Una tarde de verano en el pantano

En este relato os contaré una de las primeras y más intensas experiencias sexuales de mi vida. Todo ocurrió hace tres veranos en el pantano cercano a mi ciudad.

En una calurosa tarde de agosto decidí salir a dar una vuelta en bicicleta. En un principio pedaleaba sin rumbo fijo pero, al no tener nada que hacer el resto de la tarde, decidí dirigirme al pantano, que se encuentra a unos diez kilómetros de mi casa. A mitad de camino empecé a sentir el calor, por lo que pensé que seria buena idea darme un baño una vez que llegase al pantano. Como no había planeado a donde iba cuando salí de casa, no llevaba bañador. Me acordé entonces que un amigo me había mencionado que el pantano tenía una zona nudista, y pensé que sería buena idea ir a bañarme allí.

Al llegar a la playa nudista me di cuenta que tan solo había hombres, sobretodo ciclistas. En el momento no le di mayor importancia, pues tenía mucho calor y solo pensaba en meterme al agua. Comencé a desnudarme. Las gotas de sudor resbalaban por mi cuerpo. Mis músculos estaban marcados por el ejercicio, lo que acentuaba mi físico atlético. Tenía veintidós años y estaba en buena forma. Al quitarme la ropa me fijé en que dos hombres de unos cuarenta años se quedaron mirando el espectáculo de forma no muy disimulada. Siendo sincero, me dio un poco de morbo, así que decidí alegrarle la vista a esos dos señores, acariciándome mis músculos y quitándome la ropa interior sensualmente, finalmente dejándoles ver mi pene semi erecto. Antes de saltar al agua, vi como uno de ellos tenia una buena erección y el otro se llevaba la mano al paquete.

 

Mientras nadaba observé que varios hombres paseaban desnudos o en ropa interior por el sector nudista y, de vez en cuando, unos desaparecían entre los árboles mientras que otros salían con cara de satisfacción. ¿Se trataba acaso de una zona de cruising? Al salir del agua, después de deleitar una vez mas con mi cuerpo desnudo a los dos señores que me miraban desde la orilla, decidí ir a explorar por mi mismo.

 

Empecé a caminar desnudo por el sector. Al poco tiempo me percaté de que era el más joven en la zona. No me importó en absoluto, pues los hombres maduros que se cuidan me atraen bastante. Hasta la fecha solo había tenido una relaciones sexuales con un hombre, por lo que estaba bastante nervioso por lo que podía pasar. Seguí caminando y al poco tiempo me encontré con un señor de unos treinta y cinco años. Tenía muy buen cuerpo y se notaba que hacía ejercicio. El no estaba desnudo, tenía puesto un ajustado slip que marcaba un buen bulto que me hacía la boca agua. Cruzamos las miradas, pero como yo estaba nervioso seguí caminando. Me giré y vi que se acariciaba el paquete mientras me miraba. Armándome de valor, me di la vuelta y me dirigí hacia el. Al pasar cerca suyo, acaricie su miembro por encima del slip. Mi intención era seguir andando, pero el me agarró del brazo.

– Como me calientas, ¡cabrón! – me susurro al oído mientras me agarraba firmemente.

– ¿Ah si? –le dije – Pues te voy a calentar más.

Él me soltó el brazo y yo empecé a sobar su paquete. Al poco tiempo su pene estaba bien duro y a punto de reventar su pequeño slip. Al mismo tiempo, empezó a masajearme el culo, suavemente presionando mi ano con sus varoniles dedos de vez en cuando. Nos fundimos en un apasionado beso mientras que yo, con la otra mano, recorría su musculoso torso. Al rato me giró firmemente. Primero presionó su rabo, todavía en el slip, contra mi culo. Noté que el slip estaba húmedo con líquido preseminal. Después, con sus fuertes brazos hizo que me inclinara. Me dio un suave azote, masajeó mis nalgas una vez más y empezó a comerme el culo hasta que empecé a gemir de placer. Con una mano me agarró del rabo y empezó a masturbarme. Como no quería correrme tan pronto, le pedí que parara. Le levante, metí mi mano por debajo de su slip, agarré su gruesa polla y le masturbé hasta que su leche explotó, cubriendo mi mano y su pequeño slip de semen. Nos despedimos, pero yo quería más.

 

Desde los árboles un hombre nos había estado observando. Después de haber ordeñado al chico del slip, me dirigí hacia él. Era uno de los señores que me había estado mirando mientras me desnudaba. Era alto, con barba y un poco de barriga. Su velludo torso desprendía masculinidad. Cuando llegué a donde estaba, su pene esta completamente erecto. Era un buen rabo grueso de unos veinte centímetros. Sin decirle nada empecé a comerle la polla. Entré en un estado de éxtasis; jamás había tenido semejante miembro en mi boca. Con la mano acaricié sus huevos que colgaban majestuosamente. Me los metí a la boca y lamí su esencia de macho. Volvi a centrarme en su pene y mamé desenfrenadamente, saboreando cada gota de líquido preseminal. Al rato me levanto tiernamente y sujetando mi cara entre sus manos me dijo:

– Ese culito tuyo me ha estado volviendo loco desde que te he visto desnudarte. Me encantaría follarte.

– Así que te ha gustado mi striptease, ¿eh? –le respondí – Yo también quiero que me folles.

Suavemente me giró y yo me apoyé en un árbol. Empezó a juguetear con mi culo mientras me besaba en el cuello. Yo ya estaba bastante dilatado por la excitación y por el trabajo que me había hecho el chico del slip. Con cuidado me metió un dedo en el culo, lo que me hizo soltar un suspiro. Él sonrió y alcanzó un bote de lubricante que tenía en la mochila. Puso un poco de lubricante en sus dedos y una vez más me metió su dedo. Yo ya no podía más y le supliqué que me follase. Él acerco su pene y lo puso entre mis nalgas. Sin penetrarme empezó a acariciar mi ano y mi perineo con su glande. Me estaba volviendo loco.

– Por favor, métemela ya, ¡no puedo más! –exclamé.

Posó su glande en mi ano. Despacio y con ternura empezó a penetrarme. El placer me inundó al sentir ese grueso y varonil miembro dentro de mi. Poco a poco empezó a realizar suaves movimientos mientras que yo gemía de placer al sentir su pene entrar y salir. Lo que era un tierno vaivén pronto se convirtió en salvaje desenfreno. Este alto y fornido hombre, amarrándome con sus fuertes manos de la cadera, empezó a follarme con ansia y yo jaleaba y pedía mas. Sus huevos golpeaban mi perineo con cada embestida y de vez en cuando me daba un ligero azote. A los pocos minutos paró en seco.

-Mira ahí. –me susurro al oído- Le estamos dando un buen show a ese cabrón.

Entre los árboles distinguí al otro señor fisgón de la orilla. Nos miraba fijamente mientras se masturbaba.

-¿Sabes que me pondría a tope? – me dijo mi macho barbudo – Ver como te lo follas delante mío.

Desde donde estábamos le hicimos una señal para que se acercara. Sin decir nada vino hacia nosotros sin parar de masturbarse. Se paró enfrente de mi y con su otra mano empezó a recorrer mi cuerpo, manoseando bien mis músculos, mis huevos y mi polla.

– Date la vuelta, que te voy a follar. – le dije con un toque de chulería.

Sin decir nada, el se giró, abrió sus piernas y empezó a dilatarse el ano con un dedo. Me lubriqué el rabo, le agarré de las caderas y se la metí de golpe. Empecé a montarle mientras con una mano le masturbaba. Mi macho posó su brazo sobre mis hombros y me animaba:

-¡Venga campeón! ¡Fóllatelo bien! ¡Así! ¡Joder que follada le estás dando!

De vez en cuando mi macho le metía su inmensa polla en la boca para inmediatamente quitársela. El señor fisgón no decía nada, solo gemía de placer. Mi alto y varonil señor me besó pasionalmente mientras yo me follaba al otro. Sentir su barba al besarle me excitó aún más. De repente, el fisgón soltó una exclamación y se corrió sobre mi mano que estaba masturbándole. Una vez más sin decir nada, se marchó por donde vino. Yo me giré y le dije a mi macho:

– Fóllame y córrete dentro de mi. Quiero sentir tu leche caliente en mi.

Él me sonrió dulcemente, me abrazó, y sin soltarme de sus brazos me giró y volvió a meter su polla en mi ano. De tal repentino e intenso placer mis piernas me fallaron, pero el me sujetó entre sus fuertes brazos. Siguió follándome y yo temblaba con cada embestida. A su vez, empezó a besarme el cuello y a masturbarme con una mano. Al rato, aumento el ritmo y la frecuencia de sus gemidos. Sabía que el momento llegaba y yo ya no podía esperar. De repente, soltando un varonil gruñido, mi macho explotó. Su caliente leche me llenó por dentro y de el placer yo me corrí en mi pecho. Él siguió amarrándome y con una mano jugueteó con mi semen esparciéndolo por todo mi cuerpo. Cuando nos recuperamos de tal intensa follada, él me besó tiernamente una vez más y se despidió.

 

Como ya había tenido suficiente, decidí darme otro baño para limpiarme y empezar la vuelta a casa. Una vez limpio, monté en la bicicleta y empecé el camino de vuelta. Mientras pedaleaba empecé a pensar en lo que acababa de pasar, y solo de pensarlo se me volvió a poner dura. No había avanzado ni doscientos metros, pero decidí bajarme de la bicicleta y hacerme una paja escondido en un arbusto. Al poco rato, un ciclista de camino al pantano desmontó de su bicicleta y se dirigió hacia mi arbusto. Él no me había visto, y se empezó a bajar el maillot para orinar. Su pene no era excesivamente grande, pero era gordo y jugoso. Yo me había guardado la polla en el pantalón, pero era evidente que tenía una erección. Sin querer me moví, haciendo un ruido que delató mi posición.

-¡Hostia! – se sobresaltó el ciclista.

A través de sus gafas de sol, pues no se había quitado ni el casco, me miró fijamente y después vio mi erección. Sin decir nada y manteniéndome la mirada, empezó a sobarse la polla. Enseguida me di cuenta de por que este ciclista se dirigía a este peculiar pantano.

– Oye, ¿te apetece comerme el rabo? – me dijo el ciclista dubitativo.

Aunque no era tan grande como el de mi macho, su polla tenia una pinta deliciosa y yo todavía tenia el calentón encima. Le agarre el pene, lo masturbé un poco y me agaché para comérsela entera. Me la metí a la boca y empecé a juguetear con su glande con mi lengua. Con una mano empecé a masturbarme. Era una polla bien jugosa y con olor a macho pues el ciclista había sudado de camino al pantano. Sus huevos estaban bien cargados y eran deliciosos. Me los restregué por la cara y me volví a meter su polla en la boca. ¡Menudo rabo! Seguí mamando y mamando. Él me avisó de que se iba a correr, pero yo seguí comiéndome esa rica polla. Al poco rato descargó toda su lefa en mi boca. Yo la saboreé y me la trague toda, asegurándome de dejarle el rabo bien limpio. Con su polla todavía en mi boca, aceleré el ritmo de mi paja hasta que me volví a correr. Esta vez fui yo quien, sin decir nada, me levante, cogí mi bicicleta y volví a casa.

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