Taxi para tres

Hace mucho ya imaginamos un trío con él. Pero primero imaginábamos alguna manera de acercarnos, conocernos mejor, romper el hielo y calentar la piel.

Es así que salimos hace un par de noches a tomar unos tragos. Nos encontramos en la esquina del bar, tú y yo nos saludamos cálidamente (como siempre), él te saludó muy educadamente, y cuando me saludó, se le veía algo temeroso, tal vez nervioso por lo que posiblemente pasaría.

Entramos, elegimos una mesa en un rincón discreto, pedimos nuestras bebidas y empezamos a conversar de diversos temas, nada relacionados con sexo.

Tú y yo ya habíamos acordado una señal. Cuando ya el calor de las bebidas hubiese subido lo suficiente, una mirada te indicaría que nos dejarías solos un momento para ir a los servicios a “polvearte la nariz”, mientras nosotros te esperábamos. Cuando te levantaste de la mesa, luciendo tus nuevos leggins, que se ajustaban mucho más a tu cuerpo que los anteriores, tu culo atrajo toda su atención, al punto que se qedó con la mirada fija en tu bamboleo mientras te alejabas´.

“¿Qué te parece?, está muy bien, verdad?” le pregunté, me miró entre asombrado y caliente, lo había pillado viéndote el culo y eso lo cortó, no sabía qué decirme. Tímidamente me dijo “Si, se le ve bien”.

“Más que bien” le dije “está para comérsela, ¿o no lo crees así?”

Un poco menos presionado contestó con un “sí, está buena”

En mi mente discurría si decirle que lo sabía todo, que sabía cuántas veces habían tenido sexo en la oficina, cuántas veces ella le había chupado el pene, cuántas veces él le había comido las tetas, cuántas veces le había metido su gran pene en su jugosa y apretada vagina. Pero decidí no decirle nada, y ver cómo se desarrollaban los eventos.

Me preguntó “Ustedes han… osea, tienen… de vez en cuando ustedes…” lo interrumpí diciéndole “¿Si tenemos sexo? claro”, le dije, y no me la guardé, “y ustedes también”. Se quedó tieso, descubierto. “No te preocupes”, le dije, “si a ella le gusta y lo disfruta, por mí no hay ningún problema, todo lo contrario, me encanta que goce y la pase bien”. Me lanzó una mirada incrédula como diciendo “¿es en serio?”. Le comenté que incluso habíamos fantaseado de muchas maneras antes, imaginando alguien más en la cama con nosotros, fantasías sobre un trío, ya sea con otro hombre u otra mujer. Y mientras le decía eso, volviste a la mesa y te sentaste en medio de nosotros. Te lancé una mirada afirmativa, luego de lo cual pusiste tu mano en su pierna mientras yo acariciaba la tuya ante sus ojos.

“Bueno, se hace un poco tarde, ¿nos vamos? tomemos un taxi”

“¿A dónde vamos?” preguntó él, un poco intrigado.

“Pues vamos a llevarla a casa, ya en otra ocasión coordinaremos otra salida un poco más larga”

Esperamos un taxi que tuviera vidrios oscurecidos y nos subimos, los tres atrás, tú en medio de los dos.

Cuando arrancamos te miré otra vez, indicándote que empezaba la diversión. Pusiste tu mano sobre su muslo, acariciándolo, mientras yo empecé a acariciar tus muslos, subiendo poco a poco. Posaste tu mano sobre su pene, que evidenciaba una erección a través del pantalón, y empezaste a acariciarlo, mientras él te miraba a los ojos, miraba mi mano acariciando tu entrepierna y me miraba a mí.

Pusiste tu mano sobre mi pene, también erecto aunque en menor medida, y nos acariciabas a los dos, logrando una masturbación en stereo. Algo le susurraste al oído, que él inmediatamente bajó su cremallera para que metieras tu mano. Sacaste su pene con dificultad, era muy grande, estaba bien erecto y grueso, te relamiste con el recuerdo de todas esas veces en que lo chupaste anteriormente.

Empecé a acariciar tus pechos y le hice una señal a él para que hiciera lo mismo. Su mano se posó en tu pecho izquierdo mientras la mía iba abriendo tu blusa para descubrir tu blanca y suave piel. Cuando tuve tus pechos al aire, me acerqué un pezón a la boca y empecé a lamerlo y succionarlo suavemente. Él me miró e hizo lo mismo, mientras acariciaba tu vagina por encima de los leggins.

Tu respiración se aceleró mientras nuestras manos y bocas disfrutaban de ti y te hacían disfrutar mientras el chofer nos llevaba lentamente hacia tu casa.

Luego de un buen rato así, mi miraste, me diste un beso, y te inclinaste para besarlo, solo para inclinarte un poco más y meterte su pene en la boca. Esa inclinación me permitió acariciar tus nalgas y empezar a bajarte los leggins, revelando tu tanguita negra semitransparente.

En un momento te separaste solo para inclinarte hacia el otro lado, darme un beso (olías a él, a su pene, a excitación) y luego bajaste para abrirme el cierre y meterte mi pene en la boca.

Al ver tu culito descubierto, no pudo resistirlo y te acomodó un poco de lado y empezó a sobar su glande entre tus nalgas. Eso te excitó muchísimo. Luego se las arregló para levantarte ligeramente y ponerte la punta en la entrada de tu vulva, completamente lubricada por tus jugos.

Al sentir eso, automáticamente retrocediste suavemente para forzar la entrada, y su pene, largo, duro y grueso, empezó a entrar en tu vagina, poco a poco. Tu boca se tensó alrededor del mío, te estaba llenando con ese pedazo de carne y lo estabas gozando.

Empezó a moverse despacio, para disimular con el chofer, y tú solo respirabas profundo y succionabas con frenesí mi pene, mientras te estrujaba las tetas.

Cuando estuvo a punto de venirse, te lo sacó de golpe y te lo echó en medio de las nalgas, mientras tú hacías que yo llegara y te lo echara en las tetas y en tus manos.

Casi sincronizadamente llegábamos a pocas cuadras de tu casa, detuvimos el taxi, pagamos al chofer y caminamos por el parque cercano.

“¿Y ahora?” dijiste tú, mirándonos a ambos.

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