Entregando a mi esposa 5

Puedes leer la cuarta parte de esta serie de relatos: Entregando a mi esposa 4

Me desperté el domingo profundamente revuelto. Deborah no estaba en casa y Jazmín tampoco. Me molestaba la idea que Jorge viniera a casa, pensaba que iba a estar mi hija y no me parecía bien. Tengo que hablar con Deborah, pensé. Vinieron de comprar facturas, Deborah notó mi cara seria.

-Epa, que cara… que pasó?

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Entregando a mi esposa 4

Puedes leer también la tercera parte de este relato: Entregando a mi esposa 3

Y así empezó a pasar el tiempo, hacía un mes que Deborah sólo se veía con Jorge a solas, siempre salían, los sábados eran para él, yo me quedaba cuidando a Jazmín, los días de semana, cuando llegaba a casa, Deborah estaba siempre vestida como para salir, algunos días salía con Jorge y otras veces se quedaba conmigo, me dijo que le encantaba que yo no supiera para quien se arreglaba.
Un Lunes llegué estaba deliciosa, un vestido corto, medias a medio muslo, pintada discretamente pero resaltando sus carnosos labios, la bese, y me devolvió el beso metiendome lengua:
-Estoy que vuelo de calentura… necesito pija urgente…

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Entregando a mi esposa

Entramos con mi esposa al super, está tan hermosa, con nuestra hija de dos años en brazos, tiene puesto un vestido floreado a la altura de los muslos que le queda hermoso, se ven sus torneadas piernas y en el vestido se adivina el culazo que tiene, yo camino un poco atrás de ellas me encanta verla caminar, lo sensual que mueve sus caderas, pero ella se siente fea. Se acaba de teñir de colorado que le queda hermoso, pero su panza después del embarazo ha quedado llena de estrías, eso es cierto, a mi me encanta igual, y me calienta como nunca, no creo que a ningún hombre en sus cabales le importe ni medio pimiento, pero bueno las mujeres a veces se obsesionan.

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Mirando desde la ducha

Tenía un deseo animal, carnal, la idea de ser poseída por aquel vecino mirón hizo que mi sexo comenzase a rezumar sus propios jugos, mezclados con el agua que chorreaba entre mis piernas separadas, la sensación contraria del ardiente calor de mi interior, con el agua que ahora me parecía casi helada en comparación me hizo temblar de un extraño placer.

Llegué a casa sobre las 8, con la mente aún nublada de las horas pasadas en el trabajo, entre tantas cifras y números, una termina pensando que se va a transformar en una máquina como el propio ordenador, pero ya daba igual estaba en casa y hasta mañana, el resto de la noche era mía. Agotada, necesitaba relajar mi cuerpo, disfrutar de mí y de mí tiempo. Tras dar un par de vueltas por la casa, cerveza recién sacada de la nevera en mano, decidí que lo mejor sería deshacerme en un largo y cálido baño. Retiré la sombra de ojos y el rímel, clavé mi propia mirada verdosa en el espejo. Si no fuese casi por obligación del trabajo, me gustaría poder disfrutar de mi cara y rostro limpio y sin pintar…

Llevé un par de toallas y alguna vela aromática al baño, y tras dejar las cosas preparadas cuidadosamente, me desnudé para darme una ducha caliente, podía notar los nudos de mi espalda cada vez que me agachaba a colocar las cosas, estaba tensa y necesitaba relajar mis músculos. Salí una última vez para tirar la lata vacía de cerveza a la basura y regresé al cuarto de baño, cerré la puerta y miré agradecida el ambiente que acababa de crear en este pequeño santuario. Las velas desplegaban su perfume por toda la estancia, cerré los ojos y fui oliendo una a una sus fragancias para después sentir como se mezclaban entre ellas. El cuarto de baño donde estaba la bañera tiene una ventana que conduce a un patio interior. Recuerdo como en verano me quedaba horas dentro del agua sin volver a poner agua caliente, solo con la luz del sol entrando por el cristal. Lástima que ahora sea invierno, pensé.

Vivo en una cuarta planta y encima de mi piso no tengo a nadie, pero si frente a él, y sinceramente al estar en el último piso, nunca me había preocupado de que con ese sol que me gustaba sentir en la bañera, entrasen otras cosas… Hasta hoy.

Me adentré en el cuarto de baño, abrí el grifo y lo dejé correr. Mientras comencé a desnudarme, dejando los vaqueros tirados en el suelo para no pisar con los pies descalzos los fríos baldosines, acompañada del ronroneo del agua al caer dentro de la bañera, aproveché en cuanto se llenó un poco para poner un poco de aceite, no quería burbujas, pero si un poco de aroma. Tenía la ventana entreabierta, lo noté en cuanto el vapor comenzó a moverse hacia ella. Cuando me acerqué para cerrarla, me pareció ver de refilón una especie de sombra quieta en la ventana que tenía frente a mí. Por un instante me extrañé y miré más fijamente para saber de que se trataba.

Una luz cálida, como de una lámpara de lectura o de sobremesa, dejaba salir un poco de claridad a través de un visillo por cortina de color beige y detrás lo que sin duda era la forma de un cuerpo. Me quedé pensativa. Por un momento quise pensar que era casualidad. Era casualidad que mi vecino estuviera detrás de la cortina mientras yo me metía en la bañera, lo más posible es que únicamente esté leyendo en la sala, junto a la lámpara, aprovechando la tranquilidad de la noche… Pero no se muy bien porqué, un par de pensamientos tan traviesos como morbosos se pasaron por mi mente… Y decidí dejar la ventana tal y como estaba, entreabierta y ver si era casualidad o si mi vecino era un mirón como los de las películas.

Algo sobresaltada, por mis propias ideas, salí del baño y volví a la cocina, saqué otra cerveza fría y espumosa y mientras le daba un largo trago pensé sobre lo que creí haber visto… Apuré la cerveza tan rápido como mis primeras inhibiciones desaparecían. Sonreí divertida y marché de nuevo hasta el cuarto de baño, volví a cerrar la puerta y continué todo donde lo había dejado.

Me metí en la bañera, comprobando lo calentita y agradable que estaba el agua. Agarré el mango de la ducha y comencé a regar mi cuerpo con un agua tan caliente que de la impresión inicial, se me estaban poniendo los vellos de punta. Notar como con la misma velocidad con la que el agua se evaporaba sobre mi piel, se marchaban mis molestias musculares, mis problemas… y mis inhibiciones, era algo excitante. El agua se deslizaba por cada centímetro de mi piel, mi pelo, mis pechos… De vez en cuando no podía evitar deslizar la mirada con los ojos entornados de malicia hacia la ventana, imaginándome el poder saber si mi vecino seguía ahí, disfrutando del espectáculo.

Me moví dentro de la bañera, para alcanzar un bote de gel… Y allí estaba. Su figura se dibujaba a través del visillo. Él solamente podía apreciar a través de mi ventana mi cara y mis hombros… Pero parecía que le era suficiente, pues no se movía ni un centímetro de su posición. Mientras me enjabonaba comencé a fantasear… Fantasear con bailar envuelta en jabón para él dentro de la bañera, con la idea de que un repentino golpe de viento abriese de par en par mi ventana, incluso… Con la posibilidad de masturbarme en mi dormitorio para que me viera… Fue algo que me vino a la mente de forma completamente repentina, como una idea más, pero extrañamente esta se quedó más tiempo grabada en mi mente… Y a cada movimiento que hacía con mis manos, deslizándolas por mis ahora resbaladizos senos, cubiertos de espuma, mi vientre, brillante mientras el agua corría por el… Mmmmm…

La idea me fascinó. Me encantó imaginar a mi vecino en su sala, sudando por la fabulosa visión que yo le ofrecía… Masturbándose mientras su vecina incauta y sedienta de placer, se lo daba a solas y sin ninguna prisa en su dormitorio, pero sobre todo, incapaz de dejar mi vena más divertida, me fascinó imaginar la cara que pondría cada vez que me cruzara con él en las escaleras. A medida que mi cabeza fantaseaba, mis manos, como si no tuviese ningún control sobre ellas, se habían deslizado hacia debajo de forma instintiva, ante el constante reclamo de mi sexo palpitante que se adelantaba a los futuros acontecimientos.

Con mis dedos jugando alrededor de mis labios carnosos e hinchados, mi respiración se agitaba, haciéndome tomar más aire, llenando mis pulmones de un aire denso que parecía nublar mi vista, como una droga. Cuando por fin la yema de uno de mis dedos rozó mi clítoris por un instante, mientras continuaba su avance para abrir mi hambrienta gruta, mi mente se disparó. Tenía un deseo animal, carnal, la idea de ser poseída por aquel vecino mirón hizo que mi sexo comenzase a rezumar sus propios jugos, mezclados con el agua que chorreaba entre mis piernas separadas, la sensación contraria del ardiente calor de mi interior, con el agua que ahora me parecía casi helada en comparación me hizo temblar de un extraño placer.

Me imaginé por un momento follando con él, nada de amor, nada de sentimientos externos al goce y placer, lo imaginé de forma brusca y rápida, como me latía el corazón ahora, imitando las contracciones que sentía en lo más profundo de mí, ahora que el más valiente y explorador de mis dedos, jugaba por dentro de mí. Lo imaginé diciéndome que podría hacerle todo lo que una mujer sin nada más que instintos le haría a un hombre, lo pensé diciéndome que me deseaba por encima de ninguna otra cosa, que deseaba poseerme, y que me poseía, mi boca, mi rajita completamente abierta, mi trasero…  Me poseía por completo y yo era lo único que deseaba.

Imaginaba su miembro duro y reluciente por la excitación, y mis labios lamiéndola de arriba a abajo, lo imaginé dentro de mí, empujándome con sus caderas de una forma bestial, alocada. Lo imaginé chupando mis tetas, lamiendo mis pezones, con ligeros mordiscos según se endurecían presa del gozo, tirando de ellos, asfixiando su verga entre mis tetas, lo imaginé recorriendo cada centímetro de mi cuerpo con sus labios y con sus manos, con su lengua, con sus dedos… Ya era demasiado, y mi clítoris hinchado y tembloroso me pedía mucha atención. Toda mi atención. Ya no era dueña de mis ideas, solo sabía que estaba demasiado caliente como para escoger ninguna otra opción, así que en una fracción de segundo, lo decidí. Decidí masturbarme para él.

Me enjuagué a toda prisa, me sequé con la toalla, peiné mi pelo rubio, pero lo dejé mojado y me fui corriendo para mi cuarto. Tenía la persiana abierta, pero la cortina echada, así que sin demasiado disimulo, la corrí por completo, como sino supiera que él estaba ahí mirándome. Me senté en el borde de la cama, tomé unos de los taburetes que tenía en mi habitación para alcanzar a los altillos de los armarios, y sentándome sobre la cama, apoyé mis pies en ellos. Solo por un instante llegó a mí ser una imagen de claridad. Me veía a mi misma haciendo lo que estaba haciendo… Y me gustó, y me excitó terriblemente. Allí estaba yo, completamente desnuda y con mis piernas especialmente abiertas para que mi vecino pudiera contemplar todo mi cuerpo y mi sexo…  Mi coño húmedo.

Mi coño húmedo… Mmm, trataba de pensar como estaría él describiéndome, con ese lenguaje sucio del pervertido mirón, que en esta ocasión, era ideal para este morboso juego. Comencé a tocar mis pechos, rodeaba mis pezones con mis dedos, los pellizcaba y después abría la mano para rodear mis senos por completo y acariciarlos a placer. Estaban duros, erectos, quizás por la idea de que eran sus dedos los que lo hacían, quizás por la idea de que estaba mirándome… Pero lo importante es que sensaciones de cierto dolor, pero sobre todo de tremendo placer estaban ahogando mi cuerpo.

Tomé uno de ellos con mi mano y mientras lo acariciaba de forma delicada, repentinamente cambié el ritmo y me lo llevé hasta mi boca… Deslicé mi lengua húmeda por mi pezón, lo mordí, mis pezones para este momento ya estaban duros como piedras, estaban mojados por mi saliva, y mis dientes sobre ellos eran como millones de descargas eléctricas que recorrían mi cuerpo en apenas segundos. Mi respiración comenzó a acelerarse más, mientras sentía como me subía el color rojo, rojo de sangre, rojo de pasión, por toda mi piel.

No pude hacer más esfuerzos y me rendí a todos mis impulsos. Mientras que con una mano tocaba mis pechos, me llevé la otra hasta los pegajosos labios de mi sexo. Comencé a frotar mi clítoris con dos dedos, juntos y completamente tensos, lubricados en parte por mi propia saliva, y el resto de el rocío de excitación que poblaba esa sonrosada zona, aprovechando esa fluidez de movimientos para imaginar que era su lengua la que por él se deslizaba… Más y más deprisa, en apenas un par de minutos me vi. Hablando para nadie, en mi habitación vacía, o quizás para él, desde el otro edificio, pero lo que empezaron siendo gritos en mi mente que me espoleaban a continuar, pronto se entremezclaron con gemidos, para ser verdaderas órdenes que yo misma me daba, quizás él desearía decirme lo mismo…

Y hacerme lo mismo.

Mi espalda se arqueaba, mi cabeza se echaba hacia atrás, todo mi cuerpo ahora funcionaba bajo la necesidad de mi sexo, mis gemidos se hacían más intensos, mis labios, enrojecidos y abiertos al encontrarse completamente hinchados, se lubricaban más y más, mis dedos se deslizaban divinamente por ellos de forma descontrolada, no era capaz de sostener las caricias sobre mi excitadísimo clítoris, y eso era como tener un amante juguetón que quería verme suplicar y retorcerme de placer en lugar de hacerme acabar antes de disfrutar lo suficiente de este juego.

Levanté la cabeza con mis mejillas completamente encendidas y mis ojos vidriosos, y desplacé mi mirada hacia la ventana de mi vecino. El también era presa del deseo… Era presa de mí. Había corrido el visillo y estaba desnudo, frente a mí, podía ver perfectamente el movimiento de su brazo derecho, sonreí de forma lasciva mientras no detenía ni uno de mis movimientos para él. El me correspondió casi de forma sorprendente, retirándose un poco de la ventana y dejándome ver ese tieso miembro que estaba acariciándose machaconamente de arriba abajo. No podía ver con demasiada claridad, pero me la imaginé enorme, con una cabeza brillante y muy roja… Como me puso verlo así, tan excitado, con la cara desencajada, mirándome como un obseso, acompañando su paja con la mía.

Cuando ni siquiera frotándome con varios dedos de una de las manos me era suficiente, bajé la otra que aún masajeaba mis pechos para que colaborase en mis más primarias necesidades. Metí dos de mis dedos dentro de mí, comencé a moverlos como si fuera su… Polla. Si era su polla en mi coño… quería que estuviese ahí dentro, moviéndose a la velocidad endiablada con la que giraba yo mi muñeca para hacer bailar mis dedos. Comencé a retorcerme, a jadear porque los gemidos eran demasiado altos y me ahogaban, dejándome sin aire para respirar, a morder mis labios, a recorrerlos con mi lengua, lentamente y mirándole fijamente a él, mí pervertido, para excitarlo aún más…

Le hacía gestos con mi lengua, con mis ojos, mientras mantenía mis piernas lo más separadas que podía, con mis muslos tensos y duros como piedras por la tensión que estaba acumulándose en mí, anunciándome que pronto tendría un orgasmo, un orgasmo que se avecinaba tremendo por las sensaciones que tenía hasta ahora.

Comencé a darme prisa, a mover mis dedos más rápido, era increíble como se deslizaban, de mi sexo fluían hilos brillantes y transparentes de mi lujuria en esencia pura, pequeñas contracciones se convertían en grandes oleadas de placer, cada vez que rozaba en mi interior ese pequeño lugar que era la cúspide de todos mis gozos, y más de verlo a él tocándose ese pedazo de carne, nervuda y tensa, caliente y palpitante, un enorme falo que ahora por encima de todo desearía que mi cueva inundada se comiese, de ver como ese maldito obseso no paraba de pajearse y mirarme con ojos casi salidos de sus órbitas, pues ya no dudaba que lo estaba haciendo para él. Sólo para él.

Empecé a jadear con más fuerza, mi orgasmo se acercaba, notaba algo dentro de mí que me iba a llevar al séptimo cielo. Un río de gozo que nubló mis ojos y comenzó a marearme, invadió mi cuerpo, empezando por mis muslos mientras mis dedos hacían las últimas penetraciones, ascendiendo hasta mi coño donde se me clavaban centenares de agujas haciéndome apretar y apretar, hasta llegar a mis pechos, poniéndome la piel de gallina, y finalmente llegar a mi boca, con los labios secos de no poder cerrarla desde hacía rato, y dejar escapar mis últimos y profundos gemidos, casi gritos mientras mi orgasmo daba sus últimos coletazos. Mi cuerpo cayó rendido hacia atrás, en la cama.

Necesitaba recuperarme, necesitaba controlar mi respiración, estaba mareada, me sentía como sobre un barco, en esa cama todo se movía a mi alrededor sin ningún control. Cuando pude me incorporé, y mi primera y turbia mirada fue hacia la ventana.

Mi vecino aún seguía, seguía moviendo su mano, sus movimientos eran muy rápidos, debía estar a punto de llegar a su orgasmo… Estaba apunto de correrse… Mis pensamientos eran más palabras entre susurros, como queriendo que le llegasen hasta sus oídos. Yo mientras estaba sentada en mi cama, mirándolo, ahora era yo la mirona, la pervertida que iba a contemplar como descargaba ese chorro de esperma caliente, era yo la que iba a imaginar que ese chorro descargaba en mi interior aún palpitante… En mi cuerpo aún ardiente… En mi boca aún sedienta.

Pero todavía no había acabado el show, la diversión y la malicia volvieron a mí y pensé que quizás debía darle un empujoncito… Me llevé de nuevo una de mis manos hasta mi rajita, aún extremadamente sensible y completamente cubierta por mis zumos de pasión, mirando fijamente a mi vecino, deslicé uno de mis dedos de arriba abajo, muy lentamente, le enseñé ese brillante dedo a mi vecino y lo acerqué hasta mi boca, dejando asomar mi lengua hasta casi tocarlo, él ya no podía verlo tan claramente…

Pasé mi lengua por su alrededor, como si estuviese saboreando los restos de mi fuerte orgasmo, entonces fue cuando pude ver la corrida de mi vecino, que no pensó ni en las cortinas ni en la pared ni en nada… Excepto en mí, mientras él apretaba su miembro para aumentar las contracciones a cada una de las cuales eyaculaba, solo podía pensar en mí… Me levanté de la cama, bajé la persiana y me fui de nuevo al cuarto de baño a tomar una ducha, pero esta vez de agua fría.

Autor: Alex81

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