante nos pasó un pequeño grupo de jóvenes y seguimos su estela un buen rato. Mi amigo y yo nos sonreímos con complicidad cuando, al rato, les oímos hablar sobre lo buenas que estaban casi todas las corredoras y cómo uno de ellos les advertía de una en especial; hablaban de Ana, seguro, y yo me puse muy caliente con sólo de oírles hablar de mi mujer.

En el kilómetro 17, los más fuertes del grupo aumentaron el ritmo y yo los seguí. Jovi lo intento durante medio kilómetro más, con la intención de lucharme el deseo de Ana pero yo no aflojé y finalmente desistió y siguió con la parte del grupo más floja, en la que estaba el que más guarradas había dicho sobre Ana. Cuando llegué a la meta, ya tenía muy claro cómo sería la aventura del día.

Pasé por el avituallamiento a reponer fuerzas pero no me duché. Me fui a la meta y vi cómo llegaron, primero uno y, más tarde, la otra. Nos fundimos en un abrazo, nos hicimos un par de fotos y recogieron sus avituallamientos. Cuando por fin tuvimos nuestras bolsas, ya quedaba poca gente en el polideportivo donde la organización había dispuesto las duchas. Y allí, con las bolsas al hombro, les propuse mi idea. Lo dejamos todo preparado al milímetro y empezamos.

Jovi entró en el vestuario y empezó a desnudarse lentamente. Con un mensaje al móvil, me dio el aviso que le pedí. Todo entraba en el plan, así que seguimos con él:

–       ¿Se puede? ¡Perdón! ¿Puedo pasar? – mi mujer asomó despacio la cabeza por la puerta del vestuario de chicos, avisando de su presencia. Uno de los chavales, que sólo tenía el torso desnudo, se acercó para ver qué quería.

–       Este es el vestuario de hombres, el otro estará ahí al lado, ¿no?

–       Pues sí, así es, pero está cerrado, deben de haberse duchado ya las pocas que participaban. He venido un poco tarde y tampoco encuentro al encargado.

–       Es Juanjo, uno gordo con mono azul que estaba fuera hace un momento.

–       No he visto a nadie así… ¿Os importa si me cambio aquí?

–       ¿Aquí? ¡Hombre, yo…! ¡Qué quieres que te diga! Por mi, ningún problema…

–       ¿Preguntas un poco al resto, por favor? – el chaval entró donde estaba Jovi y el resto de corredores y les explicó.

–       ¡Tíos! En la puerta está la tía buena esa que vimos al principio de la carrera. ¡Que dice la muchacha que si se puede cambiar aquí con nosotros, que el suyo está cerrado! – se armó un poco de barullo, mientras todos hacían bromas, hasta que Jovi, en su papel, salió a defenderla.

–       ¡Qué entre, coño! ¿Qué os pasa? ¡Si no tiene sitio, que se duche aquí, joder! Además, si le vemos el culo, mejor, ¿no? ¡Pareceis tontos, joder!

–       ¡Este tiene razón, tíos! Voy a decirle que pase. ¡Pero disimulad, macho, no seais animales! ¡Hay que aprovechar!

El chico salió a la puerta e invitó a Ana a pasar. Cuando entró, el resto de chicos iba a la suya, contestaron escuetamente el saludo de Ana e hicieron como si todo fuera muy normal. Jovi le dio un poco de conversación para disimular.

–       Y qué, ¿cómo te ha ido la carrera?- dijo Jovi mientras se desataba los cordones de las zapatillas. Ana se sentó enfrente, junto al chico que le había abierto. Al lado de Jovi, el tío que más había hablado sobre Ana echaba miradas furtivas, mientras remoloneaba sentado en el banco, tapado por la toalla de baño y haciéndose masajes en los pies.

–       No muy bien, la verdad. Hoy hacía mucho calor y me he deshidratado muy pronto. He tenido que bajar el ritmo y ya no lo he podido volver a subir hasta el final. En fin, qué le vamos a hacer… – Ana se quitó la camiseta, dejándose el sujetador puesto; se dio la vuelta y, de pie, se entretuvo desabrochando los cordones, con el pie apoyado en el banco, dándoles la espalda a Jovi y los demás. Los chavales salivaron ante la vista y, aunque empezaron a rezar, nadie creía seriamente que aquella chica no acabaría duchándose con las mallas de correr puestas. Siguieron hablando todos de las condiciones de la carrera, del avituallamiento y de otros asuntos deportivos cuando entré yo.

–       ¡Upps! ¡Lo sient…! ¿Eh? ¿Pero…? – hice ademán de entrar, después de salir, interrogando con la mirada a los tíos por la presencia de Ana. Ella se giró y me lo explicó, como si no me conociera.

–       ¿No te importa, verdad?

–       ¡No, no, claro! – busqué un sitio un poco más adentro, en el lugar que acababa de dejar uno de los chavales que ya no tenían excusa para quedarse porque ya estaban duchados y peinados.

Cuando me senté, Ana se quitó el sostén con un movimiento rápido, visto y no visto. Aunque lo intentó, la maniobra no funcionó igual con las mallas: sudadas y muy ceñidas, le costó un rato de involuntarios movimientos y poses sexys hasta que consiguió sacárselos por los pies. Con las tetas al aire, los intentos por hacer pasar la goma que aprieta la cintura por la generosa curvatura de su culo dieron lugar a un espectáculo delicioso. La maniobra fue seguida por todos en medio de un silencio sepulcral. Todos miraban aquel culo perfecto, tapado sólo por un finísimo tanguita y aguantaban la respiración, para evitar que se rompiera aquel momento. El culazo que habían admirado durante la carrera y que nunca hubieran esperado apreciar de cerca, estaba allí, en auténtica carne y sexo. Ana se giró y se sentó. Así sentada, levantó un pie hasta el asiento para masajearse los dedos doloridos mientras seguía hablando de la carrera. Las tetas se bamboleaban al ritmo de sus masajes y el tanguita marcaba los labios gruesos de su vulva como si fuera transparente.

El chico de la puerta se había desnudado dándole la espalda a Ana, enseñando sólo el culo brevemente, hasta que se enrolló la toalla a la cintura y se fue a las duchas. Ana se levantó un segundo, se bajó el tanga y se sentó de nuevo, sacándose la braguita por los pies y volviendo a los masajes de dedos. Esta vez, su coñito se abría a la vista del tío que tenía Jovi al lado. El tío enrojeció hasta las orejas y hasta yo le noté la polla abultando bajo la toalla. Yo creía que se iría a la ducha pitando pero nos dejó a todos  helados por la sorpresa.

–       Si necesitas champú o gel de ducha, tengo uno buenísimo – le dijo a Ana, que le agradeció el gesto con una sonrisa.

De repente, con la misma tranquilidad, se levantó, se colgó la toalla al hombro y se acercó a donde estaba sentada ella. La erección de aquel hombre era total. El miembro le palpitaba al ritmo de su corazón y la punta roja del glande asomaba perfectamente visible, con la piel retirada hasta su base. Aquella polla quedó a un palmo de la cara de Ana, y aunque no era un miembro excepcional, se la quedó mirando, mordiéndose la lengua con un mohín entre sorprendida y excitada, mientras el tío le explicaba las propiedades de su champú. Ana miraba al hombre alternativamente a los ojos y a la polla mientras él seguía hablando. Debía excitarle mucho el hecho de estar empalmado delante de una desconocida; la polla, un poco curvada hacia arriba, seguía palpitando frente a mi mujer y ella se pasaba la lengua por los labios, lasciva.

–       ¡Gracias, eres muy amable! – dijo ella, aceptando su oferta; y sin más, el hombre se dirigió a las duchas. Ana resopló, giñándome un ojo con disimulo; estaba, seguro, cachonda perdida y decidió seguir al hombre. Se levantó, dejó las chanclas en el suelo y se entretuvo unos segundos calzándose, enseñándonos el culo a los tres o cuatro rezagados.

Aquel instante, en el que una mujer como la mia entraba, desnuda, en una ducha llena de hombres, también desnudos, resultaba brutalmente excitante. Así me lo reconoció ella después y así lo viví yo, con mis propios ojos. Desde la puerta, la vi dirigirse, lentamente, hacia la pared del fondo a la derecha, donde había un banco de piedra, para colgar la toalla en la percha y descalzarse. Aunque conseguía taparse casi completamente por delante, todos sabían que, en un segundo, la verían totalmente desnuda. Los de atrás, la veíamos contonear el culo, magnífico, a cámara lenta, en un viaje de kilómetros hasta el otro extremo de las duchas. Algunos chicos se giraron para enjabonarse de espaldas, ocultando su evidente erección. Pero otros se enjabonaban precisamente sus partes de manera ostentosa, intentando que fuera ella la que se avergonzara. Yo estaba, naturalmente, súper excitado: un grupo de tíos, dándose jabón a las pollas tiesas, masajeándose los huevos delante de mi mujer, desnuda ante todos ellos. ¡Era demasiado! Sobre todo, intuyendo lo que acabaría pasando, más tarde o más temprano.

Una vez  colgada la toalla, caminó hacia la zona de ducha. Era una especie de pasillo ancho, con grifos en ambas paredes, lo suficientemente separados como para que nadie mojara al de enfrente. Se dio cuenta enseguida de que le habían dejado libres los de más al fondo. Así que tuvo que pasar en medio de todos ellos.

–       ¿Me dejas pasar, por favor? – le preguntó Ana al más cercano, un tipo muy peludo que más que enjabonarse, parecía que se estuviera haciendo una paja. De hecho, tardó más de lo normal en contestar, exhibiéndose delante de una mujer desconocida y acariciándose delante de ella, mirándola a los ojos.

–       Claro, guapa, adelante – contesto, vacilón, poniendo los brazos en jarra y adelantando la pelvis hacia ella, dejando la polla bien a la vista, tiesa como una barra. Para evitar rozarse con él y sin dejar de mirarle el rabo, Ana pasó arrimada a la parte izquierda, sin recordar que otro chico, el que abrió la puerta, se enjabonaba justo allí. Al pasar, la polla del chico dejó un rastro de jabón por todo el culo de mi mujer, que no pudo evitar rozarse con él mientras pasaba.

–       ¡Huy, perdón! No te había visto – dijo, fingiendo sorpresa y embarazo. Volvió a retroceder mientras se excusaba y esta vez topó con el tipo que le había ofrecido el champú, aplastando su pene entre el culo y su vientre. De nuevo fingió sorpresa y volvió a excusarse, dejando esta vez, sin embargo, que el roce durara un par de segundos más.

–       ¡Caramba! ¡Qué tonta estoy! Voy tropezando con todo – dijo Ana, nerviosa, mirando el miembro del tipo, que se sonreía.

–       No pasa nada, mujer. Entiendo que estés nerviosa. Al fondo hay grifos libres. Ven ahora y coges el champú, si quieres, ¿vale?

–       ¡Claro, gracias! – Ana tuvo cuidado de no rozar a ninguno de los siguientes cuatro hombres que quedaban hasta el fondo, aunque pudo comprobar que todos ellos estaban empalmadísimos, pero mucho más discretos.

La seguí hasta el final, junto con Jovi y el otro rezagado. Elegimos cada uno un grifo y los abrimos. Ana volvió a provocar excitación en todos nosotros cuando dejó el bote de gel en el suelo. El culo, en pompa y con las piernas algo abiertas, se abrió hasta enseñar el ojete y los labios a toda la concurrencia. Jovi me dio un codazo de advertencia: me di cuenta que durante seis o siete segundos, hasta que se incorporó, sólo se oía el correr del agua de las duchas y al menos dos tíos, el peludo y el de la puerta, se masturbaban sin disimulo mirando a mi mujer. El grupo de más jóvenes, más modernos y con menos prejuicios, aunque empalmados, fueron cerrando los grifos al tiempo que acababan de ducharse y comentaban jocosos, tanto las curvas de mi mujer como la poca vergüenza de los pajilleros. Cogieron sus toallas, tuvieron el detalle de saludar a Ana como despedida y salieron hacia los vestidores. Los demás nos duchamos, sin más, aunque todos la miraban a ella y ella, como todos podían ver, nos miraba a nosotros. Todos recordarían siempre cómo se enjabonó los pechos, en movimientos circulares delicados, en los que, de la espuma, sobresalían sus pezones; cómo metía su mano entre la raja del culo, enjabonando su rincón más secreto; y cómo aclaraba con agua un Monte de Venus con un pequeño triángulo de pelo que no ocultaba sus labios carnosos. Los pajilleros tuvieron su mejor momento cuando ella se dobló por la cintura para enjabonarse los pies y los tobillos. El culo, como un corazón invertido, se abrió totalmente al agacharse, dejando a la vista un sonrosado ano, sin un solo pelo y los gruesos labios chorreando agua y jabón.

–       ¡Waw, qué bueno! – dijo Ana, aclarando los restos del jabón y refrescándose bajo el grifo – Menos mal que sois gente maja y me habéis dejado pasar. ¡Me moría de calor! –Ana, frente a ocho hombres adultos excitados y con las pollas en alto, frotaba suavemente sus senos, sus brazos, sus nalgas; se mojaba la cara, el pelo, la espalda. El agua discurría entre los canales de sus tetas y su culo, goteando al suelo desde el pelo del pubis. La piel morena y mojada parecía brillar y sus pezones, morenos y menudos, apuntaban, erectos, como los miembros de los siete hombres que la mirábamos.

–       Lo raro es que tú te atrevas a hacerlo. No muchas mujeres se sentirían cómodas en tu situación –dijo el tipo del champú.

–       ¡Huy! ¿Y qué problema hay? Entre runners hay camaradería, ¿no?

–       Ya, pero por si no te has dado cuenta, aquí había diez tíos con las pollas tiesas y tú, desnudita, en medio. Lo siento, pero no puedo evitar estar excitado, espero que lo comprendas y que no te lo tomes a mal. Estoy seguro que hablo por todos – los demás asintieron, atentos a la conversación.

–       Tranquilo, hombre, se entiende. A mi marido, que está cansado ya de verme desnuda, le causo el mismo efecto. No puedo estar por casa sólo con el tanguita porque está empalmado todo el tiempo y me sabe mal. La verdad es que me siento halagada, si es que os parezco deseable. ¡Y oye, a ninguna tía le molesta ver un montón de pollas tiesas tan de cerca! ¡Y quien diga lo contrario, miente! – dijo ella, socarrona, soltando las carcajadas de los chicos.

–       Entonces, ¿estás casada? – si fuera posible, diría que al tipo del champú se le puso la polla más dura al hacer la pregunta. Todos fueron acercándose, dejando las duchas más alejadas. El peludo y el de la puerta seguían pajeándose mirando a mi mujer, con escaso disimulo. La verdad es que todos exhibían unas pollas soberbias, bonitas, de un tamaño normal excepto la del rezagado, que era un verdadero monstruo.

–       ¡Claro! Desde hace diez años ya. Por cierto, que es masajista. Cuando llegue a casa, me va a venir muy bien –mintió ella – Me duele todo. La maldita última cuesta me ha destrozado los hombros y los gemelos. ¿Me dejas el champú?

–       Aquí tienes. – Mientras Ana se enjabonaba el pelo, el tipo se giró hacia los pajilleros y los riñó en voz baja – ¿No os da vergüenza? ¡Parecéis dos monos, cabrones! ¡Al menos podríais disimular!

–       ¡Que te den! – dijo sin más el peludo, con la risita aprobatoria del de la puerta. El tipo del champú se giró de nuevo hacia mi mujer al tiempo que ésta ya se enjuagaba la cabeza.

–       Oye, a mí me pasa igual con los hombros. ¿Quieres que te los suelte? – la pregunta quedó en el aire, como flotando con miedo. Todos esperaban la contestación de Ana, augurando un rechazo, más o menos amable. Cuando se aclaró los ojos y se situó, le devolvió el champú y aceptó con una sonrisa.

–       ¡Sí, por favor! ¡Qué amable eres! –le dio la espalda pero la muy puta se giró, cuidando de quedar de perfil respecto a los pajilleros para poder verlos y para que ellos no se perdieran ningún detalle. El tipo del champú se acercó y empezó a masajearle los hombros, despacito, con cuidado. Tenía los brazos rectos para alejar su erección del culo de mi mujer pero se le notaba nervioso y tenso.

–       ¡Buff! No sé si lo hago bien, no tengo una buena postura… – mi mujer, al oírlo, retrocedió hasta pegar su culo al pubis del tipo, con lo que su polla reposaba entre las nalgas de ella.

–       ¿Así estás más cómodo? – dijo ella, girando la cabeza y moviendo ligeramente el culo a un lado. Cada gesto que hacía, transmitía inevitablemente movimiento a su culo, rozando la polla tiesa del tipo hacia arriba o hacia abajo o de un lado a otro. Jovi y yo nos íbamos echando miradas y giños, empalmados como burros, mirando como el tipo encajaba el rabo en la raja del culo de Ana.

–       ¡Sí, sí! Mucho mejor – siguió el tipo, masajeando los hombros y el cuello de Ana. A los movimientos de culo de Ana se unieron los suyos propios, excitándose ambos a tope, pero con mucho disimulo. No sé cómo me contuve para no cogerle la polla y hundírsela en el culo de mi mujer. Los dos se notaban muy calientes. Los pajilleros, al verlo, se acercaron aún más.

–       ¡Acercaos, no os cortéis! – dijo Ana con sorna, a lo que el resto contestó con una risita nerviosa. Los dos, sin embargo, lejos de cortarse, se envalentonaron y se acercaron hasta ponerse enfrente de mi mujer, con la polla en la mano, capullando y descapullando.

–       Tu maridito no estaría muy contento si estuviera aquí ahora, ¿verdad? – dijo el peludo exhibiendo su cipote frente a Ana.

–       A mi marido no le importa lo que yo haga, chaval, pero yo se lo cuento todo. A mi no me controla. Seguro que a ti tu mujer sí lo hace, ¿me equivoco? – el tipo se sorprendió por la respuesta. Pero dudó sólo un segundo. En seguida se repuso y atacó. Se acercó más y alargó una mano hasta uno de los pechos de Ana, apretándolo suavemente sin dejar de meneársela.

–       Entonces no le importara que me haga una paja contigo, ¿no? – el hombre creyó que era el último cartucho que se disparaba ese día y que Ana se enfadaría y se iría. Los demás empezaron a protestar cundo Ana volvió a sorprenderlos.

–       ¡Es lo que le susurraré al oído cuando me lo folle hoy, cerdo, – y le cogió los huevos con una mano, acariciándolos con delicadeza – y el muy cabrón me llenará de leche mientras me llama puta, cachondo perdido! – el chaval de la puerta no perdió ni un segundo y se llevó la otra teta a la boca y se la chupó y se la mordió con cuidado.

Mi mujer dejó los disimulos y machacando las pollas de los pajilleros con las dos manos, se agachó para que el tipo del champú se decidiera a metérsela de una vez. El hombre no se lo pensó dos veces: le abrió las nalgas para ver la entrada del coño y consiguió ponérsela lo suficientemente vertical como para empezar a bombearle carne. Al principio, despacio, pero enseguida subió el ritmo, apretándole las nalgas con ambas manos. Ana, mientras, chupaba alternativamente las pollas de los pajilleros, que, como ya llevaban un rato de paja, estaban a punto de correrse. Tanto fue así, que el de la puerta enseguida se la sacó de la boca a Ana, le hizo chuparle los huevos y él mismo se pajeó hasta que se corrió sobre el pelo de mi mujer. Cuando se apartó, el peludo cogió el turno, le restregó la polla y los huevos por la cara a Ana, dándole pollazos en la boca y soltándole guarrerías hasta que se hartó. Cuando tuvo bastante, la cogió de la nuca y se la folló por la boca hasta que eyaculó. Mi mujer no podía tragarlo todo y, con la boca llena de cipote, al respirar, le salió un chorro de semen por las narices. El tipo le sacó la polla morcillona de la boca y la cara de Ana rebosaba esperma por todos lados.

–       ¡Espero que se lo cuentes todo, guarra! – dijo el peludo, y le dió un morreo a mi mujer.

–       ¡Con todo lujo de detalles, hijo de puta! – contestó ella, relamiéndose el semen de los dos tíos y gimiendo por la embestidas del del champú, que sudaba como un puerco con el frenesí de la follada. Mi mujer se la sacó y cogió a uno de los dos restantes chicos que aún quedaban, aparte de Jovi y yo, y acostó a uno de ellos, montándose encima de él para cabalgarlo. Al segundo, el que tenía la mayor polla de todos, lo sentó en el suelo delante de ella para chupársela. El tipo del champú se quedó un tanto descolocado, sin saber qué hacer, así que se limitó a pelársela, creyendo que su turno había acabado. Yo me acerqué a Ana y me puse a sobarle el culo y a meterle un par de dedos en el ano para dilatárselo. Cuando se notó preparada, dejó de chupar por un momento y se giró hacia el del champú, lanzándole una mirada de deseo.

–       ¡Fóllame el culito, cariño, es tuyo! ¡Te lo has ganado! – y se volvió a chupar la polla del chaval que tenía delante. Al hombre se le salían los ojos de las órbitas y las venas de la polla parecían aún más hinchadas. El glande, rojo como la sangre, empezó a empujar el ano para entrar. Yo seguía sobándole el culo y abriendo las nalgas para facilitarle el trabajo pero el hombre no podía.

–       ¡Dios, no puedo! – se lamentó, desesperado, porque su polla no conseguía entrar y rebotaba hacia arriba, contra su pubis. Ya iba a desistir cuando le dije que la cogiera de las nalgas y las abriera. Él así lo hizo y yo cogí su miembro hinchado y lo dirigí certeramente hacia el ojete de mi mujer. La polla empezó a abrirse camino hasta que entró todo el glande, que quedó rodeado por aquella fantástica compuerta musculosa – ¡Gracias, amigo! ¡Dios, qué culo más increíble! ¡Qué daría yo por que mi mujer fuera igual de cachonda!

Como siempre, lo que más me excitaba era ver a mi mujer follada por el culo por otro tío, así que me quedé allí, mirando cómo el tío del champú le hundía una y otra vez el cipote en el culo a mi mujercita, que gemía y aullaba aún con la boca llena, chupando polla sin parar. Yo estaba tan cachondo que ni me di cuenta de lo que hacía pero dejé de masturbar el clítoris de Ana y rodeé la polla de aquel tío con mi mano, con lo que se follaba mi mano y el culo a la vez. De vez en cuando la soltaba y le apretaba los cojones, acariciándolos muy excitado, y le daba cachetes a mi mujer en las nalgas o acercaba mi lengua hasta rozar la membrana de entrada del ano, ensanchada por el miembro del hombre que no dejaba de entrar y salir.

Una de las veces, se le salió la polla en una embestida y me pilló con la lengua en el culo, así que cuando la volvió a acercar, me la metí en la boca y se la chupé. El hombre no protestó; al contrario, noté cómo acariciaba mi nuca y mi cabello mientras jadeaba. Me sentí muy excitado, muy guarro, mamándole la polla al hombre que se estaba follando a mi mujer.

Ana aprovechó para darle más ritmo al chico al que montaba hasta que hizo que se corriera dentro de ella y lo dejó allí, sobándole el culo hasta que el otro chaval se corrió en su boca. Los dos se fueron a duchar otra vez y tomé yo la iniciativa. Me senté en el banco de piedra y Ana me montó, sentándose a horcajadas, con lo que me dejó el culo al alcance de las manos. Le abrí las nalgas una vez más y esperé el rabo de Jovi, que se abrió paso con una facilidad pasmosa, dilatado ya el ojete por la lubricación anterior. El hombre, que aún no se había corrido, le acercó la polla a la boca a Ana que se lo chupó como sólo ella sabe. En la posición en la que yo estaba, me permitía chuparle los huevos y el culo y él, de vez en cuando, se la sacaba de la boca a Ana y nos la restregaba a los dos por la cara. Y así estuvimos hasta que, una vez más, la boca de Ana se llenó de semen, que compartió conmigo cuando el cipote goteante del hombre del champú salió de su boca. Naturalmente, tanto Jovi como yo tardamos bien poco en corrernos, acompañando a Ana en su enésima corrida.

Estábamos los cuatro de nuevo bajo el grifo, cuando, de repente, entró alguien.

–       ¿Qué coño es esto? ¿Qué cojones hace usted aquí? ¡Esto está prohibido! – un tipo gordo, con mono azul, entró en las duchas, riñendo a mi mujer.

–       Le hemos dado permiso, no hay ningún problema, Juanjo, tranquilízate – dijo el del champú.

–       ¿Qué me tranquilice? ¡Serás cabrón! ¡Todos aquí follando y yo sin enterarme! ¿Qué dirá mi hermana cuando le cuente que su maridito se folla a putas en las duchas del Polideportivo?

–       ¡Oye, gordo! ¡Putas, aquí, no hay ninguna! ¿Está claro? – dijo mi mujer, con rabia.

–       ¿No? ¿Y te has follado a ocho tíos en el vestuario de hombres? ¿Cómo se llama eso?

–       No le he cobrado a nadie, gordo. Hemos follado porque nos ha dado la gana, ¿vale? Y tranquilo, que ya nos vamos…

–       ¡Ni hablar! ¿Qué hago yo con esto? – y se sacó del mono una polla gorda pero no muy larga, sustentada por dos enormes cojones peludos. La circuncisión le mostraba el glande rojo, hinchado, como una pelota. Yo conocía a mi mujer y sabía que aquel hijo de puta la ponía pero que muy cachonda.

–       ¡Eso, gordo, es para mi solita! – Ana se acercó a él y, abrazándose a su barrigón, lo besó en la boca, metiéndole la lengua hasta el estómago.

El gordo se soltó dos pinzas y el mono le cayó a los pies, quedando desnudo excepto por las botas de trabajo. Cogió a mi mujer de los muslos sentándola a horcajadas sobre su barriga, sin dejar de besarla. Mi mujer, por su parte, se abrazó a su cuello y rodeó el corpachón con las piernas. Ana intentó moverse para que el gordo la empalara pero enseguida vimos que no lo conseguiría fácilmente. Así que, una vez más, ayude a un hombre a que se follara a mi mujer, cogiendo su rabo tieso y llevándolo hasta el coño.  Aquello se estaba convirtiendo en costumbre pero me gustaba, no lo puedo negar, Me sentía muy caliente sintiendo en mi mano cómo corría la sangre por aquellas pollas tiesas y me excitaba acariciarles los huevos. Le hacían el amor a la persona que más quería en el mundo y eso me ponía a mil.

El tipo, aunque con un gran barrigón, tenía una fuerza descomunal. Mi mujer colgaba de su cuello de toro y descansaba el peso de su cuerpo apoyando las piernas flexionadas y abiertas en los antebrazos del hombretón, que la cogía con las manazas por el culo. Ana no es en absoluto pequeña pero parecía una muñeca en las manos de aquel titán, que se la follaba con violencia. Mi mujer se movía, frenética, y le chupaba el cuello, las orejas o la cara al puto gordo, jadeando y gritando como una posesa. Estuvieron un buen rato así hasta que el gordo no pudo más; haciendo tanta fuerza le costaba concentrarse y no se corría, y los brazos le empezaban a pesar.

Mi mujer, servida ya con mil orgasmos,  lo acostó en el suelo y se le subió encima pero al revés, para poder chupársela. El gordo se dio un festín de culo y coño y mi mujer le regaló una mamada excepcional con chupada de culo incluida. Nosotros tres, cómo no, nos la sacamos el primer minuto de acción y nos la meneábamos con el espectáculo. Ahora nos acercamos en corrillo y de rodillas, cerca de ella, para tocarla mientras nos masturbábamos. Jovi y yo apuntamos con las pollas a la altura de su cara y, en cuanto el gordo empezó a escupir leche en su lengua, aceleramos para contribuir con nuestro esperma a llenarle la cara a mi mujer, mientras el del champú,  casi sentado en la espalda de Ana, con un pie a cada lado de los dos cuerpos, se entretuvo sobándole el culo hasta que eyaculó en la espalda, apretando una nalga con una mano.

Caímos todos destrozados. Después de una buena carrera, nos echamos la orgía del siglo. Después de volvernos a duchar, nos dimos los teléfonos con el del champú, que al final supimos que se llamaba Jorge y nos despedimos. No sería la última vez que coincidimos, pero eso lo dejaremos para otro día.

Me gusta / No me gusta

Gangbang con Maria Jesus, una madura insaciable

Un tiempo después de la aventura con la profesora deje la universidad ya que el estudio no era lo mío. Entonces mientras decidía que hacer de mi vida pasaba largos ratos en el gimnasio de una urbanización donde mi primo Javi es monitor. Javi suele enrollarse con algunas de las mujeres que acuden al gimnasio. En particular, con una que se lama María Jesús,  una mujer que tiene 36 tacos, rubia de bote, pelo corto, de 1.70 de estatura, rellenita, ojos claros, un pandero inmenso pero firme, unas piernas tremendas con unos muslazos enormes, prietos y duros. Pero lo que más llama la atención son sus tetas. María Jesús tiene un buen par de tetas, con implantes de siliconas que agrandan los que de por si deben haber sido un buen parte de tetas de forma natural. Sus tetas son dos melones gordos, grandes, llenos, globosos que  llaman la atención del público masculino.  Además la tía es  una calientapollas que sabe como ponérsela tiesa a los tíos. Siempre sale vestida con blusitas blancas, trasparentes, flojas, con escotes que enseñan el canal de sus tetorras. Y gracias a esas blusas se le trasparenta el sujetador que es siempre de encaje de media copa, un sujetador de puta que trasparenta el pezón. Además, ella  tiene las tetas  tan gordas que llenan la blusa y al moverse se le bambolean dentro de la camisa y le sobresalen las tetas por los bordes del sostén.

Al llenar al gimnasio una mañana, mi primo me dijo – Llegas justo para participar del regalo de cumpleaños de María Jesús. Si te apetece, te sumas a la gangbang que le tengo montada.  Al rato llega María Jesús, con un catsuit de lycra que le transparentaba la braguita y el corpiño. Después de hablar tonterías y de que ella se insinuase, mi primo le dijo que pasase a la sala de usos múltiples donde está el tatami para hacer Pilates. Ambos se dirigieron a la sala y mi primo hizo un gesto de complicidad el resto de los que estábamos en el gimnasio. Matías, uno de los habituales, cerró con llaves la puerta del gimnasio y todos nos dirigimos tras ellos.  Ella al principio no lo notó. Una vez en la sala, mi primo le dijo – Puta, arrodíllate y hazme una mamada.  Ella no se hizo rogar. Le sobaba la polla y jugaba con su glande. Mi primo estaba muy caliente y casi la ahogó con su dura y caliente polla metiéndosela  en un solo envión en la boca, al grito de putita hoy vas a gozar como te mereces!!! Entre los  ahogos de María Jesús y las embestidas de mi primo, éste acabó en ella, ordenándole que bebiera hasta la última gota. Ella obedeció sumisamente pasándose la lengua por sus labios para que no quede ningún rastro de semen.

Al terminar la mamada, María Jesús vio que  no estaban solos y le preguntó a mi primo que hacíamos ahí. Él le contesto –Puta, son tu regalo de cumpleaños, cinco pollas además de la mía. Ella entonces se paró y nosotros la rodeamos y comenzamos a tocarla y desnudarla. Un  grandote llamado Santi entonces la forzó a inclinar el torso y tomándose con la mano derecha su falo erecto lo llevó hasta la boca de María Jesús, dejándola anonada del semejante pedazo que este cargaba!!! Ella rodeó con sus labios la polla, lamiéndola suavemente, a la vez que su lengua recorría parte del tronco de la polla que ella sostenía con su mano. Mientras otro de los muchachos, un mulato, hurgaba con sus dedos dentro del chocho de María Jesús, pasando rápidamente a darle ligeros lengüetazos. Entonces, otro se apoderó de su ano, y se lo comenzó a dilatar con la punta de la lengua.

Mientras tanto, yo, mi primo, y el sexto chico nos masturbábamos a centímetros de su cara sin quitar la vista de la escena. El que estaba en el culo dejó su lengua para meter primero un dedo, luego dos, moviéndolos circularmente como haciendo lugar. Quitaba los dedos y los llevaba a la boca de María Jesús para que ésta los lamiera. Ella sacó entonces la polla que tenía en su boca, y chupo los dedos con devoción, relamiéndose como una prostituta a la que luego recompensarían por su trabajo. Excitadísimo, abriéndole las nalgas con ambas manos, el chico la penetró por el culo que él mismo ya había dilatado. Él lo hacía con movimientos toscos, como si nunca hubiera penetrado a una mujer por la puerta trasera. Ella le suplicaba que lo hiciera más suave, pero esto lo enfureció y la penetró bruscamente hasta el fondo, arrancándole una mezcla de gemidos y de dolor.

En ese momento, el grandote, dejando el cuerpo de María Jesús casi en el aire, metió su gran polla por el chocho, con embestidas casi brutales se la mandó hasta el fondo. María Jesús parecía sentirse en la gloria mientras la follaban por los dos agujeros salvajemente, sus gemidos parecían aullidos de loba en celo en pleno acto de procreación.

Una vez desahogaron sus pollas, los dos chicos levantaron a María Jesús en vilo y la depositaron en el tatami. Los otros cuatro, nos acercamos a ella, la hicimos arrodillar e hicimos turnos para llenar su boca con nuestras pollas. En un arrebato de calentura mis huevos explotaron de lo cargados de leche que ya estaban, bañando las tetas de María Jesús, quien comenzó a lamérselos. Mientras yo aún me retorcía de placer, uno de los chicos pasó a apretarle las tetas con ambas manos,  juntándolas y metiendo su miembro en medio de ellas. Así se masturbo a un ritmo descontrolado sin parar y cuando se vio venir agitándolo la polla esparció todo su semen en las tetas de María Jesús. Esta entonces nos miró y lamió las tetas hasta dejarlas tan limpias como habían llegado.

Acto seguido mi primo se acercó a ella. La puso en cuatro patas y le taladró el culo. Mientras este la enculaba, los demás nos pusimos en fila frente a ella, para que de uno en uno nos mamara las pollas. A su trasero no le dábamos respiro. Cuando mi primo lo dejó, lo ocupó otro. El pobre estaba tan caliente que al tercer bombeo se corrió dentro de ella y así con la leche aun saliendo de su agujero fui yo y la empale sin piedad, encontrándolo tan agrandado de tanto traqueteo me yo metía y sacaba la polla sin dificultad hasta los huevos. María Jesús mientras tanto estaba en un lujurioso sin fin de orgasmos. Sus gemidos ya no eran tales, sino más bien eran gritos. Yo la premie con una terrible eyaculación. Aún sin sacarla, dando mis últimas embestidas sentía como chorreaba el líquido hacía afuera.

María Jesús parecía exhausta. Había disfrutado con pollas de todo tipo y después del último orgasmo se puso tumbada con las piernas bien abiertas. Entonces el grandote,  comenzó  a comerle el coño. El resto, estábamos todos metiéndole mano en las tetas, y el mulato lo acercó su polla a la boca diciéndole – Putita cachonda. Entonces ella se levantó bruscamente, y cogiendo al grandote de la camiseta lo tumbó bruscamente sobre ella dicendele – Fóllame cabrón. Al penetrarla el grandote ella grito-  ¡Que polla Dios! Sus gemidos yo creo que se escucharon hasta fuera del gimnasio. Mientras tanto uno de los chicos le metió la polla en la boca y se corrió rápidamente dentro de ella.

Entonces mi primo le dijo- Puta quieres aún más. Esta sin responder hizo un gesto de que sí. Entonces la hizo poner en cuatro y nosotros nos pusimos los seis en  fila india. Ella sólo pido que el grandote esperara para el final. Uno a uno fuimos follándola. Ella no tardó nada en ponerse como una moto otra vez, aquello era indescriptible. Cuando le tocó el turno al grandote ella tuvo un orgasmo que yo pensaba que se moría de la forma que temblaba.

Después de ello, María Jesús su ducho y cambió. Mi primo abrió una botella de champan francés y brindamos. Ella nos dijo que estaba algo cansada y dolorida, que lo había disfrutado mucho. Que había sido su mejor regalo de cumpleaños en treinta y seis años. Después nos dijo que ya era muy tarde y se marchó a su casa, mientras nosotros nos quedamos hablando sobre las tetas y el culo de María Jesús.

Me gusta / No me gusta

Trío a los 18

A los 19 años yo salía con una chica llamada Lidia, de 18 y muy caliente y pervertida. En los dos años que llevábamos juntos habíamos hecho más cosas en el ámbito sexual que muchas otras parejas más mayores.

Tras mucho hablar del tema y ruegos por parte de ella, decidimos dar un paso más y hacer un trío.

Decidimos poner un anuncio en un famoso portal Web de contactos que decía:

“Pareja jovencita , guapa e inexperta busca chico en Barcelona para el primer fin de semana de Agosto, cachas de gimnasio para trío. Enviar fotos de cuerpo entero.”

Para que el anuncio fuera más efectivo Lidia se dejó hacer varias fotos: dos en ropa interior y una con las tetas al aire. Le tapamos la cara y las añadimos al anuncio.

El anuncio lo pusimos un viernes, y hasta el lunes no vimos las respuestas. Teníamos el correo algo saturado con notificaciones. La mayoría era de chicos que no se ajustaba al perfil por una razón u otra. Lidia dio con 5 candidatos que al final redujo a dos. Chateamos por el Messenger con ambos y uno iba muy a saco y no nos inspiró confianza. El otro, de nombre Salva, fue el elegido.

El chico tenía 32 años (14 más que mi novia), no era muy alto, guapo de cara según Lidia y tenía un cuerpo esculpido en el gimnasio. En las fotos que nos envió salía en calzoncillos, así que no pudimos valorar nada más físicamente.  Trabajaba como funcionario y vivía solo en un piso cerca de la plaza Cataluña.

Chateando parecía muy majo, seguro de sí mismo y simpático. Le hablamos sobre nuestra inexperiencia y fantasías y el fin de semana que íbamos a estar de viaje en Barcelona.  Nos dijo que no había problema y hasta se ofreció a hablar con nosotros por teléfono por si no nos fiábamos. Primero habló conmigo, y la verdad es que cualquiera diría que lo que quería era hacer un trío. Después habló con Lidia, y esta no paraba de reír.

***

Llegó el día del viaje y ambos estábamos muy nerviosos. Salva nos invitó el sábado a cenar a su casa. En el hostal, Lidia se visitó con un vestidito atado al cuello, con colores naranja y marrón. Muy escotado. Me quedé mirando su cara de niña traviesa, su larga melena rizada, sus grandes labios, su esbelta figura y pechos talla 90 y no pude evitar decirle lo buena que estaba.

Llegamos a la casa de Salva y éste nos abrió la puerta. Nos recibió con un abrazo para cada uno y en seguida hizo que cogiéramos confianza y sintiéramos como si ya le conociéramos de antes.

Tras hablar un poco nos pusimos a cenar en una mesa redonda que tenía los exquisitos manjares que él mismo había cocinado. El ágape estuvo regado por sangría que no paraba de vaciarse de los vasos.

Entre el calor y el alcohol, no tardamos en sudar los tres. Salva se quitó su camiseta dejando al descubierto sus grandes músculos y tableta de abdominales. Lidia se le quedó mirando comiéndoselo con la mirada.

–          Contadme chicos ¿a quién se le ocurrió lo del anuncio? – dijo Salva.

–          Lo escribimos entre los dos.- Contesté yo.

–          Me lo imagino, pero ¿quién quería hacer lo del anuncio?

–          Yo –  dijo Lidia sonriendo coquetamente y mirando a Salva de arriba abajo. Él le respondió con otra sonrisa.

–          ¿Y tú no estás celoso? – me preguntó con cara de pena.

–          No, no…

–          ¿Cómo te sientes imaginándote a Lidia con otro tío?

–          Pues… La verdad es que me pongo cachondo imaginándomelo.

–          ¿Y a ti Lidia?

–          Bueno, je je je. No te enfades cariño, pero me pone imaginarme totalmente ocupada por dos hombres haciéndome disfrutar.

Mientras que decía estas palabras, Lidia se inclinó hacia delante juntando lo suficiente los brazos como para lucir y remarcar un gran escote. Sus tetas blancas y claras destacaban redondas encajadas en su vestido.

–          Y tú Luis ¿dónde te sueles correr?  – dijo Salva sin quitar la vista del escote de Lidia.

–          Ufff, jeje. Pues aparte de dentro de ella aprovechando que toma la píldora, pues por todos lados… en su cara, en sus tetas, en su espalda, en… cualquier parte.

Lidia y Salva sonreían.  Al inclinarme para coger la jarra de sangría pude ver que aquel hombre tenía su mano puesta sobre la pierna de mi chica. Empecé a ponerme muy nervioso. El corazón me latía como si se me fuera a salir.

–          Tienes motivos para estar contento. Tu novia Lidia es preciosa.

–          Gracias – dijo Lidia al tiempo que detenía unos segundos su dedo en sus labios.

–          Oye Lidia, ahora que estamos en confianza… ¿cómo la chupas?

–          Je, je, je. Me da un poco de vergüenza describírtelo… Dame la mano…

Lidia separó  el dedo índice de Salva y se lo acercó a la boca sin dejar de mirarle a los ojos. Sacó su lengua y recorrió círculos con su punta sobre la yema del dedo. Se introdujo el dedo lentamente en la boca hasta llegar a los nudillos. Después lo sacó, y lo recorrió de arriba abajo con la lengua para terminar metiéndoselo en la boca y darle un par de mamadas más. Todos nos quedamos callados. Se respiraba tensión sexual en el ambiente.

–          Eso ha estado muy bien…  Ha sido la mejor respuesta de la noche, ja, ja, ja- dijo Salva

Esta vez pude percatarme cómo Salva acercaba la mano que tenía en el muslo de mi novia más hacia su sexo, levantándole la parte de abajo del vestido y dejando a la vista su tanga.

–          ¿Y tú Luis? ¿Eres celoso? ¿Crees que aguantarías que otro hombre se tirara a tu chica?

–          Sí… creo que aguantaría.

–          ¿Ya te lo has imaginado?

–          Vaya.

–          ¿Y cómo te has sentido?

–          Pues… cachondo – todos reímos.

–          Entonces… – Salva se levantó de su silla y se colocó tras la de Sara.- ¿Qué sientes si hago esto?

Salva colocó sus manos abiertas en la cintura de Lidia y fue subiendo hasta llegar a los costados de sus pechos. Una vez allí, juntó sus manos hacia el centro haciendo que aquellas dos hermosas tetas conjurasen un gran escote pálido.  Salva siguió tocando las tetas de Lidia por encima de la ropa ante el silencio de ella.

–          ¿Te gusta Luis?

–          Sí, ufff. Me pone.

–          Vaya tetas que tienes – le dijo a Lidia – ¿Te gustaría que me follara a tu novia? – me dijo mirándome con los ojos muy abiertos.

–          ¡Sí! – respondió por sorpresa Lidia.

–          ¡Aha! Así que Luis, tienes una novia un poco guarrilla ¿eh?

–          Está hecha toda una zorrita.

Lidia pasó sus manos por el pecho y abdominales de Salva mientras se mordía el labio. Salva se volvió a sentar y Lidia colocó la mano sobre su paquete.

–          Cariño, creo que nuestro nuevo amigo esconde una buena polla.

–          ¿Te gustaría verla eh?

Lidia se levantó y se sentó de frente sobre Salva. Le agarró la nuca y empezó a besarle de forma apasionada.

–          ¿Estás caliente eh? – dijo Salva en un respiro.

Lidia le respondió chupándole los pezones al tiempo que le masajeaba el paquete. Le agarró la nuca y tras besarle un rato más, colocó la cabeza del chico entre sus pechos. Éste empezó a chuparlos y le sacó las tetas por fuera del sujetador y del vestido, desvelando sus grandes pezones rosados.

–          Tengo ganas de comerte la polla – le susurró Lidia en el oído.

–          ¡Pues tendrás que esperar!

Desde mi posición podía ver cómo aquel bruto sobaba el culo de mi novia, durito y erguido entre su tanga. Salva empujó platos y otros objetos que estaban sobre la mesa y con algo de rudeza cogió a Lidia en volandas y la sentó sobre la mesa.

–          Atento Luis, vas a aprender a comerle el coño a tu chica.

De un tirón le quitó el tanga y lo lanzó al suelo. Le subió la parte de debajo del vestido dejando a la vista su coñito depilado y le dijo:

–          Niña, antes de que me comas la polla, te voy a comer yo ese coñito tan bonito que tienes.

Salva hundió su cabeza entre las piernas de la chica y esta emitió un grito.

–          ¡Madre mía! ¡tienes el coño empapado! Debes de estar muy cachonda. Seguro que estabas deseando que hiciera esto. ¿A qué sí guarrilla? Seguro que saber que tu novio te está viendo con otro también te pone bien cachondilla. ¿Qué tienes que decir?

Lidia se inclinó hacia delante y agarró a Salva por el pelo:

–          ¡Que te calles y me comas el coño de una vez!

Tras decir esto, forzó la cabeza del chico tirándole de los pelos hasta ubicarlo entre sus piernas.

Viendo como gemía mi chica y se retorcía de placer, me bajé los pantalones y empecé a masturbarme.

Me acerqué a Lidia a ver si me la chupaba, pero estaba tan extasiada  que pasó de mí.

–          Ha llegado la hora de las pollas

Dicho esto, Salva se puso de pies, cogió a Lidia por las piernas y se la metió de una sentada. Ella gimió de placer.

–          Síiiii, fóllame – le suplicó.

Empezó a follársela lentamente, aumentando el ritmo poco a poco, acercando su cuerpo con la ayuda de sus poderosos brazos.  Lidia pasaba de mí, pero yo no podía parar de cascármela viendo aquello: mi chica gimiendo mientras se la follaba un conan, y sus tetas saltando al ritmo de sus gemidos.

De repente Lidia se zafó de su presa y se puso de pies antes la sorpresa de todos.

–          Te he dicho que  tengo ganas de comerte la polla, y eso voy a hacer.

De un empujón sin mucho éxito indicó a Salva que se sentara en la silla. No había terminado de poner sus nalgas sobre el asiento cuando Lidia se lanzó hacia su polla, chupándola como una auténtica profesionalidad. Con una mano le masturbaba mientras que se metía en la boca aquel trabuco a toda velocidad. Mientras, Salva le tocaba las tetas y se las tocaba como si quisiera sacarles brillo.

–          Para, para, para que me corro.

La chica lo hizo en el momento justo para evitarlo. Aprovechando que el chico estaba sentado, Lidia se sentó sobre él dándole la espalda y metiéndose del tirón aquella pollaza en su coñito.

Empezó a cabalgarle apoyándose en la mesa. Parecía una amazona cabalgando sobre su corcel en plena batalla.

Salva se levantó sin desengancharse de Lidia y la apoyó sobre la mesa. Empezó a follársela a lo perrito con el cuerpo de ella apoyado sobre la destartalada zona en que minutos antes habíamos comido.  Me acerque a la cara de Lidia y me sonrió.

–          Venga cariño, chúpamela un poco.

–          Amhhh, amhhh, no pue.. puedo, amhhh.

Se giró unos segundos hacia mí y me dio unos pocos chupetones en el capullo mientras me masturbaba.

–          Vamos al sofá

Salva se sentó en el sofá y colocó rápidamente a Lidia sobre él. Le hincó la polla con total precisión y Lidia le cabalgó de frente con una mano pasada por su cuello. Sus tetas redonditas saltaban a la altura de la barbilla del chico, que ayudaba a trajinar a mi novia agarrándole las nalgas, subiéndola y bajándola.  Salva le agarró las dos tetas, las juntó y empezó a chuparlas con un ruido de absorción mientras movía la cabeza de un lado a otro como si estuviera negando algo.

–          ¿Querías follarme? ¡ahora verás!

Besó a Lidia con lujuria y la colocó a cuatro patas con la cabeza inclinada en el sofá.  Se la folló con fuerza y en un momento dado apoyó su pie sobre la cabeza de la joven Lidia. Nunca había visto a nadie follar así. Lidia debía de tener el coño escocido.

Cambiaron a la postura del misionero. Lidia se veía diminuta bajo aquel enorme cuerpo cultivado por horas y horas de gimnasio. Todo su cuerpo se estremecía.

–          Me corro, me  corro!!

Con fuertes gemidos animales Salva se corrió dentro Lidia. Cuando la sacó, un hilillo de semen resbaló desde dentro de su coño.  Salva se tumbó encima de ella y se quedaron así unos minutos. Finalmente, y sin decir nada, se levantó y se fue al baño.

–          Bueno, ya va siendo hora de que me toque a mí ¿no?

–          Ufff, cariño, estoy destrozada. No puedo más – Lidia hizo pucheritos.

–          Pues entonces vámonos, que llevo un calentón que no puedo más.

Nos vestimos y nos fuimos sin despedirnos.

En el taxi de vuelta al hotel, el móvil de Lidia sonó.

–          Es Salva…

–          ¿Qué dice?

–          Te leo: “no os habeis despedido!ha stado gnial preciosa.repetimos mañana?dile a tu chico k disfrutara mas,lo prometo.muacs”

–          Joder… Por lo menos admite que no me he comido un rosco.

–          ¿Qué hacemos?

–          Pues cuando lleguemos al hotel tendrás que ayudarme a descargar.

–          Eso está hecho. ¿Y mañana?

–          ¿A ti qué te apetece?

Lidia contestó sólo con una sonrisa lasciva.

CONTINUARÁ…

Me gusta / No me gusta

Mi Jefe y yo

Eran ya las seis de la tarde, y la puesta de sol me indicaba el fin de la jornada. Estaba en mi oficina sentado frente al ordenador revisando algunas fotos de modelos, y es que, trabajo en el departamento de marketing de una importante empresa. Fue un día particularmente pesado, tuve que sustentar el proyecto de la nueva campaña publicitaria de la empresa. Lo bueno fue que todo salió perfecto y el proyecto iba viento en popa.

–           ¡Oye macho! ¡Hoy no pagan horas extras!  –

Me dijo mi jefe, sacándome una sonrisa de los labios. En este relato lo llamaré Alejandro; ustedes saben, para proteger las identidades. Alejandro es un cuarentón muy carismático, dinámico y a veces algo impulsivo. Su compañía me hacía sentir muy bien; y es que íbamos a todos lados juntos, ya que él un argentino recién llegado a tierras peruanas.

Todas las tardes lo esperaba para irnos juntos al gimnasio. Él es uno de los que se preocupa más por mi dieta. Debo agradecerle, ya que por él he mejorado mucho; pasé de ser un recién regresado flacucho a un empleado reconocido y con un físico bien formado. No solo se preocupa por mi imagen física, sino también por la profesional. Me cuida en todo el sentido de la palabra, se ha convertido en un “padre putativo” sin querer.

En el gimnasio trabajé espalda y hombros, mientras él reforzaba sus piernas. Todo estaba bien hasta el momento en el que tuvimos que ir a los vestidores. No sé que me pasó, pero aquel día Alejandro se veía mejor que nunca. No sabría decirte si fue el ángulo de la luz que caía sobre su cuerpo, su excelente estado físico o la calentura de mi cabeza. Ya que para ese momento llevaba meses sin sexo, debido a que me concentro demasiado en el trabajo.

Nunca había estado con un hombre, es más, nunca había visto a un hombre de la manera en que estaba viendo a mi jefe ese día. Y el verlo caminar desnudo hacia las duchas me brindó una vista  privilegiada de su cuerpo. Observé detenidamente sus bien formados hombros, su pecho y abdomen marcados, con la cantidad de vellos exactos, sus bien trabajadas piernas y ese culo paradito que hizo que mi cuerpo reaccionara instintivamente.

–           ¡Cuidado con las abstinencias! – me dijo guiñándome un ojo cuando volteó a verme

Me ruboricé de inmediato, él había notado la erección de campeonato que acababa de tener. Estaba más que avergonzado, por mirar con aquellos ojos a mi jefe y por ser tan obvio en mis intenciones. Fui rápido a las duchas y abrí la llave del agua fría, tenía que tranquilizarme – piensa en otra cosa – me decía a mí mismo.

–           Parece que hoy estás muy “entusiasmadito” jajajaja – me dijo cuando salíamos del gimnasio

–           Creo que sí, hoy estoy con la cabeza demasiado caliente

–           Yo creo que más caliente tenés la que llevás entre las piernas jajajaja

Reí con él, pero sus bromas hoy sonaban bastante extrañas. En la oficina existían rumores con respecto a la presunta homosexualidad de Alejandro, pero nunca me interesó saber más al respecto. Siempre consideré que eso era parte de su vida privada y que él podía hacer lo que quisiera en su cama, eso al final no era asunto mío.

–           Hace cuanto que no tenés “acción” – preguntó en su tono pícaro

–           Pues… hace como un mes – mentira, llevaba por lo menos dos meses sin sexo

–           ¡¿Y cómo sobrevivís?! Tenés que relajarte un poco de vez en cuando. Eres muy bueno en el trabajo, y te felicito por eso, pero date un “break”. No tiene nada de malo.

Lo acompañé hasta el edificio en donde vivía. Al momento de despedirnos de mano, me guiñó un ojo y se fue. Normalmente lo hacía, pero en esta ocasión me parecía una provocación. Fui rápidamente a casa a darme otro duchazo de agua fría, y es que el verano me devolvía la calentura rápidamente. Luego de leer un poco y escribir algunas cosas en el ordenador fui a mi habitación a prepararme para dormir. En eso sonó mi móvil, era Alejandro.

–           Artu – Así me llamaba él – Fíjate que la vecina ha fumigado hoy y hay unos olores insoportables aquí, vos sabes que sufro de las vías respiratorias

–           Si Ale yo sé – así le gustaba que le llamara

–           ¿Podría quedarme en tu casa? – el pedido me sorprendió – Solo por esta noche

–           Bueno… – no sabía que decirle, tenía todavía toda la calentura encima

–           Andá no seas malo, solo será una noche

No sé cómo, pero terminé aceptando. Le di las indicaciones exactas para que pueda tomar un taxi, y en unos minutos estaba en mi puerta. Llegó con la maleta que llevaba al gimnasio. Decidí darle mi habitación para que descanse y yo dormiría en el mueble de la sala. En un principio se negó, pero yo insistí. Era mi invitado y merecía dormir en el mejor lugar. Saqué una manta de mi habitación y fui a acostarme a la sala.

Habrá pasado media hora y no conseguía dormir. Encendí la televisión en busca de uno de esos programas-somnífero que pasan a media noche. De pronto…

–           ¡ARTU! – me gritaba Alejandro desde la habitación

–           ¡QUÉ SUCEDE!

–           ¡VENÍ UN MOMENTO POR FAVOR!

Algo no andaba bien, pero mis piernas reaccionaron automáticamente y fui a la habitación.

–           No puedo dormir – me dijo – creo que tengo una contractura en las piernas ¿me ayudas a estirarme?

Él estaba en ropa interior (el calor del verano lo ameritaba), yo traía una camiseta y bóxers. Mis instintos me pedían intensamente que lo ayudara y me acercara a ese bien formado cuerpo. Me aproximé lentamente hasta él y lo recosté en mi cama, coloqué con cuidado una de sus piernas sobre mi hombro y subí hasta que nuestros rostros quedaron uno frente al otro. Un suspiro salió de su boca mientras cerraba los ojos, y mi corazón empezó a bombear sangre fuertemente. Mi miembro empezó a crecer, no podía evitarlo. Sus labios se veían más carnosos y apetitosos que nunca.

Baje su pierna derecha y levanté lentamente la izquierda, hasta que mi rostro nuevamente se topó con el suyo frente a frente. Un nuevo suspiro salió de su boca y una ligera sonrisa se asomó luego. Ahora me miraba fijamente, como si pudiera ver mis pensamientos. Esos ojos color miel me estaban volviendo loco y mi miembro latía fuertemente, como gritando para salir de aquellos bóxers.

Traté de bajar su pierna lo más rápido posible, disimulando mi pánico en ese instante. Me puse de pié para irme, pero él me tomo de una mano y me dijo amablemente – Ahora te toca a vos. Debes tener algunos nudos por el trabajo de hoy en el gimnasio –  No pronuncié palabra alguna, mi cuerpo reaccionaba solo, como si Alejandro me manejara como una marioneta.

Primero me quitó la camiseta que traía e hizo que me recostara boca abajo en la cama. Empezó a masajear mi espalda, sus manos recorrían mi cuerpo y yo me sentía en las nubes – Ves que necesitas relajarte de vez en cuando – yo solo afirmé con un sonido mientras me dejaba llevar por aquel masaje.

Sus manos fuertes recorrían mi espalda como si la conocieran desde hace mucho. De repente empezó a concentrarse en mi columna vertebral y fue bajando poco a poco hasta llegar a la frontera de mis bóxers – Con esto aquí no puedo continuar – no opuse resistencia y me dejé desnudar por completo, ahora estaba a merced de Alejandro. Estaba relajado, pero mi falo estaba más duro que nunca. Sus manos empezaron a tocar mis abdominales laterales y se acercaban peligrosamente a mis caderas. Sus dedos masajearon mi ingle, hasta que inevitablemente tocaron mi miembro. Estaba tan extasiado que no me importaba.

Giró mi cuerpo y me puso boca arriba. Abrí ligeramente los ojos y pude notar que me observaba con deseo de pies a cabeza. Entonces acercó lentamente su rostro a mi abdomen mientras sus manos empezaban a acariciar mis piernas. Empezó a besarme. Sentir sus labios y lengua jugando en mi cuerpo me puso a mil. Me besaba y bajaba lentamente por mi cuerpo. Lamió mi ingle y se detuvo un momento observando directamente mi falo – Esto es lo que necesitás… – y lamió lentamente mi miembro desde las base hasta la cabeza, haciéndome exhalar un fuerte suspiro – …y este es tu premio por el reconocimiento de hoy – introdujo mi pene en su boca hasta donde pudo. Yo sentía su saliva deslizándose lentamente por mi falo, mientras su lengua jugaba con mi glande. Estaba en el cielo.

Sus manos no se detenían y me tocaban todo el cuerpo. Poco a poco acerqué mis manos y acaricié su nuca. Era la mejor mamada que me habían hecho hasta ese momento. Sacó mi miembro de su boca, para empezar a devorarme las bolas, era increíble. Mi jefe me estaba dando una gran mamada como premio por hacer un buen proyecto.

Dejó mis bolas y empezó a subir con su boca a través de mi cuerpo. Mientras mi ensalivado pene rozaba toda su humanidad. Otra vez quedamos cara a cara, me observó un instante. Podía sentir su respiración y el podía sentir la mía, se acercó lentamente y nos fusionamos en una apasionado beso. Yo estaba loco, mis brazos reaccionaron instintivamente y aprisionaron su cuerpo contra el mío.

Giré y lo recosté sobre la cama. Empecé a besar su cuello, su pecho, sus pezones eran míos, su abdomen marcado era mío, su ingle era mía. Me detuve un momento para observar su rostro, estaba abrumado de placer, ya no pensábamos solo sentíamos. Vi su pene: estaba duro, latía y una brillante gota de precum se asomaba por la punta de su glande. Nunca lo había hecho, pero metérmelo a la boca fue lo más delicioso. Escuchaba como gemía y se retorcía de placer, lo sentía mío, a mi merced. Nunca pensé que mamar un pene fuera tan delicioso.

Continué bajando y lamí sus bolas. De repente, Ale levantó una de sus piernas y me dejó ver su agujerito. Entendí su pedido de inmediato y acerqué mi lengua, era increíble recorrer con mi boca todo el cuerpo de mi jefe. Jamás lo habría imaginado y menos que fuera tan delicioso – Hacéme tuyo Artu – me suplicó Alejandro. No me hice de rogar, yo mismo levanté sus piernas y coloqué mi glande en la puerta de su culo. Lo ensalivé una vez más y empecé a metérsela lentamente. Su rostro de dolor hizo que me detuviera, pero su  “seguí papi, seguí” hizo que me excitara aun más y terminara de enterrársela toda. Por un momento no me moví, sentía como su culito latía y aprisionaba mi pene mientras se dilataba. No podía creerlo, Ale era todo mío ahora.

Empecé a bombear lentamente y su rostro de dolor había desaparecido, solo quedaba el placer entre nosotros. Gotas de sudor empezaron a caer desde mi frente sobre su abdomen y sentía que eso, acompañado de los gemidos de placer de Ale, me ponía a mil – que rico lo haces Artu, seguí. Rompéme el culo papi – definitivamente ninguno de los dos estaba en sus casillas.

De repente su ano empezó a aprisionarme con fuertes espasmos y su pene empezó a expulsar semen fuertemente hasta llegar a su pecho, había hecho que se viniera sin siquiera tocar su pene. Aceleré mi ritmo, mi respiración se agitó y ya no podía más. Me corrí en su culo en una eyaculación que parecía no terminar nunca. Me recosté sobre él sin sacar mi pene de su culo. Él tomó con sus dedos algo de su semen y lo puso en mis labios y me dio otro apasionado beso – Hace mucho que deseaba hacer esto contigo – me dijo sonriendo – Pero prométeme que esto quedará entre los dos. Yo te cuido, Tú me cuidas, ¿vale? – solo afirmé con la cabeza y selle nuestro pacto con un beso. Esa noche fue solo la primera de muchas noches que compartimos mi jefe y yo.

Autor: Drake

Me gusta / No me gusta

El muchacho del gimnasio

Mi culo palpitaba pidiendo verga, pasamos a un 69 él encima de mí ofreciéndome su verga y él chupando la mía mientras metía sus dedos en mi culo, yo chupaba su verga desesperado, me sentía en la gloria, se volteó y me dijo que me iba a culear que me iba abrir el culo con su verga, que ahora iba a tener la verga de un macho, buscó un condón, lubricante y su verga entró completa en mi culo.

Lo que les voy a relatar me sucedió hace unos días atrás, siempre leo relatos especialmente los de acá que son muy buenos y hoy me tocó narrarles mi experiencia… Tengo treinta años, bien parecido, blanco, cabello castaño oscuro, 1.78 m, delgado, pero con definición muscular.

Al salir del trabajo es mi rutina ir al gimnasio, el cual queda muy cerca de mi trabajo y caminando llego en cinco minutos… Allí libero estrés, me pongo en forma, me deleito con cuerpos esculturales, y por supuesto ver variedad de vergas en los vestidores y el sauna, claro disimuladamente, ya que soy un tipo serio y no demuestro mi condición…pero me encanta verlas, las hay gordas, cortas, blancas, morenas, largas, en fin me encanta ver a los tipos como le brincan las vergas cuando caminan y salen mojaditos de las duchas, a mi mente se vienen variedad de fantasías y deseos… Desde ya hace unos días he cruzado algunas miradas con un chico del gimnasio y ustedes saben como son esas miradas, yo entreno solo y en muchas ocasiones lo he pillado mirándome y él también a mí, no sé ni cuál es su nombre únicamente hemos cruzado palabras cuando yo le he preguntado si algún equipo está ocupado o cuanto le falta para empezar yo a utilizar la máquina.

El es un tipo un poco más alto que yo, algo tímido, blanco, totalmente masculino, de buen cuerpo y una cara linda que eso me mata. Yo siempre llego antes que él al gimnasio y me impacienta cuando veo que no llega, me encanta ver tan lindo ejemplar y ese jueguito de miradas que es tan excitante…pero un día el decidió ir mas allá de esas miradas, lo cual me pareció excelente… Un día por casualidad él entrenaría los mismos músculos que yo y me pidió si podía hacerlo conmigo, yo sin replicar gustoso le dije que si, que ya había realizado una serie y que comenzara de una vez…mientras entrenábamos aproveché y entablamos una conversación, muy normal, hablamos de cosas genéricas, fue muy amena, Daniel, porque supe su nombre, aparte de lindo era muy simpático…terminamos la rutina de ejercicios y ya nos disponíamos a irnos, al instante me preguntó que donde vivía, yo le respondí e inmediatamente me dijo que el tenía carro y esa era su vía y con gusto me daba la cola a mi casa, cosa que igualmente acepté con gusto respondiéndole que si…

Subimos al estacionamiento al lado del gimnasio, su carro estaba como en el cuarto piso, llegamos y entramos al auto, estando ambos sentados inclusive antes de encender el vehículo nos quedamos mirando fijamente, no hubo palabra alguna y parecía que se detenía el tiempo justo ahí… como un impulso mutuo nos besamos, besos que fueron entrando en calor y fueron más apasionados y calientes, chupábamos nuestras lenguas y labios, estaba completamente erecto, nos tocábamos como locos y él tenía su verga dura como una piedra… me dijo que estaba en su apartamento solo y que allá estaríamos más cómodos…

Mientras conducía a su apartamento yo me pegaría de su verga hasta llegar a su apartamento, me encanta mamar…él llevaba unos shorts, el cual yo deslicé junto a su bóxer para saltar de un brinco una verga erecta como de unos 18 centímetros, sin circuncidar, la tomé y pelé su prepucio para mostrarme una cabeza brillante mojada y chorreando gran cantidad de líquido preseminal y desprendiendo un olor a macho que me vuelve loco y me excita demasiado… lengüeteé su cabeza probando ese rico liquido saladito, él suspiró de placer, y la introduje en mi boca, mamando como un becerro, de arriba abajo, lengüeteaba su frenillo y todo el borde de la cabeza del pene, emitía un quejido de placer, bajé más su short y alcancé a chupar sus huevos velludos, introduje uno a uno en mi boca, masajeándolos con mi lengua.

Él seguía conduciendo emitiendo pequeños quejidos, mientras yo metido allí abajo mamando esa gloriosa verga que olía a macho, a sudor y orine, una combinación de olores que me hacia tragar esa verga con más gusto y placer… me sentía extasiado…así estuve mamando bajando la intensidad porque él me dijo que estaba a mil y si seguía así se vendría en mi boca. Llegamos a su apartamento y todo a penas comenzaba, entramos y junto con cerrar nos comimos a besos de lengua mientras nos quitábamos la ropa, todavía recuerdo su olor a macho al pasar la lengua por su cuerpo, no nos habíamos duchado después de entrenar…chupé sus pezones, su cuello mientras mis manos tocaban ese cuerpo musculoso…

Estábamos por fin completamente desnudos, tenía completito para mí este macho escultural…él fue bajando de chupar mis pezones, por mi abdomen hasta que se encontró con mi verga erecta, empezó a mamarla como un loco, se la metía hasta la garganta y yo con mi mano dirigía su cabeza para darle una culeada por la boca… le dije que quería que me culeara, quería tener esa verga completita, hasta el fondo en mi culo, pasamos a su dormitorio y me acostó en su cama boca arriba y empezó de nuevo a mamarme mi verga como un loco, sentía que si seguía iba a explotar… hasta que bajó hasta mi culo y empezó a lengüetearlo sutilmente para luego forzar su lengua en mi culo, yo gemía de placer…su lengua estaba apoderada de mi culo intentando entrar en él…

Mi culo se dilataba y palpitaba pidiendo verga…luego pasamos a un 69, él encima de mí ofreciéndome su verga para mamar y él chupando la mía mientras metía sus dedos en mi culo, yo chupaba su verga  desesperado, me sentía en la gloria, se volteó y me dijo que me iba a culear, que me iba abrir el culo con su verga, que ahora iba a tener la verga de un macho…buscó un condón y lubricante, untó mi culo y su verga de lubricante, tomó mis piernas (yo boca arriba en la cama) y las abrió colocándolas en sus hombros, alcanzó una almohada y la puso bajo mis nalgas…

Ahora sí, mi culo quedó completamente a merced de su verga (lo que yo deseaba), acomodó su cabezota en mi dilatado culo, y solo al sentir lo caliente de su verga en mi culo gemí de placer, le dije culéame, entiérrame tu verga, pero hazlo hasta el fondo, quiero hasta tus huevos en mi culo, empezó a empujar y… el dolor fue mínimo en comparación al placer que me daba la verga de Daniel…me clavó completo, su verga entró completa en mi culo…me sentía lleno, completamente clavado, le dije déjamela adentro un rato.

En minutos empezó a meter y sacar… la sacaba completamente y la metía de golpe en una sola embestida… él tomó mis brazos presionando mis muñecas sobre la cama, estaba inmóvil, solo recibía verga por mi culo… en cada arremetida yo gemía y podía ver la expresión en su cara, lo cual me excitaba aún más… él gemía como un toro, yo solo decía que quería verga, ¡dame más verga!…y el arremetía con más fuerza, yo empecé a pajearme… él dándome por el culo y yo pajeándome, ya sentía que iba a explotar… le dije que venía leche, ¡viene leche Daniel!…el empujó su verga hasta el fondo levantando mi culo con el empujón…expulsé chorros y chorros de leche, ¡fue una venida del coño!…sentía que botaba litros de leche…

El inmediatamente sacó su verga de mi culo, se quitó el condón y empezó a pajearse y en cuestión de segundos descargaba su leche, yo apresuré y coloqué mi cara, saqué mi lengua y llegué a probar unos cuantos chorros de esa leche exquisita. El cayó encima de mí y nos besamos, me dijo que día a día soñaba con tenerme y hacerme suyo, nos levantamos a ducharnos sin parar de darnos besos… estábamos exhaustos y caímos rendidos en la cama. Era fin de semana y amanecí con él hasta el otro día. Y esto fue el comienzo de una caliente relación…Hoy tengo ganas de que me rompa el culo…y siento mis cojones cargados de mucha leche…

Espero les haya gustado mi experiencia…

Autor: Sergio

Me gusta / No me gusta

No te esperabamos

Creo que nunca había sentido tanto placer en la polla, y todo gracias a aquella mujer voraz en el terreno de la sexualidad. Nos corrimos entre gritos de placer, los tres deseábamos más e intentamos reponernos cuanto antes para hacer un sándwich con Verónica. El resultado fue más espectacular aún y los tres volvimos a gozar dejando llena de semen a la mujer de nuestro amigo Eduardo.

Pagar por aquella sauna era una gozada. Merecía la pena al menos una vez a la semana. Eduardo, Roque y yo quedábamos los jueves por la tarde para una sesión de gimnasio y posteriormente de sauna. Recuerdo aquel jueves que Eduardo no apareció por allí y Roque y yo nos preocupamos pues incluso nuestro amigo había pagado la parte que le correspondía de la sauna. Después de hacer pesas y musculación Roque y yo nos metimos en la sauna y nos pusimos a hablar de qué le podía haber sucedido a Eduardo. Roque, que es un salido dijo finalmente de broma:

-Eduardo se habrá quedado en casa. Seguro que le está chupando la polla esa preciosidad de esposa que tiene.

Yo me eché a reír, aunque efectivamente Verónica, la esposa de Eduardo era guapa y estaba muy buena. Ya, confidencialmente y en voz baja le pregunté a Roque:

– ¿Te follarías a Verónica? – Por supuesto, pero sin que se enterase mi mujer. – Yo creo que también lo haría, pero esa zorra es de altos vuelos, no creo que se fijase en dos tipos como nosotros. Se casó con Eduardo únicamente por su dinero, supongo.

– Míranos, aquí hablando de follar con la mujer de un amigo. Y digo yo –comentó Roque- si te gusta la mujer de Eduardo, a lo mejor te gusta la mía. – No está mal –contesté. – Cabrón de amigo, ¿te follarías también a mi mujer? – No sé –dudé…-Es que si yo pudiera me follaba a la tuya.

Me eché a reír y Roque también…

– Pues a ver si un día hacemos un intercambio.

Supongo, que aunque estuviéramos hablando casi en broma, a Roque se le había puesto la polla tan dura como a mí sólo de pensar en hacer un intercambio con nuestras esposas. Mientras tanto, allí continuábamos, en la sauna y hablando de las muchas ganas de sexo adúltero que teníamos siempre. De repente llamaron a la puerta de la sauna y era el encargado que venía a decirnos que una tal Verónica quería hablar con nosotros. ¿Qué querría la mujer de Eduardo?

Se asomó a la puerta y era ella, tan espectacular como siempre. Simplemente vino a decirnos que Eduardo tenía una importante reunión de empresa esa tarde y no podía venir y como ella llegaba por allí de paso decidió comunicárnoslo. Le dijimos que Eduardo tenía pagada su cuota de sauna y que allí podía entrar alguien más a tomar vapores. O sea, le estábamos invitando a quedarse.

Sorprendentemente aceptó. Fue al vestuario y vino cubierta con una toalla. Verónica no era una mujer tímida ni pudorosa, quizá estar entre dos hombres en una sauna era para ella algo completamente normal, y más si se trataba de amigos de su marido. En ese punto decir, que aunque fuésemos amigos de Eduardo siempre nos trató con frialdad, tanto a Roque y a mí como a nuestras esposas a las que consideraba simples amas de casa y conejas de crianza, según sus propias palabras, las cuales tuvimos ocasión de escuchar una vez. El incidente quedó ahí, pero la considerábamos una zorra que nos miraba por encima del hombro y que pensaba que éramos adúlteros por naturaleza.

– Verónica –dijo Roque-, mañana es el cumpleaños de mi mujer y no sé que regalarle, ¿tú que me aconsejas? – ¡Vaya! –Dijo Verónica- pero ¿es que tú quieres a tu mujer? – ¿Por qué no voy a quererla? – Porque siempre se te van los ojos detrás de cualquier mujer, igual que a este –dijo Verónica refiriéndose a mí.

-Eso le pasa a muchos hombres –dije yo…- A mi marido no –contestó Verónica. -Pues claro que sí –dije. – Incluso no quita ojo a nuestras propias esposas cuando estamos reunidos –dijo Roque. – ¿A esas dos marujas calentorras?-preguntó Verónica. – Eres una grosera Verónica – dijo Roque-, si no fueras la mujer de nuestro amigo te abofetearía. – ¡Atrévete! –dijo ella.

Roque se contuvo. Verónica se había pasado. Yo propuse que nos fuéramos y olvidar aquello.

-Vámonos Roque –dije…- Sí –dijo ella sin dejar de provocar- regresad a vuestro aburrido hogar; con vuestras aburridas esposas. – No son unas aburridas –dije yo, y esperando a que Roque no se enfadase me inventé algo… Roque y yo las hemos intercambiado en más de una ocasión, y eso no lo hacen mujeres aburridas…

Roque aplaudió la idea y me siguió la corriente; así que le hicimos creer a Verónica que yo me follaba a la mujer de Roque y éste a la mía. Verónica se sorprendió, aún más cuando continuamos mintiéndole y le dijimos que más de una vez le habíamos propuesto el intercambio a Eduardo, su marido, pero que él nos dijo que su esposa no quería porque era una mojigata. Verónica bufó como un toro pues pareció molestarle aquello.

– Tu querido Eduardo –dijo Roque a Verónica- se muere por follar con nuestras mujeres, pero para eso tendría que ofrecerte a ti. De todos modos creo que Eduardo no está a la altura de nuestras dos mujeres.

– Mi marido no tendría ni para empezar con esas dos, porque es un verdadero semental. – No lo creo –dije yo- seguro que entre ambas lo dejan fuera de combate en menos de un minuto. – Cuando queráis lo comprobamos –dijo Verónica. – Ya veremos… ¿qué nos dices de ti? – ¿Qué queréis que os diga? – ¿Podrías satisfacer a dos hombres a la vez? – Por supuesto, pero no será a vosotros.

-Claro, así es fácil hablar. – Como queráis, os lo demostraré aquí mismo en la sauna. Eso si, follaré con vosotros a condición de que le pongáis en bandeja vuestras esposas a mi marido. ¿De acuerdo? – De acuerdo –dijimos Roque y yo sin saber que sucedería finalmente con nuestras mujeres y sorprendidos por el trato que ofrecía aquella mujer.

La sentamos entre nosotros y Roque fue el primero que se atrevió a meterle mano y a empezar a besarla. Yo no me demoré e hice lo mismo. La puta de Verónica se dejaba hacer: nos ofreció sus pezones para que se los chupásemos y su coño para acariciarlo.

– Te vamos a follar hasta la saciedad nena – le dije yo… – Eso espero cabrón de mierda –me dijo dándome un largo beso en los labios y metiéndose seguidamente la polla de Roque en la boca, el cual dio un enorme suspiro de satisfacción.

A esas alturas yo ya me había enamorado de aquella espléndida mujer, de la cual sospeché inmediatamente que si se había quedado con nosotros en la sauna fue con la decidida intención de que nos la follásemos entre los dos. Mientras se la chupaba a Roque, decidí meterle mi polla en aquel coño tan rico. Veía claro que Verónica no quería salir de allí sin habernos absorbido todo el semen de los testículos, porque la verdad sea dicha, estaba haciendo un trabajo impecable de felación y de fornicación.

– Decidme ahora –exclamó Verónica- , ¿quién folla mejor vuestras mujeres o yo? – Tú, mi vida– contesté yo-, procurando halagarla para que no abandonara la tarea. -Pero que delicia de mujer eres – decía Roque en el éxtasis del placer y el gozo.- Jamás pensé que fueseis tan buenos en el sexo –dijo Verónica-, he de admitirlo. Deberíamos tener una sesión de sauna y amor más a menudo porque esto me encanta.

Los tres estábamos a punto de llegar al orgasmo ya que aquello estaba resultando delicioso. Creo que nunca había sentido tanto placer en la polla, y todo gracias a aquella mujer desinhibida y voraz en el terreno de la sexualidad.

Nos corrimos entre jadeos, gemidos y gritos de placer. Fue sensacional; pero los tres deseábamos más e intentamos reponernos cuanto antes para hacer un sándwich con Verónica. El resultado fue más espectacular aún y los tres volvimos a gozar dejando llena de semen a la mujer de nuestro amigo Eduardo. Roque y yo tendríamos que cumplir nuestra parte del trato días más tarde, pero merecía la pena.

Autor: ratsss

Me gusta / No me gusta

La sauna

Resbalaba mis dedos por mis sedosos labios superiores, lubricados con mi sudor y la miel, y seguía bajando, y al hacerlo me llenaba los dedos con mis jugos y sin poder controlarme y mirar como Silvia llegaba a la parte íntima de Laura y movía la cabeza de izquierda a derecha separando los labios superiores mientras los chupaba delicadamente, yo me llevaba mis dedos a los labios para probar mi propio tesoro agridulce.

Era domingo, uno de esos días en los que no se decide ni el sol a brillar, ni la lluvia a caer. Me sentía un poco cansada de estar toda la mañana en la cama y decidí ir al gimnasio ya que era temprano aún y podría hacer algunos largos y usar la sauna por un rato. Antes de entrar, ese pequeño diablillo que todos poseemos, me hizo marcar el número de mi chica y le comenté que estaba en el casillero y que usaría la sauna, deseaba estar ahí conmigo, ya que habían algunos lugares a los que no podría alcanzar a ponerme yo sola la miel que usaría para untar en mi piel.

Pude escuchar como suspiraba al imaginar mi cuerpo bañado en ese líquido espeso y ambarino. La corté y le dije que la llamaría tan pronto saliera. Al entrar fui recibida por la mirada de dos chicas que se encontraban allí también y que para mi deleite se veían bastante interesadas la una en la otra. Por lo que me sentí en confianza y me quité la toalla que apenas me cubría y les pedí que si podían frotar un poco de miel en mi espalda. No sé quien me tocó primero, lo único que se fue que sentí como unos dedos tibios y largos hacían zig-zag por mi espalda. Fue un toque rápido y casual, que sirvió su objetivo, pero que me dejó la espalda encendida y la imaginación desbordada. Amo profundamente a mi chica, por lo que no me pasó por la mente él serle infiel, aunque la carne traicionera me lanzara dardos de interés al ver como las chicas frente a mí se tocaban delicadamente por las piernas.

Las vi entrelazarse en ese abrazo que tanto promete y pude ver como sus lenguas entraban y salían de la boca de cada una al besarse como si en ello se les fuera la vida. Una de ellas morena, con unas piernas geniales y la otra en contraste más blanda y blanca, me trajo a la mente los sorbetes de chocolate y vainilla al ver como las dos desaparecían en brazos de la otra. La morena parecía tomar el control y la vi sostener la cabeza de su pareja mientras enterraba sus dedos en sus cabellos húmedos y le alaba la cabeza hacia atrás para poder saborear mejor su cuello y seguir bajando hasta el huequito en su garganta, donde serpenteó con su lengua y bebió la mezcla a sudor y frutilla que parecía exhalar.

Yo me retorcía incómoda en el rincón al que había ido a parar, no queriendo interrumpir tanta perfección y a la vez sintiéndome intrusa de su momento. Para ese momento la otra chica que si mal no escuché se llamaba Laura (la morena se llamaba Silvia), se había recostado sobre el asiento y anidada entre sus piernas a Silvia, mientras apretaba sus nalgas con una mano y con la otra torturaba un pezón oscuro que parecía a punto de estallar.

Yo creo que dejé de respirar en el momento que las vi friccionar la una contra la otra, subiendo una encima de la otra, como si lucharan por llegar primero a alguna cima lejana. Silvia se sostenía con las manos a ambos lados de la cabeza de Laura y Laura atrapaba entre sus labios uno de los pezones más puntiagudos que yo hubiera visto.

En cierto momento pude ver como aquel contacto les fue insuficiente y pude escuchar ese sonido peculiar de piel, sudor y secreciones cuando Silvia se restregaba contra Laura y bajaba para morder todo a su alrededor, parecía que estaba en todas partes, Laura movía la cabeza hacia los lados y tocaba ya la cintura, los hombros y la cabeza de Silvia mientras esta seguía bajando

Las palabras que susurraba eran sustituidas por quejidos que iban subiendo de tono.

Y yo para ese momento me levanté suavemente y pasé el seguro de la puerta, no quería que nadie interrumpiera ese espectáculo del cual yo era espectadora gratuita. Para ese momento Las dos abrieron los ojos y miraron en mi dirección y vi como una de las manos de Laura soltaban a Silvia y me pedía que me acercara, intentando atrapar mis piernas. No pudo, puesto que mi piel resbalaba por el sudor que se había multiplicado ya en mi cuerpo.

La semi ignoré y me senté frente a ellas, mientras abría mis piernas y comenzaba a tocarme los pezones, el derecho que es mi favorito y jugaba con la entrada de mi parte íntima. Resbalaba mis dedos por mis sedosos labios superiores, lubricados con mi sudor y la miel, y seguía bajando, y al hacerlo me llenaba los dedos con mis jugos y sin poder controlarme y mirar como Silvia llegaba a la parte íntima de Laura y movía la cabeza de izquierda a derecha separando los labios superiores mientras los chupaba delicadamente, yo me llevaba mis dedos a los labios para probar mi propio tesoro agridulce.

Mientras lo hacía notaba como Silvia seguía mis movimientos atentamente con sus ojos e imprimía más rapidez y fuerza a sus movimientos mientras me dejaba notar el grosor y largo de su lengua que parecía abarcar toda la matriz de Laura. Y me hacía preguntar si podría copar la mía de la misma manera.

Laura se movía ondulantemente debajo de la lengua y las manos de Silvia que la sostenían por las caderas y subían para pellizcar sus pechos.

Laura sostenía ya fuertemente la cabeza de Silvia, impidiendo que esta pudiera mirar lo que yo hacía para ese momento. Mientras me pellizcaba los pezones, y con mis dedos mojados ya de saliva, ya de miel derretida, sudor y jugos vaginales, remontaba un concierto de espirales sobre mi clítoris ya inflamado y durito…

Para ese momento los quejidos de Laura se mezclaban con los míos, ya que estaba tan excitada que no tendría que esperar mucho para lograr un clímax explosivo, repiqueteando en mis oídos y mis labios el nombre de mi chica a quien llamaba a la distancia. Pude sentir los temblores internos y las contracciones más fuertes de mi vagina al descargarse sobre mis dedos y esa corriente eléctrica que te sacude por la espina dorsal y te hace sentir gigante y entre carnes prestadas. Rápidamente abrí los ojos recordando donde me encontraba y viendo como mis quejidos habían sofocado los de Laura y esta aún con una mano sobre la cabeza de Silvia y entornados sus ojos, se sucedía en otro glorioso y sucesivo orgasmo.

Para entonces me levanté y recogí mis pocas pertenencias, me até como pude la toalla alrededor, saliendo apresurada. Llegué nuevamente a los casilleros y busqué sofocada mi celular. Por un lado me sentía nerviosa y hasta mal por haber tenido un orgasmo frente a dos desconocidas de las que sabía los nombres por sus demostraciones de placer mutuas, y por el otro seguía sintiendo esa necesidad incontrolable de seguir tocándome, pero esta vez junto a la mujer que sabía complacerme.

La llamé como para asegurarme que si existía y al escuchar su voz, le susurré cuanto la deseaba y le pedí que no abandonara su casa porque la iba a llamar tan pronto llegara a mi casa.

Autora: YoliPoP

Me gusta / No me gusta